Tres veces

Las cosas que he escrito en este blog no ameritan correcciones mayores en la medida en que no pretenden sustituirse a verdad alguna, ni siquiera en lo que refiere a lo literario. He tratado la imprecisión como algo útil y también como algo estético, podemos incluso suponer que mi afición por el tema de lo vago sirve explícitamente a magnificar toda coherencia estética del sentir. Que impresión es imprecisión vaya. Del mismo modo, podemos admitir que esta representación se me figura una absoluta necesidad y acaso hoy día no podría redactar nada sin ella.

El lenguaje de lo absoluto es un tema siempre interesante, comparte su naturaleza fascinante con los choques de automobiles y las fracturas deportivas. Darse cuenta de su existencia es algo rigurosamente lógico pero es enfermizo aplicarse en él. Puede incluso desafiar nuestra cordura. He notado que entre los paranoicos moderados suele existir un esfuerzo de desafiar este discurso esencial y en ocasión veo como, en la desarticulada torpeza de eso que solo podemos calificar como latente locura, hay una intuición estética contra lo rígido de los conceptos. La necesidad de que estos cambien y que no dicten con su violencia realidades que no existen.

La literatura también condesciende a la locura, no hay que engañarse. Pero en su fluidez siempre cambiante, en su identidad de perpetua moda, hay algún espacio legítimo en lo descabellado. Si no legítimo, añorable, necesario. Solo entonces podemos decir que literatura sirve y no es ella misma lo que sirve, sino su torpe y confusa oposición al mal.

 

———-

Idea de marketing editorial: cada autor debería poner un anuncio personal detrás de cada obra enunciando el tipo de lector que quiere. Entiendo que el deseo de ser leído es como buscar el amor. En esas breves frases entenderíamos cuando un autor implica su miseria sexual, se confunde con incoherencias de virgen educado en casa o peca de pornográfica. Que un autor no pueda balbucear un par de comentarios cohérentes para su futuro lector no es marca de una carencia de valor al ser leído, pero habla mucho de una incompatibilidad con las editoriales.

Por supuesto, como todas las historias publicitarias nuestro concepto acaba en un hastío. Un académico que acaso hoy reside en la universidad más miserable de su estado y que en su desorden cuenta con un tiempo libre considerable añadiría, listaría y condicionaría cada anuncio de contraportada en grupos tipo, llevándonos a la evidencia de que todos los escritores se parecen o son el mismo. Entonces en un grupo cerrado de lectores se crearían microgéneros donde no importa lo que se escribe sino como se presenta la contraportada.

Hay precedentes de casos similares con la tapa ilustrada.

 

——–

 

Me leí La vuelta completa de Saer, un libro que se presta a una pedagogía insensible y burlona, espacio que es interesante ver reivindicado sin la pedantería que nos caracteriza a muchos escritores de hoy en día. El texto se enuncia en cierta medida como una conjuración contra las novelas de caracter, ejemplifica y pone en ridículo sus pretensiones universales, utilizando précisamente los excesos del género como pivotes temáticos para discutir temas que son mayores en la obra del autor. No estamos en la crítica abstracta sino en la ejecución de una anti-novela como las predicaba Macedonio, lo que en cierto modo da cuenta de las debilidades relativas del texto. Por supuesto, la maestría narrativa, el poder del detallado “realismo” del autor, sus temas predilectos y la lograda oralidad rescatan lo accidentado del propósito original.

Haciendo este comentario he notado que la división de esta novela en dos partes podría coincidir con la tésis de la “novela mala” y la “novela buena” del mismo Macedonio. ¿Será una coincidencia feliz? Puede ser, dificilmente califico como autoridad para sugerir otra cosa.

Me gustaría hallar otro narrador en lengua española con obras así de amenas. Por el momento me desviaré de tal propósito y exploraré un poco la poesía, luego les comento.

Advertisements

Práctica en Santa Fe

A Responso de Juan José Saer le corresponde el sustantivo nouvelle, que en francés ambiguamente relaciona a la novela corta con el cuento. La trama sencillísima se rehusa al estilo compacto del cuento convencional y así alcanza una longitud, pero no destruye, a mi entender, la coherencia estructural propia a la forma corta. Casi diríamos que es un texto conteniendo su propia crítica.

