Objetivos

Hay una arbitrariedad irremediable en la obra de arte, muchos somos de la opinión de que en las felices coincidencias de sus elementos impredecibles se encuentra una belleza casi tangible. La vida también es un proyecto de azar y esto no descredita sus muchos goces, nadie que sea feliz se fatigará en armar primero cada decisión de su vida y luego en vivir. Necesitamos un mínimo de confianza para crear, para cualquier acción minúscula. No podemos tampoco pasar una vida en construir solo ideas.

He conocido proyectos de vida que no solo descreen del azar, sino que rechazan con fuerza la idea de una experiencia latente. Creen que sin razón primera todo artificio cae por su peso, digamos por ejemplo que alguien escribe la narración de todos los miércoles de su vida. Un escéptico se hallará indispuesto preguntándose por qué ese día en particular y no otro, deseará una tenue explicación que luego procederá a desmenusar. No puede entender sin la división concreta entre fin y motivo. Lo que es algo vicioso si uno no tiene la disciplina de darse cuenta cuando saber “algo” se vuelve saber “demasiado”.

Ahora bien, la literatura es un sistema de comunicación, presupone un medio convencional de intercambio y una voluntad concreta como motivo artistico. Es difícil redactar decenas de paginas sin tener la convicción de escribirlas, crear no nos sale natural (o todo lo contrario, nos es tan fácil que deshechamos su práctica de antemano). Tal vez en ese espacio de seguridad muchos lectores recurren a la ficción como un valor seguro, ahí existen razones verdaderas y concretas, el azar es descartado por la figura del autor, todo el discurso es de comprensión. Este tipo de lector, cuando no perezoso en pensamiento crítico, es neciamente ortodoxo: Desea leer textos como esos que le gustaría escribir, someter a otros creadores a su escala moral de valores, sacrificar la libertad por la claridad. No ha pensado acaso que lo artero y lo convencional no pueden ser sino resultados de un azar más primario que ya nos ha tocado, que el idioma es como es por transformaciones impredecibles y así también el texto y el autor.

No podemos permitir que las fuerzas que rigen el universo arruinen nuestra felicidad, nuestra frecuente oportunidad de leer. Ser romántico, valorar ciertos momentos y ciertos gestos como una belleza trascendente, curiosa, no es menos azaroso que inventar una memoria en base a lo arbitrario (digamos escribir todos los miércoles de una sola vida). Lo aceptamos en su seguridad convencional, pero ante todo, en la íntima convicción de que nuestros sentires son reales y no son echados a menos por ningún arbitrario. Sentimos que el mundo está poblado de cosas con sentido. Y el sentido es como la verdad, es posible hacernos de ella con muchos sacrificios, el primero de los cuales es el olvido, que también es del azar que construye nuestro lenguaje.

Entiendo que la ficción es para muchos un espacio de control y que es précisamente a los vientos de lo impredecible que tememos cuando imponemos al universo nuestra voluntad. Solo que sin contingencias no somos grandes, no hay impulso épico en nuestra vida que pueda valer un par de hojas, no hay una memoria sensible capaz de transmitirse a los demás como real. Entre todos los métodos de escritura, probablemente los exitosos son los que tienen necesidad de que las cosas se pasen de una u otra manera. Los podríamos llamar géneros. Y esto es interesante en la medida en que pocos elementos textuales concretos pueden ser tan arbitrarios como las primeras palabras de un texto, entonces aún la fuerza de la convención y la necesidad se hallan desdibujadas como si cualquier cosa pudiese pasar.

La belleza de tantos principios novelezcos que en nuestra memoria se vuelven imperdibles… Son de esa frágil materia que les impone poder haber sido otra cosa. Textos innecesarios, obra de una arbitrariedad conciliadora que se nos presenta como inmensa libertad. Nos hemos vuelto dependiente de ellos también.

¿Hay un fin a esta cadena de dependencias que siempre le prestamos a cada una de nuestras elecciones?

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Redactahdo Perfehctamente

No tengo el culto de la ortografía. Me molesta y me sorprende cuando releo una de mis entradas del blog y hallo en promedio unas cinco o seis palabras mal escritas, sin contar los errores causados por mis formulas rebuscadas y otros accidentes del estilo. La molestia es algo casual, se halla en lo que se refiere a la imperfección de lo que surge de nosotros mismos, la idea de que una actividad, aún aquella que hemos efectuado insensible miles de veces, no sale perfecta cuando se le invoca. Se trata de un parecer, mientras tenga errores y no los reconozca como tales, estos no me acongojan ¿por qué sería así? Al entrar un cuarto, si este me parece limpio, ¿por qué lo limpiaría? Mi exigencia, mi expectativa, se hallan flotantes encima de cada decisión estética que tomamos, lo escrito es el menor de los ejemplos.

