Silencios

¿Y si todo fuera simple?

Quiero decir, discutiblemente las cosas son más secillas de lo que presentamos, nuestro universo de sutilidades y complejidad se ha desarrollado de una manera terriblemente abrumadora y aglutinante. Pero esto no haría la alternativa simple, hay un punto medio entre la ignorancia (más o menos voluntaria) y nuestros excesos argumentativos. El horizonte en que los argumentos están de más, en que las explicaciones sobran. El sinsentido.

Nuestros placeres cotidianos son rebuscadísimos, no se puede describir la vida de un citadino sin obviar estructuras arbitrarias que sostienen su vivir. Admitimos la realidad de la experiencia esa que logra que en lo complejo todo se nos vuelva simple. El gusto de tener 20 mil mangos en el bolsillo o de sentarse a beber un mate bien cebado. Los sistemas económicos se volverían objetos sensoriales, realidades que si bien no nos abruman son literalmente nuestra realidad. La coherencia narrativa de nuestras vidas es consistente en esta enunciación sencilla, uno no se complica, el cerebro no da para tanto.

Pero hay violencias.

Ni la literatura, ni ningún arte es exhaustivo. No restituirán a la realidad lo que es violencia inexplicable, en su resistencia a la rápida digestión cotidiana, en su naturaleza de elemento que desafía la vigencia de lo común. Lo artístico es excepcional y a su manera se rehúsa a lo inofensivo. Claro, hay obras complacientes cuya vocación a la diversión inclina a la endormición del alma crítica, son materias inofensivas. Y a final de cuentas el que se somete al régimen de lo inofensivo es el lector, espera -casi exige- que no se obre mayor afrenta en su narrativa personal, la que lo contiene.

Desde su posición de lector primero todo escritor se debe una reflexión sobre la posición que tomará ante la violencia. Cuando Paasilinna monta un artificio de sátira y cuestionamiento sobre el suicidio, no se permite atentar -ne serait-ce qu’en fiction- contra la vida humana. Su texto es humorístico pero el autor manifesta su responsabilidad ante el tema que ha abordado, no quema su licencia artística aunque lo encasillemos acaso como un autor de pura diversión. Otras escuelas educan en el horror, Anna Starobinets se permite una elaborada narración en la que los valores humanos son corrompidos y fracturados, précisamente porque negarse a mirar la brutalidad de frente es conceder a la debilidad que es el voluntario olvido. Se enuncia lo inhumano pues malbaratamos la humanidad como ya obtenida. En ambos casos hay una lucha en que se persiste contra la vida, en una resistencia casi biológica en la que la literatura admite violencias y les consigue lugar frente a nuestros ojos.

No nos entretendremos en el mal, entiendo que mirarlo con demasiada fijeza y emoción conlleva abrirle la puerta al miedo y lo fascinante. Lo que es indispensable es entrever en la narración que es la nuestra, en el microcosmos que podría definirse como nuestra alma, la parte de responsabilidad que tenemos en participar a dicho universo, aceptarlo como algo que sostenemos y cuyo riesgo de fractura no es mínimo. La mayoría de los escritores primerizos comienza en este desdoblamiento: me embarco en una responsabilidad de lo que soy capaz de enunciar, digo en voz alta lo que acaso solo me dignaba a pensar y lo asumo. El artista es infinitamente responsable y por eso no es un artesano de gratuitas violencias.

Por cierto que hacer simples las cosas es ejercer violencia y tal vez desde esa instancia sea indeseable que asimilemos insensiblemente cuando en el universo existe. Las dificultades son nuestro caracter y es en ellas que ejercemos la responsabilidad, así inventaríamos el bien. Al inventar el bien, creamos el arte. ¿Es feliz tal consecuencia? No lo sé, pero es.

Y mejor vivir en lo que existe que en un hipotético y vasto campo sin sol.

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Un lector entra a la escena del crimen…

Sobre la violencia se pueden encontrar épocas de pensamiento que tal vez son más elocuentes en su silencio que en sus opiniones en el asunto. Existe la insaldable dificultad de la definición: quien se decida a efectuar la genealogía de todo lo violento ejercerá el juicio irremediable de darle rostro a la violencia y en cierto modo ejercerla contra sí misma. No se puede hacer una historia sin deshacer un montón de cosas, sin duda en ello encontramos principios literarios que por lo menos son moralmente incómodos.

