Ojos bien cerrados

Cuando uno lee suficiente, aunque el adverbio sea traidor, llega sin duda a la conclusión de que el realismo es una ínfima posibilidad en los universos narrativos. Por supuesto, no se precogniza por lo tanto una minoría de textos realistas o incluso autobiográficos en lo que corresponde a la edición novelezca. Y podemos explicar sin duda por medio de procesos técnicos las limitaciones y conceptos que a caso favorecen esta puesta en escena de lo real en el género tan popular que sigue siendo la novela. Hoy me contento de mencionar esta proporción para acompañar una reflexión sobre una de sus alternativas.

Pese a que las escuelas literarias pertenecen casi del todo al olvido, términos como surrealismo han sobrevivido en la crítica consensual. Hablar de moderno ya es abordar una terminología cambiante, hablar de post-moderno nos envía a un concepto de autosupresión, decir futurismo es sinceramente inclinarse a la anacronía. No así con surrealismo. Casi logramos imponerlo como un significado controlado, un sentido propio como podría ser silla o jirafa. Lo que no lo vuelve en nada un género inflexible y riguroso, lo onírico, lo épico y lo casualmente simbólico (tirando a fantástico) no exigen un desentendimiento mayor del término surrealista. Se describe un cierto tipo de sistema textual, un modo de lenguaje, como podríamos hablar de declaración o tratado.

El azar me ha permitido en lo reciente disfrutar algunas obras que pueden, si se quiere, tenerse de surrealistas. Lobster vi en el cine, Libreta Kanguro (カンガルー・ノート) una lectura, El Palacio de los Sueños que ya he mencionado. ¿Este ultimo es siquiera surrealista? De una forma u otra se aparenta al género en forma deconstructiva, el sueño como relato y establecimiento del orden es rigurosamente un paralelo literario. Sin buscar desmerecer al arte fílmico, hallé que la película tenía las mayores fallas, tibia al efectuar el proceso visual del surrealismo (por el que vive o muere en el cine) y titubeante al fijar la problemática narración. No es, a mi entender, un menoscabo que pueda hacersele al surrealismo, entiendo que el nivel de apego a su tarea simbólica es gran parte de lo que vuelve la trama atractiva. Pero si hay un límite que alcanza que vinculo necesariamente con el sueño y su fantasmagórica sensorialidad: no puede ser tibio. Todo recurso de surrealismo tiene que inspirar una fuerte impresión sensorial, un segundo grado de comunicación entre la trama fija y lo que el espectador/lector resienten. Aunque la trama secundaria sea efectuada, si esta no invoca impresiones notables, estamos transgrediendo los principios de un surrealismo efectivo. Kobo Abe tiene más éxito por su parte.

Entiendo que la narración escrita propone herramientas diferentes, establece la temporalidad secuencial que el sueño nos sugiere, permitiendo correcciones a la impresión anterior, vistas simultáneas o incluso contradictorias. En el surrealismo no solo las cosas pueden ser más de lo que parecen, diríamos más bien que deben serlo. Existen para ser superadas. Además algo fortuito obra a través de ellas ya que al resistirse a su propia naturaleza deben alejarse de la convención y volverse por fuerza algo otro. La violencia se ejerce para evitar ser puramente símbolo, algo que sería más próximo de la profecía que del ejercicio literario. Recordemos que el asunto de la literatura no es reproducir la verdad y que solo una fracción de lo narrable puede entreverse en lo realista. Su consistencia tiene lugar para redefinir una convención, minar précisamente la lógica fatalista de un realismo predecible. Ni cómo sorprenderse de que este género literario suela ser escrito por quien resiste la convención.

Se me figura entonces que soñamos, que escribimos como en sueños para sustituir la predicción que ya ha perdido su encanto. La palabra efectiva y sagrada de algún modo resulta más reductora que una cuerda lanzada a probabilidades que no han de ser jamás. O lo que es igual: perdernos en lo que seremos nos distrae de lo que somos, la otredad nos remite más realidad. Eso que es otro, por lo demás, va más allá de géneros abiertamente ficticios, es parte del arsenal de todo crítico (entiéndase, lector) para comprender no solo la obra literaria, sino la vida misma.

Como la metáfora, soñar ilustra el universo, y en el ejercicio lo fecunda.