Hablamos de una Práctica cuando Eleanor Catton publica The Rehearsal pues se justifica el texto como una entrada en ficción, en estilo, para lo que será la obra del autor  en oposición al centro de su Obra. Saer no es menos consiente de su situación en la periferia literaria y le parece adecuado trabajar también desde el exterior, construirse un camino hacia la Práctica saeriana. Lo que hace de este texto un objeto tímido, controlado concienzudamente y voluntariamente ejemplar. Trata de ser más rigurosamente perfecto y menos literario que obras posteriores. Aquí tal vez nos recuerda más a la literatura argentina.

En Responso aún encontramos elementos que nos recuerdan a la literatura de Roberto Arlt, a quien podemos considerar el novelista de referencia para toda una generación de escritores argentinos. Más que una imitación podemos entrever un homenaje a la estética bajeza que Arlt supo escribir. A este fondo común lo revestimos con la carnal realidad propia del santafesino, a su manera peculiar de ligar los personajes con sus actividades, al estatismo y el fulgor que constituyen los polos de su narrativa.

Podemos hacer un paréntesis para tratar de inventar al héroe del texto de Saer. No se trata de alguien marcado por un destino excepcional, como en la épica (no hay un dominio genético o familiar, el código de protagonismo parece ser social, entre amigos), tampoco responde a la pura oportunidad como suele ser perceptible en la vida común y corriente. Hay algo que parece ligado a los momentos en la vida, los protagonistas mismos parecen existir en ausencia hasta que una sensación los impulsa hacia la acción. Es gente que resucita. Estos caprichos de la energía humana no dejan de recordarnos los principios con que Balzac construye su Comédie.

La trama es en cierto modo un viaje précipitado hacia el infierno. Nos recuerda a las Almas Muertas de Gogol por su ambientación y su ritmo escénico. Contrario al sistema de la novela clásica la lentitud no se debe a un esfuerzo de crónica material, sino a un minucioso detalle sentimental y de impresiones (que no son sicológicas en un sentido propio). Por toda la miseria que se lee en las acciones de Barrios, podemos notar como posee una vida interna que desafía nuestro imaginario de simplificación. No se trata puramente de desintelectualizar la caída de un hombre culto, se trata de superar su simple representación y tratar de ambientarlo en un espacio parecido a la vida. Es interesante que en el proceso solo encontramos describible la vida como algo excepcional y que en su regularidad se nos vuelve irremediablemente ajena.

No es un mal libro, mas dista verdaderamente de ser una lectura obligada. Lo recomiendo para quienes conocen al autor y que desean conocerlo en los parámetros de una mas novela convencional. Si Saer hubiese permanecido en este nivel narrativo hubiera sido un autor interesante, pero nada que reivindique otro tipo de trascendencia literaria. Pero sabemos que no fue el caso.

De la peste a la estepa

La furia de los pestes, buen título, cuento decente. El atributo de la furia hace que las pestes no sean una simple abstracción y que nos remitan a una voluntad, la frase es un éxito en sí. Mi mayor reticencia sobre el cuento es que Schweblin no le imprime (suficiente) de su marca personal. En este tipo de cuentos, construídos y al mismo tiempo dueños de cierta universalidad, es fácil producir un texto genérico. Yo no diría que es para tanto (la frase en la que tanto insisto presenta de algún modo el ojo literario que construye), aunque sería mejor a mi parecer con más autora.

La medida de las cosas… Es otro cuento construído, no tan feliz. El personaje del narrador está completamente al servicio de la trama, lo que hace la narración en primera persona se sienta pesada e inconsecuente. Cae en el caso de un cuento cuyo conflicto interno  (valga la aliteración) parece mal resuelto, tienes elementos que amenazan con desviar la trama del final esperado, y otros que simplemente lo apoyan, con demasiado poco conflicto (el caso aquí) la narración parece una secuencia conveniente de arbitrariedades mientras que una desviación mal realizada es también torpeza. La trama no es realmente muy buena, si consideramos esto, el resultado final es halagador.

Mi hermano Walter es un cuento narrado de manera algo dispar, el texto tiene varias gracias y torpezas, algunas frases que llegadas tal como son nos dejan un tanto extrañados o por lo menos distraen. Es un cuento construído, aunque se regocije en rarezas varias (estas por la mayor parte funcionan). Empieza sutil para volverse ruidoso, este balance difícil funciona a medias. Un principio mágico, con tonos religiosos, funda el pasaje misterioso entre la felicidad y una caída inminente. Lo mejor del cuento es lo que deja suponer, esto compensa los límites de lo escrito, que siguen sin tener el nivel de los mejores cuentos de la antología.