Estas cosas, lo que penosamente se ha callado, el silencio provocado por las pretensas genéricas o de orden moral, son de la violencia que vemos. Ya no sé si las críticas feministas a la sociedad actual son discursos inexistentes o sobreentendidos, de veras ignoro si la formulación va más allá de sí misma. Lo que indica esta inconsiencia es que la consiencia de la violencia no la borra necesariamente, más la vuelve predecible, y establecidos estos esquemas, la violencia se vuelve un método y ya no se trata précisamente de la misma violencia. Existe el simple hecho de lo fortuito que desmantela nuestra experiencia anterior, lo que nos desarma por completo. Del otro lado, el dolor consabido, insensible, sistemático.

Estas discusiones son un poco evidentes porque la violencia está de moda. Discutirla en literatura quiero decir, de moda, de moda, ha estado más o menos siempre. Y bueno, la “civilización” se inclina menos por la violencia física pero encuentra siempre nuevas formas de ser nociva a sí misma, las malas costumbres no mueren rápido. En fin, hablar mucho de la violencia nos da la impresión de colocarla en todo sitio, no considero la insistencia necesaria. Aunque si debemos encontrar un ángulo adecuado a dicho asunto, tal vez sería más sensible interrogarse sobre la crueldad.

Con la violencia es fácil. Preguntaríamos ¿es a veces buena la violencia? Estas preguntas son buenas porque muestran la dimensión absoluta del engaño. ¿Para qué preguntarse una idiotez así? O digo que sí o digo que no, lo importante es que la categorización de una u otra respuesta tiene como consecuencia que excluímos y descartamos la opinión del otro. Así que la violencia a veces sería buena. O no, porque entonces no hay violencia en la pregunta porque la violencia es otra cosa ¿no? Y así ad infinitum. Lo relevante de interrogarse así es que no sirve para nada, ya arruinamos todo el asunto al partir de dicha polémica. Sugerir siquiera que es tabú considerar algo ya no digamos bueno, sino categoricamente no malo, es una apología del silencio dogmático.

Un amigo absolutamente lúcido de interrogó sobre la crueldad más o menos de este modo “¿es mala la crueldad?”, yo le dije, “por supuesto”. ¿Ven? Sencillísimo. Admitamos que la crueldad contextualmente puede ser solo un poco mala, o vistamos de grises mi afirmación cuantas veces sea necesario para que pase los criterios rígidos que un lector avisado puede imponerme (invente otro argumento que le gusto si los míos le parecen ridículos). Luego, la question qui tue, “¿por qué?”. Y bueno, si una cosa es mala, interrogarse por qué solo nos inclinará a atenuar su maldad, a buscar los límites de su daño para continuar ejerciendo lo que es esencialmente crueldad bajo otro nombre. No hay nada de erróneo en la pregunta efectuada, tal vez lo criticable es que caer en la interrogante de motivo “por qué” metódicamente es un exceso linguïstico. No siempre nos importan los por qué, el culto al conocimiento sabe revestirse de un gusto por la redunancia y el mirarse el ombligo.

Ahora, a lo que venimos ¿no? La chute. Mi amigo que estaba particularmente despierto durante esta conversación postuló la interrogante que en el fondo nos interesa. ¿A quién le conviene el que no importe el por qué?

Saturnino

Por supuesto, una entrada explicando que el simple hecho de responder es un ejercicio falacioso en lo que a conocimiento refiere, o que nuestros métodos dialécticos tendrían dificultades para dar cuenta de la realidad cotidiana, no evitará que el lector me exija de todos modos responder al dónde del día en día en las letras. No sabría atacar esa exigencia, primeramente porque le permito al lector deseos contradictorios -lo vuelve un personaje más contrastado- y luego porque cualquier escritor moderno debe esperar que su lector le pida siempre, por lo menos, demasiado.

Queda el hecho de que una respuesta tiene pelos en la oreja, no la queremos y ni sirve, vamos a tener que proponer tres.

