Paradojas, penas y otros

En lugar de perseguir comparaciones legendarias que expliquen la literatura por medio de la disfunción eréctil moveremos nuestro interés hacia otro sitio. No que la disfunción no sea materia de intensas discusiones, supongo que podemos pensar que la metódica evasión de dichas penas es un fenómeno verbal suficientemente profundo para valer alguna reflexión. No hoy, hélas, pues otra cosa me vino a la mente esta tarde y mejor quiérola compartir.

La literatura en su artificio consiste en limitaciones tangibles que se imponen en su medio y su producción. Todas requieren reflexión, no obstante, la materia de algunas se quiere hasta filosófica. Un ejemplo que me parece típico: ¿puede cualquier hombre escribir a alguien más inteligente que sí mismo? y por extensión ¿puede escribir a un mejor literato que uno?

Pensé ahora en esto por una discusión que tuve con Ana Montes respecto a C****** y un aspecto del narrador. Me sugirio que la vocación de escribir del personaje fuera un fracaso, que se revelara alguien mediocre pese a sus inflados aires de suficiencia (entiendo que el fin fuera humorístico pues serio no era mi libro). Descarté la idea, quizás intuyendo los mismos reproches que le hice a Vila-Matas hace unas semanas: si la narradora se me impusiera mediocre tendría que escribir mediocremente y no hay excusa que a ello se valga. Si la narradora se expresaba bien ¿quién creería que fuera ridícula en su profesión? Aunque admitamos que esta interpretación transforma el pasado (lo hace coincidir con el hoy), tal vez entonces fue algo más íntimo, como la convicción de que el personaje no era así, o que mi texto requería que fuera competente a cierto rado o mejor dicho que no era importante su competencia, pero era importante no acentuarlo. Ciertas motivaciones solo parecen tangibles al momento del a redacción, luego son del azar.

Dejemos al ejemplo atrás y regresemos a la teoría, no siempre es deseable reducir o incrementar las capacidades de un personaje, pero la ocasión suele presentarse. La paradoja de la inteligencia escrita (que un hombre no pueda escribir a alguien más listo que él), no me parece literal, más conozco casos en que se confirma su dificultad. La literatura juvenil, los comics y el cine suelen efectuar un giro raro en lo que esto respecta, acaso porque sus audiencias respectivas no requieren exigencia en percibir la inteligencia como es en el mundo real. En los film un ejemplo es decir y no mostrar (aunque no haya mirada se aplica perfectamente a la descripción escrita), donde el diálogo insiste en afirmar algo (en este caso la inteligencia) pero que nada de lo que sucede confirma lo dicho. Otras ficciones vuelven a los “no inteligentes” torpes para que en comparación el listo susodicho se vea como alguien superior. Y este es el dilema de lo inteligente, lo tenemos por una realidad y no un valor relativo, nos parece que va más allá del tiempo y el contexto, que se quiere universal.

Sencillo deformar las cualidades de objetos que no existen, como el personaje, podemos igual reducir del mismo modo a la Historia. Las decisiones tácticas son un buen ejemplo, algunas nos parecen derroches enormes y flaquezas de carácter imponiendo un valor racional en todo momento al histórico individuo. Sin presión real sobre los hombres es fácil ser ecuánime, alguien en todo inteligente nunca erraría el mismo acertijo como un atleta perfecto no falta al tiro de su arco. ¿Son estos ideales ficticios por naturaleza? ¿desencarnados?

En lo estricto un personaje puede ser más inteligente que su creador, aunque no de manera desmedida. ¿A qué se debe? Pues lo narrado es algo anterior, lo que se escribe fue leído al construirse, luego poseemos respecto a ello clarivirencia que compensa las malas decisiones. Porque decidir bien, entre otras cosas, se asemeja a lo inteligente (creo que este juicio confirma lo vago que es para nosotros este adjetivo, lo fantasma que es la razón).  Definir a un personaje que escribe y es prodigioso es otra tarea, suele caer en un “decir y no mostrar”, afirmar el talento en vez de permitirnos andar los pasos de quienes leen al supuesto autor. Admitimos que no se percibe una danza o un cuadro en lo escrito, y que un rostro o un carácter son simples palabras… No así para los textos, estos se pueden restituir más allá de en su simple valor de verdad, enteros (aunque parciales) para el goce del autor. Entonces el escritor y el escrito coinciden en su actividad, caso en el que resulta arduo desdecir que sus capacidades se asemejan (y por ende, confuso que uno supere al otro). Por suerte, a ratos, un escritor es superior a sí mismo pues su obra es por fuerza dispar.

