Edad de razón

Aunque no dudo de la inteligencia de los editores (¿por qué habría duda? un poco de fe en el género humano en general no hace daño a nadie), no espero de ellos juicios o conceptos extremadamente originales. No digo por esto que no haya una cantidad de innovaciones articulables en la edición, sino que la naturaleza del publicar, acto social y publico en sí, responde al caracter evolutivo de nuestra cultura y nuestras instituciones, cuyo metabolismo no responde a la creatividad individual. Hay una cadencia para estos ejercicios que un editor avisado logra combinar con sus económicos proyectos, no pienso que en dicho balance, que algunos violentos pueden figurar como pudor, exista una crítica sólida hacia los difusores de letras. Dicho de otro modo: ¿para qué inventar la rueda si tantos fenómenos sociales ya se han cimentado en nuestros imaginarios? Mejor tomar los impulsos existentes que repetir el trabajo desde nada.

Un ejemplo: la literatura juvenil. Los critiqueros pueden tenerla como un género menor y otros más avaros en sus conceptos, como uno inexistente. ¿Hay un momento en que al escribir el adjetivo juvenil se adscribe a nuestras ficciones? ¿se trata de una voluntad anterior o una evaluación externa? ¿se puede negar su concreto mercado? Hay que ser muy formal y esencialista (además de necio) para desear refutar la factualidad de un lectorado de textos para juventud. Además se permite, como he dicho, que la inspiración venga de otro sitio, no todo pensamiento debe nacer estrictamente literario. Dos tésis aparecen: la edad dictaría la afición y el mercado se construye cual lenguaje.

Respecto a nuestra primera premisa, la experiencia personal suele tomarla por evidente. Entiendo que el apostol Pablo tuvo el atino de decir que los niños actuaban y pensaban como niños, mientras que los adultos actuaban su edad. Me permito remontar tanto en el tiempo pues esto se conjugaba en una época sin adolescentes, abierta a matrimonios infantiles (se perdía la niñez al casarse, lo que hace de este término oximoron) y en general distinta a nuestra jerarquización legal del tiempo biologico humano. Por eso précisamos la experiencia personal y no tratamos puramente de evidencia al hablar del asunto: alguien que ha crecido en un mundo con conocimiento generalizado sobre los organismos humanos se le puede presentar obvio algo que no siempre lo fue. Aún así, el niño piensa y actúa como niño, la infancia se encuentra en un actuar que con el tiempo se vuelve un ser, y luego -salvo algún menoscabo químico- se deja atrás. Se habita y se abandona la niñez.

Volviendo a la epístola en cuestión, al tratar evidencias, Pablo insiste con un valor de énfasis. Para él se sobreentiende que uno transforme su actividad y su espíritu al crecer, su mención busca précisar los objetos que discute por la diferencia. Hablar de literatura de juventud es, a su modo, suponer la existencia de un joven lector y apostar por lo que lo distingue. Y también en Corintios se nos presta la lógica que dicta la edición, lo que es de la niñez (y de la juventud), se abandona para dar paso a lo de adulto. Pero el editor moderno existe en un mundo de supuestos letrados posteriores al primer cristianismo, entiende que la lectura no es una práctica natural por ser de adulto, y reconoce con desaliento que solo una fracción de los humanos leemos toda la vida. La trascendencia religiosa no se resuelve a admitir que vale más la pena que se tenga fe un par de minutos que jamás en la vida. El mercado editorial es más práctico y da por salvado cualquier libro que logra leer (el cual presume incluso leído). Hay algo de paradójico en la admisión de que vendemos libros sin que necesariamente estos sean leídos. ¿Nos debe sorprender que se desmistifique mucho de la convicción religiosa que tenemos a la lectura en estas instancias? ¿no es verdad que de todos modos se conjuga en algún ingenio?

