México y la locura

La literatura es tan amplia y la muerte tan recurrente que leer autores vivos (sin siquiera decir vigentes) puede ser una proeza complicada. Hable de literatura con sus seres queridos y allegados varios, tendrán más que decir de gente muerta leída, salvo en extremos casos de vida editorial o círculos de producción textual inmediata. De ahí que palabras como la historia o la muerte se liguen con tanta facilidad a las letras, lo que no quiere decir que nos abandonemos simplemente a la evidencia y no prestemos alguna batalla a estas inercias del hábito.

Haruki Murakami es un renombre, una literatura que al consumidor de novedades se le ha vuelto consabida. En Japón es casi una cronología, el panorama editorial acompaña su obra en una búsqueda de identidad y no es del todo un azar. Dicho esto, no nos interesa terriblemente la fama sino el texto, la critica de la posteridad es la admisión de que sumamos al nipón a nuestro catálogo de muertos y acaso un análisis menos total es imperativo para rendir cuenta de la vida que su obra tiene aún (¿la tiene?). Como no hace tanto leí 国境の南、太陽の西 me parece justo comentar un par de cosas.

Notaremos primero los dos elementos que salvan la lectura de este libro: su decidido tono sin violencia y lo frondoso de sus metáforas. Es un juicio en cierto modo predecible: como redactor reconozco este trabajo estratificado de sugerir breves felicidades, de reducir las cadencias por todo medio y de responder a ritmos que no siempre parecen propios a la obra sino que la complementan. Mis criterios para validar este estilo de narración pueden ser atacados, pero si bien yo mismo encontré algunas grietas en los argumentos, creo que la lectura es mejor por el acabado que tiene.

Y hablo primero del estilo porque la trama es esa de un cuento. Es fácil resumirla y obviar su desarrollo, la contraportada la indica con un rigor y una lucidez atinadísimos… Ejem: “Hajime amó a una chica/niña, se separa de ella y hace su vida en la que logra “tenerlo todo”, pero el regreso de su amiga viene a “amenazar” el balance obtenido”. Suena a la caricatura de un drama clase media intimista (podría encadenar más adjetivos, no alcanzarán a relatar mi sorpresa al enterarme de esta simplonería), aunque en realidad la primera parte del relato, que es importante, se desarrolla más como una narración de vida, lo que conjuga no uno, sino dos estilos de trama populares de los más abusados de toda la ficción. Me corrijo, creo que la llegada de “la otra/el viejo (¿verdadero?) amor” no es tan omnipresente en los círculos bienpensantes, pero sigue en una línea archiconocida.

El párrafo anterior puede sugerir que opto por el descrédito generalizado del objeto por narrar. Esto no es así, curiosamente me he hallado defendiendo esta misma trama en alguna ocasión, ne serait-ce que por evitar la autocensura. Solo que la obra sigue sin parecerme terriblemente justificada, es una fábula, una imágen de una inquietud que va más allá de la idea del conformismo familiar y social, que realmente no trata de una historia de amor. El mensaje y la crítica que desborda de la ficción se sostienen, pero Murakami ha insistido en escribir bajo el precepto del entretenimiento, concibiendo la obra de una manera casi maquinal en su ritmo, añadiendo previsibilidad a un texto que contiene solo un par de incertidumbres. Cien páginas menos y una estética más implacable hubieran vuelto este libro una obra más que satisfactoria. Pero esta intensidad descree de la apuesta poética del autor, que précisamente contempla al hombre desde su incongruencia con el intenso deseo. Es posible que esta apuesta tan propicia a la cultura moderna sirva como prueba de nuestra intima dialéctica tiene como vocación hacer grandes obras truncas. Ni sabríamos que hacer con nuestros excesos.

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