El modo épico

Desde chico las pruebas de fuerza, los enfrentamientos y los monstruos me parecían objetos sumamente felices. Debo entender respecto a este último elemento que una división neta entre el terror y la monstruosidad siempre me dibujo determinadas bestias como animales especiales en lugar de figurarlos en su dimensión de pesadilla, simplemente la representación de la bestia como entidad biológica parecía en mí robarle un legítimo valor de símbolo. Así que en un imaginario algo infantil, existía el monstruo empático y aquel cuyo fin era solo intimidar, esto ya es literatura -pienso en el Cuasimodo de Hugo-.

No siento que la división sea accesoria, es un niño que la suepone se define como una necesidad real. Del mismo modo al figurar mi mente los combates, los constituía no como algo fatalmente doloroso, sino como una suerte de modo épico, de grandiosidad donde la fuerza se libera y sus consecuencias no son todo lo terrible que se nos suponen. Por eso he evitado la palabra violencia, no podemos decir que este entretenimiento épico constituya verdaderamente una violencia, su caracter predecible y ficticio lo proyectan en un pensamiento abstracto, donde existe el gusto del conflicto sin que se goce el dolor. Los juegos de guerra serían una variante intelectual del mismo proceso, estimulan el caracter estratégico de lo bélico sin desear en momento alguno transgredir las barreras de la realidad.

No hay un solo monstruo, no hay un solo combate. Determinados formatos han fomentado el uso metódico de estas formas derivadas de la violencia para fines genéricos. En este siglo son prominentes el cine y la televisión, pero también los juegos de videos y las historietas. El comic y el manga tienen géneros enteros que se regocijan en estetizar enfrentamientos individuales y digo bien estetizar, pues como el gore, hay más representación que violencia bruta en ellos. Los desertores de dichos formatos suelen llamar esta violencia gratuita o sin sentido, mas bien cabría señalar como carece de sentido propio. En un videojuego los marines virtuales no representan los intereses económicos de imperio alguno, no hay una lucha de clases en particular ni un proyecto colonialista definido, están formados sin un valor sémantico verdadero, como objetos sin pasado y sin futuro.

Sin ponernos innecesariamente estructuralistas, debemos admitir que es difícil vaciar un objeto cualquiera de sus implicaciones, el gesto no es vacío si hay hombres que lo ven. La división entre el monstruo del terror y el de la empatía suena como un reflejo natural, el perro amigo y el agresor son, después de todo, verdaderos organismos. Hay personas que han estetizado la sensación misma del miedo, igual tomaron medida del dolor. ¿Cómo es siquiera posible? Porque la violencia es algo que sale de todo control, que pega inesperadamente, y en la ficción o en el acto, podemos excluir en cierta medida lo desproporcionado.

Lo violento es relativo. La mansedumbre de ciertos animales al ser abatidos nos mistifica, pues sugiere una muerta sin violencia aunque la agresión exista. En lo ofensivo no está lo violento, lo violento es expectativa, es algo que los infantes no tienen desarrollado porque el mundo puede manifestarse de un modo o un otro y no está resuelto. Nosotros mientras más dominemos, más violencias podemos inventar. Y luego caeremos en cuenta, con la lentitud de los hombres acostumbrados a lo inmediato, que mucho lo hemos solo representado y que nuestras agresiones mayores y cotidianas son menos de la sangre y de explosiones, sino de la palabra y el silencio.

Cuando el modo épico estaba de moda, las violencias propias a la vida permitían escucharlo netamente como algo grande y ejemplar. Habrá géneros violentos, absurdos y desencarnados que mostrarán como somos ilégitimos en el pensamiento e infieles en la piedad. Nuestros monstruos, nuestros conflictos. Juego de niños.

De homenajes y facilidades

Hay un número de ejercicios creativos que pueden arrastrarnos a la confusión en lo que concierne a la elección de un arte. Se necesita ser muy confiado para decir que uno es escritor, por ende, añadir a esto la tarea de ser además guionista, director, músico o artista plástico suele partir de la exageración. Nuestro dominio de varias artes es dispar, lo cual es un alivio. Si fuésemos igual de competentes en cada actividad creadora nuestro primer y mayor problema sería discernir cuál obra debe pertenecer a qué tipo de arte. Dije en las últimas entradas que un par de cuentos podrían pertenecer al arte fílmico, no aclaré (para evitar énfasis) que entonces ya no serían relatos.