La pregunta clave de todo este asunto solo me parece una. ¿Qué diantres importa? ¿cómo es errar en escribir idiotas peor o mejor que errar en tantas otras cosas? Si un escritor no puede redactar la inteligencia tampoco podrá redactar otras cosas, reconocerse en ese límite define su oficio y coincide con los riesgos del mismo.  Se me ocurre que nos aterra por el ego. Propongo el siguiente dilema: un personaje es tenido por idiota y al leerlo nos identificamos, cuando el relato lo sorprende a nosotros así bien, y sin embargo tenemos prueba en otros aspectos de la narración que todos lo tienen por inferior y estos menoscabos se describen a conciencia, razonados. Si el lector cae en cada error que una ficción declarada idiota, ¿qué dice esto de su persona?

Me da un poco de risa soñar estos individuos que cuentan los días antes de que un libro los haga sentir menos, ignorantes, indignos. Pero si existen tal vez no sería risa lo que me provocaría.

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Tezuka y el mal

Mi historia con Tezuka comenzó viendo Astro Boy en la televisión y por aquellos entonces, según mi padre, esta serie estaba vieja de varias décadas. Esta antigüedad es toda relativa si se toma en cuenta la edad de ciertas películas de animación de Disney o la literatura con la que me he fatigado las pestañas, sin embargo, en mi edad biológica es arduo hallar una ficción anterior que marcara en tanto grado mi imaginario. Hoy me queda claro que de niño no alcanzaba a seguir muy bien las tramas de esta serie y la idea de un personaje robot no me parecía venida de otra edad, solo algunos elementos visuales y una trama muy particular (que antes he discutido pues Naoki Urasawa también fue marcado por ella) quedan en mi memoria. De ahí en delante, Tezuka regresó como una serie de mangas, como un muy concreto ser humano de su tiempo en una cultura de alteridad que llegó a mi alcance por las fluctuaciones económicas del liberalismo y la internacionalización de la cultura.

El estilo del manga no kamisama está lleno de peculiaridades y subtilidad, un resumen totalizante sin duda perdería la esencia de lo que vuelve su expresión un arte rico (especialmente si deserto en representar su aspecto visual), pero si tratando a conciencia una mínima fracción de su obra puedo llegar a algún acierto crítico o por lo menos a un ejercicio de reflexión. Hablemos de literatura por una vez en lugar de divagar sobre dialéctica y ejercicios, le debo esto a mis lectores impacientes y fieles (usted sabe si es uno).

Deseo hablar de la maldad, no como concepto filosófico sino como principio narrativo. Antes de ser una ausencia de bien o la mitad de una estructura dual de moral el mal es una concreta secuencia de eventos concatenados. Es arduo elucidar conceptos morales sin hablar de consecuencias y contextos, por esto el mal en la ficción es descrito y narrado, es un grupo de palabras que aluden al mismo tipo de implicaciones como las acciones de un personaje serían su ser concreto. Se entiende que debemos mostrar algo de mal a nuestro lector o corremos el riesgo de confundirlo o desdibujar su existencia, rara vez encontraremos textos sin presupuestos morales pues la tradición de la lectura suele quererse ejemplar. El mal pues, se constituye de tiempos y espacios, de puntos de vista. Tezuka opta por la constitución de un anti-héroe, la visión directa de la maldad cuando esta se ejerce.

