Ojos bien cerrados

Cuando uno lee suficiente, aunque el adverbio sea traidor, llega sin duda a la conclusión de que el realismo es una ínfima posibilidad en los universos narrativos. Por supuesto, no se precogniza por lo tanto una minoría de textos realistas o incluso autobiográficos en lo que corresponde a la edición novelezca. Y podemos explicar sin duda por medio de procesos técnicos las limitaciones y conceptos que a caso favorecen esta puesta en escena de lo real en el género tan popular que sigue siendo la novela. Hoy me contento de mencionar esta proporción para acompañar una reflexión sobre una de sus alternativas.

Pese a que las escuelas literarias pertenecen casi del todo al olvido, términos como surrealismo han sobrevivido en la crítica consensual. Hablar de moderno ya es abordar una terminología cambiante, hablar de post-moderno nos envía a un concepto de autosupresión, decir futurismo es sinceramente inclinarse a la anacronía. No así con surrealismo. Casi logramos imponerlo como un significado controlado, un sentido propio como podría ser silla o jirafa. Lo que no lo vuelve en nada un género inflexible y riguroso, lo onírico, lo épico y lo casualmente simbólico (tirando a fantástico) no exigen un desentendimiento mayor del término surrealista. Se describe un cierto tipo de sistema textual, un modo de lenguaje, como podríamos hablar de declaración o tratado.

El azar me ha permitido en lo reciente disfrutar algunas obras que pueden, si se quiere, tenerse de surrealistas. Lobster vi en el cine, Libreta Kanguro (カンガルー・ノート) una lectura, El Palacio de los Sueños que ya he mencionado. ¿Este ultimo es siquiera surrealista? De una forma u otra se aparenta al género en forma deconstructiva, el sueño como relato y establecimiento del orden es rigurosamente un paralelo literario. Sin buscar desmerecer al arte fílmico, hallé que la película tenía las mayores fallas, tibia al efectuar el proceso visual del surrealismo (por el que vive o muere en el cine) y titubeante al fijar la problemática narración. No es, a mi entender, un menoscabo que pueda hacersele al surrealismo, entiendo que el nivel de apego a su tarea simbólica es gran parte de lo que vuelve la trama atractiva. Pero si hay un límite que alcanza que vinculo necesariamente con el sueño y su fantasmagórica sensorialidad: no puede ser tibio. Todo recurso de surrealismo tiene que inspirar una fuerte impresión sensorial, un segundo grado de comunicación entre la trama fija y lo que el espectador/lector resienten. Aunque la trama secundaria sea efectuada, si esta no invoca impresiones notables, estamos transgrediendo los principios de un surrealismo efectivo. Kobo Abe tiene más éxito por su parte.

Entiendo que la narración escrita propone herramientas diferentes, establece la temporalidad secuencial que el sueño nos sugiere, permitiendo correcciones a la impresión anterior, vistas simultáneas o incluso contradictorias. En el surrealismo no solo las cosas pueden ser más de lo que parecen, diríamos más bien que deben serlo. Existen para ser superadas. Además algo fortuito obra a través de ellas ya que al resistirse a su propia naturaleza deben alejarse de la convención y volverse por fuerza algo otro. La violencia se ejerce para evitar ser puramente símbolo, algo que sería más próximo de la profecía que del ejercicio literario. Recordemos que el asunto de la literatura no es reproducir la verdad y que solo una fracción de lo narrable puede entreverse en lo realista. Su consistencia tiene lugar para redefinir una convención, minar précisamente la lógica fatalista de un realismo predecible. Ni cómo sorprenderse de que este género literario suela ser escrito por quien resiste la convención.

Se me figura entonces que soñamos, que escribimos como en sueños para sustituir la predicción que ya ha perdido su encanto. La palabra efectiva y sagrada de algún modo resulta más reductora que una cuerda lanzada a probabilidades que no han de ser jamás. O lo que es igual: perdernos en lo que seremos nos distrae de lo que somos, la otredad nos remite más realidad. Eso que es otro, por lo demás, va más allá de géneros abiertamente ficticios, es parte del arsenal de todo crítico (entiéndase, lector) para comprender no solo la obra literaria, sino la vida misma.

Como la metáfora, soñar ilustra el universo, y en el ejercicio lo fecunda.