En el caso particular de la ortografía hay un asunto de ego un poco estúpido, algo que viene de la infancia cuando a uno le inculcan que escribir bien, es literalmente, escribir bien. Quiero decir correctamente, sin errores de dedo, de una manera perfectamente maquinal e impersonal. Obviamente no es algo que profeso, y sin embargo… ¿Por qué me molestaría de otro modo? No son errores que impiden la comprensión, son simples fealdades, accidentes, algo que más o menos es esperable del formato que elijo escribir en el blog. Comparo probablemente este blog con mis escritos privados: no son lo mismo, en esos textos monumentales cada palabra debe ser fortuita, todo se mide a la sílaba, un error aparente tiene que ser más que aparente. No se trata de parecer, sino ser, he ahí el meollo del asunto, de la ficción.

Se puede deducir del párrafo anterior que si habría una relación más o menos ténue entre la ortografía y la literatura. Soit, solo que la idea iría casi opuesta al concepto que los profesores tratan de vehícular, el escritor no practica la convención en su más alto grado de perfección, la emplea obligado por los demás (¿los profesores?) en la medida que distinguirse de la convención ayuda a construir un sentido (im)preciso. El estilo es lo primero que se pierde en una obra por la rigidez de la misma convención cambiante, que estar bien escrito es distinto de una época a otra ¿y saben qué? Es perder el tiempo, tanto distanciarse como respetar las reglas escritas es como redactar párrafos describiendo el propio ombligo. No nos sirve, no es de literatura, por eso se relaciona con esta.

Mme. Bovary es una obra literaria a pesar de fundarse en una trama convencional. Utilisa la neutralidad impresa en la literatura social para no inclinar sus propósitos a todo lo que respecta a la convención. Claro, dirán, el contexto enriquece la obra. También el estilo, que es negación del lenguaje correcto, enriquece indefectiblemente. Mas esos no son los centros funcionales de la ficción, son solo los sistemas necesarios para montar cualquier artificio, las tuercas, los tornillos y los soportes que están allí porque sin ellos no hay máquina. Con esto queda claro: No tengo el culto de la ortografía.

Ya que arrastramos al buen redactar por el fango, vamos más lejos: hay que escribir bien. No para ser buen ejemplo ni para que nuestra agresión de la gramática ad hoc sea fortuito, solamente para comprobar lo insensato de perseguir lo correcto. No hay búsqueda para lo perfectamente escrito: llegamos, ahí está, entonces podemos olvidarlo y guardar distancia. La agresión de la convención sigue y la esgrimimos en otros niveles: podemos usar una tipografía/caligrafía alterada o actuar en los sentidos a nivel sémantico. Ahora que leí el Entenado, por tener un ejemplo en mente, refiero a la semántica: en la última parte del libro hay un uso de la palabra Patria que desentona con su posición, entendemos que fácilmente podríamos haber escrito “tierra” o “región”, algo para ese efecto, la presencia del vocablo que nos remite a nación, sugiere e instala la metáfora de su narración con la Argentina, y es todo. Sin la existencia en el lugar y conocimientos de la biografía de Saer, no habría razón para efectuar esa lectura en el texto, todo lo contrario a las paginas de discurso en los Hermanos Kamazov que critiqué hace rato. Es una comparación injusta, el Dostoïevski del folletón soporta el nivel de escrutinio que podemos imponerle a un Juan José Saer. Para no decir simplemente: no es tan bueno.

Aunque hay otra razón más mundana y que delegaremos a discutir otro día que me irrita en este asunto de lo mal redactado… El corrector de ortografía. No sé en qué idioma cree que escribo. Para otra vez esa crítica.