Una cosa que Pablo no dice es que se es niño con el fin de ser adulto, así tampoco la lectura juvenil supone guiarnos a una literatura “más grande”. Creemos con superstición que abandonaremos lo que no corresponde a nuestra edad y nos regocijaremos en el sitio que nos es apropiado, en un plano ideal que nos corresponde por derecho y naturaleza. Solo que no es verdad que exista una línea natural entre las ficciones o la lírica, hay un desarrollo dispar cuyo orden solo se puede imaginar al créer ciegamente lo que dicen las revistas literarias o la crítica. Porque Pablo, por ejemplo, no habla de ser adulto para suponer todo resuelto y cada quién a su casa. Si existen cosas como la fe es que las progresiones no son tan transparentes como una serie de categorías en la biblioteca y así.

(Y como lo más importante en el amor, no odien la literatura juvenil)

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Otra de detectives

Dijo Kasai Kiyoshi, en un contexto que en el fondo no nos importa, que la desaparición de la literatura pura arrastra consigo la desaparición de la literatura popular a la que se oponía, la pureza o impuresa, la cultura o la distracción no tendrían sentido. No hay que entablar argumentaciones semánticas sobre lo que sería la literatura pura, admiremos más bien el razonamiento, perfectamente traducible para quienes nos embrutecemos en la crítica literaria, tanto por su evidencia como por su caracter inaceptable. ¿Qué nos queda de la literatura popular si su análogo puro no existe?

Imaginemos que las dos tésis descabelladas que voy a describir son, ambas, válidas en nuestra realidad: 1) La literatura pura existió, 2) la literatura pura ya no existe. No veo por qué alguien tendría problema alguno en construir sistemas de crítica alrededor de estas facilidades, se entiende que el historiar literario cuenta de muertes y desapariciones conceptuales. Además, la pureza es algo que desestimamos en nuestras sociedades híbridas, entrelazadas y mestizas, he conocido críticos que no pueden siquiera concebir una literatura relacionada, que han efectuado el salto del universo sucio y moribundo de objetos contaminados, sin análogo ideal. ¿Por qué no? En el fondo nunca hemos creído en las recetas perfectas ni en los textos que durarán para siempre. De hecho, la existencia de una literatura pura postula más problemas teóricos que su desaparición, como, podemos imaginar, un dios muerto es menos provocador que uno sobreviviente. Aceptando la clausula inicial, ¿podría morir de veras cualquier cosa pura?

Por supuesto, volviendo al razonamiento, en su elegancia adivinamos cierta malicia. No hay literatura popular si la única literatura que existe es popular.  Ser popular es un no-ser, mientras que la única gracia correspondiente a cualquier fenómeno escrito es su permanencia, la vejez necesaria para que comprobemos que el texto existe. Sin embargo en lo que concierne a un lector sin estigmas dialectales, la experiencia de arte popular es enteramente lógica. ¿La elegancia de este juicio debe relevarse al mero artificio o en su rigor lógico podemos encontrar una descripción genuina de nuestras espectativas lectoras?

Si hablo del lector es porque en determinado nivel podemos admitirnos educados en cuanto a la lectura, recordemos que mucho de lo que leemos es guiado por editoriales, que son a la vez difusores de la cultura y negocios importantes. Sabemos que la literatura popular puede estar bien escrita, y sabemos que los textos bien logrados suelen admitir algún exito entre las masas lectoras. En efecto, se publican muchos textos que no tienen mayor ambición estética que el entretenimiento. La no-cosa es quizás el reverso: la idea de que se publica sin el afán de entretener, tan solo por amor al arte, por puro valor cultural. Y volvemos a nuestra ilusión cómoda de que lo puro no existió y no sabría existir.

Se me ocurre una analogía con los procedimientos matemáticos y su empleo. En la vida real, las matemáticas no son como en la escuela, no hay nadie que te diga cuándo se puede hacer o no hacer una cosa, por lo que puedes emplear métodos en circunstancias donde producen fácilmente sinsentidos. Solo que el método es llevado a cabo sin error y sin contrariar reglas previas que lo descartarían como absurdo. Así son muchas veces los juicios críticos, por más que pasemos una y otra vez sobre el mismo razonamiento, no atinamos en encontrar defecto en él, pues técnicamente empleamos nuestras herramientas críticas de la manera adecuada. La perfección dialéctica, sabemos bien, dista de ser lo mismo que la verdad. Entonces nos podemos instalar de nuevo en el plano abstracto e interrogarnos ¿la literatura popular es algo sin su contraparte?

