Tres veces

Las cosas que he escrito en este blog no ameritan correcciones mayores en la medida en que no pretenden sustituirse a verdad alguna, ni siquiera en lo que refiere a lo literario. He tratado la imprecisión como algo útil y también como algo estético, podemos incluso suponer que mi afición por el tema de lo vago sirve explícitamente a magnificar toda coherencia estética del sentir. Que impresión es imprecisión vaya. Del mismo modo, podemos admitir que esta representación se me figura una absoluta necesidad y acaso hoy día no podría redactar nada sin ella.

El lenguaje de lo absoluto es un tema siempre interesante, comparte su naturaleza fascinante con los choques de automobiles y las fracturas deportivas. Darse cuenta de su existencia es algo rigurosamente lógico pero es enfermizo aplicarse en él. Puede incluso desafiar nuestra cordura. He notado que entre los paranoicos moderados suele existir un esfuerzo de desafiar este discurso esencial y en ocasión veo como, en la desarticulada torpeza de eso que solo podemos calificar como latente locura, hay una intuición estética contra lo rígido de los conceptos. La necesidad de que estos cambien y que no dicten con su violencia realidades que no existen.

La literatura también condesciende a la locura, no hay que engañarse. Pero en su fluidez siempre cambiante, en su identidad de perpetua moda, hay algún espacio legítimo en lo descabellado. Si no legítimo, añorable, necesario. Solo entonces podemos decir que literatura sirve y no es ella misma lo que sirve, sino su torpe y confusa oposición al mal.

 

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Idea de marketing editorial: cada autor debería poner un anuncio personal detrás de cada obra enunciando el tipo de lector que quiere. Entiendo que el deseo de ser leído es como buscar el amor. En esas breves frases entenderíamos cuando un autor implica su miseria sexual, se confunde con incoherencias de virgen educado en casa o peca de pornográfica. Que un autor no pueda balbucear un par de comentarios cohérentes para su futuro lector no es marca de una carencia de valor al ser leído, pero habla mucho de una incompatibilidad con las editoriales.

Por supuesto, como todas las historias publicitarias nuestro concepto acaba en un hastío. Un académico que acaso hoy reside en la universidad más miserable de su estado y que en su desorden cuenta con un tiempo libre considerable añadiría, listaría y condicionaría cada anuncio de contraportada en grupos tipo, llevándonos a la evidencia de que todos los escritores se parecen o son el mismo. Entonces en un grupo cerrado de lectores se crearían microgéneros donde no importa lo que se escribe sino como se presenta la contraportada.

Hay precedentes de casos similares con la tapa ilustrada.

 

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Me leí La vuelta completa de Saer, un libro que se presta a una pedagogía insensible y burlona, espacio que es interesante ver reivindicado sin la pedantería que nos caracteriza a muchos escritores de hoy en día. El texto se enuncia en cierta medida como una conjuración contra las novelas de caracter, ejemplifica y pone en ridículo sus pretensiones universales, utilizando précisamente los excesos del género como pivotes temáticos para discutir temas que son mayores en la obra del autor. No estamos en la crítica abstracta sino en la ejecución de una anti-novela como las predicaba Macedonio, lo que en cierto modo da cuenta de las debilidades relativas del texto. Por supuesto, la maestría narrativa, el poder del detallado “realismo” del autor, sus temas predilectos y la lograda oralidad rescatan lo accidentado del propósito original.

Haciendo este comentario he notado que la división de esta novela en dos partes podría coincidir con la tésis de la “novela mala” y la “novela buena” del mismo Macedonio. ¿Será una coincidencia feliz? Puede ser, dificilmente califico como autoridad para sugerir otra cosa.

Me gustaría hallar otro narrador en lengua española con obras así de amenas. Por el momento me desviaré de tal propósito y exploraré un poco la poesía, luego les comento.

