¿Al margen?

Atendiendo a la presentación de un libro (ocupación vaga si hay una), un joven comentó, entre los méritos de la lectura, que se trataba de un oficio solitario. De inmediato su interlocutor que se aplicaba en el más informal de los interrogatorios, justificó précisamente que su presencia entre los galadonados de x premio, el hecho de que discutían a viva voz de la lectura y de que los lectores futuros participarían en su editado trabajo, refutaban el abandono monacal impuesto por la práctica lectora. Sin embargo, la justeza de la aseveración inicial me pareció aplastante, los literarios quisieran que el escritor no fuera un solitario por excelencia, buscarán giros y excusas para refutar esta isolación, ¿puede un montón de discurso arreglar un problema que es bien real en la concreta persona que escribe? Obviamente no, el discurso no tiene tal poder.

¿Será una cuestión de culpa? El lector no se debe un consumado solitario, alguien aislado de los demás por elección más o menos tácita. Leer casualmente* no toma tanto tiempo, es algo que en lo que cualquiera puede participar si su educación lo dispone así. Se puede ser inmensamente popular y leer. De ahí que exista la probabilidad de que un lector deplore la soledad, que el concepto de que un escritor pueda elegir dicho empobrecimiento social, lo reduce como hombre. Y no nos gusta leer gente inferior desde un punto de vista ético, pues así es como la sociedad de justificaciones en que vivimos, nos ha impuesto a razonar.

Por supuesto, puede tratarse de algo mucho más inocente, tal vez una incredulidad. Si el escritor es alguien en principio sensible, resulta poco intuitivo el que decida cortarse de los demás, enfrascarse en un esfuerzo penoso de escondite. Damos por entendido que se escribe con fines de comunicación, pensando que esta debe conjugarse como una participación social, en un concepto de compartir lo valioso.  Que este redactor, amante de los otros por su vocación supuesta, se niegue a pasar su tiempo entre las personas suena casi a contradicción. Entreveo en este razonar algo de ideal, una parte que olvida la precariedad en lo social, el no participar en lo comunal que es tan propio a toda forma de arte, para que sus signos rebasen lo convencional y establezcan nuevos niveles de sensación.

*- Uno podría argumentar que el verdadero lector tampoco está sujeto a rigurosos esquemas temporales, pero en la práctica, el buen leer es algo que uno va conociendo lentamente y no se puede esperar instantáneo. Así pues, alguien culto se ganaría el derecho de ser exigente con sus lecturas, pues ha empleado una fracción relevante de su vida en entrever el potencial escrito de una obra. Aunque este argumento nos inclina a subordonarnos a la autoridad ¿por qué uno no puede ser exigente en la lectura desde el inicio? La ignorancia de qué es realmente bueno parece el único freno existente a dicha práctica, pero por ser algo bien real, es acaso freno suficiente.

Hay que rendirse a la evidencia: no podemos obligar a un caballo a tomar agua, y el escritor puede beber de su soledad. No hay que reducirlo a un examen de dulzura y métodos, pues en ellos actúan algunos prejuicios que tácitamente buscan reducir a los hombres para entenderlos. ¿Cómo entender algo si nos negamos a su realidad por principio? Creo que la definición solo sirve entonces para obstruir nuestra inteligencia, lo que es anti-literario y poco practicable en la vida cotidiana. Y lo que es más raro, nos negaríamos a comunicar con alguien que tenemos por digno de escribir, de suerte que probamos ser nosotros los indignos de leer.

Uno no puede leer con miedo. Hay algo de entrega en la lectura, un prestar nuestra atención a la obra porque nos estimamos felices de tenerla en nuestras manos. Para llegar ahí, mucho requieren un pacto de confianza y en ese la imagen de un escritor taciturno, sin deseo de compartir, puede obstruir la admiración. Queremos pensar que cada hombre con talento logra hallar una felicidad y subordonar el arte a un bien mayor (moral acaso), en donde la práctica de lo escrito enriquece. Veo estas justificaciones como una suerte de escapismo donde una belleza que no es la de la obra se impone a su valor estético neto.

El escritor no quiere estar con nosotros. No me atrevería a robarle esa breve libertad.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s