Dije antes que el contexto en que Kasai empleó su frase no nos interesa y me sostengo en mi argumentación. No importan los motivos del autor, solo importa que existen en un contexto cualesquiera. Si vemos el problema sobre el tiempo, debemos sobreentender que la literatura popular convive con una literatura pura, con la que algunos podrían llamar “gran literatura”, uno en todo caso, elitista por diseño o necesidad. Hay una falacia en el razonamiento que enuncia dicha convivencia, pues si la literatura es siempre objeto vivo, entonces los viejos textos tenidos por puros, son leídos frente a los populares y modernos en un espacio universal que nada excluye. Si la literatura es letra muerta y se nos exige una coincidencia física y temporal en la autoría o publicación de obras de calibre máximo, mediano o cómo sea… ¿Qué tan coincidentes pueden ser estas obras? ¿por qué el ingenio sería forzosamente tan abundante como el desingenio para siquiera existir?

Por eso veo en parte algo de religioso en la mitología de los contextos. Hay gente capaz de argumentar que a cada generación o a cada país le corresponde su Kafka o su Hugo, esos que desearían impulsar a un Cortázar o a un Nabokov a la altura de esos genios. ¿Por simetría? Es, de algún modo, un tipo de belleza pura y burda. Nadie se atrevería a cuestionar que la ausencia de literatura genial hace que la literatura sin ingenio deje de xeistir.

Cuento chino

Damián me procuró un libro de divulgación científica sobre estadística, realmente la mayoría del contenido trada de operaciones y distribuciones que me son familiares pero… ¿Quién dedica ciertas horas del día en pensar estadística? Este es, me parece, uno de los intereses de los textos científicos.

El argumento central del texto en cuestión tiene sentido: pensamos muy frecuentemente en términos de una realidad objetiva y poco permitimos al azar. Si enviamos nuestro texto a cinco editoriales podemos pensar que esto implica que es malo, y no que fue rechazado o perdido por otras razones impredecibles. Creemos que el éxito literario y la calidad tienden a ir de la mano, que si bien un texto mediocre puede hacer gran ganancia, un texto bueno nunca pasará desapercibido. La conclusión del autor es interesante: si los escritores tuvieran más conocimientos de estadística tal vez hubieramos visto publicadas obras geniales que el azar relegó literalmente al olvido.

Intento conciliar dos argumentos anti-objetivismo, esos que hablan del azar y aquellos que se centran en la subjetividad. ¿Son lo mismo? ¿se puede decir que al renegar una discusión con un “esto es subjetivo” lo que hacemos en realidad es una admisión al azar? Nuestros gustos y puntos de vista son circunstancia, de ese lado, por su complejidad indescriptible, los admitimos azarosos. El término tal vez repercuta negativamente en creyentes ortoxos de lo predecible. Decir que algo no es universalmente válido no implica que sea dependiente del azar, al menos no lo cree así el que desprecia las evaluaciones objetivas. Apelar al azar le parece de algún modo, menos contundente.

¿Es el azar una influencia débil en la creación o una inconturnable? Tal vez la mística del escritor sería limitada si concediera su justa parte a lo impredecible. No controlamos tanto la vida ni el tiempo de creación, los cálculos más precisos responden a elementos exteriores y nuestras comparaciones solo pueden rendir cuentas a un idioma común. Muchos de estos aspectos están tan impregnados en nuestro cotidiano que se nos vuelven invisibles. El azar es algo que calculamos todos los días y sentimos que no cuenta gran cosa, por eso fallamos en reconocer que a veces lo fortuito es más fuente de literatura que muchas causas que nos parecen verosímiles.