Práctica en Santa Fe

A Responso de Juan José Saer le corresponde el sustantivo nouvelle, que en francés ambiguamente relaciona a la novela corta con el cuento. La trama sencillísima se rehusa al estilo compacto del cuento convencional y así alcanza una longitud, pero no destruye, a mi entender, la coherencia estructural propia a la forma corta. Casi diríamos que es un texto conteniendo su propia crítica.

Hablamos de una Práctica cuando Eleanor Catton publica The Rehearsal pues se justifica el texto como una entrada en ficción, en estilo, para lo que será la obra del autor  en oposición al centro de su Obra. Saer no es menos consiente de su situación en la periferia literaria y le parece adecuado trabajar también desde el exterior, construirse un camino hacia la Práctica saeriana. Lo que hace de este texto un objeto tímido, controlado concienzudamente y voluntariamente ejemplar. Trata de ser más rigurosamente perfecto y menos literario que obras posteriores. Aquí tal vez nos recuerda más a la literatura argentina.

En Responso aún encontramos elementos que nos recuerdan a la literatura de Roberto Arlt, a quien podemos considerar el novelista de referencia para toda una generación de escritores argentinos. Más que una imitación podemos entrever un homenaje a la estética bajeza que Arlt supo escribir. A este fondo común lo revestimos con la carnal realidad propia del santafesino, a su manera peculiar de ligar los personajes con sus actividades, al estatismo y el fulgor que constituyen los polos de su narrativa.

Podemos hacer un paréntesis para tratar de inventar al héroe del texto de Saer. No se trata de alguien marcado por un destino excepcional, como en la épica (no hay un dominio genético o familiar, el código de protagonismo parece ser social, entre amigos), tampoco responde a la pura oportunidad como suele ser perceptible en la vida común y corriente. Hay algo que parece ligado a los momentos en la vida, los protagonistas mismos parecen existir en ausencia hasta que una sensación los impulsa hacia la acción. Es gente que resucita. Estos caprichos de la energía humana no dejan de recordarnos los principios con que Balzac construye su Comédie.

La trama es en cierto modo un viaje précipitado hacia el infierno. Nos recuerda a las Almas Muertas de Gogol por su ambientación y su ritmo escénico. Contrario al sistema de la novela clásica la lentitud no se debe a un esfuerzo de crónica material, sino a un minucioso detalle sentimental y de impresiones (que no son sicológicas en un sentido propio). Por toda la miseria que se lee en las acciones de Barrios, podemos notar como posee una vida interna que desafía nuestro imaginario de simplificación. No se trata puramente de desintelectualizar la caída de un hombre culto, se trata de superar su simple representación y tratar de ambientarlo en un espacio parecido a la vida. Es interesante que en el proceso solo encontramos describible la vida como algo excepcional y que en su regularidad se nos vuelve irremediablemente ajena.

No es un mal libro, mas dista verdaderamente de ser una lectura obligada. Lo recomiendo para quienes conocen al autor y que desean conocerlo en los parámetros de una mas novela convencional. Si Saer hubiese permanecido en este nivel narrativo hubiera sido un autor interesante, pero nada que reivindique otro tipo de trascendencia literaria. Pero sabemos que no fue el caso.

Mejor… no… mío

Lo mejor no es mío, así que no lo puedo dar.

Esto es lo que se conoce como un truísmo. ¿Hemos hablado antes de los truísmos? Creo que no, esa otra ocasión fueron los eufemismos que tratamos, y como muchas figuras de estilo obligadas porque hablamos pésimo y nuestra retórica viene literalmente de los comerciales, su flexibilidad literaria no se intuye en la práctica corriente.

Y digo bien intuir, porque el truísmo es un tipo de frase que goza en la evidencia. Un poco como las aseveraciones de los adivinos o los horóscopos, se encuentra en un espacio bien-pensante de la palabra en que no précisamos demasiado las cosas y así lo admitimos más o menos todo. Se entiende que es enemigo natural de otra figura terrible que prolifera en lo específico: la definición. Ambos enunciados pueden, mal empleados, ser un opio para el pensamiento y un límite para el diálogo. La ventaja del truismo es que es más lindo.

