Y al final qué importa

Si me gustaran los sistemas cerrados y limpios, podría decir que el azar es causante de tantos autores exitosos pero irremediablemente médiocres. Es de lejos la mejor explicación que se me ha ocurrido, en parte porque no busca ser satisfactoria (que alguien sea más suertudo que otro es triste consuelo) y además por su amplitud genuina (tener buena suerte puede incluir casi cualquier cosa en el universo). Por desgracia, este supuesto no nos llena de ventaja, solo postula un criterio que cualquier esquema logico de literatura impondría a un redactor avisado: si quieres ser publicado, intenta hacerte publicar. La ciencia crítica en su apogeo ¿no?

Se puede además que la definición de autor exitoso y mediocre sea falsa, para estar en sintonía digamos que se trata de mujeres y hombres cuyos escritos han probado ser del agrado del lector sin que su creatividad demuestre la capacidad de nutrir una obra diversa y pertinente. Hay un golfo entre escribir libros agradables y lograr literatura de calidad, en muchas ocasiones el autor genérico se halla varado entre esas rivas y no puede con consistencia producir nada que lo lleve más allá de un momento de goce. Tal vez estos personajes se harían un favor dejando la ambición literaria y aceptando su sitio como escritores de lo necesario, muchos que se agrandan en las ambiciones de sus letras llegan a la mediocridad total persiguiendo musas inexistentes. También esta proposición es improbable y no le presto crédito mayor. La limitación de escribir solo aquello que uno puede escribir se aplica a todo el mundo y no a un grupo infame de personas sin talento, la idea de un genio que puede redactar lo que se proponga infaliblemente es una fantasía que trae más daño que beneficio. Las letras no son así y requieren de cada cosa y todas las cosas para representarnos con alguna justicia, el parámetro de la literatura es uno entre muchos.

El supuesto sicológico respecto al autor afortunado no es halagador. Decimos que quienes son exitosos produciendo algo que nos aburre deben su fortuna a un azar inexcrutable, algo no muy distinto a “no se puede explicar lo que no me gusta” que nos pinta felices como maestros de la razón. En este sentido no es serio de nuestra parte recurrir a lo inesperado de modo utilitario, como si por ello se limitara el interés genuino de la obra tratada. El autor que nos disgusta puso su texto por escrito como todo el mundo, un azar particular no lo privaría del oficio o del tiempo pasado para generarlo, no hay nada de especial en ello. Podríamos (y debemos) decir igualmente que los escritores excelentes fueron bien tratados por el azar. Por supuesto, un autor puede haber sufrido la precariedad durante su vida y morir dejando una obra tardíamente reconocida, ¿no sería más común el caso de un autor cuya obra nunca sale a la luz? ¿en ese sentido la obra no estaría ligada irremediablemente a un azar? Porque hasta donde yo sé, los muertos no siguen mandando sus textos a las éditoriales y deben ser desenterrados por alguien más. Esto limita la cantidad real que se puede prestar al esfuerzo de colocar los propios textos y delega dicha responsabilidad a otros factores. Los libros pueden tener su parte de azar y ser buenos, que gusten o perduren no es menos constante que las ventas del libro popular sin más mérito que el ser gustado por tantos otros, y probablemente despreciado por nosotros, estilistas de domingo.

Reitero el segundo problema crítico que propuse: no es tanto que la suerte no pueda casarse con el fenómeno literario, la dificultad es que su definición es tan amplia que desvirtua el análisis. Al decir que un texto casi escapa a la editorial que lo publica, que fue rechazado decenas de veces antes de ser publicado o que su manuscrito se perdió durante décadas en un sótano, ¿estamos hablando de sistemas équivalentes que podemos evaluar? Mi argumento no es que cualquier mención del azar destruya la discusión, es simplemente no englobar en lo inexcrutable tantos elementos que luego podamos justificar por ello cualquier cosa. Este es un dilema en cualquier tratamiento estadístico: se puede hacer a los números decir lo que uno desea, no podemos tratar las probabilidades como si fueran a translucir de manera conveniente en un sistema único que razonaremos con toda naturalidad. Hay que ser más humilde que eso y quitarle al azar la parte de voluntad que es la nuestra, notar cuando los elementos de nuestra duda son personales (¿o quién decide cuál autor es mediocre?) y cuando legítimo material de circunstancias varias.

Sería un error dar caracter divino a nuestras reflexiones y pensar que abarcarán todas las posibilidades que el universo permite. Nuestra libertad no es así, o por lo menos, no se escribe así.

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Tres problemas

Los escritores servimos por lo menos de mal ejemplo, y a veces ni de eso. La naturaleza de nuestros trabajos y simplemente el mercado editorial sobre saturado evita que se nos cuente como personas. Tampoco el autor quiere eso, mas en cierto grado es caer en el error. Si no existiera más que la literatura del siglo XVI, uno diría de inmediato el siglo y tal vez la década en que un autor ha trabajado, es en parte por la existencia de tantos libros que nos permitimos inefablemente olvidar. Hay parte buena en el olvido, a los autores como mal ejemplo, no nos sirve tanto.

