Dos artes de narrar

Lo evidente puede ser necesario para el cerebro humano, para la felicidad, pero es un asesino furioso de argumentos.

Dicho de otro modo, exploramos hace poco cómo la narrativa va poco a poco limitando los desarrollos posibles de cada historia, de que un relato finalmente depende tanto de lo que en él sucede como de lo que no contiene. Mi ejemplo predilecto es la ucronía, el seguir un relato que es divergente pero paralelo a un hecho historico y con esta variante fundar la narración. Así pues, un relato donde la Unión Soviética gana supremacía ante el bloque Occidental o donde la unificación China solo tiene una identidad verdadera mientras se someta a un escrutinio realista. Si por ejemplo yo arrojase un extraterrestre o un semi-diós en mi cuento sobre el Bloque Soviético, rápidamente dejará de ser una uchronía y será una ficción sin referencia al mundo real. Todos los relatos tienen estos límites que presenta la ucronía (que es, de nuevo, obvio) y se puede resumir en lo siguiente: transforma demasiado un cuento y se vuelve otro. En términos así, podríamos dejar la discusión por muerta.

Sin embargo el desarrollo argumental es un poco como los argumentos, podemos formular muchos distintos sin alejarnos de un tema particular, podemos descreer de la calidad de nuestra palabra liberalmente sin alterar por lo tanto la vigencia o refutación de la realidad de lo que defendemos. Que yo, por ejemplo, defienda el Islam pobremente, no empobrece al Islam. El esquema narrativo es un protolenguaje, es algo que no se altera de hecho por simplemente cambiar palabras, requiere inflexiones fortuitas y contrasentidos. No es pues, mera adición o resta, hay una ecuación que mantiene la vigencia de nuestros argumentos narrativos, los cuales no dependen de hecho del estilo que empleamos o de nuestra vigencia estética sino que se juegan a otro nivel, como algo objetivo pero oculto. Que una trama argumental sea predecible no hace, por lo tanto, que nuestra forma de narrar esté limitada. Pero truncará argumentos posibles, como todo desarrollo natural de un relato haría.

De aquí podemos saltar hacia el vacío y admitir que la relación no es casual. No es que unas evidencias y predicciones limiten nuestras maniobras textuales, sino que nuestra narración se limita porque la hacemos evidente. Si yo conozco profundamente a una persona puedo inclinarme a prejuzgar sus reacciones ante estímulos varios, le creo sus propias ucronías donde actuaría de una manera o de otra, siendo fiel a un conocimiento real que tengo de su carácter. La transformación de a poco puede ser profunda y distar de mis conocimientos iniciales, pero incluso entonces hay un tiempo inverosímil en el que sería desconcertante que alguien cambiara radicalmente, tenemos dificultades en digerir esta violencia. Las ficciones alternativas que así creamos refutan la violencia se proyectan como una cadencia voluntaria y controlada (porque debe seguir sus reglas ucrónicas fielmente), ajena a la verdadera interrupción. Si bien la ficción se define por esa capacidad de ser inofensiva aunque se realiza, al realmente reducirla a esta quietud la minimizamos. De ahí que muchos escritores reinventan la violencia y proponen lo experimental, lo poético o incluso lo trunco (el silencio es un violentar).

No hay estructura argumentativa que se sustituya de veras a la vida. Si uno adopta la historia de un individuo la hallará desordenada y difícil de comunicar, pues contrario al arte más ameno, no se constituye bajo principios rígidos de verosimilitud, sino que se juega en una libertad probabilística absoluta. Al adoptar la escritura automática los surrealistas no logran destruir efectivamente nuestro concepto de narración, pero se acercan a un método mecánico de introducir fragmentos de azar a una forma de contar que se nos vuelve conocida después de un rato. El método es ingenioso, sin embargo sufre de una parcialidad grotesca: un lector promedio ignora como el azar funciona o mejor dicho, identifica patrones en sitios donde estos son causales y se inventa por medios propios una narración secundaria. Así pues el azar de la vida puede ser visto en ojos de alguien como una experiencia utilitaria, por ejemplo, dos personas se conocen casualmente y entre ellos se pasa una historia, algún lector verá en esto un mercadeo (estas personas se conocieron para que la historia fuese contada). Y muchas falsas lecturas de el azar pasán así, pues en la idea de la evidencia no tratamos siempre con valores seguros.