Cruel mirar

¿Por qué leer historias crueles?

Empiezo por los relatos aunque existen los versos crueles, la crítica sádica o incluso la canción, cada tipo de creación contiene una violencia que le es característica y postula muchos problemos, sobreentender por razones de brevedad que el fenómeno es rigurosamente el mismo de un lado o de otro, no es hacer un servicio a nuestra inteligencia, es un tipo de pereza intelectual. Sin embargo, la fórmula narrativa se nos presenta en efecto evidente pues en su privilegio de exterioridad, inventa y recrea lo básico de lo ajeno, sitio principal de la violencia es un lector (pues cuando nuestra vida es el foco de fuerte abuso no agarramos un librito, toda lectura es un tipo de paz). Entramos en la paz de lo aparente para salir a la violencia de lo real, o algo así.

La pregunta podría ser la inversa ¿para qué leer cosas felices? Entiendo que puede tener efectos positivos en el ánimo y la salud, las actividades intelectuales tienen algún carácter de terapia, liberan de presiones remediándolas primero en lo irreal para alcanzar lo tangible. Es un juego de solidificar y deshacer, al placer del lector, eficazmente sostener la verdad del mundo por la propia mano. En esta prestidigitación creadora en ocasiones puede perderse el fundamento de lo que el arte nos puede representar. Salud para el sujeto lector, pero ficción para el objeto. La exposición de  preguntas simples: si soy responsable de cierto bien ¿cómo habría de no serlo de cierto mal?

Pero vayamos de vuelta a la insidiosa crueldad. Esta puede concebirse como una crudeza abusiva del escritor hacia su objeto, un ángulo difícil de extraer de una posición algo militante. ¿Por qué así? Los escrutinios científicos tienen pretensiones de objetividad, lo que supone que distintos individuos obtendrán al verificar un mismo resultado, valores idénticos. Ningún escritor forma textos idénticos a otro, no hay hablar neutro. Pienso en el caso siguiente: la justicia. Si me extiendo en el suplicio que sufre alguien condenado al presidio justamente condenado, la interrogación se entiende de inmediato: ¿qué me empuja a ser testigo del dolor? Y aquí radica la primera virtud curiosa de los actos grotescos, lo arbitrario y extrañador de su influencia que de inmediato nos empuja a la distancia crítica. Notamos que no se inventa la realidad, los criminales sufren, son entidades sensibles que no se desechan del existir aunque los discursos fácilmente los supriman, con justificación notable, respecto a sus actos. Y es una crueldad que sostenemos al admitirla, al remitir al sistema de la violencia como método legítimo de sociedad. Al encontrarla tenemos la opción de cerrar del libro o de compartir de algún modo esa responsabilidad, o de sojuzgarnos puros y sagrados, distantes de la atrocidad. Este juego de distancias es fundamental para toda crítica a la ficción cruel: el ofendido es un objeto ajeno ¿o soy también yo?

Una función primaria es debitar a los objetos dolorosos de una verdadera existencia. En el discurso es sencillo borrar cualquier inconveniente, el politico promete sin preocuparse de que nada de lo jurado puede cumplirse, el joven se hunde entre sus problemas a fuerza de no relativizar que hay otros más graves. Las cosas pasan consecutivas sin que sepamos percibirlas, pasan de hecho todas a la vez. Lo dicho aunque se diga en un minuto, regresa, se vuelve síntesis. Como solo podemos ser responsables de cosas que existen y que la ficción tiene como vocación imposible el ser, perseguimos alguna justicia trunca, que evidencia nuestros limites los cuales deben presuponerse antes de asumir las tareas verdaderas de cualquier ser humano.

Por supuesto, debemos en este ejercicio distinguir la invención de un mal encantador y necesario, que nos brinda una voluntad íntima y secreta de ser irresponsables, de abandonar lo correcto y ser del mal. La fiesta íntima de los vencidos que se regocijan de la propia humillación. No es una crudeza de un insomnio genuino que hemos descrito en los párrafos anteriores. Sentir placer no nos provoca, ni nos extraña, ni nos mete en distancia crítica ni finalmente logra, de modo alguno, hacernos felices.

Si distrae.

Tres afinidades

A la lectura de Kobo Abe me introdujo una recomendación leía en una entrevista a Kenzaburo Oe, en la cual lo presentaba como el autor más elocuente de la post-guerra en el Japón.