En mi propio enunciado sobre los tiempos personales del escritor se adivina un tinte de azar. Esto es: solo hay un momento para escribir una obra, si pasa demasiado tiempo entre la primera confección de la obra y su resolución, entonces puede volverse otra. El libro que hubiera escrito siendo un joven estudiante solo podría ser tal al escribirlo durante esos años. Sin cumplir estos requisitos, ya se vuelve otra cosa, el método y lo dicho forma parte del mismo objeto, son parte de un mismo azar inexplicable pero presente que se conjuga en un momento exacto.

Resulta que la intuición sería una herramienta pobre para evaluar el riesgo estadístico. Muchos engaños de la impresión se deben a que narrativizamos y construimos relaciones de causa y consecuencia que no son válidas, de cierto modo extendemos el principio mágico a sus consecuencias más absurdas. Por esto se admitiría que las mismas historias que nublan nuestro juicio numérico puedan engañar nuestro juicio estético, y hablarnos de un genio escritor en vez de un escribidor entre muchos otros, que por ser parte de un número inmenso de artistas semeantes a él, logra un texto válido porque alguien debe lograrlo. Y en cierta medida, ese simple criterio estadístico nos explicaría con felicidad todos los escritores infinitamente mediocre que han escrito algo bueno y han fallado a replicar el éxito de su obra magna que los presentó al mundo. Sería, la ciencia editorial, una ciencia de probabilidades, no de talento editorial ni de calidad.

 

La materia de las cosas

Cierta honestidad fundamental me hacía imposible contemplar la posibilidad de una precariedad voluntaria en los productos. Pienso en la caducidad programada de los bienes, particularmente de los computadores que he usado a lo largo de casi toda mi vida y que pude entrever sin ningún conocimiento formal del asunto. Uno tiene un aparato electrónico y este se muere ¿qué hay de raro en ello? Dejemos de lado la pobreza tecnológica que el mismo predica conforme la tecnología se va abaratando y que un objeto pierda su funcionalidad primaria en unos años…

Me parecía ridículo que una mano inteligente -o que se reivindique como tal- guiara la construcción de los aparatos para que estos se destruyeran. No quiero decir por esto que mi ceguera me impidiera ver las pobrezas de cada objeto, sino que la caducidad siempre me sonó como una suerte de accidente mecánico, de deriva viciosa del sistema que estaba condenada a suceder por falta de recursos, de escrúpulos o de seriedad. O de precariedad. Nací en un país con un nivel de vida “bajo”, en donde se espera ya por inercia que las cosas funcionen forzosamente peor que en otros sitios. Y pues, la gente necesita computadores y otros aparatos en estos países, los cuales por fuerza no pueden ser demasiado caros en cuanto al costo de fabricación, lo que forzosamente lleva a un abaratamiento de los materiales que conlleva en sí la temprana destrucción de los aparatos, cuya calidad obviamente sufre. La proyección no es menos absurda, pienso simplemente que funciona a un nivel de absurdo que estaba dispuesto a aceptar, uno que convenía a mi concepto pragmático de tecnología y de industria.

Resulta que era muy generoso con determinados industriales que practican una “legítima” teoría económica de caducidad programada. Si uno vende lámparas, y las lámparas duran eternamente, entonces en cierto momento ya no se necesitan más lámparas o se necesitan tan pocas (supongamos que se rompen algunas ¿no?) que fabricar las lámparas no es económicamente rentable. Para su supervivencia la industria de lámparas debe construir productos frágiles que al deshacerse, serán reemplazados por nuevas lámparas que iremos vendiendo y el sistema mercantil se alimenta ad infinitum. Bueno, en la medida que existe trabajo y recursos para crear lámparas, es un sistema concebido en una escala de abundancia casi absoluta. En suma, la idea sería hacer objetos voluntariamente malos para tener más ventas en el futuro y que el cliente nos necesite como distribuidor de pobrezas tecnológicas.