Que existan cosas malas o buenas es una experiencia que en muchos hombres parece obvia. Por eso podríamos descreer de un argumento que diseque los conceptos de bien y de mal: no hará servicio a una realidad mayor describiéndola, solo será imponer palabras a cosas que existen sin variarlas. De ahí entrevemos un par de caminos que nos acercan peligrosamente a la ficción: nos interrogamos sobre si el bien y el mal son de veras évidentes, o tratamos de discutirlos cual si no lo fueran. Y en cierto momento nos parece que las evidencias se reducen y que las cosas están sujetas a cambios violentos y a misteriosas reglas que no podemos decifrar.

Entonces hallamos la crítica.

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La partitura narrativa

Lo que llamamos narrativa en literatura ya forma parte de un intrincado y profundo sistema de representaciones que se funda en principios de lenguaje relativamente básicos. Hay razonamietos, ideas y lecturas que se encuentran antes del leguaje y que podemos percibir en la memoria y los sentidos. Podemos entender estas secuencias, estos fenómenos relacionados, como una proto-narrativa no representada, o tal vez en otra óptica, la narrativa original, fenomenológica, objetiva. Y sería un elemento del universo bastante básico pues toda la lógica de un lenguaje puede entenderse (solo puede ser comprendida) como proto-narración.

Que no optemos por activamente representar estas narrativas no les confiere un valor intrínseco, porque tanto supondría que el universo es rico en sentido por naturaleza. Insisto en decir que las proto-narrativas no existen como representación, que son irrelevantes para el lenguaje, pues funcionan en una evidencia de palabra: si uno sabe hablar ya las ha fatigado. Estas nociones primitivas pueden bien hallarse más allá de organismos incapaces de la palabra o de una representación abstracta que tenga capacidades análogas. En su estado de “ser casi una idea”, la proto-narrativa se vuelve una idea porque requerimos representarla pero su existencia no es de la representación. Sería lo que ocupamos para hacer signos.

No toda obra creativa es de orden narrativo, pero supone sistemas de comprensión. Al hallaros frente a un retrato no hay, por estricta matemática, una sola manera de abordar la imagen. El azar nos propone de antemano distintas iluminaciones o la obstrucción parcial del cuadro que nos impida su apreciación más típica. La tentación del arquetipo de una imagen absoluta o debe imponerse ante el verdadero fenómeno, la narrativa primaria que todo cuadro visto implica. En efecto, debe haber alguna visibilidad hacia el cuadro, y en esta vista una construcción de identidad y unicidad. Luego existen una cantidad enormes de fenómenos sensoriales que definen lo que para el espectador será la esencia de la pintura. Disculpen de antemano la evidencia: como se percibe el cuadro es parte de como funciona el arte de la pintura, todos los artes funcionan en estos supuestos narrativos que son inmóbiles y sin embargo, variantes. La proto-narrativa no es fija y por lo tanto, solo se representa en un estado de potencial cumplido o que debe cumplirse.

Los juegos de video permiten la interacción literal entre la obra y el jugador. Están basados en la escritura de una proto-narrativa (si tal acción es realizada, uno pierde el juego, si es así, debe volver a comenzar, etc.) que define sus arquetipos por medio de relaciones lógicas que pueden préscindir de nuestro lenguaje. El final es un silencio y el juego es un ruido, su articulación podría bien ser musical (a veces lo es dado que una parte enorme de los juegos electrónicos se basa en el ritmo). Todo esto se representa en un estilo de narrativa convecional, sin embargo, procede de un tipo de escritura, de la partitura que envuelve cualquier narración genérica y esta debe ser escrita. Un computador primitivo puede proceder a estas representaciones, lo que justifica en parte el lugar primario en el ciclo de la experiencia que este tipo de proto-narración ocupa.

