En serio

La disciplina es un milagro que en el hombre asusta. Pienso en el silencio, en el callar voluntario e ignomioso. Si usted ha logrado procurarse un mínimo de educación grupal (lo que sería probable ya que lee y utiliza tecnología de información), tal vez recuerde los desórdenes implacables que un grupo de estudiantes provee sin esfuerzo. Incluso hay una posibilidad de que usted aún los practique. Remover este cuchicheo incesante, suponiendo incluso una prioridad a la atención debida a la lección o fenómeno a que uno presta la voz, es ejercer una violencia misteriosa que tiene algo de disciplinario.

Nos encontramos en los principios de la seriedad, una suerte de regateo en que el oportunismo (¿la oportunidad?) se suspende y nos abandonamos a la expectación, o la acción rigurosamente modulada. A veces existe la desconcentración, el humor, incluso el accidente que tiene en su violencia y esta imposición se rompe, el discurso negociador para. Y es que no hay silencio calculado que no se conjugue en una suerte de conversación.

Decía, al ser serio el callado se atribuye una indiferencia a la sensualidad. La represión primera es de no reaccionar ante el extraño fenómeno que es el silencio, de proyectarlo como un síntoma de la atención y por lo mismo del pensamiento-por-venir. Esta noción de una comprensión silenciosa es, como el lenguaje mismo, una convención social. Basados en un grupo de personalidades e inteligencias variables, la supresión de las distracciones es un método directo para tocar a los menos agraciados de los oyentes. Se fabrica un silencio por obligación como repartimos también las especializaciones universitarias como quien concede a los hombres una incapacidad de darse a dos objetos a la vez. Ya tenemos interfaces portátiles que redefinen esta convención, pero como suele suceder, la autoridad no considera las revoluciones cotidianas hasta que estas llevan largo tiempo instaladas.

El silencio oprime, tanto es obvio. La palabra también, lo hemos explicado. En cierta medida la calma y el ruido interactúan con el silencio, solo que estos elementos son tan inhumanos que en la escritura ni rastros quedan. Por otro lado, en la obra humana, silencio y palabra se constituyen de la misma materia, de aquello que se permite decir. Por eso en el silencio hay cierto horror, nos codeamos con lo que transgrede y nuestra costumbre sugiere una atención mayor, así percibimos el abismo que a fin de cuentas siempre recorremos.

Quienes son serios parecen rechazar esta tensión gracias a un temperamento aprendido. Por este aprendizaje se opondrían a los sensuales, que en su ímpetu vital dicen o callan las cosas en respuesta directa a los eventos que el tiempo les sortea paso a paso. El serio se extrae de las circunstancias y se proyecta a un plano distinto: el de las palabras. Asume la identidad de su silencio, su tiempo está conjugado como frase, o sea, depende de toda una estructura semántica que incluye lo pasado, lo inmediato y las cosas que acaso nunca llegarán. A su manera también es esclavo, pero sueña que en la variedad de dueños que lo someten puede hallar una mejor libertad. El yugo sin sentido, para el serio, sigue yugo aunque nada diga. Cree luego en valores contradictorios como la identidad y lo responsable: es serio, por esto persiste.

¿El autor debe ser serio? La cuestión de deber y ser responsable seguramente nos requiere una ética del silencio que en la literatura no siempre existe. Los modernos lo entendieron así y cometieron la atrocidad de granjear un silencio por otro, sugiriendo que lo importante no es lo que se dice sino lo que se calla. ¿Entonces lo que se dice no se callaría? Es una reflexión conjugada en el sistema de atención construído en las escuelas que no admitiría la multiplicidad de las obras y los haberes. Una cosa a la vez, la temporalidad de la palabra, el momento que se mezcla y requiere de todos los demás.

¿Es el final de la ruta? ¿no se escribe sino hasta ahí?

