Una de mates

En su serie de Robots y Fundación, Isaac Asimov emplea un dialogo que siempre me ha gustado, en el cual un robot inteligente, Daneel, declina una eventual participación en un problema estadístico para no meterse con la matemática de su cerebro. Recuerdo haber leído esta frase en un momento en que terminaba la época más dedicada a las matemáticas de mi juventud, tras la cual tomarían un segundo plano a otras de mis aficiones, volviéndose tal vez mi única nostalgia de juventud. Es importante leer esto de parte de Asimov, pues él representa en mi imaginario un balance muy especial entre el hombre de ciencia y el escritor, alguien que sigue sin duda dedicado al conocimiento científico y la divulgación, sin abandonar los placeres estéticos de la palabra, desde la poesía hasta las sutilezas de la ficción épica. La matemática de mi cerebro… Como es mi costumbre no sé si estoy citando bien (además cito de una traducción y lamento no poder dar crédito al traductor, lo cierto es que era otra época de mi práctica de lectura), pero la frase tiene mucho sentido para mí, que abandoné en cierto modo la matemática de mi mente en aquel entonces.

Tanto como se puede abandonar algo así, cabe decir.

No hay goce estético como las matemáticas. Mi gusto por los juegos y la estrategia son adaptaciones de esa fascinación primaria de resolver problemas con soluciones subóptimas o gracias a la observación de secuencias varias. Decimos que el cuento de détectives tradicional es un ejercicio mental: creo que es más matemático en su sistema que el sudoku. La solución no es lo esencial del asunto, sino el cómo llegas a dicha conclusión, hasta que punto puedes usar un recurso y apropiarte de él. Reconocemos la misma escala de valores en el objeto del artista. Pero la satisfacción es infinitamente más pura, pues aceptamos que aún si el conocimiento obtenido fue manoseado por muchos otros pensadores, nosotros hemos llevado a bien la empresa y eso basta. La ilusión de novedad en las matemáticas es mucho menos grosera y brutal. Es un juego, que como todo juego fundamentalmente humano, se vive en la necesaria repetición, pues una experiencia única jamás será válida como simulacro.

Notarán algo sistemáticamente incongruente en mi propósito: declaro un amor hacia todo lo sencillo que es goce de las matemáticas y a la vez me resigno a no practicarlas de un modo u otro. En general, este tipo de incongruencias son las que ocultan y postulan todo el sentido de mis discusiones, si ustedes no han notado estos colosales vacíos en mi discurso hasta ahora… Pues que pena. ¿Por qué no nomás me pongo a hacer matemáticas de nuevo? La pregunta es legítima y la solución es algo que debo seriamente perseguir, lo que no quiere decir que sea vana la respuesta. Lo pongo en términos literarios ¿qué libros tengo que leer? Es una pregunta recurrente y finalmente muy complicada, crucial para todo aquel que quiera pasearse en el arte de las letras y hacerlo con algún sentido. Es la pregunta primera, ¿a qué voy a dedicar mi tiempo en la palabra? Pues en el fondo es algo personal, algo que no debería ser guiado por los géneros ni el orden impuesto por la tradición. Yo sé respecto a las matemáticas que la investigación y el simple regateo de problemas como se hacía en la escuela son respuestas truncas a mi inquietud. No quiero una práctica matemática vacía ni utilitaria, quiero una que me enriquezca como individuo, no solo un hobby sino una vocación.

No hay matemáticas malas, solo hay matemáticas mal prácticadas. Hay que reconocer que la práctica de estas en las escuelas es un ejercicio deficiente, no puedo decir en el mismo registro, que la práctica literaria sea muy superior. La práctica de estas ciencias es un poco como leer, mientras tu empleo de la lectura sea crítico y consiente, no te deberías nunca encerrar en un texto pobre ni escribir uno tan malo. Una lectura deficiente guía hacia todos los pecados literarios, a todos los excesos infelices y al goce vacío. Si te gusta la literatura no lees critica literaria ni memorizas volúmenes de obras caducas: lees y escribes. Del mismo modo no veo como la memorización o el puro ejercicio puede dar cuenta de lo que las matemáticas pueden darnos de bello. Hay que practicarlas, ensuciarse las manos, prestarse a escuchar lo que uno puede lograr con ellas, sin que se vuelva una utilidad mercantil. Sin duda perciben esa distancia estética entre la matemática “útil en la vida” y esa que nos hace sonreir al resolverla.

Mucho de lo que he aprendido leyendo también lo aprendí en su momento con la teoría de números. La matemática es convencional, mas si uno no se la apropia, literalmente no hay nada qué hacer en ella. Uno no está obligado a leer sus libros para la escuela, en el fondo nunca lo estuvo. La libertad solo se practica cuando la decisión de hacer se lleva al acto, cuando levantamos la voz con esa herramienta de todo el mundo o el universo, y en esa expresión somos nosotros.

