Página de ópera

Muchas divisiones genéricas provienen de un orden técnico predeterminado por nuestra historia. Imposible hacer obras en línea se aún no se inventa internet. Notamos que no solamente las artes más clásicas son puras, sino que esta unicidad de materias les permite llevarse a cabo con con relativa facilidad. Sin embargo la hibridación entre prácticas es igual de natural o acaso aún más, el ejemplo primario es el teatro, que es movimiento, discurso y música todo en uno.

Toda puesta en escena es un balance precario. Sus elementos brillan y se ocultan con la atención del espectador, por la acción précisa del escenario (que se define en tiempo real, a servicio del drama). Cuando todo es óptimo, las transiciones son insensibles. ¿Qué tan realizable es el proyecto paralelo de introducir todo un nuevo grupo de estéticas en un mismo espacio? ¿redefinir varios escenarios a la vez? ¿hibridar códigos de narración? Hay quien para responder estás preguntas, decidio no reflexionar sino ponerse en acción. Como fin se dio mezclar la historieta con la opera y el resultado es más que satisfactorio.

El espectáculo, sobre el mito de Dido y Eneas, no se aleja resueltamente del género dramático. Al contrario, si tan solo tuviésemos la proyección de historieta que se nos muestra, pensaríamos que se adapta un tema clásico como emulando el arte vivo.  La Eneida y su novela no son en principio dramas, pero se han reinventado para todos los géneros que existen, cualquier adaptación nos resulta imaginable, cercana. Otro experimento sería tomar un relato prominente de la historieta y adaptarla a la Opera (quiero decir, con diferente óptica que la que podría tener un “Hulk el musical”).

Trabaja a favor de este esfuerzo experimental que los códigos narrativos del teatro difieren radicalmente de la tira. Si tratásemos de mezclar ficciones más hermanas en forma, como podría ser el cine y el juego de video, la distancia se resentiría accesoria, pensaríamos simplemente que uno y otro son elementos dispares del mismo objeto en vez de ser dos voces para un mismo relato. Dos narraciones pueden enriquecerse siempre y cuando cada una aporte su propio valor, es transparente para cualquiera, iniciado o no, que la viva voz de un cantante no se reproduce facilmente en un papel. Otro ejemplo menos evidente es el que podemos relacionar con el melodrama.

En la televisión el melodrama suele relacionarse con una gran expresividad, por no decir la sobreactuación por parte de los participantes. Estos códigos son más próximos del teatro o el cine mudo, donde los gestos deben comunicar inexorablemente la emoción, establecer un idioma sensible con el espectador. Conforme el cine tradicional se hizo de voz y se inclinó por el realismo estos artificios fueron poco a poco desechados. La historieta por su lado, estando más en contacto con lo ficticio o incluso diríamos, lo fantástico, está más presta en utilizar un código de comunicación visual inmediato y elocuente. Terry Moore que ha dibujado válidos melodramas tiene por proeza dibujada la gran variedad de expresiones con las que dota a sus personajes. El teatro no tiene lujo de close-ups ni manejo de cámaras, lo que permite que la tira complemente, con sus imágenes, estas distancias reales para con el espectador. (Del mismo modo el silencio es de la página y solo un género como la ópera, voz en movimiento, lograría superar dicho letargo)

La puesta en escena de Caroline Mutel para esta ópera/historieta es más que una exposición teórica o una experimentación del ejercicio combinatorio de misceláneas artes. Funciona en lo concreto, va más allá de la mera novedad y nos sugiere todo un arte a desarrollar. Los textos en inglés son complementados por la historieta que los traduce a manera de subtítulos, en las consabidas burbujas de diálogos que son tan emblemáticas de la historieta. Podemos hallar esta adición desencarnadamente práctica, sin embargo es una de esas ideas que funciona sin reducir el valor estético de la obra. Recordemos que la ópera se canta en idioma original, tiene una relación privilegiada con el subtítulo, que viene a instalarse como un producto técnico de nuestra multiculturalidad en pleno valor de necesidad material. Hacer un esfuerzo por reevaluar el sitio estético de estos elementos me parece laudable.

El espectáculo es agradable y saludo su reflexión bien expresada por la puesta en escena. Entiendo que no alcanza un nivel técnico superior al promedio en cuanto a la ópera y la tira se refiere, no quiero decir que los esfuerzos efectuados sean modestos, simplemente un conocedor y admirador de ambos géneros conocerá en su haber más felices representaciones, lo que es innevitable por mera combinatoria. Es improbable hallar una ópera ineluctable que además se conjugue como una historieta que marcará su era, sin embargo, el ejercicio me lleva a pensar que dicho fin es deseable.

