¿Recolección?

Hay personas que consideran el aprendizaje lineal (digamos sobre literatura, ya saben que es mi barato ejemplo), su conjetura supondría que hay ciertas cosas que deben saberse. Determinadas cosas que se han de leer. Porque son referencias inevitables que forman hasta cierto punto al escritor o al lector. Tratamos pues de apropiarnos a los conjurados hasta el punto de ruptura en que no se puede, sinceramente y con provecho, leer más.

En este imaginario, el saber se colecciona y los libros se acumulan, la progresión es puramente geométrica. Yo leo más libros que usted y por lo tanto soy mejor literato que usted, o mejor crítico si creemos en jerarquías de este tipo. Ser erudito es una virtud y no solo de la memoria, la cita précisa de un objeto literario es casi una experiencia de lo religioso y promueve las letras aún cuando no hay soporte textual. No es una colección gris, sino un inmenso museo, un palacio de tesoros obtenidos en sitios distantes y de inmenso valor, así se postula una biblioteca llena de mundos y universos. La propuesta puede sonarnos familiar: el arte popular la comunica.

Una problemática muy real de este sistema de pensamiento es que el conocimiento estructura. Tomando el ejemplo de la biblioteca, tenemos organización por género, por época o tema, tal vez incluso nos vayamos al idioma o la nacional para construir sistemas accesorios de orden. Cada orden que imponemos, cada metáfora que admitimos, nos encierra en determinado concepto del universo. La literatura es múltiple y viva, dos paseos por ella no pueden ser idénticos pues dependen mucho del azar La línea no es tal, la geometría es en realidad un grupo de ecuaciones que se acotan, independientes y salvajes, con distintos sistemas de pensamiento que nos permitimos. El perfecto lector toma un largo tiempo en desaprender todo lo que ya ha aprendido para hallarse a la altura de un juicio verdadero.

La litera no es en sí una colección pues se fractura. Si leer un texto en cualquier día con cualquier nivel de distracción, en todo desórden y azar, en cualquier sitio físico, durante el hambre, el sueño o el estrés, fuera lo mismo que en otras circunstancias, si fueramos palabra impreso (nosotros), tal vez podríamos tener un texto en la casa y que eso tuviera sentido. En una vez, sin desaprender todo lo demás, ¿qué tan lejos ha de llegar un lector? ¿qué universos pueden construirse cuando el creador es un ser ortodoxo y esctructurador? Dicen la neurología y el psicologismo que el saber mata la creatividad, el érudito que solo es eso, tendrá las debilidades de todos los hombres sin tener sus mismas fuerzas.

Yo no aprecio personalmente los deberes literarios, la noción de que determinados libros deben leerse, que estamos frente a un rompecabezas ya varias veces armado y determinista. Por nada en particular, creo que leer lo que otros leen es bonito para discutir pero triste. Triste porque no leemos todos igual aunque leamos lo mismo y la distancia es incomprensible. Hay demasiada autoridad y demasiada poca pedagogía de las letras. Si yo les digo que García Marquez es bueno tal vez me lean sus obras completas con gusto, tal vez no sería su primera reacción decir “García Marquez no es bueno y no perderé mi tiempo con él”. ¿Por qué?

Insisto porque cada vez es distinto: no den crédito a mis palabras. Sopesen ustedes mismos, lean con libertad y alevosía. El lector es fundamentalmente escéptico, desconfía antes que nada de su propio conocimiento pues lo ha estructurado. Somos eso y no merecemos tampoco una cantidad sin límite de fe en nosotros. No somos tampoco tan buenos. Pero tenemos que serlo. Y los escritores, esos señores y señoras grises que redactan solos demasiado tiempo, ellos ponen sus almas en la mano de gente como usted. No en su conocimiento, en usted, en su potencialidad, en su libertad. El lector perfecto es enteramente libre.

Una última metáfora: hay quienes coleccionan lecturas como el promiscuo colecciona mujeres. Abstracciones más, abstracciones menos. ¿Dónde está el amor en esa imagen?

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