Partido

De vez en cuando repienso a la metafísica del deporte o mejor dicho, al espíritu deportivo, como uno de esos espacios de libertad que nuestra cultura ha inventado para escapar a lo material que eclipsa al arte convencional. Como toda empresa creativa, como toda industria, lo deportivo se encuentra a medias entre la proeza técnica y el símbolo, tiene sentido pleno en la ascepción lingüistica del término, es un medio de comunicación. Y en ese sistema comunitario, convencional, el deportista es una figura que encarna lo íntimo, receptáculo primario de la fatiga y el ejercicio, acreedor primario de su potencia síquica y motora. El deporte representa perfectamente la lucha de un hombre consigo mismo, el esfuerzo que yendo hacia la perfección es acaso la única verdadera perfección. Podemos entrever en dicho sistema que todo verdadero artista que se reserve un mínimo de honestidad intelectual tiene que obrar en el fair play, buscando précisamente el ideal de mejorar.

Nuestra mente estructura el universo que nos rodea como una narración, las secuencias fatigosas de inicios y finales se imponen a fenómenos cuya duración o sentido desconocemos. En el esqueleto de cualquier relato existe latente una ficción metodológica, una estructura que simplifica por ejemplos y analogías el caos universal que es de cualquier cosa. Nos contamos historias en un afán de comprender. Y en esa dialéctica, ejercemos el culto a los motivos, a la razón detrás de la experiencia y si se quiere en otros términos, a los objetivos. En la producción todo es narrado, tenemos fines y medios, nos preparamos hacia un futuro que acaso nunca llegará, empezamos las cosas para lograr algo (cualquier cosa). El deporte es una sucesión típica de metas que no hace sino crecer en una dirección: primero lograré este saque, luego regresaré el golpe, después ganaré un punto, luego terminará este set, etc. A la vez es la reiteración de un mismo incremento que podemos pensar aritmético y cuya fórmula es más simple: seré mejor, después trataré aún de ser mejor y luego, seré mejor aún. La empresa humana que se quiere creativa, es pues, la repetición monótona de un ideal siempre accesible más siempre distante. Lo íntimo y lo convencional, por ejemplo.

El deportista no siempre es mejor por obtener los más grandes resultados. Por esto no quiero decir que no se admita una optimización evidente del trabajo físico o que un hombre no pueda desempeñar hazañas que sobrepasen a sus contemporáneos por sano margen. Uno es apto para la disciplina física un puñado de años, ¿cuál azar nos garantiza que se emplean bien? las exigencias de la probabilidad son rigurosas, entre cinco atletas con aproximadamente las mismas capacidades al menos uno se verá rezagado ante los otros como sexto o quinto lugar sin que haya en ello injusticia alguna. Esto podría narrarse como drama mas no puede vivirse como tal, pues el que compite entiende que los otros son tan buenos como él, y si no lo logra admitir su error no es deportivo. El fair play corrige el estigma del poeta maldito, se enuncia por su espíritu de avance en un espacio que es más propicio a la gloria que al menosprecio.

Va sin decir que el espíritu deportivo es una enorme ficción, un ideal en que uno no vive por el simple hecho de crear o ir a los juegos olímpicos. Creemos en él pues hace de la acción concreta un gran proyecto, ese de perseguir nuestra capacidad mayor, de vernos como queremos ser (entrevemos una filosofía de vida). Y se queda con nosotros por ser íntimo, précisamente por la incapacidad de traslaparse en un ranking mecánico de logros. Uno requiere hacer mil sentadillas antes de ganar tal competencia pero nadie cuenta quién hizo las sentadillas mejor. En la literatura recordamos algunas páginas inmortales de Proust o de Meville, no précisamos cuantificar cuantas olvidamos. Hay quien ve esto como un trabajo ingrato y ve justicia en no amar al deporte, otra forma de verlo es que se tiene qué hacer pues no hay nada gratuito en la vida. Las bellezas del mundo son reiteración: de lo ya dicho, de lo ya sentido y de la misma frase pedante que no atina en ser refutada de una vez: mejorar, mejorar, mejorar.

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Tareas lectoras

Hay en los juegos una relación muy real entre el protagonista y el jugador, porque las acciones de ambos están intrínsecamente ligadas y porque el primero sirve de modo de expresión al segundo. Esos avatares coloridos que a veces nos representan son verdaderas herramientas creadoras, tal ves las tachemos como menores de antemano, pero la fascinación que nuestras acciones al jugar pueden ejercer es algo constatable en la experiencia. ¿Saben qué es Twitch? Se trata de una plataforma de videos sobre internet que se especializa en la difusión de partidas de videojuegos. Y tiene muchísimo tráfico. ¿Qué hace el literato con las consideraciones anteriores? Entreveo la posibilidad de que nunca se entere: el escribidor sabe ser un ente prehistórico que tolera tácitamente los desarrollos tecnológicos y prefiere solo emular o proceder al manuscrito para expresarse, otra posibilidad menos horrorosa sería que esta pasión lo interrogara por su voyeurismo. Más remotamente, tal vez se llegue a interrogar sobre lo que hace al juego tan atractivo.