 

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Micromegalomanías

Con los géneros y lecturas misceláneas es necesario tener un mínimo de historia, pues viviendo es como constatamos las varias creatividades que le imponemos a la Historia. Decía Pablo que de niño actuaba y pensaba como niño, lo que por supuesto no quiere decir que se pasaba varias horas con su Game Boy o enviando mensajes a su prima en el Smartphone, pues el tiempo puede no existir, pero nuestras impresiones todas son guiadas por su curso, o tal vez es más adecuado decir que ese sentido opaco (de pasado a futuro) es todos los sentidos que podemos conjurar.

Toda la vida me ha consolado un gusto marcado por el arte popular. Desde el melodrama hasta la ciencia ficción (la visual y la escrita), pasando por los juegos de video o el comic. Esta lecturas me han confirmado en el escépticismo del método crítico que tiene en su genética la tradición, la academia que cree en el prestigio. Es inmensamente real el efecto que tiene la simple fama en una lectura, como también es imponente el poder que algo tiene por ser famoso en nosotros. Todo esto está sujeto a violentas transformaciones, un día cierto escritor nos insulta (por su vida o por su condescendencia) de manera imperdonable, otro día finalmente superamos alguna carencia que nos sometía a cierto entretenimiento. Me permito las jerarquías arbitrarias pues se que son irrelevantes, pues dicta los placeres el azar, uno que a veces me indispone a mirar películas pues la narrativa y presentación del cine se me figuran repetitivas como una canción sin ingenio o un consabido chiste.

Sujetos al más puro cauce de percances, de olvidos, es indispensable evitar los esquemas que resuelven todo por oposición. Hay que mirar los milagros textuales con fundamental desconfianza, la transformación de algo que emociona a un profundo horror es con frecuencia un artificio. Hagamos ejemplos porque entiendo que uno revuelve el sabor la sopa (¿de letras?): si era un devoto de Rayuela (por ejemplo) y termino por descubrir que no es el non-plus-ultra de la literatura que hace un montón me parecía, entonces esto no se vuelve una bofetada o afrenta. Existen recursos en casi cualquier obra que están diseñados con encanto, son de la inteligencia. La telenovela no se volvio aberrante porque descubrí la poesía, estos esquemas de oposición nos atraen porque es pensamiento fácil (comida enlatada del alma). El medio responsable de pensar va a descubrir melodramas en poesía y lírica en cada arquetipo de un relato (y cosas más así, no fijaremos la responsabilidad en el tiempo pues se transforma como su libertad hermana, toda libertad repetida se asemeja a una prisión).

Soy un escéptico de la nostalgia. Entiendo la voluntad de asimilar en una figura consistente todo lo que hemos admirado, constatar su caracter real y no negarnos a lo que somos. Esta tarea puede ser lúcida. También puede tratarse de una megalomanía que pretende dominar lo que apenas conocimos con los medios avanzados que el tiempo nos otorga. Una mirada así, un método tan descuidado, transforma lo que fuimos y es una suerte de desamor. No hay que confundir justificación con justicia, las cosas que fueron no requieren autorización para haber sido. Y el azar está también, por mucho que queramos refutarlo.

Por eso me digo que una impaciencia personal hacia la audiovisual puede ser, en lo que ha mi vida respecta, pasajero. Antes géneros que me marcaban con entusiasmo como el melodrama o el JRPG captaban mi atención con sus recursos “cinematográficos” (el cine antecede al televisor, ¿no son muchos recursos suyos propios al film?). Ahora apenas tolero esas narraciones.

En el caso del melodrama he constatado que no es un género que me ha fatigado: sus código que retoma Terry Moore en sus Strangers in Paradise me agrada aún y me interrogo genuinamente de su desarrollo en los años que vienen. En cuanto a los juegos, esos que tienen narrativas ténues que se definen por las acciones del jugador siguen vigentes en mi admiración (ya hablaremos de Harvest Moon para profundizar en este tipo de relato). Estas circunstancias me llevan a pensar que uno puede cansarse de códigos, de herramientas narrativas, como puede indisponerse por el estado moral de cierta obra que nos ha afrentado. Me cansa lo audiovisual sin que esto le quite un gramo de valor. No cambia ante mis ojos el mismo sol que se alza al presionar simplemente play.

Esto puede ser puro azar y si lo conjugo de modo crítico no es porque pretenda hallar una realidad de lo que me indispone (mis ambiciones no son tantas). Es el ejercicio en sí lo relevante, entrar en una arena que me obliga a pensar para que los leones no me devoren, con esa extraña violencia que se reserva a los