La herejía de la totalidad

La lengua es única en su totalidad furiosa.

Y no podemos remitirle toda esa realidad, como en el fondo no lo podemos hacer con gran cosa. Procedemos con el escalpelo genérico, con la división en los discursos por sus poesías, narrativas o políticas. Hablamos de comunicación como fin o medio, calibramos nuestros prejuicios para que nunca parezca que arreglaremos de modo natural la lengua. Le negamos su originalidad, su suficiencia. La hacemos herramienta.

Por ello cuando alguien premia o lista textos, debemos hallar en cada género un proceso de distracción y de falsa objetividad. No hay nada de evidente listar, como hace Eleanor Catton, a las mejores novelas de la historia, en contraste con los “mejores escritores” o las “mejores obras”. Al entrar en categorías abandonamos la neutralidad pues no hay que confundir la lengua con sus matices. Tenemos un proyecto al dividir y en ello entablamos medidas, juicios y presupuestos sobre lo que tratamos. Hablar de malas obras no solo supone que hay obras “mejores” sino que implica que hay razones importantes para hablar de esa mala calidad, de estratificarla en prioridades, de volverla elocuente.

Uno puede hacerse a la tarea de descartar evidencias, por ejemplo, tal vez yo no creo que un detergente debe dejar mi ropa más blanca y con mejor olor, sino que mi prioridad es que no sea producido por menores de edad sometidos con trabajo abusivo. Tal vez cada publicidad deba mencionar eso, numéricamente y con pruebas a la mano “solo 15 niños se accidentaron este año produciendo mi detergente en polvo”. La información se me volvería fundamental, me preguntaría entonces cómo vivía sin ella y qué me importa la blancura improbable de mis textiles.

Y entonces tal vez cometa el error de creer que la injusticia es evidencia, que no hay un proceso de selección del discurso que lo enuncia de ese modo, que no hay una voluntad. La dificultad no es tanto lo arbitrario de los criterios o la manipulación presunta que en ellos se manifiesta, sino que además no entendemos del todo como borrar la estructura que suponen. Si yo hablo de literatura, existe una sombra de lenguaje que no busco cubrir, lo no-literario por excelencia, una parte de lo cual es impronunciable pues no es convencional. Siempre hay un horizonte en lo cual lo potencialmente evidente deja de ser, llegamos al sitio donde es propicia una verdadera búsqueda y entonces, tal vez, es justo decir que comienza una tarea literaria de destrucción de la literatura.

Jugamos de nuevo con la definición, sería erróneo decir (por más atinado que nos parezca) que la literatura es aquel discurso que se resiste a la evidencia. Porque la lengua es una y es, toda, en cierto modo evidente. Los supersticiosos creen que solo lo claramente literario es verdaderamente literario.

 

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Los supersticiosos creen que lo que está más allá de toda evidencia es por excelencia lo no hablado. Querrán ejemplos: la época y el autor, la experiencia que no es reproducible antes de cada lectura y la propia a la lectura. Añadiría a esta lista no exhaustiva los críticos y los editores. Habría una cierta reverencia a estos elementos en la medida de que no nos parecen, a primera instancia, tan falseables como todo lo que se puede decir, que poseen un peso suficiente para ignorar el alea de la palabra. Solo que si los admitimos como algo ignorado ¿no entran en la cadena de comunicación que de todos modos sufre del mismo vicio que el discurso original? ¿existe una perspectiva verdadera que no se ahogue en sobreentendidos al momento de que lleguemos a un libro y que de todas formas tome en cuenta toda esta existencia exterior pero aledaña a la obra?

Este es el camino que siguen los objetos no-hablados en las letras. El autor es un objeto literario, pero la mujer o el hombre que fue en vida no así. Como el secreto que se borra al ser dicho o el sueño que al admitir cual narración perdemos, deja de ser persona quien se vuelve funcional en su texto. Seríamos entonces discurso, parte de un mismo furioso todo, notas de pie de página, bocetos de crítica. Personajes.

¿Y hay alguna realidad en este discurso o existen muchas contingentes en las mismas letras y en este mismo tiempo cuando usted finaliza

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