Vamos a hablar pues de Dosei Mansion de Hisae Iwaoka. Los mangas están sometidos a una división genérica que responde a criterios casi estrictamente editoriales, esto es relevante porque Dosei Mansion está contemplada para una audiencia de adultos jóvenes, prácticamente la más diversa y trabajada entre estas. Aquí la madurez no implica, como la pornografía o las armas nos han acostumbrado a pensar, una capacidad de confundir u ofender a los lectores jóvenes, sino un cierto estado de espíritu más tranquilo que sería necesario para disfrutar el desarrollo del manga en cuestión. Los diálogos, el estilo del dibujo y la puesta en escena nos hacen nadar en un sitio lleno de calma, bastante consistente y por lo mismo, dotado de cierta realidad. No se trata aquí de la realidad enciclopédica de referir a objetos conocidos cada dos minutos, sino a la existencia narrativa, al hecho de que lo que se desarrolla ante nosotros no se define por la violencia de sus eventos o sus interacciones. Los lugares simplemente “están” y no parecen consecuencia a conveniencia de un capricho del autor o de su relato.

¿En qué consiste Dosei Mansion? Es una historia de ciencia ficción sobre un chico que toma un trabajo de limpiador de ventanas. El personaje tiene conflictos determinados con la nueva vida que se impone, su padre efectuó el mismo trabajo y murió en un accidente. En otros géneros este drama podría exagerarse hasta deformarlo en una tragedia existencial, Iwaoka simplemente lo desarrolla como un hecho acontecido, pues si bien las muertes paternas pueden apreciarse en su desproporción mitológica y sicologismo ateísta, también son un evento que frecuentemente pasa. Creo entender que en este vaivén de topos genéricos e inmanencia de lo narrado encontramos a la ficción, que no se compromete con destruir ni desarrollar lo inverosímil, como tampoco en generar un humor que nos tire a carcajadas, ni siquiera a aveturarse en complejas sicologías. El valor de Dosei Mansion es por mucho estético y como la contemplación, se espera en cierta tranquilidad que ofenderá al hombre perpetuamente impaciente, que no raras veces se encuentra en el Japón.

De hecho uno podría olvidar que el relato es uno de ciencia ficción, el elemento humano y curiosamente, la vocación laboral, son los valores que cimentan lo que Dosei Mansion ofrece a su lector. Pensando en ello, mientras que los futuristas nos pintan de ves en cuando la idea de el onanismo virtual y la comodidad del consumismo, la visión del futuro presentada por Iwaoka exacerba los valores del pasado/presente. Un futuro que no agrede nuestro propio concepto de vida, para contrariar a nuestro concepto fatalista, uno que nos parecería habitable de manera verosímil.

Entreveo en el placer estético propuesto por el manga, en su concepto de calma, un principio de la realidad cotidiana en la ficción. ¿Aplica a un medio no visual? Yo diría que sí en lo estrictamente técnico, y aunque exploraremos esto luego, vale decir que lo visible realmente ayuda a establecer una presencia. En la demografía “madura” tal vez la idea de una nostalgia pueda establecerse, se puede discutir si la fuerza estética del cotidiano no viene de nuestra propia experiencia y la identificación. De todos modos, la cadencia tranquila del relato le permite desarrollar una autoreferencia suficiente para que el lector experimente nostalgia hacia lo sucedido en la historia. Un relato así de íntimo es privilegiado por un género tan autoral como el manga, los blog en cierto modo replican en ese mismo nivel.

La ciencia ficción también nos permite aproximarnos al cotidiano pues las violencias que necesariamente se ejercen en toda ficción, funcionan al definir el universo y no al narrarlo. Incluso en ficciones violentas como 1984 tenemos algo de descripción cotidianista. Y por ello crear un cotidiano es una de las mayores tareas de creación.

El modo épico

Desde chico las pruebas de fuerza, los enfrentamientos y los monstruos me parecían objetos sumamente felices. Debo entender respecto a este último elemento que una división neta entre el terror y la monstruosidad siempre me dibujo determinadas bestias como animales especiales en lugar de figurarlos en su dimensión de pesadilla, simplemente la representación de la bestia como entidad biológica parecía en mí robarle un legítimo valor de símbolo. Así que en un imaginario algo infantil, existía el monstruo empático y aquel cuyo fin era solo intimidar, esto ya es literatura -pienso en el Cuasimodo de Hugo-.