Esta entrada tan plagada de objeciones y précisiones antropofagas se me propuso como una necesidad literaria para explicar que, obviamente, existe una narrativa anterior al poema. No perseguimos en poesía la depuración del sentir en sus sistemas más básicos, ese tipo de tarea la cumple con eficacia una máquina cualesquiera. Por medio del artificio, de lo representado y hasta superrepresentado, de lo recontradicho y lo ya contado, volvemos a la emoción, a lo que en cierto sistema de creencias se puede tener como innenarrable.

Derecho a la incoherencia

Estas entradas son un ejercicio verbal no tanto de pensamiento o coherencia sino de ritmo. La literatura cuando uno la dosa sabiamente se restituye un derecho a la incoherencia, el pensamiento se desestima si no alcanza perfección en la forma que debe corresponderle. Buscamos una métrica en la frase, un ir y venir en los conceptos, una lírica irremediable en cada final. Todo esto sabría volverse una triste receta que sin duda nos resultaría precaria.

La mayoría de los lectores que conozco creció aceptando una formalidad de facto en la palabra escrita, la aborda siempre en su linearidad limitada que es tan solo una de sus facetas posibles, pero debido a esta imposición el ritmo nos parece aún más necesario en cualquier género que se practique. Tomo el ejemplo de los juegos de video, en ellos existe la posibilidad técnica de una narración divergente, sería aquella que al tomar el jugador cierto camino o determinada decisión lo guiaría por caminos inciertos e inconexos. Por supuesto, el  juego también es simulación y el recurso de las decisiones requiere una estructura narrativa muy particular, si nos remitimos a los hechos una cantidad mayoritaria de la ficción se define con respecto a una linearidad irrefutable. Y en un juego cuando se percibe la linearidad hallamos también el aprendizaje: el creador de juegos se asegura de que todas las modalidades necesarias para que el jugador triunfe (con un mínimo admisible de frustración) están al alcance de su mano. Vemos aquí que la estructura lineal es toda de cadencia, no es menos précisa y necesaria que una canción pues estas mareas narrativas (decido llamarlas así, su coherencia es más secuencial que verdaderamente de relato) nos ayudan a absorber la información. Esto es bueno a fuerza de ser bello, lo entendemos por su estructura correcta y medida, su poesía es un aspecto necesario a la pedagogía que sugiere.

Por supuesto, quien ha experimentado la certitud de la belleza entiende que puede aturdir. Mi tarea creativa es reiterativa, alínea frases una tras otra buscando alguna rara perfección. Existe quien adosa esta experiencia en el silencio, no creo equivocarme al juzgar que ese excesivo pudor es a su modo la muerte del arte. Sin un exceso de textos a ritmo que escuchar nuestro “oído” ya no escruta cada frase como debe. Dicen que en el siglo de Oro español un aficionado del teatro distinguía cada metro sin esfuerzo, se le volvía una suerte de segunda naturaleza al punto que este elemento formaba verdadera parte de la narración. Así es como un experto en videojuegos logra guiarse, ya sabe por la música o el tiempo exacto de cada uno de sus gestos cuál consecuencia favorable tendrá el comando que le propone a la máquina. Hay narrativas más allá de lo que cualquier medio nos provoca, un verdadero escritor se debe conocer por lo menos el potencial de estas aunque se encuentre incapaz de imponerlas al lector cualesquiera. Escribimos entre líneas y no solo en un semantismo estéril, también son de poesía las palabras que a la pluma hemos de prestarle.

A fuerza de ritmos, repeticiones y ecos vamos violentando estructuras que otrora entendimos rígidas. Casi cualquiera sabe errar en los excesos y nuestra pluma primitiva persigue una economía antes que nada. Se sabe que algunas paginas de los grandes novelistas son prodigiosas y un análisis revela sus logros en lo técnico. Solo que la forma corta no responde a estos azares, siempre desentona en cierto momento pues no hay modalidad perfecta en ella, así es como los haikai, los sonetos o los cuartetos siguen ejerciendo un magnetismo indefectible en un número de poetas.

El ritmo somos también nosotros que nos resistimos a la página perfecta pues su esencia nos violenta. Es más cansado atravesar cuatro versos hermosos que conquistar, por ejemplo, esta entrada. Y tampoco estoy diciendo que me empeño en ser fácil de leer.

Más o menos vengo de explicar que es todo lo contrario.