Este elogio puntual, que no puedo cotizar por su valor promocional o su presunta influencia en la obra del nobelizado, me produjo una impresión duradera. Oe más o menos descartaba la inmortalidad de su obra, su consagración internacional, ante otra que le causaba una mayor admiración. En dicho juicio entreveo lucidez y humildad.

Y en mi experiencia como lector esta referencia particular no es común. No soy un conocedor de la obra de estos nipones, en ese tiempo Kenzaburo me era familiar gracias a entrevistas varias que leí en critica sobre su obra y revistas especializadas. A mi entender , los comentarios me perfilan una tibia recepción: Oe es sensible y poético, pero sus temas no me enganchan. Cierto, hay un rango generoso de sorpresa en estas cuestiones, pero lo cierto es que ningún lector está obligado ni tiene la capacidad segura de seducción frente a una obra lograda (por optimistas y generosos que seamos). Me considero predispuesto a disfrutar dicha obra un poco, sin genuino entusiasmo. Por otro lado el comentario sobre Kobo me intrigaba.

Verán, durante sus entrevistas Kenzaburo Oe parece adolecer un poco de la propia vida. No solo quiero decir con esto que ha sufrido, o que predomina en él un proceso autobiográfico fantasma, sencillamente su satisfacción honesta coincide en buena parte con la resignación. Su obra es lo estrictamente necesario, se entiende como una suerte de deber, pero de algún modo esa dimensión la minimiza y la enclaustra en la necesidad de su contexto, se alimenta ferozmente de si misma, se autoconsume. De acuerdo con el mismo Oe, el texto inmortal permanece y para él los instantes, hasta los sempiternos, tienen por vocación pasar. Visto de un punto de vista resueltamente más européo su obra es lo que debe ser, no lo que el querría que sea.

En otros corazones distinciones de especie como la que he presentado resultan casi el trabajo del dialéctico, se encuentran en el detalle y acaso las quiere uno argumentales. Pero Oe es un sensible, en él las impresiones son de poderosa pertinencia. A su parecer Kobo Abe representa una aproximación más completa al ideal al que él mismo se sometía, ese cuya función no es ser alcanzado sino guiarnos en los momentos de desaliento. Mi lectura de ese episodio, habiendo comprobado el temperamento del nobelisado en sus entrevistas, es que el elogio al autor de Kita era algo fundado, una realidad patente y mi propia intuición me lo sugería como alguien cuyas convicciones, cuyas figuras, serían más seductoras a mi mirada.

No erraba.

Y me sorprende que en cierto modo un decir escrito, se vuelve el equivalente de una casual conversación entre pares, logra viajar por el tiempo intimamente hasta regresarme al momento de la impresión. Uno habla con amigos y conociéndolos entiende en sus entusiasmos la propia impresión, mira con simpatía usando otros ojos. En la vida nos permitimos ser guiados por estas minimas impresiones, estos breves momentos despiertos y a mi entender no hay nada que refute un evento análogo en la lectura. Entiendo que en mi persona esto es algo así.

En razón de los siglos

No tiene mucho caso desvivirse en hallar nuevos modos de deslindar a la literatura de la memoria y crear con ella una esfera vigente más allá de las realidades concretas que se vincularon con ellas. La codependencia entre ficción y realidad es algo más o menos realizado, sus interacciones complejas no merecen ser barridas a priori por un propósito argumental, al menos no si se pretende cierta vigencia intelectual frente a los fenómenos del habla que experimentamos y que tratamos generalizando bajo la bandera única de la lectura. Por fuerza la reducción a modo inverso que inclinaría a las letras y a la vida hacia la identidad absoluta nos induce a errores también desproporcionados.