Por supuesto, las definiciones suelen tener una belleza geométrica, pero al exagerar sus valores estéticos se desdibuja su vicio de ser concretos. Tomo un ejemplo de Glosa: El instinto sería necesidad pura. Desde que nos identificamos el verbo ser, empleado en este orden rimbombante, pensamos en la definición. Pues la pregunta sería “qué significa”. ¿Y el instinto? Podría significar pura necesidad, y así.

Excepto que los verbos son herramientas sumamente liberales, por ellos mismos no resuelven nuestros dilemas dialécticos. Decir que “algo es puro algotro”, no es tanto dar definir algo como arrojar el problema a ese algotro. Solo que no estamos en el sinsentido, cualquier diccionario efectúa su tarea con el empleo concienzudo de sinónimos, el idioma recae en la convención que necesariamente nos sugiere objetos que debemos conocer. Para saber que es instinto, podemos guiarnos muy bien si conocemos la necesidad. Es de una mecánica sencillísima y funciona, no es otra cosa que un planteamiento, una explicación.

El truísmo se nutre de la convención, supone que el lenguaje como sistema de reproducción es primeramente cultural. Solo se llega a truísmo cuando se atraviesan las zonas grises de la polémica y se nada en la pradera de lo evidente. Toda evidencia está en el ojo que la ignora. Ergo, el truismo no es de la literatura: no se escribe lo evidente.

Solo que… ¿Cómo decirlo?

Ya. Los verbos son herramientas sumamente liberales, decir que no se puede escribir no nos impide, físicamente escribir. La palabra no tiene poderes sobre la materia. El truismo en la voz narrada gana un sentido singular -alguien diría personal, pero el lenguaje personal no existe y discutir el oximoron quedará para otro día-, en donde ya no puede ser tan solo un truismo. ¿Me doy a entender? Hay algo en esta figura de estilo que supone una facilidad que en cierto modo, al escribir en serio, nos está negada.

Se explica fácilmente pues la obra literaria no es nomás así, no puedo encadenar truismos o aislarlos del todo y decir “tengan, ahí está el arte”, haciendo exactamente lo que dije antes dando lo que no es mío. Además uno alimentaría una falsedad, pues los escritores no regalan nada, es el lector que llega a la casa de uno, a su intimidad, y le roba hasta los calzones del alma.

Es imposible hacer escribir sin robarle al truismo su sencillez, cuando uno lo deja tranquilo, en primer sentido -si se quiere-, no hace una nada. Como llamar un libro el Aleph no me hará, por ejemplo, escribir como Borges. Por eso estas cosas no llegan a arte y rondan torpemente el espacio del artificio, de la adivinanza chabacana o la broma.

Doblez

En un episodio de Glosa, el Matemático efectúa un gesto que se le ha vuelto consabido, desdoblando una pequeña hoja de papel donde figura un poema de Tomatis. En ese momento entrevemos una realidad donde cada acción funciona como una pregunta, interrogamos las razones y el significado de cada objeto reconociéndolo como exterior. Dice Saer que no es un asunto de Tomatis a quien el Matemático recién ha visto, el alcance de ese poema-objeto va más allá de lo que la página misma sería. Se confunde con el tiempo, el espacio, el sentido.

(Sabemos que un poema es todo eso)

No soy el único que leyendo esos mismos párrafos se detiene y se reconoce en lo descrito. Yo también he mirado un objeto desde una distancia inexplicable, de modo mecánico, viendo a través de él un tiempo que ya no está, cuyo caracter pretérito lo transforma hasta un punto irreflexible, borroso. Quien asume por medios sicologistas que las acciones físicas no pueden denotar tristeza, desconoce estos cansancios. Por cierto que explorar esta novela se me ha vuelto un mismo de texto supersticioso y vacío, la recorro una y otra vez sin la justificación del análisis ni el deseo de distracción. Hay algo que perdí y que no hay forma de recuperar, si existe en cierto ecrito, figuará acaso en el de Saer.