A todos nos gusta, a usted también

¿Cómo puedes hablar de literatura si no te gustan Los hermanos Karamazov, El ingenioso hidalgo o nada de lo que escribió Victor Hugo? Tal vez no hay ningún arte tan convencional como la literatura, no hay reconocimientos tan resignados como los que se otorgan a los clásicos, no hay discusiones más adversas que aquellas concernientes a la obra que nadie avala. Sin estos lugares comunes y certezas, ¿estamos hablando de lo mismo? ¿no es ofensivo valorar a Isaac Asimov, Charles Schulz o a Brassens del mismo modo en que haríamos con un Dante, un Kafka o un Pushkin? Pues no, no veo cómo puede ser ofensivo, pero los literatos encontrarán argumentos para descreer de esta posición porque la conveción es importante. La literatura es un objeto de reverencia y de referencia, en ese momento es de discusión y se suma a la vida.

Hagamos un ejercicio de pensamiento como se practica en la ciencia. Supongamos que usted ha pasado los ojos por una obra magistral que no se le hace en ninguna medida más chica que las epopeyas de Homero o las comedias de Lope, en ese instante, se entera usted de que nadie sostiene el mismo elogio que usted, la obra no ha sido leída al menos en el sentido de la profunda riqueza que en ella ha desenterrado. ¿Cuál es su conclusión? Se me ocurren varias: la obra no es en realidad tan buena, su subjetividad la ensalsa en desmedida y no puede sostenerse rigurosamente ante productos de un pasado leído; otra posibilidad: la obra es lo mejor que se puede ser dentro de un contexto histórico, su fama pasará y el milagro que se ha efectuado ante usted será irrepetible para sus sobrinos o sus ahijados, una realidad objetiva permite constatar una admiración limitada a tales años o tal cultura, más su significado “universal” nunca se confirmará; finalmente, la conclusión de paranoicos y cínicos por igual: la inmortalidad del arte es un consorcio de influencias y nada tiene que ver con la realidad estética de una obra, todas las generaciones proponen varias obras que superan en belleza e inteligencia a las legadas por Goethe, mas los lectores contemporáneos infaliblemente las descartan y las prestan a un olvido temprano. Todas estas expresiones regresan más o menos a lo mismo: hay subjetividad y es el origen de todos los males, si mi libro no es un bestseller traducido al polonés, es que no he encontrado una audiencia apropiada para él.

Yo sostengo que la calidad artística es menos subjetiva de lo que nuestras hipótesis proponen, casi siempre el análisis muestra los puntos flacos de un texto y estos se reiteran de un lector a otro sin mediar influencias. Cortazar siempre es algo mundano, Shakespeare siempre es algo incoherente, Dostoievski siempre recae en personajes similares. No son condenas fatales al momento de leer una obra, mas siguen siendo elementos más o menos comprobables que no requieren demasiado escepticismo para ser hallados. La crítica no consiste en fatigar los elementos que en cierto modo cualquiera puede encontrar, supone más bien lo contrario: el éxito de los textos está dado o no importa. Hablar de ellos debe enriquecerlos, pues si nos quedamos en el limite de lo convencional no estamos diciendo nada, porque la literatura que todos se saben y las lecturas que todos hicieron igual, no dicen realmente nada.

¿Cómo se puede hablar de literatura sin amar los mismos libros que todos aman? La cuestión es más de la devoción que de otra cosa, la literatura es como la teología: parte de determinados principios (la existencia de Dios), para extenderse en diversas polémicas que desdibujan el propósito anterior. Creo que a todos les gustan todos los buenos textos, más deciden no abordar el propósito de este modo, pues eso predispondría sus argumentos a una reverencia cansada que sería en realidad un fruto estéril. Es importante descreer de lo bueno, pues en ese sentido, las soluciones nos están dadas en lo completo.

Y es más rico y más interesante el pensamiento que convida a la grandeza de los antiguos los revolucionarios que han extendido la literatura y su arte a algo más que los géneros de varios siglos de vida. Creo que intentar abolir este argumento final es de cierto modo una falacia que procede de la lectura equivocada de los demás que lo anteceden.

Una de mates

En su serie de Robots y Fundación, Isaac Asimov emplea un dialogo que siempre me ha gustado, en el cual un robot inteligente, Daneel, declina una eventual participación en un problema estadístico para no meterse con la matemática de su cerebro. Recuerdo haber leído esta frase en un momento en que terminaba la época más dedicada a las matemáticas de mi juventud, tras la cual tomarían un segundo plano a otras de mis aficiones, volviéndose tal vez mi única nostalgia de juventud. Es importante leer esto de parte de Asimov, pues él representa en mi imaginario un balance muy especial entre el hombre de ciencia y el escritor, alguien que sigue sin duda dedicado al conocimiento científico y la divulgación, sin abandonar los placeres estéticos de la palabra, desde la poesía hasta las sutilezas de la ficción épica. La matemática de mi cerebro… Como es mi costumbre no sé si estoy citando bien (además cito de una traducción y lamento no poder dar crédito al traductor, lo cierto es que era otra época de mi práctica de lectura), pero la frase tiene mucho sentido para mí, que abandoné en cierto modo la matemática de mi mente en aquel entonces.