Este método no está a la moda pues no se funda en un principio de tensión. Pensemos en un modelo un poco más tradicional, en este el protagonista es relativamente bueno y parte de su aventura consiste en la revelación progresiva del mal al que se enfrenta. Existen oposiciones y peripecias a las que debe enfrentarse, jamás se comienza con el enfrentamiento mayor y luego se ataca a los males aledaños e inofensivos, casi se podría decir que el descubrimiento del mal es jerárquico. Si no se muestran las cosas es por suspenso, este espacio narrativo funciona de forma tal que el lector encuentra su comprensión solo tardíamente, cuando su inversión en la obra ya está realizada y el concepto se le ha vendido. Es un modo de seducción, lo corrupto sirve para fascinar y aumentar la espectativa.

Podemos suponer que Tezuka conoce este modelo y que su oposición radical al mismo es una objeción. Muchos de los códigos de entretenimiento popular son relativamente tardíos en la cronología del siglo XX, podría ser que Tezuka no le prestara atención a este estilo de narración tal vez menos evidente que hoy día. Pensar que el manga no kamisama estaba consiente de asunto es, a mi parecer, más coherente. No construir el mal como un objeto de seducción sino como algo visible y humano es una estrategia didáctica. Vemos a Alabaster, a Adolph o a Rock corromperse, dedicar sus respectivas vidas al error y podemos constatar que sus acciones guían la dirección de sus respectivos mangas con resultados terribles. El mal no esta lejos, como un elemento impersonal que siempre pertenece a otros, es practicado como una serie de acciones por personajes falibles, que nos dejan con la impresión de que podrían corregir su camino y frecuentemente ligados con los héroes. No hay desconocidos que subyugan con la maldad, el endemoniado es nuestro hermano que no logrará salvarse de su propio error. Presenciamos esas inevitables caídas cada vez y nunca queda duda de que el mal terminará por fallar.

Me parece que entiendo el programa de Tezuka, aunque no logre admirarlo. La corrupción no me interesa, los muchos métodos para conllevarla tienen algo de fatigoso en mi imaginario. Entiendo el punto de vista educativo del esquema del mangaka, sin embargo a mi parecer su gran virtud es la suficiencia. Extrayendo los suspensos innecesarios el relato que recibimos es una genuina aventuar, volvemos a la ejecución de las tareas de Hércules o las aventuras de Simbad, perdemos la dependencia generalizada de nuestra era a justificar cada peripecia y a construir cada texto como una serie de anuncios de lo que vendrá. Si bien conocemos el final, no estamos guíados por un solo sentido, la ejecución de Tezuka siempre es múltiple y puede lograrse gracias a la visibilidad que se le da a cada elemento de su proyecto. Encontramos el caso raro de un exitoso escritor sincero. Divino, diría algún nipón.

 

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Nota:  Cuando Naoki Urasawa adapta Pluto basado en Astroboy utiliza un modelo convencional de narración en lugar del método abierto que describo en esta entrada. La aclaración no busca oponer a estos dos mangakas en cuando a sus visiones modernas o morales de la adaptación del mal. La diferencia es más bien genérica. Urasawa es un escritor inclinado hacia el suspenso, lo que le exige apegarse al código de lo oculto. Sin embargo en este género encuentra sus propias maneras de descreditar al mal con energía, de un modo más sentimental que el sistema de tragedia al que se apega Osamu Tezuka en casi toda su obra. Los factores éticos de la obra de ambos autores coexisten en una misma línea genética.

Edad de razón

Aunque no dudo de la inteligencia de los editores (¿por qué habría duda? un poco de fe en el género humano en general no hace daño a nadie), no espero de ellos juicios o conceptos extremadamente originales. No digo por esto que no haya una cantidad de innovaciones articulables en la edición, sino que la naturaleza del publicar, acto social y publico en sí, responde al caracter evolutivo de nuestra cultura y nuestras instituciones, cuyo metabolismo no responde a la creatividad individual. Hay una cadencia para estos ejercicios que un editor avisado logra combinar con sus económicos proyectos, no pienso que en dicho balance, que algunos violentos pueden figurar como pudor, exista una crítica sólida hacia los difusores de letras. Dicho de otro modo: ¿para qué inventar la rueda si tantos fenómenos sociales ya se han cimentado en nuestros imaginarios? Mejor tomar los impulsos existentes que repetir el trabajo desde nada.