Bajo tierra es de los cuentos que trabajan con un miedo generalizado, parece adecuado que su tratamiento sea más bien clásico. Me parece un acierto la transición entre una narración impersonal y las consecuencias de la historia. Otro mérito es el tratamiento de la locura, que vista de la distancia se ve menos artificiosa, menos de cartón. Tal vez el texto resulta un poco ajeno, por la dimensión de su tragedia que casi lo postula como un evento historico, afortunadamente Schweblin asume la distancia. La estructura, por quererse simple, cae un poco en la fórmula. De todos modos Bajo tierra prueba que un cuento puede ser enteramente clásico y funcionar.

La primera frase de Cabezas contra el asfalto es el mejor comienzo de todos los cuentos de este libro. No diría que es un comienzo perfecto (el apartado lo debilita un poco) mas sigue siendo muy, muy bueno. La voz narradora en este cuento es bastante particular, demostrativa, y es tal vez la caracterización más lograda entre los narradores del libro. Hay algo de confesional en la trama que se presta bien al humor, por este lenguaje que en su claridad tiene algo de opaco. El texto que trata de la vida de un artista, desde su juventud hasta cierto revuelo causado por su obra, es de caracter autobiográfico. Las transpocisiones funcionan y Schweblin trivializa atinadamente sus primeros conflictos. Me ha gustado el cuento, creo que muestra bien como la vida puede proponer tramas descabelladas o, mejor dicho, agarradas de los cabellos. Como en el caso de Irman, parece adecuado a una adaptación fílmica, la autora reconoce bien cómo el caracter visual del arte se comunica con más facilidad que lo puramente escrito.

Perdiendo velocidad, un cuento simpático aunque olvidable, también extrañamente visual. La estructura no termina de convencerme, las alternancias entre recuerdos, presente y la elipse temporal terminan por verse poco elegantes. Aparte de un imaginario popular agradable no hay mucho que analizar de este cuento, la trama es un poco como la de Mi hermano Walter pero reducida.

Finalmente está la Estepa, en este cuento la voz de la narradora es millones de veces más coherente que en Conservas, pero la trama es inferior. Bueno, está al final del libro y francamente a estas alturas uno sabe perfectamente lo que va pasar después de una página o dos, la ambigüedad que se crea al no mostrar lo que la pareja busca sirve más como metáfora que como tensión verdadera. Hasta cierto punto preferiría que la autora complicara la situación y mostrara todo al final, esto jugaría un poco con toda la tensión de cartón que se hace en el relato. En fin, tal es mi crítica con este texto, sabemos que no va a pasar nada y no pasa nada. La escena final logra construir cierta intensidad, esto es gracias a que todo lo anterior está bien escrito.

Con esto cubrimos someramente todos los cuentos de Pájaros en la boca, pueden ir a la página de internet de la autora y creo que hay disponibles a la lectura estos últimos dos cuentos. ¿Puedo darles una opinión generalizada de mis lecturas? Creo que son entretenidos en su mayoría, Scweblin tiene un estilo de narración interesante que se extraña cuando el texto es demasiado convencional, admito que el balance entre esto y la pura arbitrariedad puede ser difícil. Ningún resumen, a mi parecer, comunicaría tan bien como las extensas reseñas a las que me he empleado. Un reproche fácil contra mis comentarios: son crípticos sin el texto a la mano. Mi recomendación es simple, consíganse el cuento.

Agradezco como siempre sus comentarios y los espero la próxima vez, cuando huiré del género cuentístico como si fuese una plaga terrible (y furiosa).

Que la discusión con pájaros en la boca prosiga.

En la quinta posición hallamos el cuento de Papá Noel duerme en casa. Después del título y la primera línea del texto me digo “este cuento solo se puede escribir de un par de maneras, y nunca es un relato bueno”. Schweblin redacta y confirma lo que es mi primera opinión. Pareciese que el tema fue elegido por una gracia verbal, con la frase creer en Papá Noel. Mientras menos tratemos este texto mejor, más por innecesario que por malo. Hablemos mejor un poco más de Conservas.

La entrada anterior olvidé mencionar que algo en el planteo del cuento Conservas nos sugiere un relato trunco. Es natural que ciertos cuentos -entre ellos unos muy buenos-, presenten una incertidumbre que incline al lector a suponer lo que sigue o lo que antecede al relato. Esto está bien. Temo que en el caso de este relato, sería superior discutir un efecto secundario de abrir la conserva -empezar tal vez el cuento abriéndola-, por ejemplo recién pasada la fecha de caducidad, explicar los eventos tratados en el relato de Schweblin como trasfondo y seguir adelante con más excentricidades. Estas posibilidades a mi parecer, hieren más el texto de lo que lo ayudan, se imponen y uno les tiene alguna nostalgia, decide ignorar las frases que tiene frente a los ojos.