Pensemos en números pues nuestro cerebro se debe una cierta coherencia secuencial y a veces formas o representaciones listadas tienen un poder de estimulación mayor que mis hemorragias verbales. ¿Cuántos poemas hermosos existen dedicados a algún rey o un hombre politico ensalzable? El número será necesariamente limitado por cada autor, su capacidad de poblar los siglos por otro lado acompañará la aventura humana por mucho tiempo. Recordemos otros eventos y otras historias, ¿cuántos poemas habrá dedicados al primer paso del hombre en la luna? No sería un lector del siglo XX si no conociera algunos, sin embargo argumentaría que la descarga simbólica de este paseo fuera del orbe celeste no sabría hallarse multiplicada en textos innumérables. Las bellezas de la poesía no son instantáneas y no responde por método o designio a cada método o síntoma de una era, realmente se fundan en circunstancias fundamentales, en conceptos que atrapan nuestra imaginación y que pertenecen en ella sin que sean arrastradas por otras distracciones por venir. Hay una permanencia de lo sensible, tiene su propio rango historico en que los hombres nos fusionamos con la palabra, con lo que llamamos universo.

Se distingue por consecuencia una historia del poema que, si se quiere, puede constituirse como una estructura de todos los poemas escritos sobre cual o tal cosa. Es una realidad borrosa y desigual, primeramente por nuestros limitados y cambiantes conceptos de lo escrito (ignoro la cantidad innúmerable de poemas perdidos al inicio de lo que fue internet), luego por una revolución en nuestros propios sentidos, en la expansión de nuestros horizontes. No sería una fuente homogénea de productos ni de emoción, desconozco si esta lentitud agobiante se debe a la carencia de instancias capaces de reconocer y validar lo poético sin caer en lo inmediato de la novedad. Y esto es algo confuso pues el valor historico de la ficción parece relegar a nuestras palabras a un hecho en el tiempo, solo confirmables por sus efectos a posteriori y formuladas sin verdadero conocimiento de causa (luego sin sentido y sin valor).

Aclaro que dicha vigencia poética tampoco es idéntica al contexto, un espacio poético sensible puede hablar sobre una videocasetera y muchos lectores de varias generaciones podrían vincularse con dichos versos por hallarse próximos a la época donde este objeto cobra todo su sentido. No nos alineamos a la idea del hombre providencial con carácter divino, aunque pensemos comprender la distancia ideal entre los hombres y el rey (receptáculo privilegiado de grandes poemas) nos quedamos cortos ante su valor inmediato de realidad. Quiero decir, reyes existen aún pero no somos sensibles a ellos, podemos ser sensibles al primer hombre que llegó a la luna sin que forme parte de nuestro espacio vital y a sabiendas de que nuestra realidad no se ensaña en repetir estas proezas tecnológicas con el ensueño de los años 60. Esto no refuta la belleza de las obras que no existen en esta misma esfera de sensaciones, précisamente el problema es que los siglos no ha logrado que los elogios versados sean repulsivos y los repetimos entre dientes con una mezcla de horror y confusión.

Afortunadamente somos de esa generación que atesora la sincera ignorancia, nuestras palabras la profesan y la explicación de cualquier objeto se halla a unos cuantos gestos maquinales en alguna base de datos. No es de saber el poema ni el pensamiento, están aún hoy día, fuera de nuestros menoscabos y nuestras historias que muchas veces se terminan antes de empezar.

Dos del hoy

La pregunta del motivo literario es una de esas que al postularse casi de inmediato cae en el olvido. Desconozco si esto se debe a la fatiga mental que impondría un trabajo epistemológico o dialéctico del asunto, o sencillamente porque la pregunta resulta algo evidente y su exploración nos parece -al reflexionar un mínimo- absurda. Es difícil prestar motivos a cada asunto de la vida sin inclinarnos por una ideología o adherir fuertemente a un punto de vista, estudiando la palabra nos damos cuenta que los juicios y las preguntas están resueltos incluso antes de abrir la boca, que nuestra solemnidad ante un asunto en vez de otro confirma nuestra parcialidad fundamental y que sin prioridades no hay ideas ni conceptos.

Hablando utilitario, el interrogar el por qué del arte se hace con la intención de prestarle fin. En esos términos parece que el arte debe inclinarse por la utilidad o por el goce gratuito. Es casi imposible argumentar que la literatura es profundamente útil, pues someterla a la ley económica del bien mayor descree de su historia y sus conceptos. Hay personas que utilizan las letras, que en ella encuentran el espacio propicio para denunciar o informar, valorando en cierto modo la proeza comunicativa de las palabras más allá de su poder evocador. Por supuesto la emoción es un medio efectivo de disuasión, tiene su lugar en el uso puro y simple del discurso. No es el lenguaje para razonar sino para convencer, no es de ideas pues ya sometido a una ideología (la utilidad) no puede serlo.