Mencioné antes que hay una falacia en el sistema: supone en cierto modo que los recursos en el tiempo son ilimitados, también admite benignamente que la tecnología mejorará y las iteraciones futuras de cada bien no serán de veras idénticas (esto es más una piedad del sistema que una verdadera voluntad por parte del fabricante). Me recuerda a un argumento que leí en Saturday Morning Breakfast Cereal sobre que la segunda teoría de la termodinámica negaría la evolución, porque el sol no existe. Ignoremos ese elemento externo gigantezco que postula un problema en el sistema y asumamos en el argumento solo lo que nos conviene.

Suficiente préambulo, aquí todo lo medimos en términos literarios porque es la vocación de la literatura ser moneda de intercambio en el discurso social. El mundo editorial tiene su propio concepto de vigencia artística y caducidad que no persigue en cada instancia lo “inmortal” de la alta literatura sino que condesciende a lo transitorio. Los editores aman las letras, no se ven publicando textos voluntariamente malos (se puede hacer esto, ciertas publicaciones marginales se prestan al juego), mas están enfrentados a la urgencia de vender nuevos libros para alimentar sus propios recursos y mantener viva la necesidad de cada lector de un nuevo y flamante texto que los conmueva, porque sin un flujo de libros más o menos constante los lectores dejan de existir. Además (se dicen) los escritores tienen que sentir una motivación para escribir, tan débil como esta pueda ser desde el punto de vista économico, los que perseveran en la escritura suelen hacerlo dentro de un círculo économico modesto que los premia levemente por cada publicación. Y sí, hay mucho de falacioso en este sistema, pero más que recompensar escritores o crear nuevos lectores la vocación de las éditoriales es que el fenómeno de la literatura exista, que el objeto libro tenga una continuidad en el tiempo y en todas las épocas. No hay esperanza de que los medios técnicos mejoren con el tiempo y se generen “mejores libros” en un futuro, si se tiene la certeza de que si no existe ningún tipo de libro en el futuro, no los habrá.

¿Pinto con benevolencia los vicios de esta industria mientras me presto a desecrar las demás? Todo lo contrario, pienso que el caracter viciado de la economía presenta todos estos arbitrarios como una necesidad, y que en ambos casos debería haber otra opción, pero ¿qué quieren? Los sistemas no se manifiestan ni se transforman en un abrir y cerrar de ojos. La ciencia y el arte son conceptos enturbiados por su aplicación económica, no tenemos realmente otra referencia que esta existencia puramente mercantil y todo lo demás, es una pureza limitada al comentario. Si uno no se hace a estas realidades ¿puede decir que ama la ciencia o el arte genuinamente?

Los détectives menores

Después de partir en divagaciones que incluyen o critican el mundo editorial, siento un poco de culpa pues en el fondo ignoro casi todo de dicho universo.

Mi conocimiento es básico: los ingleses no leen, los gringos no traducen casi nada, la mayor editorial francesa está ligada a una feliz corporación que vende armamento y los monopolios éditoriales ayudan mucho a la ruina de las librerías. Cosas que me parecen accesibles a cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad, pero que yo admitiblemente aprendí en la universidad. Los estudios me han sensibilizado bastante a las realidades de los empleos literarios que no son la escritura directa, y he dejado de verlos como en mis años jóvenes como un montón de parásitos, proxonetas y prostitutos en grados variantes.

Pensaba en la poca traducción de los gringos como uno de los factores déterminantes en la fama providencial de la obra de Roberto Bolaño. Nadie ignora hoy en día que el chileno es un escritor válido, mas existen en su generación otros autores igual de buenos -o mejores ¿no?- que no tienen tan felizmente tapizado el camino a la “posteridad”. Este azar, o esta predestinación, si se quiere, nos interroga sobre los elementos que llevaron a la obra de Bolaño a ganar los adeptos que llegó a tener antes de estar en todo sitio.

Y esto de cierto modo recae en los Détectives Salvajes. A notar primero que nada: no es la mejor obra del autor ni tampoco es la más traducida. Al momento en que se publica, sin embargo, su proyecto es revolucionario. Busca sin duda una totalidad que comunica especialmente con la audiencia hispanoparlante del autor. Este valor principal es lo que la sostiene, lo que la vuelve valiosa y lo que eventualmente la empujará a cierto olvido. Porque es una obra memoriosa y con una función histórica importante, por eso su posición es insostenible.