No siento que la división sea accesoria, es un niño que la suepone se define como una necesidad real. Del mismo modo al figurar mi mente los combates, los constituía no como algo fatalmente doloroso, sino como una suerte de modo épico, de grandiosidad donde la fuerza se libera y sus consecuencias no son todo lo terrible que se nos suponen. Por eso he evitado la palabra violencia, no podemos decir que este entretenimiento épico constituya verdaderamente una violencia, su caracter predecible y ficticio lo proyectan en un pensamiento abstracto, donde existe el gusto del conflicto sin que se goce el dolor. Los juegos de guerra serían una variante intelectual del mismo proceso, estimulan el caracter estratégico de lo bélico sin desear en momento alguno transgredir las barreras de la realidad.

No hay un solo monstruo, no hay un solo combate. Determinados formatos han fomentado el uso metódico de estas formas derivadas de la violencia para fines genéricos. En este siglo son prominentes el cine y la televisión, pero también los juegos de videos y las historietas. El comic y el manga tienen géneros enteros que se regocijan en estetizar enfrentamientos individuales y digo bien estetizar, pues como el gore, hay más representación que violencia bruta en ellos. Los desertores de dichos formatos suelen llamar esta violencia gratuita o sin sentido, mas bien cabría señalar como carece de sentido propio. En un videojuego los marines virtuales no representan los intereses económicos de imperio alguno, no hay una lucha de clases en particular ni un proyecto colonialista definido, están formados sin un valor sémantico verdadero, como objetos sin pasado y sin futuro.

Sin ponernos innecesariamente estructuralistas, debemos admitir que es difícil vaciar un objeto cualquiera de sus implicaciones, el gesto no es vacío si hay hombres que lo ven. La división entre el monstruo del terror y el de la empatía suena como un reflejo natural, el perro amigo y el agresor son, después de todo, verdaderos organismos. Hay personas que han estetizado la sensación misma del miedo, igual tomaron medida del dolor. ¿Cómo es siquiera posible? Porque la violencia es algo que sale de todo control, que pega inesperadamente, y en la ficción o en el acto, podemos excluir en cierta medida lo desproporcionado.

Lo violento es relativo. La mansedumbre de ciertos animales al ser abatidos nos mistifica, pues sugiere una muerta sin violencia aunque la agresión exista. En lo ofensivo no está lo violento, lo violento es expectativa, es algo que los infantes no tienen desarrollado porque el mundo puede manifestarse de un modo o un otro y no está resuelto. Nosotros mientras más dominemos, más violencias podemos inventar. Y luego caeremos en cuenta, con la lentitud de los hombres acostumbrados a lo inmediato, que mucho lo hemos solo representado y que nuestras agresiones mayores y cotidianas son menos de la sangre y de explosiones, sino de la palabra y el silencio.

Cuando el modo épico estaba de moda, las violencias propias a la vida permitían escucharlo netamente como algo grande y ejemplar. Habrá géneros violentos, absurdos y desencarnados que mostrarán como somos ilégitimos en el pensamiento e infieles en la piedad. Nuestros monstruos, nuestros conflictos. Juego de niños.

Un disgusto criminal

Me encuentro en la penosa necesidad de confesar que un tema escapa mis limitados conocimientos. Y esgrimo este argumento no tanto por el resultado de la presente entrada -que no comenzaría a escribir, creo, si la pensara del todo inútil-, sino por que a futuro no espero tratar el tema tanto como tal vez se podría. Acaso la asuncia es significativa.

La idea detrás de esta entrada era discutir algo a lo que no soy aficionado. Solo que soy tolerante hasta el defecto, lo mejor que aprendí en mis estudios literarios fue aprender a leer libros que no me gustaban. Sin embargo pretender que todo me apasiona sería caer en un miserable error, hay cosas que apenas me presentan un interés superficial o momentáneo y sin duda uno debe usar su tiempo en ahondar en lo que de verdad le gusta y no siempre conceder el masoquismo. Dicho en palabras ignorantes: si el leer todo lo que se nos cruza es promiscuidad, la relectura es sincero amor. Baste notar que mi gusto personal no presenta un interés peculiar y que puede ser sustituído por las arbitrariedades de otro corazón o de otro hígado.