Todo se reduciría, en cierta medida, a la matemática de nuestros cerebros.

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En más de una ocasión algún amigo o allegado me cuestiona sobre tal o cual lectura en términos planos, y si mi humor es el de responder directamente y sin ambigüedad, sucede que confiese no haber leído un determinado autor o una cierta obra. Dado el contexto, el elemento que suele interrogarles es mi voluntad genuina de abordar la crítica, el comentario o la recomendación. Hablar de libros que uno no ha leído, es un tema indispensable en la literatura que el pudor no debe limitar.

Ahora bien, si el tema les interesa, en su momento podemos desarrollarlo. Por el momento me limito a señalar que esta elección se inscribe en un determinado paradigma de conocimiento que considero especialmente válido para la sana lectura. Hay que leer y discriminar la crítica literaria, escuchar el consejo de los demás lectores para ampliar nuestros horizontes. Regla sencilla, realidad contradictoria.

Señalo que este paradigma de confianza en los demás es de entrada toda una llave para nuestra comprensión del universo. Si su credo absoluto es la ciencia, admitirá que fatigar la ciencia a un nivel personal -o a cualquier nivel- es imposible: uno debe confiar en la seriedad y el rigor de cómo los científicos aplican sus métodos para luego reconocer sus hallazgos. Aceptamos de buena fé cantidades enormes de información que refieren a nuestro mundo, a nuestro ambiente familiar e incluso a las realidades sociales y económicas, con resultados varios. Nuestros métodos cognitivos se deben a nuestro generoso modo de apropiarse información ajena sin ser capaces de construirla de primera mano. Resultaría ridículo créer en las letras solo en aquello que se ha leído. Así no funciona el conocimiento humano, nuestra inteligencia se presenta más bien en un escépticismo fundamental.

Voy a proponer un ejemplo grotesco. Decir que uno se inmiscuye solo en la literatura que lee es como decir que un autor solo juzga y reconoce los textos que él mismo ha escrito. Leer es una variante de la escritura de la cual se tiene, en general, buena cantidad de información añadida. Si uno se escuda en el conocimiento íntimo o directo de una obra para defenderla o recomendarla, podría bien limitar sus juicios aún más y tratar de literatura discutible solo los propios textos. El razonamiento muestra su inconsecuencia en dichos límites: uno suele ser pobre crítico de sus propios escritos, la capacidad de lecturas distintas es una necesidad central en cualquier literatura. Leer a través de otros y a través de varios nosotros, es acaso la sola forma de leer. Lo demás, si nos ponemos a carburar en frases vacías, es vanidad.

Por otro lado hay que reconocer que leer a través de otros es un arte en sí mismo. En retórica existen argumentos de autoridad, aquellos donde una fuente célebre presta un valor añadido al razonamiento que buscamos defender. En letras hay que admitir que toda autoridad tiene sus límites. Voy a usar a Jorgito Borges porque nadie pondrá en duda que lo respeto como lector. Sus comentarios sobre Roberto Arlt son parciales. No carecen de un concepto de verdad, pero una lectura o una frase aquí y allá está lejos de garantizar una guía o ser una sugerencia para un proyecto literario. El entusiasmo de Borges por Macedonio puede verse como desproporcionado, el de Piglia por el mismo sería una barbaridad. ¿Podemos hablar de indiferencias artificiales o halagos con agenda? Siendo rigurosos, hay más en juego al preservar a cierto escritor que admiramos del olvido, que al atacar a otro. Creo que no vale la pena poner en duda la valía de estos argentinos como fuente de lecturas críticas, sopesamos sus altibajos para justipreciar lecturas que contextualmente, con frecuencia, a nosotros nos hablarán mucho menos. Ningún crítico sirve de biblia.

Aprendo con frecuencia, más de las lecturas ajenas que de las propias. Cuando Nabokov dice que Dostoïevski es un payaso y la lectura fanática de sus textos es un hecho culturalmente occidental, que ni se puede molestar en explicar, me pregunto de veras si no he concedido un crédito a Fiodor basado en mis propias ignorancias. Esto lo reflexiono con todos los otros elementos que el ruso nos presta en sus lecturas, que validan sus juicios estéticos a mis ojos. Mi propio juicio no se siente amenazado al poner en duda la experiencia directa de tal o cual lectura: nuestro escépticismo es fundamental. El lector despierto entiende que con los años las lecturas se transforman, cualquier dogma en esta materia es más bien signo de pereza. Manteniendo la analogía religiosa, la relectura es como la oración o todo acto que se quiere fé.

Se me ocurre aún un concepto de lectura-del-otro que acaso complementa lo dicho hasta este momento… Desgraciadamente se me ha acabado el papel para garabatear al respecto y deberá quedar para otra ocasión.