En China no había dragones

En ocasión las discusiones filosóficas se desvían de su cauce y caen en la persecución de proezas dialécticas truncas. Yo quiero implicar por un milagro de la frase que se desconoce una verdad, trato de empantanar el conocimiento arguyendo que la frases son subjetiva, y no tienen, si se quiere, pies ni cabeza. Refutar la semántica y la convención, moneda reconocible y bien acuñada de la palabra. En esos esfuerzos, reconozco que se erra en la incomprensión, confundimos la verdad con lo que se puede decir de ella y la verdad de la palabra con la material (¿espiritual?).

La ficción es lenguaje e incluso en ella las reglas del sentido se respeta. Decir que no podemos argumentar nada sobre lo que no existe releva de la mala voluntad y no de la sincera interpretación. Una cosa es la ambigüedad y otra la mala fé, un traductor lo sabe pues persigue neciamente la primera sin permitirse imaginar la segunda. Uno no traiciona un autor al traducirlo, el autor ya no existe más (es uno), la obra es el material al que debe de ligar y reconciliar con el universo. Si no hubiese verdad en esas tareas, traducir sería absolutamente arbitrario y no el ejercicio de vagas concisiones que practicamos hasta el fastidio, y que para muchas personas vínculadas a un único código son la mayoría de la literatura.

Hay que rendirse a la evidencia: la literatura es del que la traduce. Si nuestros horizontes son la comprensión humana carecemos de un código común para todo lo que el arte escrito puede ser. No hay nada universal sin uno o varios ideales de sentido, desde el punto de vista del iconoclasta que mina la discusión por la “subjetividad” no solo es imposible discutir de literatura: este arte no existiría en su mundo. Esto es, a mi parecer, pura matemática de lo leído, de lo que el canon y la expectativa acepta. Pero la lengua como la historia son expresiones traicioneras y que en nuestro mundo tengan importancia no las hace menos fragmentarias y falibles.

Primera dificultad: ¿traducir o no un nombre? Hemos aceptado que los nombres propios no son del vacío sino la cultura (Kim Jong no sería inca), pero determinadas tradiciones son opacas si no se comunica hacia el lector el sentido que estos pueden tener. Recordemos ese topos de la cultura nativa de Norte América que dota a los individuos de nombres circunstancias e interacciones, como la película de Dance with Wolves que podría haberse nombrado, si se quiere, Šuŋgmánitu Tȟáŋka Ób Wačhí. Solo que el título se traduce aunque sea un nombre propio. Tiene su valor semántico si se entiende que el personaje es de una cultura de habla inglesa. Además, los lenguajes que no comparten alfabetos requieren aproximarse a los nombres extranjeros de manera sonora ¿es razonable esperar palabras en ideogramas chinos en medio de un texto absolutamente romanizado? Va sin decir que si uno no romaniza las palabras comunes no está traduciendo en absoluto. Perdemos sentidos al no traducir.

Sin duda también perdemos sentidos traduciendo, pero sobre todo la tendencia es la fusión. No hay dragones en la tradición China, no puede haber dragones porque la palabra viene de una tradición antigua que no se relaciona con la China más que de mucha distancia. Si admitimos que la creatura descrita como long corresponde a dragón estamos cerca de admitir que Zeus y Thor son el mismo personaje. Y sin embargo al escribir dragón una economía de ideas se forma en nuestra mente pues la traducción (errada) tiene una historia en nuestra propia tradición. También hay quien ha comparado al kirin con el unicornio o al feng y al huan con el fénix. Y por estas simplificaciones se transforma el sentido, pues el nombre ahora debe incluir sentidos dispares que no le son nativos. Esto demuestra que en cierto nivel incluso los nombres genéricos deben traducirse con desconfianza, cada cultura los mina con elementos semánticos que la simple analogía no lograría contener. Para decirlo de otro modo, hay una realidad verbal en ellos.

El nombre de Dios debe ser un caso particular de esta inflexión. En la tradición cabalística el nombre de Dios se expresa con cuatro símbolos en hebreo y se entiende para los devotos que la traducción de esos términos sería una infidelidad a lo divino. Esto hace, por extensión, que el hebreo sea un lenguaje sagrado, pues solo este podría expresar el verdadero sentido del Dios de los judíos. Otra confusión tal vez entre la palabra y el objeto que describe, el imposible poder de un sentido más hallá del hombre, de un código del universo.

