Cruel mirar

¿Por qué leer historias crueles?

Empiezo por los relatos aunque existen los versos crueles, la crítica sádica o incluso la canción, cada tipo de creación contiene una violencia que le es característica y postula muchos problemos, sobreentender por razones de brevedad que el fenómeno es rigurosamente el mismo de un lado o de otro, no es hacer un servicio a nuestra inteligencia, es un tipo de pereza intelectual. Sin embargo, la fórmula narrativa se nos presenta en efecto evidente pues en su privilegio de exterioridad, inventa y recrea lo básico de lo ajeno, sitio principal de la violencia es un lector (pues cuando nuestra vida es el foco de fuerte abuso no agarramos un librito, toda lectura es un tipo de paz). Entramos en la paz de lo aparente para salir a la violencia de lo real, o algo así.

La pregunta podría ser la inversa ¿para qué leer cosas felices? Entiendo que puede tener efectos positivos en el ánimo y la salud, las actividades intelectuales tienen algún carácter de terapia, liberan de presiones remediándolas primero en lo irreal para alcanzar lo tangible. Es un juego de solidificar y deshacer, al placer del lector, eficazmente sostener la verdad del mundo por la propia mano. En esta prestidigitación creadora en ocasiones puede perderse el fundamento de lo que el arte nos puede representar. Salud para el sujeto lector, pero ficción para el objeto. La exposición de  preguntas simples: si soy responsable de cierto bien ¿cómo habría de no serlo de cierto mal?

Pero vayamos de vuelta a la insidiosa crueldad. Esta puede concebirse como una crudeza abusiva del escritor hacia su objeto, un ángulo difícil de extraer de una posición algo militante. ¿Por qué así? Los escrutinios científicos tienen pretensiones de objetividad, lo que supone que distintos individuos obtendrán al verificar un mismo resultado, valores idénticos. Ningún escritor forma textos idénticos a otro, no hay hablar neutro. Pienso en el caso siguiente: la justicia. Si me extiendo en el suplicio que sufre alguien condenado al presidio justamente condenado, la interrogación se entiende de inmediato: ¿qué me empuja a ser testigo del dolor? Y aquí radica la primera virtud curiosa de los actos grotescos, lo arbitrario y extrañador de su influencia que de inmediato nos empuja a la distancia crítica. Notamos que no se inventa la realidad, los criminales sufren, son entidades sensibles que no se desechan del existir aunque los discursos fácilmente los supriman, con justificación notable, respecto a sus actos. Y es una crueldad que sostenemos al admitirla, al remitir al sistema de la violencia como método legítimo de sociedad. Al encontrarla tenemos la opción de cerrar del libro o de compartir de algún modo esa responsabilidad, o de sojuzgarnos puros y sagrados, distantes de la atrocidad. Este juego de distancias es fundamental para toda crítica a la ficción cruel: el ofendido es un objeto ajeno ¿o soy también yo?

Una función primaria es debitar a los objetos dolorosos de una verdadera existencia. En el discurso es sencillo borrar cualquier inconveniente, el politico promete sin preocuparse de que nada de lo jurado puede cumplirse, el joven se hunde entre sus problemas a fuerza de no relativizar que hay otros más graves. Las cosas pasan consecutivas sin que sepamos percibirlas, pasan de hecho todas a la vez. Lo dicho aunque se diga en un minuto, regresa, se vuelve síntesis. Como solo podemos ser responsables de cosas que existen y que la ficción tiene como vocación imposible el ser, perseguimos alguna justicia trunca, que evidencia nuestros limites los cuales deben presuponerse antes de asumir las tareas verdaderas de cualquier ser humano.

Por supuesto, debemos en este ejercicio distinguir la invención de un mal encantador y necesario, que nos brinda una voluntad íntima y secreta de ser irresponsables, de abandonar lo correcto y ser del mal. La fiesta íntima de los vencidos que se regocijan de la propia humillación. No es una crudeza de un insomnio genuino que hemos descrito en los párrafos anteriores. Sentir placer no nos provoca, ni nos extraña, ni nos mete en distancia crítica ni finalmente logra, de modo alguno, hacernos felices.