Tampoco puedo decir que persiga esta noción por la relectura. Es irremediable perder el tiempo, no he pasado por las mismas páginas varias veces sin pensar, en momentos discretos, argumentos contradictorios. Ni la obra me atormenta, ni su autor me dispone, como en el caso ya citado, no es una cuestión de Saer que leí hace poco en el Entenado, no son tampoco los laberintos verbales que allí se engendran. Un arbitrario no puede prefigurar en un plan, la vida está llena de idas y venidas indescriptibles, de visitas a compañeros lejanos que no hemos visto y de funerales memoriosos. Hemos perdido cierta frescura primal que nos haría renacer en un objeto siempre nuevo. Tal vez esta sea mi refutación más concreta sobre el por qué las letras no son de la novedad, los textos mejores siempre tienen algo de consabido. Es porque estamos viejos los lectores, los libros son tantos que un joven jamás atinaría en leerlos. Además qué asco de juventud ¿no?

Cuando adolescente me interesaban las mujeres hermosas, me interesaban los principios de la belleza que podíamos delimitar en una suerte de realidad física comprobable, tangible en rostros y figuraciones faciales -tenía una fuerte debilidad por el rostro humano-. Lo que aprendí en esas torpes lecciones es que los factores comprobables de esa belleza aunque sensibles no se prefiguraban emotivos. La emoción es más como lo que el gesto distraído genera, una suerte de empacho de recuerdo y fortuna, algo que queremos y conocemos porque nos da más de lo que hemos conocido. No repito de forma gratuita el no hay novedades bajo el sol. Lo que requiero es la implicación que ese valor conlleva, si no estuviese todo ya implantado, los objetos tendrían un valor intrínseco y concreto, sería de ellas mismas siempre, nunca relativas. Entonces tendriamos menos, perdemos cuando solo contamos las cosas por si mismas, presentar los objetos sin su carga circunstancial, sin el peso que en ellos nos atormenta es restarles realidad enormemente.

Comprendemos mejor al dividir y seccionar, la literatura incluso es conocida por pregonar adverbios y sufijos, formas que decimos tienen sentido. Solo que la realidad no está sujeta a los caprichos de nuestros cuchillos, no la regimos por el concepto ni la maquinaria. En la incomprensión de los gestos lo escrito prefigura la experiencia de lo que hemos vivido. No es extraño que el primero en perseguir un sentido a los gestos del Matemático sea el lector. En la ficción creemos, o nos gustaría creer, que dichas preguntas se responden.

Mudo

Cada mudanza me encuentro moviendo mi librero y sus contenidos, recomponiendo el desórden que normalmente lo representa. Es enorme mi librería, o debería decir, la cantidad de libros que la constituyen tiene algo de abrumador para mí. Soy una desgracia para mi calaña, no me siento cómodo con la actividad de coleccionar tomos aunque pueda justificarla, cada cierto número de mudanzas, quisiera todo tirarlo. Cada año no me primo de regalar y compartir los libros.

Yo sé que la gente se ha mudado siempre, desde que las persecuciones se volvieron moneda común en los gobiernos latinoaméricanos, la interrogante de “qué llevar” siempre ha sido una curiosa realidad. Mis mudanzas no tienen esa prisa que exige ligereza, al contrario, se hallan restringidas por la pesada realidad del cotidiano, del extraño no saber qué hemos de leer mañana. Leo mucho además en las bibliotecas públicas, y sobre ellas escribiré de manera tendida le moment venu.

Tal vez veo una gran librería como una falta de compromiso, cómo decirse que en el fondo no hay que elegir, no hay que conformarse y que la variedad es toda belleza. Tengo gustos grotescamente varios, no siempre persigo una ecuanimidad o una línea directiva. No obstante, no quiero saber de infinitas colecciones, no en las grandes letras que a mis ojos siempre brillarán por lo limitadas que son.