También cabe decir que la literatura habla en absolutos como idioma y creación original.

Poesía, truco

Debería hablar más de poesía en este blog.

En este blog siempre hablo de poesía.

La coincidencia es curiosa no tanto por su aparente contradicción, sino por su feroz caracter inmaterial. Me encantaría tapizar estos html en mis horas perdidas con brillantes descubrimientos líricos y compartir, lo que es rigor, mi amor de las palabras con el mundo. Solo que no publico acá mis textos ni me da por elaborar en los textos de otros, o hacer el comentario.

Nada más sencillo que justificar esta carencia crítica. Siendo un enamorado del género poético no quiero prestarme al juego académico de decifrar poemas como si los poemas fuesen para decifrarse. Tal imagen quiere decir tal cosa, tal cadencia comunica tal sentimiento y así no. Se me hace un poco ridículo, pongámonos metatextuales para ilustrar mi punto:

Debería hablar más de poesía en este blog.

En este blog siempre hablo de poesía.

El fragmento abre con dos líneas cortas en sucesión que, por su aparente oposición, se expresan por separado, buscando acentuar su relación contradictoria e inmediata. Encontramos los mismos elementos sorteados en varias ciruncstancias, la insistencia de “este blog” nos remite a lo inmediato y a la materialidad del soporte empleado (de la lectura efectuada, contradictorio hablar de materialidad debido a que nos encontramos en el ámbito digital, se entiende que a esto remite el término blog). El autor establece una relación entre el término habla y la poesía, ambos expresados con una oralidad, distintos pues la poesía aunque se recita a viva voz no se “habla”, o mejor dicho, no se considera poética mientras uno la trata como tema. Este formato declarativo, reiterativo, expresa ya en sí una resistencia a lo tradicionalmente lírico, sin por esto refutar su validez (la insistencia, el eco y la repetición siendo también elementos típicos del poema).

¿Tienen la paciencia de leer esas payasadas? Y bueno, admitamos que un lector recurrente de mi blog es por ende una suerte de santo cultivador de infinita escucha, de todos modos de mi parte sería un abuso imponerles algo que se puede catalogar meramente de ejercicio.  Mi respeto supersticioso a la lírica me impide presentar una redacción así. Discutir en voz alta del asunto sería otra cosa.

Hay algo condescendiente en el aparato crítico que de algún modo se vuelve más real a la lectura. Me gusta pensar que pregono un irrespeto sano hacia mi lector, pero no puedo correr riesgos innecesarios, tengo responsabilidades al expresarme públicamente. El presupuesto de que la poesía debe decifrarse para ser me da bronca. Es un juicio exterior que con mis propios recursos no puedo solucionar así que me economizo el esfuerzo simplemente evitando su propagación en lo que concierne a mi obra. Niego el comentario y restituyo su valor a la impresión, cuya falta de rigor pone un agradable peso alrededor de mi propio cuello.

Sobre compartir (más) escritos míos aquí, lo he contemplado, tal vez llegue ese día. El formato me postula algunas dificultades, tal vez las explique otro día para no hacer mi trabajo innecesariamente opaco -lo de un escritor que entrega un producto terminado y místico me parece burdo-. Compartir poesía de otros es tal vez la propuesta que me parece mejor, ¿podría comunicar el estima que me merecen estos textos sin caer en la figuración érudita o el pudoroso silencio? Es un balance que requiere su trabajo aunque su mérito no me parece despreciable. Aunque no soy un recitador excelso, me gustaría poder discutir los textos a viva voz, existe en ese proceso una sinceridad y una concentración especiales que son de mutuo acuerdo y que me temo, no se manifiestan a voluntad cuando se comunica en letra.