El cuento epónimo de esta antología es una vuelta en forma de la autora. Pájaros en la boca es un título bastante bello, me recuerda a un comentario de Borges casi al final del libro que acabo de leer (tan largo era este libro que todo me lo rememora), por ello no me sorprendería que el título motivara la redacción del texto. Porque la trama del cuento es extremadamente sencilla en el mejor de los conceptos, la caracterización es excelente y el desarollo elegante. Bueno, ¿en qué consiste este cuento que me fatigo tanto en elogiar? Básicamente en una circunstancia narrada por un personaje que tiene algo de grotesco. Lo que sucede en el relato “no es para tanto”, no se construye tampoco una tensión innecesaria ni se trata de mantener demasiado la ilusión de misterio. Aquí todos los resultados son directos e inmediatos, las frases del narrador reflejan algo muy convencional y por ello fácil de comunicar. Son cosas que se pueden entender, que en algún sitio los hemos visto -especialmente si tienen mascotas-. Aquí precisamente es cuando comenzamos a interrogarnos sobre el “tema común” que se le puede imputar a los cuentos de Samanta, el que acaso amerita la comparación que hice recientemente con Silvina Ocampo.

Aún en cuentos construídos como Conservas, las historias del libro se enuncian en el cruce entre familia, mundo íntimo y la relación padre/hijo. Frecuentemente lo raro o lo terrorífico funciona en este nivel, como si el razonamiento fuese que esto es conocido por todos y a la vez representa nuestro espacio más vulnerable. No sé si podemos decir que Schweblin ha elegido, como Ocampo hizo previamente, la figura del infante como expresión privilegiada del Otro. Con todo y todo, reconocemos la enunciación de este espacio común como una verdad objetiva, sin duda alguien se escudará en esta exploración de lo íntimo para encasquetar a la autora ciertos topos de la literatura “femenina”. Hago la aclaración porque leyendo superficialmente la idea cruzó mi cabeza, mas una vez evaluado todo detenidamente, no es tan así.

La Última Vuelta es una cuento muy viejo, de esos recurrentes en la obra de diversos autores a través de la historia. La mínima metáfora del tiempo y la memoria, con la obligada circularidad cíclica expresada de manera literal. Está bien escrito y uno no queda defraudado por la expresión del problema clásico. Fuera de los elementos esenciales del cuento, hay varios que Schweblin usa que parecen sin duda arbitrarios, por esto quiero decir que el cuento no se reivindica una reformulación del problema filosófico clásico sobre la memoria, sino que emplea un método más estético que analítico para comunicar. Y el cuento es bello. Siendo que comparto un fondo cultural con la autora, el texto funciona para mí. Es un poco absurdo cuestionar tramas más o menos invariables, por lo que me entretengo un poco en lo accesorio, disculpen si chocheo al hacerlo.

El Hombre Sirena es un texto que cumple con su cometido. La actitud del hombre sirena, y precisamente el hecho de que sea una sirena a nivel conceptual, son las felicidades que sostienen el relato. La cuestión del asunto es el ambiente, aunque se nos relata todo con relativa parcialidad, se adivina una realidad turbia detrás del relato. Hay una amenaza construída en el texto, que se comunica principalmente por la voz de la narradora, esto está bien hecho. Para mí este puede ser el “misterio” mejor realizado de todo el libro, pues no se le trata como nada fuera de lo común, no se extiende en lagunas fabricadas en el discurso de los personajes para ocultar convenientemente. Los arbitrarios de este cuento, se sienten justificados como tales y creo que este es el objetivo que tenemos al escribir. Aquí me conviene precisar un par de cosas más respecto al libro en general, tratando el estilo y refiriendo al título de la obra.

Suele pasar que un libro de cuentos lleve el nombre de un relato contenido. La furia de las pestes es un título excelente para un cuento, mas su pobreza en una tapa es flagrante. Ya dije que Pájaros en la boca es una expresión con gran belleza verbal, para mí es un acierto emplearla para el libro. La mayoría de los otros títulos me parecen olvidables, excepto Cabezas contra el asfalto. Me gusta la sugerencia (absurda) del antagonismo literal entre las cabezas y el asfalto. Es importante medir las palabras: cabezas contra el cemento es un título infinitamente mediocre. Como si dijera Aves en la boca (¿aves qué? ¿aves marías?).

