En chino

Aira escribió Una novela china  que no es una novela china. Fuera de esta precisión, es un buen texto en lo que respecta a la obra del autor argentino.

De este autor llevo un rato deseando escribir una reseña, mas entre lo que he leído realmente no todas las novelas se prestan. Y a veces uno tiene ganas de hacer reseñas de libros médiocres y callar sobre textos buenos, para este efecto retiro todo lo bueno que he dicho de Stig Dagerman. En fin, ni El Error, ni El congreso de literatura ni un episodio en la vida de un pintor viajero me merecieron mayor comentario. Son enteramente libros de Aira, no obstante me parece mejor el que voy a discutir. Adelante pues.

Si se describe la trama de Una novela china como una fábula, es porque la apuesta del autor es parecer. Si imita este género primitivo es para sugerirnos la antigüedad de lo sino-asiatico. Digo bien sugerir pues un lector no va a investigar las fuentes antiguas y comparar, en el detalle Aira no se compromete. Se sabe además que el adjetivo chino del título no va de la geografía, es un juego entre lo literal y la frase/concepto “cuento chino”. Esto sería pues una mentira vestida de artificios, algo que Aira domina y practica.

¿En qué consiste un símbolo? Es una identidad al nivel de sentido, una forma que evoca a otras, una relación estructural o azarosa. El ideograma empleado en los idiomas asiáticos parece más imbuído de este valor de símbolo que nuestras letras o palabras, una Z podría recordarnos a una serpiente, mas no la asimilamos de lleno a ese imaginario, el ideograma por definición ya es idea. Es honesto decir que al no practicar estos idiomas, entendemos muy mal en qué sentido se puede o no hablar de símbolo en esas representaciones cotidianas que plagan los periódicos. Así es toda la cultura vista de cierta distancia, así es una cultura frente a su misma historia, solo fragmentos de ella nos quedan, solo representaciones de prácticas que no podemos experimentar. En cierto modo, la China es solo lo que nos han dicho de la China.

Aquí es donde el método de Aira debe abordar la inverosímil tarea: inventar la dirección invesa, construir algún sitio que debería ser la China a base del collage de ideas varias que se relacionan con esa nación y sus regiones. Comunismo, revolución cultural, dragones, homosexualidad, concursos de té, hombres que no aparentan su edad, personas indistinguibles las unas de las otras, ingenio sin par en la invención e indiferencia al destino de lo inventado. La composición física de las escenas, la arquitectura y los relatos se conjugan en la descripción de objetos de arte, de las imagenes que sin duda se multiplican en las colecciones chinas o tratados de arte referentes al imperio. Prestarle realidad a esta jungla varia de estéticas, de épocas y de tradiciones, es el desafío primario del texto, luego tenía que confeccionar la trama de una vida aislada que nos debe parecer distante e incomprensible, pero a la vez inminentemente concreta y real. Aira triunfa airadamente ante ambos desafíos al punto que el lector casual no notará las decisiones imperiosas que el autor tomó para congeniar su propósito y la naturaleza narrativa de su relato.

Con todo el respeto que nos merecen las maquinas verbales, el simple artificio caprichosamente fracasa en fascinarnos. Lo mejor que he leído de Aira va de la mano con su reflexión sobre la creación, en esto podemos reconocerlo autoridad por la cantidad de objetos varios que ha y sigue publicando. Un episodio en la vida de un pintor viajero tiene una escena muy fuerte sobre esto al final, pero creo que sin ir en crescendo, las metáforas propuestas por Una novela china son mejores, más pertinentes y bastante más sensuales. Al filtrarse por el código de todo-lo-que-puede-ser-chino, la potencia creadora del argentino evita la trampa de ahogarse en sí mima, parece dirigida, artera y condicionada por el símbolo que utiliza como objeto genitor. No hay discurso más real que una colección ordenada de ficciones, en esta instancia, Aira conjuga los ingredientes del modo correcto para hacer una novela de verdad buena.

La fantasía detrás de la trama es muy poderosa, más antigua que la China misma, y logra ser una intriga bastante válida. Mmmmh… El otro día estaba leyendo la revista Lire y hablaban de una señora que, inspirándose en Lolita de Nabokov, hacía su propio texto sobre pedofilia con prision y todo. La reseña dejaba sugerir que el texto era más bien bueno, y un lector atento recordará que Nabokov figuraba con su Lolita en la lista de 10 mejores obras literarias de todos los tiempos, que hace unas semanas fatigué. La conclusión me pareció curiosa: habrá un momento en que con la inspiración y las referencias, todas las mejores obras de nuestra historia serán sobre pedofilia, o en su defecto, podremos confeccionar colecciones enteras de textos clásicos cuyas tramas se inspiran en pedofilia, los cuales por calidad y mérito, sin duda se publicarán como best-sellers.