Pensando en las cosas que no me interesan, que son muy numerosas, decidí abordar una que me parece especialmente notoria dada mi posición de “teórico literario”*, o tal vez incluso como escritor latinoamericano, si creemos en la reflexión que voy a desarrollar. Mi disgusto siendo el siguiente: el policial, el género de misterio. Y sí, es un arco inmenso de la literatura contemporánea, uno que no hallo estimulante ni en mis peores distracciones.

Hay tantos tipos de obra que pueden incluirse en este género que resulta casi absurdo efectuar una valoración cualitativa que justifique mi disgusto. En sí creo que la discusión inversa es realizable, tratar de encontrar los motivos que podrían hacer de este género algo atractivo para mi persona. La mención no es vana, pues el género es uno de los predilectos de muchos de los mejores escritores latinoamericanos, y no pocos de ellos lo han practicado -admitamos que la audacia de incluir textos tan diversos como los de Rodolfo Walsh y de Piglia-.

Si hablamos de policial o de detectives estamos entrando en un código en el cual existe el crimen. En el crimen suponemos una violencia, y las violencias se ejercen cotidianamente en todo tipo de literaturas. No basta con sostener una narración alrededor de la violencia para lograr un policial, las novelas de guerra difícilmente califican dentro de este género sin duda gigantesco. Pero fácilmente podrían. Porque en el policial lo importante es la mirada que se ejerce sobre la violencia, es una manera de digerirla y aproximarse a ella. Y en cierta forma aquí difieren el detectivesco y el policial: sobre la medida en que el crimen se expresa como un cáos.

Verá, la violencia antes de ser nudos de carne que se desgarran y estrepitosos accidentes es la ruptura de lo cotidiano. La violencia misma llega al instante en que un orden preestablecido se rompe, esta transformación de un estado estático a uno decadente es la degradación en que se constituyen los horrores mismos asociados con la violencia. Es un cambio, por ello irrevocable, que ya sea por ser inesperado o por presuponerse imposible -al salir de un estado de órden, vease de cotidiano-, causa una cicatriz sicológica casi inmediata que trastorna el pensamiento mismo. Es el lugar de lo extraño y lo incomprensible, de lo que podríamos llamar cáos en una metafísica del órden.

No debe sorprendernos que el héroe del género referido sea un representante del órden. El detective utiliza por lo general un procedimiento racional para restituir el órden original por medio de la elucidación del cáos. Lograr deducir cómo sucede el crímen es algo que lo resuelve en cuanto a su dimensión de inexplicable metafísico. El género noir, menos idealista, introduce esta decadencia funcional de el sistema en su ambiente mismo, y hace de la corrupción que es el crimen una suerte de método para decifrar el órden del universo. Para decir que cada género policial funciona como una suerte de codificación de la violencia, y propone dentro de sus leyes narrativas internas, una parcial respuesta.

Usando estas concepciones de violencia podemos leer cualquier libro y transformar efectivamente una tragedia en un libro detectivesco. La violencia es parte funcional del género trágico, pero en el código del teatro su función es otra, y admitimos del mismo modo que un policial puede resultar trágico.

Habiendo seguido estas deducciones apresuradas podemos suponer fácilmente un vínculo sensato con la literatura latinoamericana. La experiencia de América es una que desde hace más de un siglo aparece representada por medio del desórden, que está incluído en estos textos en la forma del crímen y la violencia. Sensiblemente la exposición es válida: todo latamericano ha sentido que en su tierra hay cosas que no están en su lugar.

Y entre este bruto de reflexiones, ha logrado perder mi honesto interés. Tal vez me equivoco y mi disgusto viene de otro sitio.

*- Por calificar de alguna forma la redacción de este blog, espero que el nombre no presuponga demasiados méritos o defectos.

