Tres veces

Las cosas que he escrito en este blog no ameritan correcciones mayores en la medida en que no pretenden sustituirse a verdad alguna, ni siquiera en lo que refiere a lo literario. He tratado la imprecisión como algo útil y también como algo estético, podemos incluso suponer que mi afición por el tema de lo vago sirve explícitamente a magnificar toda coherencia estética del sentir. Que impresión es imprecisión vaya. Del mismo modo, podemos admitir que esta representación se me figura una absoluta necesidad y acaso hoy día no podría redactar nada sin ella.

El lenguaje de lo absoluto es un tema siempre interesante, comparte su naturaleza fascinante con los choques de automobiles y las fracturas deportivas. Darse cuenta de su existencia es algo rigurosamente lógico pero es enfermizo aplicarse en él. Puede incluso desafiar nuestra cordura. He notado que entre los paranoicos moderados suele existir un esfuerzo de desafiar este discurso esencial y en ocasión veo como, en la desarticulada torpeza de eso que solo podemos calificar como latente locura, hay una intuición estética contra lo rígido de los conceptos. La necesidad de que estos cambien y que no dicten con su violencia realidades que no existen.

La literatura también condesciende a la locura, no hay que engañarse. Pero en su fluidez siempre cambiante, en su identidad de perpetua moda, hay algún espacio legítimo en lo descabellado. Si no legítimo, añorable, necesario. Solo entonces podemos decir que literatura sirve y no es ella misma lo que sirve, sino su torpe y confusa oposición al mal.

 

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Idea de marketing editorial: cada autor debería poner un anuncio personal detrás de cada obra enunciando el tipo de lector que quiere. Entiendo que el deseo de ser leído es como buscar el amor. En esas breves frases entenderíamos cuando un autor implica su miseria sexual, se confunde con incoherencias de virgen educado en casa o peca de pornográfica. Que un autor no pueda balbucear un par de comentarios cohérentes para su futuro lector no es marca de una carencia de valor al ser leído, pero habla mucho de una incompatibilidad con las editoriales.

Por supuesto, como todas las historias publicitarias nuestro concepto acaba en un hastío. Un académico que acaso hoy reside en la universidad más miserable de su estado y que en su desorden cuenta con un tiempo libre considerable añadiría, listaría y condicionaría cada anuncio de contraportada en grupos tipo, llevándonos a la evidencia de que todos los escritores se parecen o son el mismo. Entonces en un grupo cerrado de lectores se crearían microgéneros donde no importa lo que se escribe sino como se presenta la contraportada.

Hay precedentes de casos similares con la tapa ilustrada.

 

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Me leí La vuelta completa de Saer, un libro que se presta a una pedagogía insensible y burlona, espacio que es interesante ver reivindicado sin la pedantería que nos caracteriza a muchos escritores de hoy en día. El texto se enuncia en cierta medida como una conjuración contra las novelas de caracter, ejemplifica y pone en ridículo sus pretensiones universales, utilizando précisamente los excesos del género como pivotes temáticos para discutir temas que son mayores en la obra del autor. No estamos en la crítica abstracta sino en la ejecución de una anti-novela como las predicaba Macedonio, lo que en cierto modo da cuenta de las debilidades relativas del texto. Por supuesto, la maestría narrativa, el poder del detallado “realismo” del autor, sus temas predilectos y la lograda oralidad rescatan lo accidentado del propósito original.

Haciendo este comentario he notado que la división de esta novela en dos partes podría coincidir con la tésis de la “novela mala” y la “novela buena” del mismo Macedonio. ¿Será una coincidencia feliz? Puede ser, dificilmente califico como autoridad para sugerir otra cosa.

Me gustaría hallar otro narrador en lengua española con obras así de amenas. Por el momento me desviaré de tal propósito y exploraré un poco la poesía, luego les comento.