En un futuro cercano ya no será sencillo restituir la evidencia con que los Détectives Salvajes entra en diálogo con una época literaria. Varias generaciones de escritores pueden reconocerse en aquellas paginas, ver un espejo fiel de la literatura en español, autores que incidentalmente fueron los primeros y los más fieles lectores de esta obra. Acaso la evaluarán incluso sobre las otras obras “superiores” del autor. Estos lectores selectos tienen el mejor concepto para juzgar aptamente la obra, otros menos agraciados responden a cierta moda en la cual la presencia de escritores/héroes en la literatura se tiene como un elemento romántico y atractivo en una trama.

La extensión de la obra resiste al análisis superficial y a la lectura perezosa. Tal vez la mejor analogía es tratar de comparar este texto con la obra de Proust, que tiene infalibles lectores en cada generación y goza de un poder de convocatoria que permanece casi intacto. Con Proust la calidad desigual de cada libro hace que la saga de La Recherche no sea leída a cada tomo con la misma asiduidad, hay cierto síndrome de que una obra sirve como escalón para la otra y es en parte durante esta interconexión que los lectores se aplican a abordarla sin timidez. Los Détectives también tiene este extraño problema de servir como escalón, no solo a la obra de Bolaño sino a la de otros autores, a aquellos que hace ecos y que incluye o recomienda durante el desarrollo del libro. Tal vez el caracter de transición de los Détectives es un accidente editorial más que una realidad, mas no creo equivocarme al considerar la lectura de esta obra se hará cada vez más precisa y menos generalizada incluso dentro del corpus del chileno.

Trato de hacer argumentos que suenen más o menos objetivos, pero constato mi rotundo fracaso en este respecto. Tal vez la cita de autoridad se precisa, hablar de la sempiterna idea de libro clásico dejada por Jorgito Borges, donde un texto capturaría el imaginario de sus lectores por generaciones a venir. Los Détectives Salvajes no es el texto de Bolaño que te persigue cuando terminas de leerlo. Tal vez tratar de perseguir más la inmortalidad hubiera traicionado la efectividad que el texto posee a pesar de su longitud. Esto tal vez sirva de testimonio para autores que admiten lo extraño: la proeza técnica muchas veces pierde en poder ante la brutal imperfección.

El juicio desfavorable que la posteridad tendrá con esta obra será en cierto modo una validación del trabajo que Bolaño efectúo. Ya ven, hay muchos autores que sufren el estigma de volverse famosos por un libro y nunca tocar de nuevo los imaginarios de sus lectores así de profundamente. Si Bolaño hubiera principalmente fundado su mito gracias a una obra de memoria y de generación, el espacio que representa su propio discurso para el futuro sufriría en consecuencia. Sus lectores leales e inteligentes, lo han salvado de un destino tan deleznable, despreciando este libro en justa medida.

Sin título

Basta con el cine. Sin duda en los años a venir solo estará más y más a la moda tomando lo que cuestan las cámaras hoy en día, la presencia de medios masivos de distribución por la web y la inquietud siempre creciente de los jóvenes. Esto no es, no requiere, debería decir, de mi atención inmediata. Volvamos a la literatura primaria, al libro de papel, a las éditoriales y sus vicios, a los géneros que casi venden.