Segunda distracción: una de las primeras elecciones al escribir un cuento es la elección entre narrar en tercera persona o involucrar al narrador en el texto. Hoy en día no sé si se puede tachar un método de más convencional que el otro, suele emplearse la primera persona para crear una subjetividad, cuyo fin primero es ocultar o tergiversar elementos del relato. Es más difícil granjearle una voz particular a un personaje desde el exterior, esta es una marca de un cuentista experimentado (quiero decir técnicamente). Constato que en la mayoría de estos cuentos ignoramos quiénes son los personajes principales y los descubrimos como avanza la trama, esto puede dar un efecto de normalidad (los personajes son anónimos, representarían a todo le mundo), o puede ser un simple truco; por cuestiones de economía a veces es mejor presentar a los personajes, incluso cuando no es importante para el relato puede desorientar y quitar realidad al texto. No he tomado en cuenta distinciones teóricas entre estos tipos de narraciones para juzgar los cuentos que he listado, mi objetivo es saber si son efectivos en la manera que están escritos. Tal vez un lector más escéptico que yo se diría al entrar a un relato “esta en primera persona, el cuento se basará en la ilusión o en lo oculto” y con ese criterio hallaría los textos predecibles. ¿Quién lee así? Creo que ni uno lo hace al releerse, no nos damos cuenta hasta que punto tenemos automatismos y caemos en facilidades al redactar. El uso convencional de estas maneras de narrar nos lleva a constatar en el caso de la autora, que el lenguaje es usado de manera convencional, no estamos en la búsqueda de la experimentación verbal sino comunicando historias de manera estilizada.

La próxima ocasión se termina este cuento.

Cuatro en la boca

Vamos a analizar el libro Pájaros en la Boca, de Samanta Schweblin, seré préciso al tratar cada cuento con argumentos y deconstrucciones. Después de esta tarea redactaré una conclusión para decir si el texto es bueno o no. Mi intención, como siempre, es explicar algunas cosas: si algo no funciona, por qué, ¿dónde está el talento de un cuentista experimentado? ¿al tratar una antología qué tanta uniformidad esperamos al nivel de la calidad? etc.

Agradezco de antemano a la autora por montar en su sitio un par de los textos que trataré, así incluso los que no tienen el texto a la mano sabrán de qué hablo (aunque en la medida de lo posible evito las precisiones). También le pido indulgencia si se me pasa algún detalle (bueno o malo), que resultara fundamental.

Entremos en el juego, voy en órden del primer cuento hasta el último (¿o hasta que me aburra?). Empecemos por uno títulado “Irman”.

Irman es un mal cuento.

Sospecho que no es la mejor manera de comenzar una antología, afortunadamente, no todos los lectores entramos a una obra por un cuento primero. No hay que desanimarse tampoco, pese a tratarse de un relato imperfecto está bien escrito.

Digo que es malo, tal vez debería especificar que apenas es un cuento. La trama gira alrededor de una situación más o menos inverosímil, que no parece tener hilos conductores aparte de la conveniencia para el autor. La escena se trata con mucha ligereza y tiene tintes de comedia, no todos los momentos que buscan ser graciosos tienen éxito. Y creo que uno de los problemas es el narrador: cuando los relatos se traman en lo arbitrario necesitamos la voz de un personaje que nos permita creer en su universo, este parece dudar de las circunstancias y las contagia de irrealidad. Cécile me señaló -mientras yo reflexionaba en otras cosas- que el robo al final se ve forzado, como si la autora hubiese buscado construir la escena del descenlace y tratara de llegar hasta ella. También hubo una palabra rebuscada que me sacó del texto (graciosa crítica venida de alguien que escribe como yo), mas ese es un error puntual.

En sí, no es que la situación sea mala (puedo producir al menos una lectura metafórica interesante entre la sed que abre la narración y el final con la poesía), me parece más bien que no es apta para un cuento. Como una escena en una novela o un film, o como un cortometraje (y acompañado de buenos actores que impriman realidad al mundo), este sería considerablemente mejor. La adaptación sería apta pues el texto es muy visual. No haber colado un verso en la revelación final me parece una oportunidad perdida. En fin, está lejos de ser el mejor de la autora, merece un tibio olvido.

