Del trauma

Todos los años tienen su masacre.

Esta puede ser, me parece, la contradicción a la que nos inclina el discurso civilizado. ¿Callamos o hablamos del horror? (bueno, digamos lo segundo, somos literarios) Y si hablamos… ¿Cómo no fascinarse por la violencia? ¿cómo garantizar que se nos leerá con la piedad que nosotros mismos sentimos hacia la era privada de amistad en la que nos tocó vivir? No se llega a este sitio escribiendo sin dirección ni talento, toda paz, incluso la de conciencia, está cimentada en esfuerzos consientes que deben ser tan duraderos como radicales. ¿Y ven? Alguien puede llegar y deformar el término radical, porque algunas personas dan demasiada importancias a términos así, sin control, sin distancia. Sin la posición crítica que todo autor espera en su lector.

Por la época en que he crecido y las horas que me han sido dadas para leer, descreo en líneas générales de la literatura del trauma. Otros autores y otras eras tal vez reivindicarán sus frases gloriosas, yo me limitaré a señalar el menoscabo que hoy me parecen denunciar.

Cuando Dante es leído por algunos religiosos, en su medieval Commedia estos identifican, a modo bien pensante, su fascinación en los horrores del Infierno. La circunstancia nos resulta perfecta: se trata de una obra mayor que se enfrenta a la proeza de discutir el mal. Dante considera que en la vida conocemos el mal, que resistimos su seducción y que en seguida avanzamos. Es la carrera de todo místico o santo. Pensamos del mismo modo el cómo Flaubert fue acusado de que su Madame Bovary fuera una apología de la infidelidad (hubieran podido ir más lejos los juzgadores y considerarla una defensa de la estupidez), pues su lectura selectiva y un poco miope, decide borrar lo estético del horror con el fin de llegar al más directo camino de la sensación inmediata, del rechazo. La literatura del trauma no es todo lo que trata el mal, es más bien la que se fascina con un evento y no puede alejarse de él, que se conjuga en la incapacidad de continuar el camino del místico. Otra definición que podría competir con la anterior: es donde la inercia de la ficción depende en lo riguroso de aquella del mundo real. Donde la ficción es superada.

Con estos prejuicios y un poco desencantado del concepto de su trama en general, recuerdo haberme aproximado a la obra Extremely Loud & Incredibly Close de Jonathan Safran Foer con bastante escepticismo. Entre las críticas casuales que me comunicaron la existencia de esta obra se leía una tácita reserva, sin el elogio desaforado que acompaña los éxitos éditoriales que tienen alguna vigencia académica. No sé si me esperaba a un localismo propio a ciudades como New York, un tipo de sensibilidad que excluye de antemano al extranjero y nos interroga sobre si obras de dicho estilo deben traducirse. Algo así encontré. Un libro de su época que constituye casi una crónica y que hace ruido por ser menos ingenioso y lúcido, más artificioso, que la novela precedente del mismo autor. Una obra menor en sentido propio.

Luego de esta experiencia empecé a concebir una objeción, no para justificar al autor sino para posicionarme seriamente frente al género del trauma. ¿Se puede esperar una verdadera obra maestra que venga de un evento como el 11 de Septiembre en su dimensión estrictamente sensacional? ¿en su vívida esencia inmediata? Y luego una duda (est)ética ¿debemos perpetuar brutalidades de este género en las letras inmortales de nuestros respectivos idiomas? ¿vale la pena subordinar la imagen de un autor a dichos azares?

Hay un razonamiento que acaso se aplica a los héroes anónimos que se han hallado frente a un crimen de violencia, al delirio de exceso que un hombre hace carne, que sería usar el anonimato como ausencia y refutación de participar en dicha imaginación. La información que fluye todo el tiempo, con sus propagandas y discurso constante, entiende difícilmente como un nombre propio puede tener más realidad que su generalidad discursiva. Una novela mediocre puede ser más elocuente en su fragilidad que una técnica superior que se fascina por el vicio sin saberlo.

Sin asombro y sin ira, leer es una decisión a consiencia para resistir al mal. No nos quedemos solo con efectos inmediatos.

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