No creo en el autor profesional. Esto es un problema primeramente porque los autores que viven de su pluma llevan como cuatro siglos existiendo, y luego por ser una opinión tan groseramente impopular. Me dicen seguido que si quiero publicar mis libros, y les digo que estaría bien (parte de la organización que les impongo es para eso), pero que no hay prisa alguna, que no los escribo a esos en la esperanza de un premio. No diría tampoco que el texto es un logro en sí, ciertamente requiere un mínimo de atención y dedicación para no salir absolutamente asqueroso, mas no te granjea tampoco su peso en orgasmos una vez que lo redactas finalmente y te parece -en lo íntimo, sin que otros lo lean- digno de existir. Sin ponernos metafísicos sobre el ser o no ser de la obra, en cierto nivel uno se desentiende de ella cuando no tiene más que darle, y ahí pensamos un poco en su destino, en la guillotina editorial o el cajón polvoriento. Parece absurdo que nuestro destino se ligue a la suerte de esos garabatos, como esperar que te regalen riquezas por haber educado a tu hijo como a una persona decente.

Ciertos principios económicos se aplicarán sin duda al autor profesional, por un lado necesitará ser un mínimo prolífico para sobrevivir, lo cual en mi opinión es deseable, por el otro, su control sobre el flujo de ideas que publica se reduce considerablemente. Admiro a los escritores prolíficos pues sus voluntades van acompañadas de la seguridad de completar sus objetivos, de mandar a sus hijos al mundo y haberles cumplido, mientras que el escritor lento se carcome en dudas para lanzar sus obras al mundo. Habrá quienes pensarán que dicha duda se parece al amor, yo creo también que se explica con la falta idea de que la obra es de nuestra posición y nos negamos a abandonarla. Cualquier autor debe producir circundando sus más grandes carencias, el tiempo limitado que implica el escribir para vivir suele acentuarlas, mostrarlas obscenamente como llagas expuestas para que el mundo las vea. No es casual que los telenoticieros tengan una pobreza verbal significativa, en parte se llega a créer que no importa.

Esto es un enigma para mí, en lo que concierne a este téorico autor profesional. ¿Cree realmente que no importan los libros médiocres que se hace editar cada año o cada dos años? ¿íntimamente siente que no es diferente a aquel que cree sinceramente en cada página que produce por poco atróz o pobre que esta sea? Yo sinceramente lo ignoro, sospecho que el autor piensa que su trabajo tiene un valor, independientemente de su obra y que por ello es pagada. Tal vez no hay ningún autor cínico, todos creen cagar pepitas de oro en intervalos regulares. Acaso la costumbre es peor que la remuneración en lo que respecta a créer y matarse por la propia calidad. O la interioridad de ningún autor existe y todos son máquinas secuenciales que combinan al azar palabras y formas, entonces me parece justo decir que ninguna diferencia sería válida.

También está la parte que concierne a la dudosa validez del oficio. Un autor no-profesional, hace otra cosa, puede publicar muchos libros y muchos libros mejores que el que de eso vive, pero de lunes a viernes dedica su existencia a actividades que comparte con otros mortales. Este profesionalismo le presta un punto de vista distinto, una proximidad particular al resto del género humano que no viene del dudoso vínculo cómplice -¿culpable?- de lector/redactor. La cadencia de su escritura no responde puramente a la necesidad fisiológica, seguro producirá pobres textos de cuando en cuando pero no serán regidos por el intestino. Moral y teóricamente estoy completamente a favor de este tipo de autor. En un sentido un poco más práctico, me aburre infinitamente la idea de tener que trabajar en cualquier cosa -la literatura incluída-, y preferiría nacer en una época donde ni una opción ni la otra es eligible. Supongo que los que viven de becas se acercan más a ese sueño que las plumas mercenarias. Que malo que aceptar una beca es como ser la mascota de alguien.

A veces pienso que nuestro concepto de autor es puramente un invento del marketing moderno, está bien pagado porque sirve como espantapájaros de los comunicadores de tiempo completo y se sabe que la publicidad tiene dinero para tirar. Hay ciertos autores que tal vez vivan de su escritura, solo que no es importante, no los definimos como el individuo que está presumiendo su calidad bohemia o intelectual prestada por una falsa idea de valía que el mercado librero proporciona. Existe ese espacio extraño y feliz en el que la gente ya no se define por su oficio, donde apenas se es escritor y donde no se es profesional en nada. Estos genios, va sin decirlo, quedan exentos de todo juicio de valor que los simples puedan tratar de imponerles.