Un ejemplo: la literatura juvenil. Los critiqueros pueden tenerla como un género menor y otros más avaros en sus conceptos, como uno inexistente. ¿Hay un momento en que al escribir el adjetivo juvenil se adscribe a nuestras ficciones? ¿se trata de una voluntad anterior o una evaluación externa? ¿se puede negar su concreto mercado? Hay que ser muy formal y esencialista (además de necio) para desear refutar la factualidad de un lectorado de textos para juventud. Además se permite, como he dicho, que la inspiración venga de otro sitio, no todo pensamiento debe nacer estrictamente literario. Dos tésis aparecen: la edad dictaría la afición y el mercado se construye cual lenguaje.

Respecto a nuestra primera premisa, la experiencia personal suele tomarla por evidente. Entiendo que el apostol Pablo tuvo el atino de decir que los niños actuaban y pensaban como niños, mientras que los adultos actuaban su edad. Me permito remontar tanto en el tiempo pues esto se conjugaba en una época sin adolescentes, abierta a matrimonios infantiles (se perdía la niñez al casarse, lo que hace de este término oximoron) y en general distinta a nuestra jerarquización legal del tiempo biologico humano. Por eso précisamos la experiencia personal y no tratamos puramente de evidencia al hablar del asunto: alguien que ha crecido en un mundo con conocimiento generalizado sobre los organismos humanos se le puede presentar obvio algo que no siempre lo fue. Aún así, el niño piensa y actúa como niño, la infancia se encuentra en un actuar que con el tiempo se vuelve un ser, y luego -salvo algún menoscabo químico- se deja atrás. Se habita y se abandona la niñez.

Volviendo a la epístola en cuestión, al tratar evidencias, Pablo insiste con un valor de énfasis. Para él se sobreentiende que uno transforme su actividad y su espíritu al crecer, su mención busca précisar los objetos que discute por la diferencia. Hablar de literatura de juventud es, a su modo, suponer la existencia de un joven lector y apostar por lo que lo distingue. Y también en Corintios se nos presta la lógica que dicta la edición, lo que es de la niñez (y de la juventud), se abandona para dar paso a lo de adulto. Pero el editor moderno existe en un mundo de supuestos letrados posteriores al primer cristianismo, entiende que la lectura no es una práctica natural por ser de adulto, y reconoce con desaliento que solo una fracción de los humanos leemos toda la vida. La trascendencia religiosa no se resuelve a admitir que vale más la pena que se tenga fe un par de minutos que jamás en la vida. El mercado editorial es más práctico y da por salvado cualquier libro que logra leer (el cual presume incluso leído). Hay algo de paradójico en la admisión de que vendemos libros sin que necesariamente estos sean leídos. ¿Nos debe sorprender que se desmistifique mucho de la convicción religiosa que tenemos a la lectura en estas instancias? ¿no es verdad que de todos modos se conjuga en algún ingenio?

Una cosa que Pablo no dice es que se es niño con el fin de ser adulto, así tampoco la lectura juvenil supone guiarnos a una literatura “más grande”. Creemos con superstición que abandonaremos lo que no corresponde a nuestra edad y nos regocijaremos en el sitio que nos es apropiado, en un plano ideal que nos corresponde por derecho y naturaleza. Solo que no es verdad que exista una línea natural entre las ficciones o la lírica, hay un desarrollo dispar cuyo orden solo se puede imaginar al créer ciegamente lo que dicen las revistas literarias o la crítica. Porque Pablo, por ejemplo, no habla de ser adulto para suponer todo resuelto y cada quién a su casa. Si existen cosas como la fe es que las progresiones no son tan transparentes como una serie de categorías en la biblioteca y así.

(Y como lo más importante en el amor, no odien la literatura juvenil)