Otro pudor más inútil aún me atormenta: la publicación virtual de textos ajenos tiene algo de deshonesto a mi parecer. Mi respeto a los derecho-habientes de la obra de un difunto es limitado, pero robar la voz de alguien vivo es un artificio que en lo íntimo me indispone. Préciso que no me detendrá cuando llegue la hora pues el lenguaje en sí es un préstamo enorme de recursos, una desproporción de plagios. Y lo haré porque mi experimento anterior, hablar de un texto que no está presente, disponible ante el lector, terminó por remitir a una escolaridad involuntaria.

No hay instituciones poéticas, así que hagamos de lado esos formatos e improvisemos un par de pases mágicos. Un buen mago anuncia el truco, e invariablemente distrae a la audiencia.

Ejemplo de mala idea

Voy a suponer que cada lector que se ha tomado algo de tiempo en leer lo que escribo, ha compartido la experiencia de redactar textos que en cierto modo nos une. No trato el tema esperando una audiencia de galardonados del premio Casa de las Américas, no creo que ninguna actividad, ni la más exigente física y mentalmente sea practicada solo por competencia. Mi concepto muy personal de deporte, viejo de un siglo, supone que uno se mide especialmente contra sí mismo. La prosa es también así.

Creo que ustedes escriben y tal vez que querrían escribir mejor, o incluso más frecuentemente, o abordar cierto tema que siempre han deseado tocar pero que los elude. Todos los síntomas que describo me parecen naturales, pienso que van de la mano con la tentación de la ficción, pensar muchas cosas que podrían ser y no se realizan. Leyendo se vive una vida de proyectos literarios inconclusos. El que se empeña en escribir puede obsesionarse hasta en cómo se constituye ese algo que nunca será. No escribimos abarcando todo.

Y pienso que hay una barrera que podemos achacar al pudor, una línea de comportamiento que nos impide exponer las ideas al desnudo. ¿No es sospechoso que los diarios íntimos estén tan uniformizados? Es como si desprenderse de la memoria al escribir fuese tan doloroso que ocupara una fórmula para lograrlo. Vertir nuestras ideas o nuestro sentir puede ser una manera gratuita de mostrar cuan poco valemos, cuan limitadas son nuestras ambiciones y nuestra creatividad. Agradecemos implícitamente que redactar sea difícil, que el cine sea un mercado tan caro, que la vida se nos pase en otra cosa, pues quisieramos excusas para no llevar a cabo cada proyecto nuevo. A veces porque sabemos que el proyecto es simplemente malo. A veces porque cumplir un proyecto equivale a destruirlo.

Hace ya… Vaya, varios años, cómo pasa el tiempo. En fin, escribí sobre el inicio, de cómo cualquier secuencia de un relato limita y acota lo que se puede escribir. Este reducir por la existencia es obviamente una mentira, pues los objetos indefinidos no tienen materia, no pueden definirse por comodidad sin tener forma. No creo que el vértigo de la creación afecte a nadie personalmente, hay que reflexionar mucho para entender como funcionan los abismos de la palabra y a nadie le importa tanto algo así. De ahí que supongo que ustedes escriben: me cuesta trabajo entender cómo a una persona paciente, lectora sin más ambición, casi en la entera pasividad, se dedicaría a perder el tiempo en lo que es, efectivamente, pensar detalles… Devolverle valor a los detalles. No sé si explico, compongo mis textos de una manera elaborada pues son procedurales, suponen la voluntad del lector. Y pienso que querer leer mejor, que es algo que subordonamos al artista, es una meta acaso más noble que fabricar objetos ideales. Hay un mínimo de realidad en lo que compartimos en este intercambio raro.

Quedarse en la contemplación no sería racional, hemos criticado la convención en el pasado y nuestros pudores adhieren a la superstición de que nuestras ideas nos exponen. Llevo años redactando textos para la lectura pública, tratando mis ideas sin reverencia, sin temerles demasiado. Notarán sin embargo que muy raras veces hablo de verdaderos proyectos que piense que deben realizarse. Podría abordarlos como sugerencias o como juegos estéticos (así lo he hecho cuando pasa), no pierdo nada impartiendo ideas que no pienso realizar, gritarlas a los cuatro vientos, concatenarlas en una genealogía de mis pensamientos que estaría más cercana a la realidad. Y aunque me acerco a mi proyecto de sincerarme en estos textos y usarlos como un espacio de creación y libertad, ¿saben qué? No lo hago para mí. Cada silencio que me impongo es con la convicción de que lo que callo podrá decirse mejor en otra ocasión. Soy duro con la gente que escribe solo por ser publicada, me gustan los libros como a todo el mundo, pero no creo en eso. No creo que todo se pueda escribir de cualquier forma, creo en el estilo, esa superstición antigua de un mundo eterno, de lenta cadencia.