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Siendo un asiduo lector del siglo pasado me encuentro con frecuencia confrontado a una barrera temporal y de muerte que solo encuentra un sentido absoluto en el idioma y la ficción. Verán, en muchos sentidos, para la comprensión de nuestro universo, ausencias como la muerte son más no-objetos, cosas que existen en la medida que nos arrebatan algo tangible y apreciado, el tipo de fenómeno que conlleva la aceptación del tiempo como gesto regular que rige nuestros universos, a los que llamaremos humanos por respeto a los otros animales que nos leen.

En efecto, hay un carácter particular en la amistad con hombres muertos y en promulgar nuestra afición a sus obras. Muchas veces procuramos cuidar esta intimidad congelada con lecturas sucesivas, sea en el complemento de la biografía de los hombres que escribieron o en una voluntaria indiferencia a sus pasiones personales. No todas las amistades se anidan en un solo molde, así tampoco con el lector y el autor. En cuanto a ciertos escritores consagrados, sin duda los tratamos como edificios ya muertos desde hace un tiempo. La ocasional desaparición señalada por una eulología mediática es casi la consecuencia inevitable de un escribir cuya vigencia se ha vuelto un gesto antiguo, que es pertinente en el tiempo del mismo modo que la memoria genética se manifesta en nuestra vida y no tanto como contingencia. En esto consisten muchas lecturas nuestras, aunque cabe señalar la excepción radical del escritor que es en todo nuestro contemporáneo y cuya obra se sigue constituyendo.

Si este autor vigente muere entonces un impacto extraño perturba nuestro ser. Muere una afinidad profunda que no supimos encasillar en un concepto. Podríamos reaccionar de modo análogo frente al deceso de un amigo de amigo, de un colega sin mayor vínculo con nosotros, y sin embargo en la acción de la lectura una intimidad irreversible se manifiesta. No presumo dominar el conocimiento de la carne y los sentimientos, entiendo que esta experiencia tendría algo de falso pues uno no es de la emoción si es del control. No obstante me permito la libertad estética de calificar esta desaparición súbita de un autor estimado a aquella de una persona con la que compartimos un momento pasional, como los amores de verano que tuvieron su marca irreversible en nosotros y que sin embargo se sitúan en un sitio inaccesible que se parece a la memoria.

Sin estas pequeñas tragedias tal vez no sería transparente para nosotros, los lectores que devoramos y casi no tenemos memoria para rememorar la literatura, que los autores son entes vivientes como cualquier otro. No fallecieron en escribir o por lo menos no en sentido estricto.

Y este no es sino uno de los breves problemas que postula seguir viviendo en un mundo con escritores, aunque en parte también todos los otros hombres que respiran a nuestro alrededor se prestan a la incomodidad, al extraño fenómeno de la identidad ajena y a lo inesperado que es del desencanto o el goce.

Makura kotoba

¿Hasta qué punto es lícito pretender que el lenguaje posee alggo así como un sentido particular y no es solo eco, repetición? Amamos y somos a veces, dignos de amor, mas al declarar este “te amo” repetimos un ruido consabido que contribuye casi por sí mismo, a la fertilidad de nuestra especie desde tiempos -literalmente- inmemoriales. Y el horror de esta multiplicación podría exagerarse, el ruido de una declaración de amor en español, en árabe o en ruso consiste en sonidos diferentes, pero finalmente tan cercanas e idénticas que podrían considerarse sin gran dificultad, un mismo gesto -las diferencias fonéticas siguen siendo una variedad de vibración bastante menor en lo que a las dimensiones universales corresponde-. Creeríamos pues que un amor que afirmaría o acabaría con nuestra neta individualidad es un verso finalmente cotidiano en la historia. Todo lo que se puede decir está gastado en cierto modo.

Esto es, insisto, exagerar con fines estéticos, pues el “te amo” impúdico del infiel y la declaración pública del gobernante no son intercambables. Tampoco el poema de amor de un mexicano -que acaso lee este blog- reproduciría el de un antiguo poeta persa -lector que me es, de ahí en fuera, más improbable-.  Además, ¿la cultura no es refutación suficiente de nuestro vago concepto de universalidad? El amor tiene una dimensión de pura necesidad fisiológica, y aunque esa función se repite irremediable, su significado en nuestros mundos  ficciones es rara vez único. Cuado un escritor japonés decide completar un verso con una línea prestada a su acervo cultural, no lo hace tampoco como un moderno ibérico lo haría.