Nadie debería sugerir maneras de vivir. Pienso en los escritores, por supuesto, y también expando esa reflexión hasta el cristianismo -se generalizará mi observación en religiones que conozca menos-. No señalo un desmérito en el principio de la imitación metódica de Cristo, por la sencilla razón de que su figura nada en el símbolismo y la ambigüedad. Sin esta seria inexistencia, no podemos entregarnos a la imitación, nos atormentarían imágenes como preservar una barba como la de Jesús, o portar su mismo calzado. Así funcionamos nosotros también, los hombres dichos “de letras” (tal vez las comillas deberían estar en el substantivo): cuando nuestra existencia es borrosa, tenemos determinada valía, en cuanto ganamos realidad, somos unos patanes y buenos para tirar. Si ha decidido por fé o convicción venerar al homo literatus, hágase un favor y manténgase alejado de aquellos que sigan con vida. O tómelos por lo menos como mal ejemplo, como el aspecto corrupto de la idea de escritor que inevitablemente todos nos volvemos.

 

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Cecilia Eraso me preguntó (la única vez que nos topamos), si era escritor. Afirmé. “Rara admisión” señaló rauda. ¿Cómo así? Pregunté casi por reflejo, o hice un gesto en el que se intuía la pregunta. “La gente no se dice escritora así nadamás”, explicó, me pregunto ahora si fue involuntaria la posible malicia de su imprecación (si se supone la respuesta hay cierta malicia). En fin, no pasó a mayores, no la reté a un duelo, no tuvieron que expatriar mi cadaver (esto fue en Buenos Aires). ¿Debo admitir cierta torpeza por decir la verdad? Me pregunto, tal vez la pregunta no era el problema, sino que mi respuesta era innecesariamente ofensiva para todos los presentes (menos para Cecilia, obviamente ella ha visto escritores).

Aunque la humildad siempre me deja una sensación de estrategia perdedora, no tuve entonces, ni tengo ahora, la intención de exagerar cuando asumo la posición de escritor. No hay que ser tan ridículos y sacralizar ese empleo, no hay nada sobrenatural en redactar con intenciones estéticas o morales. Hay muchos autores que son pobres de espíritu, estúpidos e improbables, entre ellos una buena cantidad no podría superar la calidad estética de un joven estudiante de letras que nunca intentará ser publicado. Ni siquiera adjudico ventaja alguna a esta mentalidad en la que uno se vuelve escritor de facto al admitir que escribe. Para cada quien la palabra comunica una idea diferente, supongo que el término para Cecilia no era exactamente el mismo que para mi. Intuyo que tampoco era groseramente distinto.

Lo que busco señalar por la anécdota es que ningún criterio de literatura debería alejar al escritor del hombre común. Que usted reconozca a Alfonso Reyes como un escritor y no a Dan Brown, es un problema de semántica y se admite. No obstante, si su definición exalta tanto la práctica que la aleja de su horizonte y se vuelve inalcanzable, la palabra es perniciosa para usted y debe ser suprimida. Si su concepto de escritor va más allá de sus propias capacidades, deseche el concepto. Mejor aplicarse a una tarea que puede existir para hacer que inventar un universo ajeno al que no tenemos acceso. Deje la ficción para la ficción, los sinsentidos para el lenguaje y emplee las cosas de tal manera que le sean útiles a usted. Primer regla del escritor: no deje que la palabra sea solo convención, debe domarla.

 

 

Hay sinúmero de gente que es mejor que como escribe. Temo que el balance es deseable.

Seguido sucede que un autor, en su sensibilidad y persecución honesta de la verdad, conjuga eventos ficticios en que sus personajes son sometidos a destinos crueles. La literatura feliz nos resulta corta: mucho duele leer, y se exacerba el conflicto donde se encuentre. Yo mismo he dicho que lo deseamos, al enfrentamiento. ¡La fortuna no es adversa! Esa maldad reservada para la mentira, es rara vez reflejo de una actitud sicópata del escritor, la gratuita necesidad de herir y abusar de los personajes ficticios se quiere dialogal, como un objeto que se comprende y no que se siente. Casi admitiría que la ambición moral de un autor suele pintar objetos más y más grotescos en la medida que desea procurar el bien y la reflexión al lector.

¿Debería sorprendernos que al hablar de la creación universal Dios permitiera el sufrimiento? La queja contra la divinidad que instauró el malestar en lo humano es viva, mas nuestras propias ficciones están plagadas de una análoga crueldad. ¿Dickens debe ser censurado porque sus personajes huérfanos enfrentan destinos terribles? ¿eso le granjea cierta maldad al hombre?