Si distrae.

Del trauma

Todos los años tienen su masacre.

Esta puede ser, me parece, la contradicción a la que nos inclina el discurso civilizado. ¿Callamos o hablamos del horror? (bueno, digamos lo segundo, somos literarios) Y si hablamos… ¿Cómo no fascinarse por la violencia? ¿cómo garantizar que se nos leerá con la piedad que nosotros mismos sentimos hacia la era privada de amistad en la que nos tocó vivir? No se llega a este sitio escribiendo sin dirección ni talento, toda paz, incluso la de conciencia, está cimentada en esfuerzos consientes que deben ser tan duraderos como radicales. ¿Y ven? Alguien puede llegar y deformar el término radical, porque algunas personas dan demasiada importancias a términos así, sin control, sin distancia. Sin la posición crítica que todo autor espera en su lector.

Por la época en que he crecido y las horas que me han sido dadas para leer, descreo en líneas générales de la literatura del trauma. Otros autores y otras eras tal vez reivindicarán sus frases gloriosas, yo me limitaré a señalar el menoscabo que hoy me parecen denunciar.

Cuando Dante es leído por algunos religiosos, en su medieval Commedia estos identifican, a modo bien pensante, su fascinación en los horrores del Infierno. La circunstancia nos resulta perfecta: se trata de una obra mayor que se enfrenta a la proeza de discutir el mal. Dante considera que en la vida conocemos el mal, que resistimos su seducción y que en seguida avanzamos. Es la carrera de todo místico o santo. Pensamos del mismo modo el cómo Flaubert fue acusado de que su Madame Bovary fuera una apología de la infidelidad (hubieran podido ir más lejos los juzgadores y considerarla una defensa de la estupidez), pues su lectura selectiva y un poco miope, decide borrar lo estético del horror con el fin de llegar al más directo camino de la sensación inmediata, del rechazo. La literatura del trauma no es todo lo que trata el mal, es más bien la que se fascina con un evento y no puede alejarse de él, que se conjuga en la incapacidad de continuar el camino del místico. Otra definición que podría competir con la anterior: es donde la inercia de la ficción depende en lo riguroso de aquella del mundo real. Donde la ficción es superada.

Con estos prejuicios y un poco desencantado del concepto de su trama en general, recuerdo haberme aproximado a la obra Extremely Loud & Incredibly Close de Jonathan Safran Foer con bastante escepticismo. Entre las críticas casuales que me comunicaron la existencia de esta obra se leía una tácita reserva, sin el elogio desaforado que acompaña los éxitos éditoriales que tienen alguna vigencia académica. No sé si me esperaba a un localismo propio a ciudades como New York, un tipo de sensibilidad que excluye de antemano al extranjero y nos interroga sobre si obras de dicho estilo deben traducirse. Algo así encontré. Un libro de su época que constituye casi una crónica y que hace ruido por ser menos ingenioso y lúcido, más artificioso, que la novela precedente del mismo autor. Una obra menor en sentido propio.

Luego de esta experiencia empecé a concebir una objeción, no para justificar al autor sino para posicionarme seriamente frente al género del trauma. ¿Se puede esperar una verdadera obra maestra que venga de un evento como el 11 de Septiembre en su dimensión estrictamente sensacional? ¿en su vívida esencia inmediata? Y luego una duda (est)ética ¿debemos perpetuar brutalidades de este género en las letras inmortales de nuestros respectivos idiomas? ¿vale la pena subordinar la imagen de un autor a dichos azares?

Hay un razonamiento que acaso se aplica a los héroes anónimos que se han hallado frente a un crimen de violencia, al delirio de exceso que un hombre hace carne, que sería usar el anonimato como ausencia y refutación de participar en dicha imaginación. La información que fluye todo el tiempo, con sus propagandas y discurso constante, entiende difícilmente como un nombre propio puede tener más realidad que su generalidad discursiva. Una novela mediocre puede ser más elocuente en su fragilidad que una técnica superior que se fascina por el vicio sin saberlo.

Sin asombro y sin ira, leer es una decisión a consiencia para resistir al mal. No nos quedemos solo con efectos inmediatos.