No creo que nadie discuta la necesidad del atractivo sexual -al menos en su postulación estrictamente biológica, estrictamente mamífera- ¿esto es menos arbitrario que la métrica en poesía? ¿no ha en al seducción una dimensión de coincidencia y de oportunidad que nos permite siempre encontrar en ello razones y variantes de lo arbitrario? Un intercambio, sea verbal o amorozo, se sostiene en los azares pertinentes que lo permiten. Las palabras y frases se instalan en nuestra cultura por una afinidad invencible como la seducción misma, injustificable en lo general, pero dolorosamente concreta en el sistema mamífero que es el nuestro.

Nuestro crítico idealista, de ideales que podríamos, con malicia, tachar de occidentales, pensaría que cualquier línea de un texto que sirve para completar pertenece a lo innecesario, a lo estructural. Y sí, el lenguaje es estructura, mas nuestra superstición hace de los autores entes incomprensibles que rasuran lo necesario y se bañan en lo fundamental. No son mujeres atractivas, son dioses del amor. Para ellos las palabras no son herramientas, son acciones arteras. La decisión de un pase sencillo, de un “relleno” nos recuerda a ciertas cosas poco intuitivas en teología, como que al todo poder hacerlo, una posibilidad entre todas las posibles acciones es la inacción. No tomar todas las decisiones es una decisión, y admitir las decisiones de otros es otra decisión aún más compleja. No sé si es la democracia que nos ha llevado a concluir que la decisión de la mayoría es capaz de suprimir la de la minoría, así no funciona en los individuos, que si son capaces de congeniar voluntades contradictorias sin implosión.

La repetición es una realidad del lenguaje muy fustigada en nuestra cultura. Entiendo que tenemos prisa para todo y que no nos parece sensato perder el tiempo en problemas que son esencialmente los mismos cada vez (confeccionar un poema es enfrentarse siempre al mismo dilema, cada vez diferente y a veces igual). ¿Será por eso que nos felicitamos al decir que los infantes disfrutan la repetición como reservando esa realidad a los más pequeños y posicionándonos a una altura mayor? El fenómeno no es aislado, los epitétos homéricos son una fórmula dicha “de los antiguos” y así también, los makura kotoba. Veo alguna ironía gastada en que lo repetido siempre lo guardamos a distancia, queriendo darle un tiempo ajeno, cuando reconocemos que toda repetición es la confirmación de lo actual en otro sitio, dos tiempos que se enamoran, en verso, si así se quiere.

¿Es lícito pretender que ustedes no habían reflexionado ya antes esta entrada que acaban de leer?

Tres problemas

Los escritores servimos por lo menos de mal ejemplo, y a veces ni de eso. La naturaleza de nuestros trabajos y simplemente el mercado editorial sobre saturado evita que se nos cuente como personas. Tampoco el autor quiere eso, mas en cierto grado es caer en el error. Si no existiera más que la literatura del siglo XVI, uno diría de inmediato el siglo y tal vez la década en que un autor ha trabajado, es en parte por la existencia de tantos libros que nos permitimos inefablemente olvidar. Hay parte buena en el olvido, a los autores como mal ejemplo, no nos sirve tanto.

Nadie debería sugerir maneras de vivir. Pienso en los escritores, por supuesto, y también expando esa reflexión hasta el cristianismo -se generalizará mi observación en religiones que conozca menos-. No señalo un desmérito en el principio de la imitación metódica de Cristo, por la sencilla razón de que su figura nada en el símbolismo y la ambigüedad. Sin esta seria inexistencia, no podemos entregarnos a la imitación, nos atormentarían imágenes como preservar una barba como la de Jesús, o portar su mismo calzado. Así funcionamos nosotros también, los hombres dichos “de letras” (tal vez las comillas deberían estar en el substantivo): cuando nuestra existencia es borrosa, tenemos determinada valía, en cuanto ganamos realidad, somos unos patanes y buenos para tirar. Si ha decidido por fé o convicción venerar al homo literatus, hágase un favor y manténgase alejado de aquellos que sigan con vida. O tómelos por lo menos como mal ejemplo, como el aspecto corrupto de la idea de escritor que inevitablemente todos nos volvemos.