Seguido discuto en términos de los Clásicos, ya saben, los libros célebrados que nos recomienda la doxa académica. Hablando de doxa ¿creen en Dios? Porque al hablar de instituciones literarias estamos muy cerca de lo que podría establecerse como la distancia entre fé y religión, conceptos que son engañosamente íntimos al ser totalmente paralelos. Confundiríamos fácilmente la simetría de la creencia y de la práctica social de la misma, o dicho mejor, podríamos descartarlas o aceptarlas liberalmente sin que nos importe la distancia que los separa. Admitimos así los Clásicos sin que nos importen. Tratarlos demasiado liberalmente mata la literatura.

¿Por qué Juan José Saer no se ha vuelto un clásico de la literatura en español? Por fatiga. Si admitiésemos al santafesino deberíamos también contemplar a muchos otros que como él, han escrito libros que nos dejan perplejos, que nos sorprenden, que nos recuerdan que la literatura tiene esa cualidad extraña de atravesar el tiempo y recordarnos que las cosas importan frente a la cotidiana muerte. Lo que no priva a este autor de ser mejor que los demás o de merecer nuestro reconocimiento, lo complicado es construir una autoridad que no lo destruya y le permita crecer a los ojos de sus lectores y editores eventuales. Porque de nuevo rozamos las cuestiones de fé, para muchos, la religión con su autoridad, no hace sino herir los conceptos que la fé representa. Yo puedo empujar a Saer por fuerza hacia el cánon argentino, latinoaméricano, universal… Solo que en esa muestra de fuerza puedo borrarlo, hacer que deje de importar su texto e importe más el poder neto que ha logrado imponerlo en el tiempo. Un ejemplo de esto, toda proporción guardada, es el fenómeno del “Boom” literario que es más una historia editorial que una literatura. Sepamos reconocer las limitaciones naturales de todo lo que respecta a la doxa.

Cuando me mudo pienso que estoy rehusando mi deber de lector, que es constituir ese corpus íntimo que me recuerda por qué sigo explorando los textos de tanta gente en búsqueda de la perla rara. Los libros que se quedan conmigo, en la memoria, son descubiertos por el rigor de la lectura y los afectos humanos, no por una suerte de autoridad, sino por una experiencia que podría decirse de fé. Mas todo lo que corresponde al espíritu puede estropiarse con suficiente pereza. Si no miro y organizo lo que arrastro con mis libreros, algo estoy perdiendo en el intercambio.

Como con la fé, llegará un día en que précisindiré de todas esas hojas sucias. Entretanto, lean Saer.

Redactahdo Perfehctamente

No tengo el culto de la ortografía. Me molesta y me sorprende cuando releo una de mis entradas del blog y hallo en promedio unas cinco o seis palabras mal escritas, sin contar los errores causados por mis formulas rebuscadas y otros accidentes del estilo. La molestia es algo casual, se halla en lo que se refiere a la imperfección de lo que surge de nosotros mismos, la idea de que una actividad, aún aquella que hemos efectuado insensible miles de veces, no sale perfecta cuando se le invoca. Se trata de un parecer, mientras tenga errores y no los reconozca como tales, estos no me acongojan ¿por qué sería así? Al entrar un cuarto, si este me parece limpio, ¿por qué lo limpiaría? Mi exigencia, mi expectativa, se hallan flotantes encima de cada decisión estética que tomamos, lo escrito es el menor de los ejemplos.

En el caso particular de la ortografía hay un asunto de ego un poco estúpido, algo que viene de la infancia cuando a uno le inculcan que escribir bien, es literalmente, escribir bien. Quiero decir correctamente, sin errores de dedo, de una manera perfectamente maquinal e impersonal. Obviamente no es algo que profeso, y sin embargo… ¿Por qué me molestaría de otro modo? No son errores que impiden la comprensión, son simples fealdades, accidentes, algo que más o menos es esperable del formato que elijo escribir en el blog. Comparo probablemente este blog con mis escritos privados: no son lo mismo, en esos textos monumentales cada palabra debe ser fortuita, todo se mide a la sílaba, un error aparente tiene que ser más que aparente. No se trata de parecer, sino ser, he ahí el meollo del asunto, de la ficción.