¿Por qué ver a otros jugar nos hace bien? Esta misma interrogante plaga otra práctica cultural que no logra imponerse en la esfera literaria, el deporte. Ver el deporte y practicar el deporte son cosas distintas, e incluso dentro de la práctica deportiva se encuentran distintos participantes que no entran en escena por así decir, y cuyos roles son acaso más importantes que los de un jugador individual: los preparadores físicos, los directores y otros miembros del cuerpo técnico en un equipo. Hablamos de narrativa en los videojuegos, existe una forma de relato más bien ténue en el deporte también. A veces, cuando se vende un partido, pasa incluso que están escritos. La lucha libre, deporte espectáculo por experiencia, definitivamente sigue esquemas narrativos bien identificables, haciendo coincidir elementos de la ficción y de la realidad en un mismo espacio gracias a este tipo de desarrollos. El videojuego no es una práctica de la maestría del cuerpo como es el deporte, pero está plagado de las mismas contingencias técnicas que vuelven su práctica presencial una suerte de balance entre lo improbable y lo necesario.

Es al ver una partida o un encuentro de boxeo que imprimimos en nuestro cerebro su carácter temporal en el sentido historicista, lo que corresponde y pertenece a toda contingencia. Joe Fraizer es un tipo fuerte, Mario es un conjunto de pixeles que simula saltar y correr, solo se vuelven verdaderos protagonistas cuando están en movimiento y nosotros percibimos sus logros. Nuestro protagonismo dota de realidad narrativa estos eventos, los vuelve historias de las que hemos participado de modo tangencial. Al ver un juego estamos hilando un relato que puede bien no ser nuestro, pero que al ser asimilado obtiene las capacidades estéticas únicas que nuestro conocimiento y nuestra personalidad puede granjearle. Preguntarse por qué nos gusta ver un juego es como preguntarse por qué nos gusta que nos cuenten historias,  en sí lo que está sucediendo en ambos casos es lo mismo, solo que nuestra sociedad privilegia la palabra escrita o hablada por encima de las imágenes nacidas de la consistencia. Pero ese juicio no los hace menos válidos para dicha tarea ni su resultado menos estético.

También reconocemos que existe al menos una parte performativa, vemos atletas y jugadores que por sus propias características personales no juegan como nosotros lo haríamos. Como somos incapaces de efectuar exactamente el mismo logro que tal o cual persona, valorizamos sus cualidades. La escritura tiene ese mismo valor, pues los escritores que uno lee no escriben los libros que uno puede escribir, de hecho raramente nos interesaría siquiera escribir cosas similares, la distancia entre la admiración y la imitación es mucha. Vemos la división entre la afición creadora del que juego, que es representado en un juego, y el gusto de aquel que confecciona una historia con los elementos que observa, quién ve jugar. Estas tareas, que pueden parecer ajenas, encontramos un ente conocido en la forma del lector, cuyas carencias suelen valorar distraídamente ambas admiraciones como una sola y se representa a sí mismo como un participante menor de la literatura, cuando la complejidad de su conjunto de tareas es apabullante. Potencialmente un lector puede conjugar con maestría las estéticas que aquí hemos reconocido, pero en su pobreza puede ser menos valioso, menos artístico, que una persona que simplemente mira el Baseball.

No nos debe sorprender que haya personas que deseen ser del juego y no jugar, si hay tantos que son de la literatura y no escriben. El éxito gigantesco de Twitch es un ejemplo de ello.

Enfrente del enfrentamiento

Otro género efectivamente cinematográfico es el cine de artes marciales.

Podríamos generalizar aún más: la película de acción es en realidad, por méritos propios, ya una empresa fílmica. Su nombre más o menos lo indica, con la acción pensamos de inmediato en el movimiento, en el ritmo sostenido, en la secuencia de improbabilidades aumentadas. Esta descripción nos admite una paralelo literario que acaso ni al caso viene, que la novela de aventuras sea puesta al mismo nivel que el cine de acción. La distinción remite a la variedad: la variedad en lo que sería una película de aventuras se halla en el centro de la ecuación. En las películas de acción se encuentra implícita la repetición mecánica de los mismos elementos, la acción que es una y que por ente es todas sus variantes. Nadie se sorprenda que el género se admita formulaico ya de entrada.

