Ya contado

Hace unos meses, en un ejercicio que se me ha ido haciendo raro, discutí sobre las formas y elementos que podemos hallar en algunos cuentos de Samanta Schweblin. Creo que el valor técnico de este comentario era sumamente modesto: en modo de resumen trataba con severidad algunos relatos sin entrar en profundidad en lo logrado de los respetables. No buscaba ser una guía universal sobre las reglas del cuento pero entre líneas algunos de sus preceptos resultaban universales.

Mi lógica era la siguiente: un exceso de timidez y de definición mata al comentario, es mejor aproximarse de modo fiel a la experiencia sin desertar la palabra, de no reducirse al silencio por miedo. Y es que la palabra justa toma su tiempo y llega a ser tan complicada como el cuento en sí. En ocasiones he escrito análisis pertinentes para determinados textos pero en casos más numerosos me he perdido en inciertos detalles. ¿A donde voy con todo esto? Quedará claro en un segundo, si logro expresarme bien.

La trama del primer relato de Pájaros en la boca fue una que calífique de no pertenecer al género del cuento. Más tarde una observación resumio a otro al estado de “cuento consabido”, un género de trama que resultaba casi conocido, cual si todos lo hubieramos redactado en cierto momento y sus ecos familiares se expresaran a través de otro autor. Textos que parecen retomados de un fondo colectivo en nuestra memoria sin que una lectura real los acompañe. Por ambos lados, una sombra de ideales y objeciones técnicas sugiere la universalidad de valores cuentísticos. Como todo valor de género literario, encuentra su alcance en la medida que una cultura ha abrazado sus conceptos, me permito ahora abordar a Cortázar para seguir la disertación.

Un cuento del difunto argentino que publicó en su primera obra se empeña en la minuciosa pero inexplicable transformación del universo a los ojos de un distraído hombre común, de alguien ocupado. Se entiendo que el relato es una extrapolación de la experiencia cotidiana, de alguien que no percibe de inmediato los cambios en su cotidiano porque la vida activa lo aleja de él, como hallar que un amigo se ha vuelto pintor desde la última vez que lo han visto, o que el cabello de alguien se volvio rubio (y luego se nos informa que siempre fue rubio). Reduciendo la escala, admitiendo la posibilidad de universos paralelos, entramos en un relato que más o menos se escribe solo (y que Cortázar se permite escribir como un cualquiera, con la maquinidad de un concepto que no nace como ficción y que se traduce más de lo que se crea). A señalar que la admisión de mundos alternativos es un elemento que facilita la lectura, que nos sugiere una salida fácil para darle sentido al texto, como si este fuera su concepto fundador, pues debemos entender que no todas las culturas tenían igual de presente estas manipulaciones temporales (tan literarias) y por lo tanto se quedarían aparte del lector “producido” por un cuento de esta envergura.

Las tramas de los cuentos, como las de cualquier género, responden a códigos culturales que nuestras respectivas sociedades admiten. Así es sencillo identificar características foráneas, esas que son del cine o de la historieta y que tomamos prestados en plano texto. Fabricar un cuento con elementos ajenos es sin duda posible, pero reinventarlo a manera de escrito es más arduo de lo que parece, pues uno no debe tan solo reinventar recursos para su óptimo tratamiento sino comunicarlos económicamente al lector y que en el proceso no abandone la ilusión de ficción. Los cuentos “naturales” son aquellos que en apariencia requieren una traducción cualquiera, una simple redacción convencional, para existir propiamente como historias. El riesgo de aquellos es análogo, tan solo escribirlos de modo insensible los volverá casi un recuerdo incluso mientras son leídos, para marcar el imaginario requieren una tarea de reinvención que a los ojos de escribientes menores “no necesitarían”. Los grandes maestros del cuento son quienes manejan transiciones engañosas como las nombradas sin faltar al concepto de relato que tienen en su concepto de lectura. Estas mujeres, estos hombres, no solo crean estructuras para sus relatos, obran en su mismo género para que el lector los perciba en su justa dimensión, lo transforman.

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