El siguiente cuento se llama Mariposas, y aunque tampoco tiene una trama perfecta, los músculos literarios de la narradora logran su cometido. El cuento, que es corto, viene de una experiencia que quienes hemos tocado mariposas hemos tenido, con esta sensorialidad y con una economía majestuosa al dibujar los personajes, es de lo más sencillo, casi un juego. El sistema del cuento es el del sueño: las mariposas se sugieren simultáneamente más que mariposas. Con esta ilusión tan sencilla, pero sin buscar simplemente la sorpresa, el texto se vuelve adecuado para la lectura metafórica. No importa la validez de la metáfora que refiero -otras pueden hallarse-, su sugerida existencia expresa la profundidad que el texto puede adoptar. De lejos lo hallo mejor que el anterior, es de un estilo más convencional.

Conservas sería el nombre del tercer cuento de la antología. Entiendo que este cuento está bastante construído, nos hace partir de las conservas (un buen párrafo clarifica esta voluntad) y extender esta suspensión del tiempo hasta eventos que nos parecen inverosímiles. El título también es de los mejores de la antología, aunque la palabra “conservas” no me guste, el encabezado no abarata el texto ni revela sus consecuencias. Como dije, la estructura del texto está guíada por su función, el final está un poco por necesidad y lo acompaña una imagen no necesariamente fuerte. Si no entienden a qué me refiero con textos construídos, los cuentos fantásticos de Bioy Casares suelen emplear esta forma: se levanta una tésis y se exploran sus posibles consecuencias, el texto ilustra y enriquece estos pensamientos con situaciones que sirven de ejemplo para ilustrar el mundo alterado por la tésis extraña.

Me temo que este texto fracasa en cierto grado, considerando cómo casi todo su contenido es de necesidad. Probablemente un lector distraído lo acepte sin más, pero ¿quién escribe para lectores distraídos? Los personajes logran su cometido, internandote en una ficción que quieres créer, solo que la narración traiciona esta voluntad y muchos elementos de la trama parecen irreales y flotantes. Esta es una sensación que tuve leyendo uno de los cuentos que Schweblin publicó en su sitio, en el cual -a mi parecer-, había un esfuerzo notorio en la narración por mantener un estado de “ignorancia” respecto al misterio del cuento. Hay un elemento misterioso en la realidad, se busca no explicarlo pero sugerir que puede ser varias cosas -mundanas-, hasta el punto en que la realidad parece irreconciliable con lo que nos sugiere el cuento. Este es un tipo de narración que suele plagar el fantástico no sobrenatural, se crea un ambiente/misterio que se mantiene sugiriendo pero no se dice. Se requiere, naturalmente, un lector muy cómplice. Los lectores maliciosos ya esperan lo peor, no creen que tras sugerir lo imposible, el escritor de un paso atrás y proponga una sucesión simple de circunstancias normales. Mucho poner énfasis en el secreto suele ser un error. En Conservas me parece que la indeterminación -que supongo busca acentuar la extrañeza-, hiere la efectividad del texto. Puedo dar ejemplos: se refiere con frecuencia a los contenidos de cierta lista (ignorada por el lector) como guía de conducta, se trata con indicios vagos un tratamiento (con frases como “ya está cerca el final”), los objetivos de los personajes se mantienen voluntariamente obscuros (los papás “comienzan a sospechar lo que queremos”), entre otros. Demasiados elementos vagos le quitan lo concreto al texto, parece una historia contada por alguien que no sabe contar (me refiero al narrador), ¿quién se pasa hablando a un interlocutor de elementos que no le sugieren nada y a base de falta claridad?

Por lo demás, el cuento muestra algunas excentricidades no particularmente efectivas sobre lo que se asemejaría a métodos seudo-mágicos para remediar enfermedades. Esto no está bien ni está mal, pienso que llena el texto de un poco de paja. Tal vez soy muy crítico con este texto porque Bioy Casares escribió una trama similar, en uno de esos cuentos suyos que actualmente funciona. En fin, no es tan efectivo como podría ser.

Y para cerrar el día de hoy, queda el texto del Cavador. Este es más efectivo de esta primera parte, me parece de un humor superior al de Irman (menos slapstick) y que carga su etiqueta de absurdo con gracia. Además, la actividad de cavar está muy bien elegida por la variedad de conotaciones que podemos hallarle, -incluso se me ocurre la idea del Keynesianismo- lo que solo ayuda a darle profundida a lo que de otro modo puede sonar como una extraña anécdota. Un buen cuento, prueba que en ocasiones lo sencillo vence a lo complicado.

La tapa de Schweblin

Hablemos de los cuentos de Samanta Schweblin.