Tanto como se puede abandonar algo así, cabe decir.

No hay goce estético como las matemáticas. Mi gusto por los juegos y la estrategia son adaptaciones de esa fascinación primaria de resolver problemas con soluciones subóptimas o gracias a la observación de secuencias varias. Decimos que el cuento de détectives tradicional es un ejercicio mental: creo que es más matemático en su sistema que el sudoku. La solución no es lo esencial del asunto, sino el cómo llegas a dicha conclusión, hasta que punto puedes usar un recurso y apropiarte de él. Reconocemos la misma escala de valores en el objeto del artista. Pero la satisfacción es infinitamente más pura, pues aceptamos que aún si el conocimiento obtenido fue manoseado por muchos otros pensadores, nosotros hemos llevado a bien la empresa y eso basta. La ilusión de novedad en las matemáticas es mucho menos grosera y brutal. Es un juego, que como todo juego fundamentalmente humano, se vive en la necesaria repetición, pues una experiencia única jamás será válida como simulacro.

Notarán algo sistemáticamente incongruente en mi propósito: declaro un amor hacia todo lo sencillo que es goce de las matemáticas y a la vez me resigno a no practicarlas de un modo u otro. En general, este tipo de incongruencias son las que ocultan y postulan todo el sentido de mis discusiones, si ustedes no han notado estos colosales vacíos en mi discurso hasta ahora… Pues que pena. ¿Por qué no nomás me pongo a hacer matemáticas de nuevo? La pregunta es legítima y la solución es algo que debo seriamente perseguir, lo que no quiere decir que sea vana la respuesta. Lo pongo en términos literarios ¿qué libros tengo que leer? Es una pregunta recurrente y finalmente muy complicada, crucial para todo aquel que quiera pasearse en el arte de las letras y hacerlo con algún sentido. Es la pregunta primera, ¿a qué voy a dedicar mi tiempo en la palabra? Pues en el fondo es algo personal, algo que no debería ser guiado por los géneros ni el orden impuesto por la tradición. Yo sé respecto a las matemáticas que la investigación y el simple regateo de problemas como se hacía en la escuela son respuestas truncas a mi inquietud. No quiero una práctica matemática vacía ni utilitaria, quiero una que me enriquezca como individuo, no solo un hobby sino una vocación.

No hay matemáticas malas, solo hay matemáticas mal prácticadas. Hay que reconocer que la práctica de estas en las escuelas es un ejercicio deficiente, no puedo decir en el mismo registro, que la práctica literaria sea muy superior. La práctica de estas ciencias es un poco como leer, mientras tu empleo de la lectura sea crítico y consiente, no te deberías nunca encerrar en un texto pobre ni escribir uno tan malo. Una lectura deficiente guía hacia todos los pecados literarios, a todos los excesos infelices y al goce vacío. Si te gusta la literatura no lees critica literaria ni memorizas volúmenes de obras caducas: lees y escribes. Del mismo modo no veo como la memorización o el puro ejercicio puede dar cuenta de lo que las matemáticas pueden darnos de bello. Hay que practicarlas, ensuciarse las manos, prestarse a escuchar lo que uno puede lograr con ellas, sin que se vuelva una utilidad mercantil. Sin duda perciben esa distancia estética entre la matemática “útil en la vida” y esa que nos hace sonreir al resolverla.

Mucho de lo que he aprendido leyendo también lo aprendí en su momento con la teoría de números. La matemática es convencional, mas si uno no se la apropia, literalmente no hay nada qué hacer en ella. Uno no está obligado a leer sus libros para la escuela, en el fondo nunca lo estuvo. La libertad solo se practica cuando la decisión de hacer se lleva al acto, cuando levantamos la voz con esa herramienta de todo el mundo o el universo, y en esa expresión somos nosotros.

Todo se reduciría, en cierta medida, a la matemática de nuestros cerebros.