No amasen ideas, no atesoren ideas, no esperen publicación. Sean impertinentes. Quisiera que la libertad mía se volviera la de ustede. No me perciban como el esclavo de un proyecto. Si logran por lo menos eso, creo que es sencillo proyectar la misma infamia en ustedes, pues yo no tengo nada que a ustedes les falte.

Soñé sicologías

Todo y nada se explica en literatura por sicología (o por extensión sociología). Lo que no es de extrañarse dada la profundida sicológica que se puede atribuir sin fallar a la experiencia humana, a un pensamiento que no solo supera el lenguaje sino que lo define. Y todo eso, bien, felicidades. ¿No mencioné que existen procesos coherentes y desproporcionados? A veces me parece que la sicología es una herramienta que en la crítica nos provee de una dósis grande de desproporción. Por eso, con un poco de mesura, me abstengo de practicarla metódicamente, le tengo un escépticismo que me gusta considerar sano. No exageremos la dimensión del problema, somos pocos y un poco ridículos los que practicamos la forma de ficción nombrada “crítica literaria”, si unos cuantos enajenados entre nosotros exigen aquel veneno o este otro ¿qué tiene de relevancia? Que en los lectores se filtren estas supersticiones me preocupa un poco más. Inducir al lector en error siempre es grave.

Por otro lado, saludo la inteligencia de la sicología que se emplea en el estudio de los sueños. No la veo como algo confiable, digno de erigirse como única metodología, pero aplaudo su afán de empeñarse en una lucha perdida de antemano. Explicarse el sueño humano es imposible, no hay un solo tipo de sueño sino una cantidad arbitraria. Más importante, el sueño de mañana no será el de hoy. Entonces saludo la disciplina sicológica en la mutua impotencia que comparte en lo onírico con la literatura.

Ahora, como buenos seudo-pensadores propongamos un ejercicio, un caso de estudio. Nuestra imaginación debe conjeturar cómo soñaba un hombre primario, aquel con una vida simple de cazador, con algunos rudimentos del lenguaje por supuesto, pero sin el peso social que conceptos como país, nación o religión pueden pesar en nuestra identidad. Y este hombre es un animal social y forma parte de una tribu de hombres, participa a sus actividades y tiene una vida de constante trabajo y ejercicio. Su vida, réplica de lo salvaje de cada animal, es de por sí un poco vaga, pero la admitimos. ¿Sus sueños? ¿cómo representar los sueños de un hombre así?

Se sabe que el cine es un fenómeno revolucionario, los libros y las historietas no pudieron evitar caer en su vorágine de ángulos y temporalidades, imitando lo que nuestra mirada simplemente percibe ante cualquier ficción fílmica. Es arduo hacer sentido al concepto mismo de close-up cuando uno no lo ha visto reproducido casualmente en grabaciones. En la literatura existen, por supuesto, la poesía ha obrado transgresiones proféticas en sus estéticas varias, no obstante, si tomamos la obra absoluta de los hombres, nadie se sorprenderá de que el efecto de acercamiento del punto de vista se multiplique literalmente por cientos entre las ficciones posteriores al cine y esas que lo preceden. A todo esto me dirán, “qué lindo choreador, ¿qué nos importan tus estadísticas inventadas?”, pues su interés busca ilustrar un procedimiento: ¿cuántos sueños habrán tenido acercamientos y planos efectivamente fílmicos entre los espectadores asíduos del cine y aquellos que nunca lo experimentaro ¿qué se puede argumentar de dicho déficit?

Economicemos palabras, el lector avisado conoce el enigma a resolver. Aquel hombre primitivo tan poco influenciado por el lenguaje narrativo, por las ficciones, ¿soñará de la manera ordenada y secuencial que percibe el hombre moderno?