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Hoy Aira para rato

Entre los autores contemporáneos que en mi imaginario tienen más vigencia, debo mencionar de manera inescapable a Cesar Aira, escritor ineludible de la literatura argentina. ¿Por qué comienzo por la vigencia? Porque la prolífica producción de Aira es propia al descubrimiento, uno avanza por las zonas de su narrativa a paso seguro sin esperar caer en un barranco de sinsentido, aunque también permite un mínimo de presencia a la sorpresa. Es vigente porque es irreductible o mejor dicho, porque su reducción exigente nos resulta improbable.

¿Sabían que hace poco murió García Marquez? Bueno, ese señor institución era un periodista y novelista consumado, mas no podemos decir que fue acompañado hasta la tumba por una sensación de vigencia. Tal vez los clásicos en vida sufran peor este estigma que los cadaveres agraciados, cuando el reconocimiento del autor simplemente se supone, se admite como realidad, se vuelve evidente, no hay búsqueda que efectuar. Este es el doloroso premio de la fama, de cierto modo granjea a una obra varia el poder de la invisibilidad, transforma a la obra posterior en símbolo de la primera y presta un olvido seguro a las torpezas que la juventud supone. Pocos autores se permiten (consientemente) las torpezas que pueblan las narraciones de Cesar Aira, esto es en concreto el aspecto fatal de su obra: parece hecho por muchos hombres equivocados uno con respecto al otro, muchos hombres que con deseo estilístico dudoso, se plagian los unos a los otros.

Después de sus mejores textos Gabo empezó una etapa que sus críticos más duros tacharemos de decadente. Fue un hombre con oficio, eso es indudable, mas el universo ajeno y popular que lo galardonó como narrador mayor no era algo repetible. Comprendió con sensibilidad que emularse a sí mismo hubiera sido una atrocidad y utilizó su colegio personal de experiencia como método para no situarse en el mudismo feroz. No siempre este recurso llevó a la felicidad. Y en efecto, este extraño sitio que el último García Marquez es una bárbara injusticia para medir el talento del hombre, pero si creen que el arte tiende a la justicia, no han estado poniendo atención.

Es cierto que la impunidad del crítico temporalista es un arma difícil de usar contra las tirades de Aira, la variedad de la obra la vuelve opaca y en esa pared de sinsentido el juicio más severo debe siempre reinar. Partiremos con el tiempo la obra colosal del autor en provechosa y superflua, pienso que Aira es demasiado lúcido de su estilo para sospechar una inmortalidad más conjunta. Pese a su disparidad, cada obra del argentino es un objeto que comunica con todo hombre que se interese en el problema de la creación. No se plantea aquí la mitología del cosmos, simplemente se muestra el cosmos. Entendemos luego el valor simbólico que imponemos en las estrellas por las constelaciones, que nuestro rigor creador es el de las relaciones y el regateo penoso de objetividad y coincidencia. El artificio como máquina de producción en vez de bandera que oculta los engranes, tal es el método elegido por este Aira numeroso y difícil de comunicar. Pienso que la traducción será el elemento temprano que predispondrá nuestro ángulo de ataque hacia el corpus del autor, pues los textos que se comunican y se descubren pierden volumen siempre al exportarse. En algunos años, el autor traducido, a fuerza de ser comercial, habrá erradicado los azares extraños que el proyecto primero de la creación-máquina propone.

¿Un éxito…? Tal vez no tanto, inevitablemente (como es así para Lope de Vega, otro múltiple de la lengua) algunas obras dignas serán arrojadas al olvido, y su descubrimiento crítico será mentado de novedad sin cara, porque más tarde la vigencia del autor, mediada por los años, no tendrá ninguna urgencia. Los libros que hoy parecen llover a cántaros, serán una rareza en las bodegas olvidadas que son las librerías. Y entonces nadie se preocupará por descubrir la verdadera obra de Aira, verdadera a fuerza de ser buena (que es la única realidad del texto).

Esto no nos impedirá leerlo con la vigencia que aún posee. Sin duda no es su única virtud, pero por su caracter fugaz, logro disfrutarla tal vez más de lo que debería.