Letras rotas

El arte se quiere artero. Efectuando gestos del arduos, resueltamente extraños o imitando la naturaleza, tendemos a evaluar lo superior de la voluntad humana en materia. El culto al autor se justifica en la medida que los hombres suponen motivos y en ellos la literatura puede reinventarse (es, entendemos, un tipo primitivo de relectura). Adivinar o muchas veces inventar esta voluntad creadora es inicialmente el juego de lo artístico.

Existen distintos artes como distintos juegos, por la naturaleza de sus elementos, nuestra capacidad de interacción con ellos, su existencia o permanencia temporal, su improvisación. El nucleo tradicional de la literatura la pinta como un arte fijo, uno que nos propone el texto como objeto inmutable y terminado, y si bien existen obras que se han redefinido en el tiempo, el lector sigue presa del paradigma de obra definitiva (si no fuese así, conceptos como la obra clásica habrían sido abandonados). Hay quienes van aún más lejos: coleccionan finales. Asemejarían el valor de su obra a una suerte de pincelada final, un chascarrillo de última frase, que descartaría lo fragmentario.

Identificamos en esta tradición muchos elementos de un juego primitivo y de iteraciones diversas: el rompecabezas. Por supuesto, la imagen de este ejercicio está un tanto falseada por la predominancia de una variante del juego sobre las demás (¿no es así también en las letras?). Pensamos acaso en el cartón seccionado donde se imprime una imagen que sirve de guía para construir, este formato es compacto y apto para comercializarse, además la falta de un número discreto de piezas no lo descarta como ejercicio. Otros requieren más complejidad, un objeto tridimensional armado por piezas puede exigir la presencia de determinadas piezas claves para sostener su estructura, en ciertos casos pueden todas resultar indispensables. Aunado a esto encontramos que nuestro concepto de armado es recomponer el objeto inicial, nada impide al creador de rompecabezas un sistema donde varios objetos finales y encontrados sean posibles. Sin contar posibilidades de piezas en exceso o inexistentes o que no pertenecen entre sí (el metafísico ya ha sospechado la existencia de piezas imposibles).

Los videojuegos ya han experimentado con algunas variedades mencionadas: los objetos virtuales carecen de la limitación espacial que ha vuelto nuestros rompecabezas algo básico. En la representación los juegos pueden constar de infinitas piezas y reproducir resultados algorítmicos que se fatigarían mas tarde que la humana vida. Además el estado inicial puede siempre cambiar, introduciendo una novedad difícil de transmitir en lo físico: lo indiscernible, lo secreto. En un juego de video uno puede hallarse frente a un problema sin siquiera sospecharlo, estar interactuando con fracciones de un todo por formarse que no se reconocen de antemano. Y entonces parte del rompecabezas es también hacer que el mismo exista, no solo resolver un problema sino descubrirlo.

Además el videojuego admite la secuencia, nada más sencillo que producir un rompecabezas que solo puede empezarse de un par de maneras. Así empezamos lentamente a producir objetivos parciales, a encargar al jugador ciertas tareas por cumplir para su avance. Un sistema así fricciona con lo invisible: si alguien juega ignorando que existen tareas, hay algo absurdo en su propósito, entramos en el sentido intraducible o el código, en lugar del lenguaje práctico con una función social.

La literatura comparte con el juego no su tiempo de ejecución sino su naturaleza virtual. Gracias a esto admite una complejidad mayor al rompecabezas físico que existe como material analógico y no experiencial. Hay juegos letrados con lógicas varias, desde formas de detalle como el acróstico hasta resultados posibles como nos sugiere el existir de la novela de misterio. Conceptualmente no agotaremos en una vida las piezas propuestas por el arte. Antes las descartaremos pues como muchos juegos poco técnicos o excesivos, logra aburrirnos incluso antes de jugarlos. Las literaturas así mueren antes de ver la luz.