Dickens es sin duda un desgraciado, aunque en el mismo género lo seamos todos. Simplemente el escritor hace explícito el dolor, pues el trabajo de la ficción es mostrar la evidencia. Ya en el mundo, los que tienen la costumbre de la felicidad, la aprovechan gracias al abuso impuesto a otros. No está dicho, porque no cada persona expresa la ficción. No nos hace menos malvados ni terribles.

Acaso la palabra mal está mal empleada.

Los détectives menores

Después de partir en divagaciones que incluyen o critican el mundo editorial, siento un poco de culpa pues en el fondo ignoro casi todo de dicho universo.

Mi conocimiento es básico: los ingleses no leen, los gringos no traducen casi nada, la mayor editorial francesa está ligada a una feliz corporación que vende armamento y los monopolios éditoriales ayudan mucho a la ruina de las librerías. Cosas que me parecen accesibles a cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad, pero que yo admitiblemente aprendí en la universidad. Los estudios me han sensibilizado bastante a las realidades de los empleos literarios que no son la escritura directa, y he dejado de verlos como en mis años jóvenes como un montón de parásitos, proxonetas y prostitutos en grados variantes.

Pensaba en la poca traducción de los gringos como uno de los factores déterminantes en la fama providencial de la obra de Roberto Bolaño. Nadie ignora hoy en día que el chileno es un escritor válido, mas existen en su generación otros autores igual de buenos -o mejores ¿no?- que no tienen tan felizmente tapizado el camino a la “posteridad”. Este azar, o esta predestinación, si se quiere, nos interroga sobre los elementos que llevaron a la obra de Bolaño a ganar los adeptos que llegó a tener antes de estar en todo sitio.

Y esto de cierto modo recae en los Détectives Salvajes. A notar primero que nada: no es la mejor obra del autor ni tampoco es la más traducida. Al momento en que se publica, sin embargo, su proyecto es revolucionario. Busca sin duda una totalidad que comunica especialmente con la audiencia hispanoparlante del autor. Este valor principal es lo que la sostiene, lo que la vuelve valiosa y lo que eventualmente la empujará a cierto olvido. Porque es una obra memoriosa y con una función histórica importante, por eso su posición es insostenible.

En un futuro cercano ya no será sencillo restituir la evidencia con que los Détectives Salvajes entra en diálogo con una época literaria. Varias generaciones de escritores pueden reconocerse en aquellas paginas, ver un espejo fiel de la literatura en español, autores que incidentalmente fueron los primeros y los más fieles lectores de esta obra. Acaso la evaluarán incluso sobre las otras obras “superiores” del autor. Estos lectores selectos tienen el mejor concepto para juzgar aptamente la obra, otros menos agraciados responden a cierta moda en la cual la presencia de escritores/héroes en la literatura se tiene como un elemento romántico y atractivo en una trama.

La extensión de la obra resiste al análisis superficial y a la lectura perezosa. Tal vez la mejor analogía es tratar de comparar este texto con la obra de Proust, que tiene infalibles lectores en cada generación y goza de un poder de convocatoria que permanece casi intacto. Con Proust la calidad desigual de cada libro hace que la saga de La Recherche no sea leída a cada tomo con la misma asiduidad, hay cierto síndrome de que una obra sirve como escalón para la otra y es en parte durante esta interconexión que los lectores se aplican a abordarla sin timidez. Los Détectives también tiene este extraño problema de servir como escalón, no solo a la obra de Bolaño sino a la de otros autores, a aquellos que hace ecos y que incluye o recomienda durante el desarrollo del libro. Tal vez el caracter de transición de los Détectives es un accidente editorial más que una realidad, mas no creo equivocarme al considerar la lectura de esta obra se hará cada vez más precisa y menos generalizada incluso dentro del corpus del chileno.

Trato de hacer argumentos que suenen más o menos objetivos, pero constato mi rotundo fracaso en este respecto. Tal vez la cita de autoridad se precisa, hablar de la sempiterna idea de libro clásico dejada por Jorgito Borges, donde un texto capturaría el imaginario de sus lectores por generaciones a venir. Los Détectives Salvajes no es el texto de Bolaño que te persigue cuando terminas de leerlo. Tal vez tratar de perseguir más la inmortalidad hubiera traicionado la efectividad que el texto posee a pesar de su longitud. Esto tal vez sirva de testimonio para autores que admiten lo extraño: la proeza técnica muchas veces pierde en poder ante la brutal imperfección.

El juicio desfavorable que la posteridad tendrá con esta obra será en cierto modo una validación del trabajo que Bolaño efectúo. Ya ven, hay muchos autores que sufren el estigma de volverse famosos por un libro y nunca tocar de nuevo los imaginarios de sus lectores así de profundamente. Si Bolaño hubiera principalmente fundado su mito gracias a una obra de memoria y de generación, el espacio que representa su propio discurso para el futuro sufriría en consecuencia. Sus lectores leales e inteligentes, lo han salvado de un destino tan deleznable, despreciando este libro en justa medida.