Calladitos se ven…

En fin, un par de entradas embarradas de algún modo en el tema de la sociedad, de un tomar en cuenta lo extraliterario en la palabra, nos llena sin duda a todos de fiaca. Porque sí, porque la sociedad en el espacio democrático es de lo que todos podemos hablar sin entender jota, especialmente sin que nuestra palabra cuente, es la libertad de discurso irrelevante. El tema se agota rápido, siempre terminamos en posturas sobre dinero y libertad, valga la redundancia, por eso hago feo al asunto, por eso me desentiendo.

Aunque no voy a ser el que le negará el lado espectacular a la figura pública, si algún mérito tiene es el de entretenimiento. Tal vez el término de rigor sería “diversión” en su sentido clásico de “distracción”, direte sin fondo, fazada. Prefiero por mucho el mot pas juste entretenimiento, placer estético, artificio del ingenio alegre, allégé. Hay figuras públicas en lo terrible también, creo que no dejan de ser ridículas en cierto modo, la premisa de que un hombre o un par de hombres subyugue a una región no debe ocultar por su crudeza su absurdidad. Y entonces diría el retórico, la palabra pública igual no existe porque la reunión pública está estrictamente prohibida. Propio a lo publico, el permiso.

Esta idea un poco irreverente me da pausa, es sin duda más adecuada de lo que buscaba ser. Lo dicho siempre es lo que nos permitimos decir, pues desde que el lenguaje nos somete nuestro pensamiento suele asemejarse a un discurso íntimo cuyo mérito es el silencio. No sé si un pensamiento argumentado puede tildarse en serio de silencio, su deseo suicida de no ser hablado, por sí mismo, ya es un objeto comprobable. El sicoanálisis tiene tal vez el desmérito de apoyar su tarea sanadora en una mecánica locuaz, en este despermiso cuya consecuencia es el lenguaje, donde la acción se vuelve como la sugerencia del pensamiento, donde se piensa y de vez en Cuando se existe. El lenguaje supondría el permiso, uno que no solo es propio sino que se doblega ante la necesaria limitación verbal que sostiene a cualquier convencional idioma. De veras estamos en los desechos de la libertad, es casi como si el verbo se nos figurara como el sometimiento cumplido.

Solo nos permitiríamos decir ciertos pensamientos, y estos permisos no serían exclusivos nuestros sino que nos los prestarían quienes nos rodean y crecen a nuestro lado. La palabra es un constante regateo en el que siempre se calla más de lo que se dice, es como el síntoma de una muerte interior, de los muchos martillazos que hemos sufrido hasta que se nos salgan a penas un par de frases. Y quien pregone que el pensamiento solo existe cuando asume una formula verbal demuestra que ha domesticado incluso los más brutos procesos químicos de su cerebro. Pide permiso para pensar (esperemos que lo obtenga ¿no?)

¡Qué ideas tan groseras! y por ello mismo ¡qué ideas tan ciertas! Me atormenta en ocasiones una frase vagamente construída que recuerdo (¿de la escuela?), la gente civilizada se entiende hablando, o sea, los esclavos de la cultura no actúan, dicen lo permitido, conversan mas no convierten, son del eco. Tienen opiniones políticas y votan, cuando alguien les déjà.

Es muy fácil confundirse en esto, si me reitero es en un afán de claridad: es malo, muy malo. ¿Tal ves por esto la gente piensa que el escritor es inteligente? ¿por su carencia de permiso? ¿su osadía al presentarse con su collar de mascotita de la palabra? O es el peor de los ciegos o es el más ciego, y esto segundo para su lector… ¿es bueno? Creo que sí, la gente se preocupa cuando un hombre sensato reconoce a qué punto su voz poco vale y lo asume. Es como un mago, un gran estratega o un milagroso. Un títere viendo los hilos que lo controlan.

Tengo un par de refutaciones o prueban en mente para desarrollar más esta línea de pensamiento. Solo que usted no quiere leerlas, en el fondo, no sin haber personalizado y añadido su propio silencio a esta vana declaración. Tenemos el don del silencio y es uno que cuenta. Las armas y los esclavos tenemos una relación confusa y rica, sin duda el historiador señalaría su fecundidad mejor que lo que yo, simple literato, puedo presentar.