Se nos imponen inmediatos varios problemas. Existe la dificultad clara de abordar un tema demasiado reciente, no porque escape al análisis -estos cuentos no postulan dicha dificultad-, ni por miedo a tratar un tema menor. Es arduo justipreciar lo nuevo porque la historia que necesitamos comprender se incrementa. Lo más reciente tiene más historia literaria y uno no conoce todo. Juzgar en el vacío tampoco es tan sencillo porque la literatura es referencial, y lo más nuevo suele ser menos referenciado. Estamos pues en unas limitaciones técnicas que refieren al tiempo. Poco nos importan.

Leí por ahí que Schweblin es la mejor cuentista argentina del momento. La frase es elogiosa, aunque rápidamente remita al relativismo, al desconocimiento de quienes son los otros grandes cuentistas de dicho país. Luego siendo más maliciosos uno puede admitir que la frase tiene algo de promocional: los premios obtenidos por la autora y la influencia de la editora en la cual publica pueden ser vistas como grandes máquinas de fama. Hay una intención de volver al cuento un fenómeno literario mayor en las esferas éditoriales, esta intención podría falsear el justo juicio a favor de Samanta. Además, en una contra-portada se cita a Vargas Llosa como autoridad narrativa, aprobando la calidad de la autora. Malum signum, arrastrar a un premio nobel en el asunto.

No podemos ser contrasistema al punto que descreamos con mala fe todo lo que sugiera el mundo editorial. Muchos grandes autores, pese a todo, son publicados. La tradición del cuento en la Argentina no es banal, uno o dos de los mejores autores que el país propuso se dedicaron con atención y teoría a la tarea. Schweblin se inscribe en este género tradicional ¿a su desfavor? No creo. Mejor inscribirse en una tradición genérica importante y probar la propia valía ahí que ser el único que escribe y publica cuentos en su rancho.

Cuando uno se emplea a la crítica suele caer en ciertas facilidades. La comparación entre dos autores o dos obras es convenientepor transmitir mucha información sin decir gran cosa. Por ejemplo, si hablo de los cuentos de Schweblin y digo que nos recuerda a Di Benedetto y a Silvina Ocampo, soy a la vez muy descriptivo y nada explícito. El argumento es válido porque muchas de las fuerzas de la autora son compartidas por aquellos, delíneamos un cierto tipo de narrativa corta,de problemáticas y de estructuras que los lectores del cuento identificarán sin problemas. A la vez, no calificamos certeramente los vínculos entre sus respectivas obras. Además que si usted no ha leído a ninguno de los tres, se halla completamente desarmado.

Otro error propio al género que nos atañe, es buscar hilos conductores o ideas principales en cada cuento, en vez de tratar los textos como si fuesen entidades autónomas. Decimos que Borges recae en los problemas de la eternidad, los espejos y los sueños, aunque en ese mismo libro nos topemos con una o dos historias de gauchos. La taxonomía del cuento como método de tratar ideas es un recurso limitado. Descreo de la antología como unidad que organiza el análisis, hay excepciones por supuesto. Queda el hecho de que la síntesis es más válida en las contratapas de un texto que en una verdadera critica textual. Yo no puedo dejarles en buena conciencia, información que ustedes pueden ver al levantar el libro físicamente y leer su costado. Mi asunto no es el marketing. Creo que en la comparación entre obras y autores, también hay algo de marketing. ¿Le gusto Di Benedetto? Compre Schweblin.

De antemano me separo del escrito en su contexto de negocio, sin caer en el elogio vendedor o el ataque gratuito. Pensado así creo que puedo recomendar los textos de Schweblin. Son buenos, sin ser imprescindibles. La antología es dispareja, la autora cae en ciertos recursos que son sus valores seguros, mas estas asperezas no anulan el agrado neto que uno resiente a la lectura.

Hasta aquí, nada he dicho. Tomemos una pausa.

Donde latinoamérica se encuenta con Cortázar

Como mencioné en una entrada anterior, mi lectura de la obra de Roberto Bolaño es algo desordenada. Esto tiene una consecuencia indeseable con mucha incidencia en esta reseña: no pude leer Los Détectives Salvajes sin pensar todo el tiempo en 2666. Los Détectives complementa bien a la obra póstuma, pues la afinidad fue buscada por el autor, pero la relación inversa no se mantiene. Para justipreciar los Détectives es mejor evitar la comparación directa con su sucesora.