Pienso que de un creador se espera un dominio vario de las herramientas que tiene a la mano. Basta mirar cualquier autor famoso en una aparición pública para notar que la escritura, por fines meramente promocionales, exige cierta calidad de actor. El conocimiento actoral es exigencia esperada en los directores, mas incluso un ilustrador o un libretista saca ventaja de dicho saber. Todo esto, de nuevo, en medidas más o menos equívocas y variables, dentro de géneros y subgéneros de discurso (en el sentido de comunicación), que van más allá de lo puramente artístico y se mezclan con lo práctico o científico. Uno puede escribir un blog porque tiene el más vago conocimiento de edición web y alguna paciencia con las máquinas, el rigor de la escritura periodística también se plantea por la necesidad de producir a tiempo.

El fenómeno televisivo que es Game of Thrones tiene como orígen una serie de libros de fantasía. Por lo general al encontrar este tipo de genealogía tratamos de encasillarla en dos circunstancias típicas: 1) el libro debe ser superior por tener más contenido, ser original y venir de una voluntad única e indivisible, o 2) la serie supera a lo escrito porque el concepto fantástico se traduce con mayor impacto en un medio visual. Otros argumentos secundarios serían la idea de diferente público entre producto original y derivado… No diré que es un razonamiento inválido, señalo cómo se desdice al momento que tratamos de una comparación (me permito el énfasis: conocemos a las dos obras, luego las audiencias tienen algo de idéntico). Los argumentos numerados arriba son del órden de la convicción, su validez se limita a lo receptivo que el oyente pueda ser a estos y no tanto a un factor verdadero que constituya las obras.

Con las adaptaciones hay muchos factores que pueden distarernos, mejor argumentar con un objeto menor y ridículo: la traducción. No hay nada más atascado de a prioris grotescos que la traducción, hay escuelas enteras cuyo fin es dictar cual es la mentalidad permitida para tal o cual traductor, en qué consiste la fidelidad de un texto producido a partir de otro idioma. No necesitaríamos siquiera distintos idiomas, uno podría traducir esta entrada a un modo distinto de discurso, reducir la ambigüedad o cambiar las palabras rebuscadas por sinónimos coloquiales. Claro, también he dicho antes que el estilo se pierde, por lo cual, este género menor de transformaciones algo tienen de olvido. Volvamos pues a lo simple que supone la traducción: dos idiomas, una obra.

Obras, las hay pobres. Existen los errores, las descripciones infatigables, las expresiones planas y sin emoción. Hay quien dice que en los textos de Dostoievski hay solo un par de personajes pues todos hablan igual. ¿Qué hacer de esto? Unos traductores dirán que se debe respetar. Entendemos que por la multiplicacion de estos errores, involuntarios en el autor original, voluntarios en el reproductor, estamos perpetrando obras inferiores. El resultado parece más la voluntad de un historiador o un estudiante que el de un artista, es porque en estas traducciones la belleza estética es secundario. Y se entiende, pues los prodigios técnicos se borran. También los conocimientos históricos. Por otro lado, la fama original de la obra viene de su belleza. Uno decide de antemano qué perpetuar, no por fuerza de razón sino por convicción pura. Si el traductor o el lector de la obra traducida no es receptivo a la mejora técnica de una obra, la juzgará con rudeza, si supera sus prejuicios, ganará y perderá diversas cosas en el intercambio. Así la adaptación.

Uno hace en la medida de sus capacidades, domina muchas cosas y no dicta el exacto término que le dará razón final. Yo puedo escribir centenares de obras en español, mas todas ellas juntas harán poco por representar mi estética en holandés o nepalí. Acaso redactaré en varios idiomas o me traduciré en expresiones que a los ojos de ustedes, lectores, no harán justicia. Que entre todas mis cosas algunas sean menos, es bueno, es parte del juego. Para lo demás hay los otros, sus homenajes y sus facilidades.