Sobre el juego

sin recompensa.  Se encuentra también en la naturaleza, o mejor dicho lo imponemos a esta. Recordemos que así funciona mucho el asunto: creemos que las palabras describen, y aunque no nos equivocamos, rara vez remitimos a algo existente de verdad. He escrito casi todo lo que hay que decir sobre la impotencia del lenguaje, mejor volver al juego. No al juego de palabras, ese no, al juego sin palabras que es pesamiento. O sentir, no sé si se me autorice a definir al pensamiento como “sin palabras”. Por motivos morales o no, ustedes entienden. Juego.

Juego. Juegas. Jugamos. Es decir que hay órden y simulacro ¿no? Medida, discriminación. No estoy convencido que el juego esté rotundamente delimitado. Los juegos son reales, en la medida que enfrentan algo con otra cosa. Los estrategas compétentes suelen usar bien las tácticas de tablero, los deportistas son capaces de proezas físicas más allá del deporte. El juego no se borra al terminar, no abolimos su permiso de divertirnos, apasionarnos y discutir con él. Es rico en sentido, si es pobre en palabras. Entonces llega el juego de palabras, el esfuerzo de traducir el gozo del juego mismo a frases. Lo real a la ficción.

Hay algo fundador en el juego. Todos jugamos, las bestias primero, porque aprendemos mucho de jugar. Es arduo admitir una línea entra el aprendizaje y el juego, casi podemos decir que el juego sería cualquier método de experimentación. La más rústica ciencia. ¿El juego tendrá muchísimo que ver con la religión? ¿podemos sorprenderse viéndonos describir el universo a través de él?

Solo que el juego no es de la conclusión, esto puede perturbar a nuestra mente perfectiva. Así nacieron los premios (hasta los literarios). La idea de que en un juego cierto método, cierto órden, determinadas metas cumplidas, implican la victoria. Una victoria que se deleita en su arbitrariedad. Lo raro tal vez de ganar es que en su vacío sémantico nos llena de satisfacción. Nos gusta ganar por ganar, tenemos la costumbre de soñarnos siempre ganadores. Y bueno, no tengo qué explicar cómo la relación entre nunca cometer errores y aprender se presenta problemática.

A través de la victoria el juego se derrota a sí mismo. Curioso: al vencerse el juego encuentra sus propios límites y él mismo aprende. La modernidad literaria se copió el principio. Y caemos en cuenta a qué nivel el juego revela la inteligencia que los seres vivos pueden llegar a tener. Un juego vuelto muy complejo se vuelve onanista. Es casi como un tipo ¿no? Cuando llega a ser algo listo se emociona con sus propias palabrerías y se pone a contar cosas que a nadie en su sano juicio le interesan. Intelectuales masturbatorios.

¿Por qué me miran así?

El juego ataca al juego de otras maneras, su dimensión temporal es tal (o nuestra pobreza sería el problema) que no se practican varios juegos a la vez. Varios juegos a la vez es otro juego , estamos en el concentrado de experiencia que pertenece a un solo dominio, que definimos, como de costumbre como género. Solo que la pureza del juego hace que incluso ir al género sea llegar lejos, dos juegos no pueden convivir, son para nosotros experiencias discretas e indisociables, totales. Vienen del jugador, vienen de los jugadores. No es el mismo juego al jugar bajo las mismas premisas con personas diferentes, por ende nunca es el mismo juego. Pero igual se le trata como tal: la identidad del juego tal vez sea una adición tardía a su necesidad pulsante y vital que nos ha formado. Yo decido calificarlo de homenaje, para no referir aún a nuestras pobrezas.

Como el juego es complejo, nuestra relación a él y al premio se vuelve forzosa e innecesariamente compleja. Esto me hace pensar en la poesía. Monetariamente la poesía no se define en la medida de un “premio”, no vende, nadie la quiere. Hay mucho de ella que es juego, y en la práctica, o mejor dicho en la construcción de la poesía, todo es juego. El hecho de que la reflexión lírica no sea en puros términos “razonable” o “comunicable”, me invita a sugerir que el juego tampoco responde a dichas tésis. Más no hay manera de olvidar que el poema es juego de palabras por excelencia, un juego que se quiere serio además.

Y entonces encontramos la dimensión lúdica del juego, que postula bastantes problemas. A quién engaño, en la literatura hay por lo menos tantos problemas por esas mismas razones. La diversión por un lado y por el otro el humor, agreden mis simplificaciones groseras que buscan comprender el juego como objeto autónomo, útil y sensible. O no. Más bien agreden la posibilidad de cerrar este análisis de una manera convincente, pues el espacio que le dedico no podrá dar cuenta de ello en modo alguno.