Alguna información básica: el libro ronda las 600 páginas, se divide en tres partes desiguales con diferencias narrativas importantes y es un libro para amantes de la literatura latinoaméricana. Entrevemos sin dificultad el Bolaño poeta, al que el autor mismo refería con cierta ironía diciendo que luego se aplicó en la novela para hacerse rico. Los escritores anteriores al llamado “Boom” latinoaméricano están mejor representados en el libro, el Boom solo tiene un verdadero representante cuya identidad no necesito aclarar. De cierto modo el interés del libro está en su universo, en los detalles ricos que presenta, haciendo de la literatura en español un verdadero fenómeno mundial, en una época donde la figura del exiliado latinoaméricano era muy prominente cortesía de las dictaduras varias que poblaron el cono sur.

Es un libro largo, contiene una buena cantidad de historias, algunas de ellas impactantes y otras bastante hermosas. Para Bolaño el realismo es un compromiso fundamental, las relaciones y las ambiciones de los personajes se transforman o desgastan con el paso de los años narrados, hay algunos que mueren o desaparecen o se vuelven irreconocibles al avanzar la narración. Existe el idealismo, mas está conjugado en relación a muchas circunstancias, entendemos que los momentos grotescos de la novela tienen que ver con la incapacidad de congeniar el deseo y la realidad. Bolaño sigue siendo crudo y relativamente cínico por su manera de narrar, sigue manteniéndose exterior a los personajes permitiendo al lector ignorar mucho de ellos. Y con todo eso, el texto está bañado de amor por todos lados, casi la construcción entera de la novela reposa en la fraternidad entre individuos, los cuales en el fondo son desconocidos o apenas encuentros incidentales, pero que interactúan profundamente en la soledad de cada uno. Esto también, me parece es una impreciación a los escritores y los lectores, eternos solitarios, casuales conocidos.

Discutiendo sobre esta obra con Carlos, caí en cuenta que aparte de sugerir infaliblemente 2666, este libro también se arraiga en la obra de Cortázar. Hay una cita muy fácil de encontrar sobre cómo Bolaño admite deberle mucho a Borges y a Cortázar. La frase sugiere que la deuda es evidente. Lo de Jorgito Borges se me hace un poco redundante, porque todos los escritores que han leído al cieguito le deben algo aunque se lo callen -sirve al menos de mal ejemplo-. Lo de Cortázar de algún modo no lo ví, me dije que le gustaría leerlo, porque no reconciliaba el estilo seco de Bolaño con nada de lo que he leído de Julio. No obstante, ya siendo menos estúpido -y menos ciego, no sé con que autoridad califico así al argentino-, es bastante grosero cuánto el chileno le presta homenaje en su manera de construir e incluso problemátizar su obra.

Por ejemplo: este asunto de la afinidad entre gente apenas conocida y el subsecuente olvido es más o menos la problemática de Los Premios, un par de escenas climax del segundo y tercer libro no dejan de recordarme a 62 Modelo para a(r)mar. Al principio me preocupaban un poco las similitudes entre Los Détectives y Rayuela (las hay, pienso que el duelo de Belano y el atrincheramiento de Oliveira se parecen en muchos sentidos), pero ya reflexionando más el asunto creo que la obra de Cortázar que es más parecida es 62. Y bueno, si sirve de excusa nadie jamás se acuerda de ese libro. No es malo (hablando de libros malos de Cortázar, ¿alguien ha leído el Libro de Manuel?)… Solo entra en una posición incómoda donde no es un libro accesible como Rayuela y tampoco es un libro con vocación lectora como Los Detectives.
 
No quiero deformar el propósito de mi reseña, definitivamente Bolaño y Cortázar no escriben parecido, el atractivo de sus obras es muy distinto. Bolaño te da muchas ganas de leer otras obras, es un acervo de lecturas sugeridas y referencias, sus textos son más profundos, más humanos y menos juvéniles. Détectives no es un texto tan feliz en toda su extensión, tiene historias entretenidas y valiosas, pero también tiene sus partes flojas que te hacen sentir que no van a ningún sitio. Es un libro bastante desigual, aunque lo compensa por ser muy efectivo. Si usted ama la literatura latinoaméricana, Los Détectives Salvajes no lo dejará indiferente.
 

Una nota personal de mi lectura: no pude místificarme por los elementos enigmáticos de este libro, de cierto modo, pude preever lo que sucedería en el desarrollo de la historia, lo cual normalmente no me importaría (no soy un lector de certezas y sorpresas), pero esta vez me hizo sentir como si el climax se paseara un poco por todo le libro. Así como estamos, siento que leería 2666 varias veces antes de releer los Détectives  aunque de veras me encantaría que alguien me diera razones para mirarlo con nueva atención. Por el momento, me quedo con un intenso deseo por leer algo de poesía.