Tres afinidades

A la lectura de Kobo Abe me introdujo una recomendación leía en una entrevista a Kenzaburo Oe, en la cual lo presentaba como el autor más elocuente de la post-guerra en el Japón.

Este elogio puntual, que no puedo cotizar por su valor promocional o su presunta influencia en la obra del nobelizado, me produjo una impresión duradera. Oe más o menos descartaba la inmortalidad de su obra, su consagración internacional, ante otra que le causaba una mayor admiración. En dicho juicio entreveo lucidez y humildad.

Y en mi experiencia como lector esta referencia particular no es común. No soy un conocedor de la obra de estos nipones, en ese tiempo Kenzaburo me era familiar gracias a entrevistas varias que leí en critica sobre su obra y revistas especializadas. A mi entender , los comentarios me perfilan una tibia recepción: Oe es sensible y poético, pero sus temas no me enganchan. Cierto, hay un rango generoso de sorpresa en estas cuestiones, pero lo cierto es que ningún lector está obligado ni tiene la capacidad segura de seducción frente a una obra lograda (por optimistas y generosos que seamos). Me considero predispuesto a disfrutar dicha obra un poco, sin genuino entusiasmo. Por otro lado el comentario sobre Kobo me intrigaba.

Verán, durante sus entrevistas Kenzaburo Oe parece adolecer un poco de la propia vida. No solo quiero decir con esto que ha sufrido, o que predomina en él un proceso autobiográfico fantasma, sencillamente su satisfacción honesta coincide en buena parte con la resignación. Su obra es lo estrictamente necesario, se entiende como una suerte de deber, pero de algún modo esa dimensión la minimiza y la enclaustra en la necesidad de su contexto, se alimenta ferozmente de si misma, se autoconsume. De acuerdo con el mismo Oe, el texto inmortal permanece y para él los instantes, hasta los sempiternos, tienen por vocación pasar. Visto de un punto de vista resueltamente más européo su obra es lo que debe ser, no lo que el querría que sea.

En otros corazones distinciones de especie como la que he presentado resultan casi el trabajo del dialéctico, se encuentran en el detalle y acaso las quiere uno argumentales. Pero Oe es un sensible, en él las impresiones son de poderosa pertinencia. A su parecer Kobo Abe representa una aproximación más completa al ideal al que él mismo se sometía, ese cuya función no es ser alcanzado sino guiarnos en los momentos de desaliento. Mi lectura de ese episodio, habiendo comprobado el temperamento del nobelisado en sus entrevistas, es que el elogio al autor de Kita era algo fundado, una realidad patente y mi propia intuición me lo sugería como alguien cuyas convicciones, cuyas figuras, serían más seductoras a mi mirada.

No erraba.

Y me sorprende que en cierto modo un decir escrito, se vuelve el equivalente de una casual conversación entre pares, logra viajar por el tiempo intimamente hasta regresarme al momento de la impresión. Uno habla con amigos y conociéndolos entiende en sus entusiasmos la propia impresión, mira con simpatía usando otros ojos. En la vida nos permitimos ser guiados por estas minimas impresiones, estos breves momentos despiertos y a mi entender no hay nada que refute un evento análogo en la lectura. Entiendo que en mi persona esto es algo así.

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