Se puede deducir del párrafo anterior que si habría una relación más o menos ténue entre la ortografía y la literatura. Soit, solo que la idea iría casi opuesta al concepto que los profesores tratan de vehícular, el escritor no practica la convención en su más alto grado de perfección, la emplea obligado por los demás (¿los profesores?) en la medida que distinguirse de la convención ayuda a construir un sentido (im)preciso. El estilo es lo primero que se pierde en una obra por la rigidez de la misma convención cambiante, que estar bien escrito es distinto de una época a otra ¿y saben qué? Es perder el tiempo, tanto distanciarse como respetar las reglas escritas es como redactar párrafos describiendo el propio ombligo. No nos sirve, no es de literatura, por eso se relaciona con esta.

Mme. Bovary es una obra literaria a pesar de fundarse en una trama convencional. Utilisa la neutralidad impresa en la literatura social para no inclinar sus propósitos a todo lo que respecta a la convención. Claro, dirán, el contexto enriquece la obra. También el estilo, que es negación del lenguaje correcto, enriquece indefectiblemente. Mas esos no son los centros funcionales de la ficción, son solo los sistemas necesarios para montar cualquier artificio, las tuercas, los tornillos y los soportes que están allí porque sin ellos no hay máquina. Con esto queda claro: No tengo el culto de la ortografía.

Ya que arrastramos al buen redactar por el fango, vamos más lejos: hay que escribir bien. No para ser buen ejemplo ni para que nuestra agresión de la gramática ad hoc sea fortuito, solamente para comprobar lo insensato de perseguir lo correcto. No hay búsqueda para lo perfectamente escrito: llegamos, ahí está, entonces podemos olvidarlo y guardar distancia. La agresión de la convención sigue y la esgrimimos en otros niveles: podemos usar una tipografía/caligrafía alterada o actuar en los sentidos a nivel sémantico. Ahora que leí el Entenado, por tener un ejemplo en mente, refiero a la semántica: en la última parte del libro hay un uso de la palabra Patria que desentona con su posición, entendemos que fácilmente podríamos haber escrito “tierra” o “región”, algo para ese efecto, la presencia del vocablo que nos remite a nación, sugiere e instala la metáfora de su narración con la Argentina, y es todo. Sin la existencia en el lugar y conocimientos de la biografía de Saer, no habría razón para efectuar esa lectura en el texto, todo lo contrario a las paginas de discurso en los Hermanos Kamazov que critiqué hace rato. Es una comparación injusta, el Dostoïevski del folletón soporta el nivel de escrutinio que podemos imponerle a un Juan José Saer. Para no decir simplemente: no es tan bueno.

Aunque hay otra razón más mundana y que delegaremos a discutir otro día que me irrita en este asunto de lo mal redactado… El corrector de ortografía. No sé en qué idioma cree que escribo. Para otra vez esa crítica.

2 de 10

Vamos, no pueden decirme que no extrañan a Derrida. Si son sus desertores, ¿un poco de deconstrucción puede hacerlos cambiar de opinion? Bienvenidos al campo de deconstrucción literaria primavera 2014.

En esta ocasión trataré un asunto típico de la sobremesa literaria: Los 10 mejores libros de la historia literaria.

(Someramente: Ana Karenina, Mme. Bovary, Guerra y Paz, Lolita, Huckleberry, Gatsby, à la recherche, cuentos (de Chejov), Middlemarch)

Fácil es restar todo crédito a una lista aquí, lo que haremos en vez de esto es desarmar los argumentos que podrían usarse contra ella y demostrar sus limites. ¿Por qué? Pienso que el ejercicio es más educativo que el patear metódicamente al caballo herido.