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Tareas lectoras

Hay en los juegos una relación muy real entre el protagonista y el jugador, porque las acciones de ambos están intrínsecamente ligadas y porque el primero sirve de modo de expresión al segundo. Esos avatares coloridos que a veces nos representan son verdaderas herramientas creadoras, tal ves las tachemos como menores de antemano, pero la fascinación que nuestras acciones al jugar pueden ejercer es algo constatable en la experiencia. ¿Saben qué es Twitch? Se trata de una plataforma de videos sobre internet que se especializa en la difusión de partidas de videojuegos. Y tiene muchísimo tráfico. ¿Qué hace el literato con las consideraciones anteriores? Entreveo la posibilidad de que nunca se entere: el escribidor sabe ser un ente prehistórico que tolera tácitamente los desarrollos tecnológicos y prefiere solo emular o proceder al manuscrito para expresarse, otra posibilidad menos horrorosa sería que esta pasión lo interrogara por su voyeurismo. Más remotamente, tal vez se llegue a interrogar sobre lo que hace al juego tan atractivo.

¿Por qué ver a otros jugar nos hace bien? Esta misma interrogante plaga otra práctica cultural que no logra imponerse en la esfera literaria, el deporte. Ver el deporte y practicar el deporte son cosas distintas, e incluso dentro de la práctica deportiva se encuentran distintos participantes que no entran en escena por así decir, y cuyos roles son acaso más importantes que los de un jugador individual: los preparadores físicos, los directores y otros miembros del cuerpo técnico en un equipo. Hablamos de narrativa en los videojuegos, existe una forma de relato más bien ténue en el deporte también. A veces, cuando se vende un partido, pasa incluso que están escritos. La lucha libre, deporte espectáculo por experiencia, definitivamente sigue esquemas narrativos bien identificables, haciendo coincidir elementos de la ficción y de la realidad en un mismo espacio gracias a este tipo de desarrollos. El videojuego no es una práctica de la maestría del cuerpo como es el deporte, pero está plagado de las mismas contingencias técnicas que vuelven su práctica presencial una suerte de balance entre lo improbable y lo necesario.

Es al ver una partida o un encuentro de boxeo que imprimimos en nuestro cerebro su carácter temporal en el sentido historicista, lo que corresponde y pertenece a toda contingencia. Joe Fraizer es un tipo fuerte, Mario es un conjunto de pixeles que simula saltar y correr, solo se vuelven verdaderos protagonistas cuando están en movimiento y nosotros percibimos sus logros. Nuestro protagonismo dota de realidad narrativa estos eventos, los vuelve historias de las que hemos participado de modo tangencial. Al ver un juego estamos hilando un relato que puede bien no ser nuestro, pero que al ser asimilado obtiene las capacidades estéticas únicas que nuestro conocimiento y nuestra personalidad puede granjearle. Preguntarse por qué nos gusta ver un juego es como preguntarse por qué nos gusta que nos cuenten historias,  en sí lo que está sucediendo en ambos casos es lo mismo, solo que nuestra sociedad privilegia la palabra escrita o hablada por encima de las imágenes nacidas de la consistencia. Pero ese juicio no los hace menos válidos para dicha tarea ni su resultado menos estético.

También reconocemos que existe al menos una parte performativa, vemos atletas y jugadores que por sus propias características personales no juegan como nosotros lo haríamos. Como somos incapaces de efectuar exactamente el mismo logro que tal o cual persona, valorizamos sus cualidades. La escritura tiene ese mismo valor, pues los escritores que uno lee no escriben los libros que uno puede escribir, de hecho raramente nos interesaría siquiera escribir cosas similares, la distancia entre la admiración y la imitación es mucha. Vemos la división entre la afición creadora del que juego, que es representado en un juego, y el gusto de aquel que confecciona una historia con los elementos que observa, quién ve jugar. Estas tareas, que pueden parecer ajenas, encontramos un ente conocido en la forma del lector, cuyas carencias suelen valorar distraídamente ambas admiraciones como una sola y se representa a sí mismo como un participante menor de la literatura, cuando la complejidad de su conjunto de tareas es apabullante. Potencialmente un lector puede conjugar con maestría las estéticas que aquí hemos reconocido, pero en su pobreza puede ser menos valioso, menos artístico, que una persona que simplemente mira el Baseball.

No nos debe sorprender que haya personas que deseen ser del juego y no jugar, si hay tantos que son de la literatura y no escriben. El éxito gigantesco de Twitch es un ejemplo de ello.