 

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Cecilia Eraso me preguntó (la única vez que nos topamos), si era escritor. Afirmé. “Rara admisión” señaló rauda. ¿Cómo así? Pregunté casi por reflejo, o hice un gesto en el que se intuía la pregunta. “La gente no se dice escritora así nadamás”, explicó, me pregunto ahora si fue involuntaria la posible malicia de su imprecación (si se supone la respuesta hay cierta malicia). En fin, no pasó a mayores, no la reté a un duelo, no tuvieron que expatriar mi cadaver (esto fue en Buenos Aires). ¿Debo admitir cierta torpeza por decir la verdad? Me pregunto, tal vez la pregunta no era el problema, sino que mi respuesta era innecesariamente ofensiva para todos los presentes (menos para Cecilia, obviamente ella ha visto escritores).

Aunque la humildad siempre me deja una sensación de estrategia perdedora, no tuve entonces, ni tengo ahora, la intención de exagerar cuando asumo la posición de escritor. No hay que ser tan ridículos y sacralizar ese empleo, no hay nada sobrenatural en redactar con intenciones estéticas o morales. Hay muchos autores que son pobres de espíritu, estúpidos e improbables, entre ellos una buena cantidad no podría superar la calidad estética de un joven estudiante de letras que nunca intentará ser publicado. Ni siquiera adjudico ventaja alguna a esta mentalidad en la que uno se vuelve escritor de facto al admitir que escribe. Para cada quien la palabra comunica una idea diferente, supongo que el término para Cecilia no era exactamente el mismo que para mi. Intuyo que tampoco era groseramente distinto.

Lo que busco señalar por la anécdota es que ningún criterio de literatura debería alejar al escritor del hombre común. Que usted reconozca a Alfonso Reyes como un escritor y no a Dan Brown, es un problema de semántica y se admite. No obstante, si su definición exalta tanto la práctica que la aleja de su horizonte y se vuelve inalcanzable, la palabra es perniciosa para usted y debe ser suprimida. Si su concepto de escritor va más allá de sus propias capacidades, deseche el concepto. Mejor aplicarse a una tarea que puede existir para hacer que inventar un universo ajeno al que no tenemos acceso. Deje la ficción para la ficción, los sinsentidos para el lenguaje y emplee las cosas de tal manera que le sean útiles a usted. Primer regla del escritor: no deje que la palabra sea solo convención, debe domarla.

 

 

Hay sinúmero de gente que es mejor que como escribe. Temo que el balance es deseable.

Seguido sucede que un autor, en su sensibilidad y persecución honesta de la verdad, conjuga eventos ficticios en que sus personajes son sometidos a destinos crueles. La literatura feliz nos resulta corta: mucho duele leer, y se exacerba el conflicto donde se encuentre. Yo mismo he dicho que lo deseamos, al enfrentamiento. ¡La fortuna no es adversa! Esa maldad reservada para la mentira, es rara vez reflejo de una actitud sicópata del escritor, la gratuita necesidad de herir y abusar de los personajes ficticios se quiere dialogal, como un objeto que se comprende y no que se siente. Casi admitiría que la ambición moral de un autor suele pintar objetos más y más grotescos en la medida que desea procurar el bien y la reflexión al lector.

¿Debería sorprendernos que al hablar de la creación universal Dios permitiera el sufrimiento? La queja contra la divinidad que instauró el malestar en lo humano es viva, mas nuestras propias ficciones están plagadas de una análoga crueldad. ¿Dickens debe ser censurado porque sus personajes huérfanos enfrentan destinos terribles? ¿eso le granjea cierta maldad al hombre?

Dickens es sin duda un desgraciado, aunque en el mismo género lo seamos todos. Simplemente el escritor hace explícito el dolor, pues el trabajo de la ficción es mostrar la evidencia. Ya en el mundo, los que tienen la costumbre de la felicidad, la aprovechan gracias al abuso impuesto a otros. No está dicho, porque no cada persona expresa la ficción. No nos hace menos malvados ni terribles.

Acaso la palabra mal está mal empleada.