Me sorprende y me parece de buen gusto que nuestra providencial lista no solo contenga a Tolstoi dos ocasiones, sino que estas se expongan sin timidez alguna como el primer y tercer lugar de la selección. Enunciado de este modo, el dominio del novelista ruso sobre la literatura parece indefectible. Y a esto es sencillo responder con crítica virulenta, ¿habrán siquiera leído a Tolstoi en ruso los votantes de la lista? ¿volverán a sus maratónicos textos religiosamente? ¿es la calidad de Tolstoi o su influencia en la novela lo que se “premia” con este público reconocimiento?

Aunque estas críticas dialogarían entre sí, cada una se presta a distintos excesos que nos resultan inconvenientes. No me centraré en ninguna de estas preguntas, lo que me interesa hoy es hablar de Tolstoi.

¿Qué es un Tolstoi? Ciertamente no un tipo ruso con cierta obra y determinadas novelas, ya que los seres humanos no se leen. Los autores son primeramente sus estilos, sus géneros. Si pensamos las letras como una evaluación estética más o menos constante, más o menos homogénea, es solo natural que encontremos los escritos mejores acumulados sobre la misma ecuación creadora, que podría llamarse por ejemplo Tolstoi. Esto tiene sentido, es de un positivismo lúcido que por ser tal, ha de ofender a muchos hombres de letras que descreen de la ciencia. Digamos que en promedio objetividad y arte no se emplean como partes de un registro único.

Es casi esperado encontrar varias iteraciones de un solo autor si nuestro tema es la calidad, muchas listas como la que propongo descartarán esta idea como indeseable. ¿A qué se debe? Esto tal vez figure en la sicología del lector que reusaría clasificar sus lecturas de mejor-a-peor. Propongamos un ejemplo extremo, una lista “mía” de las mejores obras en español:

1) El hacedor (Borges)

2) El Aleph (Borges)

3) Otras Inquisiciones (Borges)

4) Glosa (Saer)

5) Borges (Bioy)

La lista se quiere doblemente polémica, por un lado, si ustedes execran a Borges, considerarán este listado una pavada; por otro, incluso los caricaturalmente borgianos pueden venir a decir “El hacedor no es mejor que el Aleph” y se vuelve a crear un artificial conflicto. Usar varias veces la misma ecuación de autor exige crear una jerarquía en su propia obra, la solución cobarde de decir, por ejemplo:

1) La comedie humaine (Balzac)

Lo que se opone groseramente a la idea de considerar obras como elementos discretos que se emplean a la lectura. Si estamos listando varios libros en el mismo lugar, podemos ser más directos:

1) La literatura francesa.

2) La literatura italiana.

Si comparamos la reiteración de Tolstoi con estas falacias técnicas, entendemos rápidamente que la decisión no está desubicada. El Tolstoi de Guerra y Paz no es exactamente el de Ana Karenina, su coexistencia en el mismo edificio no es atróz. La lista debe ser más exigente pues enfrenta al mismo autor con su obra y debe decidir cual de sus aportes posee mayor calidad. Hay dificultad porque el canon presta cierta inmortalidad a obras que acaso no son las mejores o más representativas de un autor, yo no veo Hamlet como una obra de teatro superior a Macbeth. En la obra de Shakespeare ambas son excepciones por su trama y sus personajes.

No hablamos del mejor autor tampoco, Tolstoi hizo obras monumentales pero no por ello es un escritor superior a Pushkin o a Chejov. Las obras felices y excepcionales dentro del corpus de un autor son una realidad literaria, descreer de ella es obrar por idealismo fundamental y no mirar los textos de cara. Veo en la repetición de Tolstoi cierta lucidez, que la voluntad de ser igualitario con cada autor querría negar. Hay listas que empezarían diciendo “una obra por autor”, sacrificando calidad por variedad.

La cohabitación de Tolstoi con su gran amigo Tolstoi, me parece una prueba de los criterios acertados que el método estadístico con que se creo esta lista logra sortear. Quiero pensar que individualmente muchos de los participantes del sondeo tuvieron la sabiduría para distinguir los propósitos y tomar la elección coherente. Sin duda Los Cosacos de Tolstoi no figuró en ninguna de las listas entregadas. ¿Alguien criticaría tal ausencia?