Diríamos pues que las artes marciales serían una posible acción entre todas, una reducción del espectro de actos posibles en lo que respecta a las películas que buscan emocionar con su movimiento. Si elijo el género es naturalmente porque presenta múltiples puntos de interés, que abordaré ahora mismo para imponer al educado lector menos introducción.

El origen se halla sin duda en el combate individual o en grupo que es finalmente una simulación o preparación a la guerra. Los espectáculos de sangre son quizás los ejemplos más primitivos, no se trata sino de enmarcar un verdadero enfrentamiento para el placer de una audiencia. A decir verdad, el cine se inspira más directamente del artificio, de la escuela que enseña sus preceptos de maestría física en la forma de breves conflictos como los que aún pueden hallarse en las competencias deportivas. El deporte espectáculo, el circo o la lucha, ya son etapas maduras del proceso que lleva al cine de arte marcial.

Mi lector regular sabrá que la idea de un deporte espectáculo es un poco contradictoria, pues puede suponer que el deporte ha existido desde hace mucho tiempo. La actividad física es propia de todo animal, el deporte es una invención mucho más reciente, que se populariza en el siglo XIX. Porque la escencia del deporte no es el espectáculo, ni siquiera la competencia, sino la constante prueba del deportista por superarse y volverse un experto en el arte que practica. La automejora está implícita en toda actividad física, solo que el deporte la coloca en el centro de su paradigma, y sugiere una guía para generar competencias justas donde el desarrollo de cada quien se considera tanto interna como externamente. De ahí la división en categorías de muchos deportes profesionales: el asunto jamás ha sido sobre volverse absolutamente el mejor, sino poder probar la propia mejora. La competencia no solo es esperada sino necesaria.

El deporte espectáculo pues supone cierta paridad entre los contrincantes que fomenta la duración y la calidad del encuentro presenciado, ayudando a que este sirva de entretenimiento. Una película de artes marciales lucirá más sus colores cuando oponga a dos peleadores de similar calibre, dignos de presentarse oposición mutuamente -por supuesto, dicha calidad técnica puede ser más o menos ilusoria gracias al medio empleado-. Naturalmente, cuando se trata de un arte visual, los principios del espectáculo son mucho más dominantes que los del deporte mismo: se pueden mostrar elementos dispares (como la diferencia de tamaño entre Kareem Abdul Jabar y Bruce Lee) con el afán de acrecentar la extrañeza producida por el encuentro y marcar la mente.

Espectáculos de combate tales como la lucha libre funcionan sobre principios enteramente análogos y sus distinciones con el cine definivitamente se prestan a análisis. Tenemos que notar por ejemplo, la lentitud y la verticalidad de los combates de lucha: como el espectador se halla a una distancia considerable las acciones de cada peleador deben ser visibles y marcadas, los gestos abiertos y perceptibles. Esta limitación que definitivamente pertenece al ojo humano, es reducida radicalmente por la comodidad de colocar la cámara en ángulos distintos para dar un lugar privilegiado al punto de vista en un enfrentamiento. Así pues, movimientos que podrían ser demasiado sutiles para el ojo, pueden ser mostrados con claridad, los movimientos tienen una cadencia casi musical y la construcción del plano fílmico transforma el trabajo de coreografía.

En este cine no se representa al actor, al menos no en el sentido de que su imagen transforma la propia identidad en un personaje ficticio. Son los actos del cuerpo que dominan la pantalla, en este cine claramente se distingue la disciplina real del cuerpo que la capacidad a comunicar por medio del engaño y el subterfugio. El cine de acción tampoco es un cine de actor, solo que la realidad de un cuerpo que se reproduce realmente en la pantalla queda minimizada en favor de la ilusión de movimiento que el medio presta a la narración por efectos prácticos u otros. Sigue presentándose la necesidad frecuente de usar dobles que tengan verdadera disciplina física aparte de actores que se encarguen del diálogo o la personalidad.

Una vez más es momento de mencionar el ángulo literario. Las películas de artes marciales pueden trasladarse a la tira, mas su aplicación a la palabra pura es bastante árdua. En efecto: la descripción sucesiva de acciones es todo excepto veloz y espectacular en las letras, difícil transmitir una coreografía coherente o comunicar la sensorialidad y la fuerza que se puede mostrar simplemente por medio de los movimientos. De por sí una literatura del combate físico parece bastante dudosa, resulta que además es un tipo de literatura muy difícil de escribir. Si somos francos, tiene algo de poético, tanto por la economía que requiere como por el carácter profundamente estético que quiere comunicar. Hay ejemplos de narración de acción física (principalmente en la fantasía), solo que se subordonan casi siempre al principio de la narración. Esto tal vez ya sea un menoscabo de la literatura, que por fuerza editorial se empecina en la novela, y en un modo narrativo secuencial de convención. ¿No es más experimental describir una novela de dos tipos golpéandose por horas y hacer de esto una obra de belleza?