Actas de fe

He decidido ir construyendo un argumento paulatino sobre la utilidad de un discurso religioso en el universo literario. No espero que entre mis proyectos varios este resulte sorprendente, sin exagerar, es uno de los más básicos de la historia literaria. Nuestras religiones tienen muchos mitos que responden a códigos de ficción irrefutables, podrían y se han agotado páginas en el asunto.  Entiendo que igual muchos lectores no validarán mis observaciones, ¿más no es igual así con todo? La religión divide aún cuando no se le toca, esperar menos sección en la palabra sería inocente.

Pero no podemos correr sin antes caminar, tratando de fe es sencillo encontrarse lejos sin que uno se de cuenta. Haré un breve bosquejo de algunas consideraciones importantes a tomar en cuenta:

1) La religión es convencional. Existen sinúmero de objeciones y críticas que se pueden formar en contra de los cuerpos jerárquicos que constituyen la práctica religiosa. Una tendencia moderna que responde a los modelos egocéntricos de la burguesía trata de establecer el primado de la espiritualidad personal. No dudo que muchos desertores de la idea de escribir religioso tengan por bienvenida la idea de un “comunicar lo espiritual”, y que entiendan por así una experiencia sensible del hombre que lo situa en un espacio de trascendencia vagamente definido. Mucha literatura implica y supone el alma desde que refuta un materialismo pragmático. Y bueno, entrar en detalles mataría la explicación, señalo simplemente que la espiritualidad crece aún cuando la práctica tradicional de lo religioso se reduce a un mínimo histórico en los países ricos.

Siguiendo esta voluntad de narrar la verdadera experiencia de cada individuo nos hallamos con el muro infranqueable del lenguaje. Hablar es transformar la experiencia en algo público, ligarlo con lo inmediatamente reconocible, redactarlo en símbolos compartidos. Aunque no suponga una jerarquía, escribir sobre la espiritualidad personal es una manera de volverla convención, de flexionar su discurso al modo de la religión y en ausencia de los conocimientos pertinentes repetir sus vicios (de lenguaje). Conocer cómo se expresa el pensamiento religioso ayuda a prestar a nuestras palabras su presunta indentidad. Esto se me figura un fin deseable.

2) La religión quiere servirse del idioma. La marca del escritor es no sencillamente reproducir discursos (esto lo hace cualquier feliz máquina), sino distribuirlos en un modo que los decline en propósitos renovados. Yo puedo copiar algo que he oído en carne propia si mi ficción lo presenta con novedad.  Hay una voluntad de dominar un idioma acaso a un grado que no es posible efectuar, la religión así se emplea para comunicar con un fin préciso (el entendimiento entre creyentes, un saber común), sin que se garantice su claridad. Este “leer como se debe” puede ser visto como un malestar de emplear la herramienta incorrecta para un problema de talla, a mí me gusta interpretarlo como la implicación de que “hay muchas maneras (¿equivocadas?) de leer”. Aquí se funda en parte el escépticismo fundamental hacia cualquier lectura religiosa o estética: si varias cosas son posibles, la primera no es por ende la mayor. Uno persigue al leer cierta Voluntad.

¿Pero a qué voluntad se sirve? Las religiones que pregonan la existencia de un Dios suponen una persona que dispone interpretaciones legítimas. Al leer un texto inspirado/sagrado nuestra lectura solo es válida si se acopla al principio de la divinidad, no hay un método académico o exhaustivo que condicione esta voluntad exterior. Algún criterio más o menos de autoridad debe mediar entre nosotros y cualquier texto, de otro modo leemos como víctimas a un sacrificio por algo que no acabamos de entender. Ahora, si una manera de interpretar los textos de verdad existe debería entreverso por los textos que requerimos interpretar. Si uno lee, por ejemplo, “los clásicos” entonces puede entrever el argumento estético que los ha reunido.

3) La religión desplaza su discurso. Toda creencia vieja de unos cuantos siglos sufre de cierta herrumbre (¿del pecado?), ha procedido a reiteraciones sucesiva que han efectivamente alterado los significados de sus expresiones. Esto lo hace el lenguaje naturalmente y nuestra sociedad que es adicta a la verdad literal difícilmente acepta dichos límites. La comparación frecuentemente desfavorable entre religión y ciencia supone que son objetos comparables y análogos. Esto ya es un desplazamiento de discurso, si uno se pone a reflexionar sobre la fe en su estado social, hallará muchísimas transformaciones así. Hay que entenderlas e interpretarlas. La religión no es primeramente palabras, las palabras no son su límite. Muchos escritores a veces colindan en esos extremos con sus propias creaciones y no logran interrogarlas con genuina curiosidad (creen que su valor de ficción/verdad está resuelto).

Un ejemplo brevísimo del pensar religioso y el lenguaje. En el caso de un Dios absoluto, no tendría sentido decir si es “malo”, “bueno” o cualquier otro adjetivo que se pueda emplear para describirlo. La descripción es una definición de un objeto por medio de otros que le son análogos, pero un creador absoluto sería referencia de todo, origen de todo, axioma de cada cosa. Todos los lenguajes tienen axiomas y estos, en los límites del lenguaje mismo, no se pueden cuestionar. Si hay conocimiento que desdiga o corrija lo absoluto de una divinidad, no puede venir de argumentaciones de un lenguaje que suponga ese creador absoluto, axioma de todo. Casi estamos en el hecho de que “hablar de Dios confirma a Dios”. Entendemos que en ese espacio un discurso pierde fácilmente su razón de ser. No hay que seguir demasiado el discurso por su principio de forma, sino reinventar su utilidad estética a cada paso del trabajo artístico.

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