Párese humanidad

Me acuerdo que recientemente leí un manga de Tezuka que me gustó mucho. Vale la pena rememorarlo brevemente.

A mis lectores recién llegados: no me ocupo de biografías o precisiones mayores, asumiré que saben quien es Osamu Tezuka o que tienen acceso a un medio masivo que les permite informarse propiamente en su persona. Quiero pensar que no he caído antes en la fácil tentación de la presentación, por definición reduccionista y jerárquica. Así pues, trataré exclusivamente la obra Ningen domo Atsumare!, que leí en la traducción de Jacques Lalloz.

Naturalmente, los textos no existen en el vacío así que mi experiencia leyendo Tezuka importa. Siendo generales, admito un gusto particular por la satira del japonés, sin miras en hablar de sexo de manera irreverente pero sin perder profundidad. Ningen tiene muchos elementos de esta escritura para adultos, la sexualidad siendo prominente en todo lo que respecta a la trama y el desarrollo de la historia. Un par de elementos de ciencia ficción sostienen la trama: el esperma mutante de un hombre superficial y la tecnología de incubación in vitro que permite el desarrollo en masa de los hijos mutantes de dicho tipo.

El arte del mangaka es bastante simple y altamente expresivo, se presta a lo grotesco, al drama y a la acción que este relato exige. Es adecuadamente infantil, un realismo exagerado resultaría distractor, pues a final de cuentas mucha de la ciencia ficción de los 50-60 funciona a nivel simbólico. La imagen es parte de lo que sostiene la ligereza de la narración, porque Tezuka reduce drásticamente el pathos que su obra podría provocar, y se enfoca en el ridículo. Por esto, Ningen domo Atsumare! es una historia legible, una que incluso se pasa rápidamente. No obstante, cuando uno se pone a leer entre las líneas, el material subyacente es digno de nuestras peores pesadillas, una verdadera distopia secreta de esas que solo el siglo XX sabía construir.

No me considero estrictamente vitalista, más no creo equivocarme que la devaluación de la vida y la deshumanización trabajan tiempo completo en este relato. La tésis de que si no hay hombre no hay violencia parece tomada en su sentido más literal, la vida inteligente se vuelve un producto al deshumanizarlo. Tezuka es ingenioso en su texto, al mostrar a la vez el poco ingenio que tienen sus personajes al someter a los hombres mutantes que han creado. Sus vicios son conocidos y a veces pecan de simple, está la guerra, la prostitución, la esclavitud, el espectáculo, la ambición económica, la persecución injustificada y los prejucios. Los hombes mutantes no tienen sexo y son estériles, por sus voces Tezuka interroga los códigos de nuestros géneros, sin proponer en sí una solución: la pregunta está al centro del asunto. Su otra cualidad es la obediencia ciega que los hace víctimas de sinúmero de abusos. Algunas de estas derivas y violencias están apenas sugeridas en el contexto, como no dejo de repetir, el texto evita los lugares turbios de nuestra sique… Mas la brutalidad se proyecta como una sombra en todo el relato.

En Ningen la combinación del Tezuka fabulista, satirico y autor de ciencia ficción se erige en un balance excelente. Hay una genialidad en el momento que los autores consiguen conjugar multiples facetas de sus distintas obras en un mismo libro. Osamu es un maestro del manga y pienso que este puede ser el mejor de los suyos, aunque nunca será el más típico o representativo de su arte. Dicho esto, la trama dista de ser perfecta, es sin duda ingeniosa pero la conveniencia ocupa un lugar importante en el desarrollo. Es más una gran metáfora que una gran historia, de esas raras metáforas modernas que funcionan. Va sin decir que sigue siendo muy actual… Lo que es triste si uno reflexiona un instante.

Pienso que por mis intereses personales y mis variadas lecturas Ningen domo Atsumare! está construído a mi medida. Un lector más convencional tal vez no tenga paciencia para la imagen sencilla y el humor caricatural, o acaso no se sentirá identificado con las problemáticas de género y antropocentrismo que este libro sugiere. Si usted es dicho lector, tal vez halle la lectura prescindible mas no la despreciará. En ese sentido, debo recomendar este manga como la obra literaria digna de respeto que es.