Compulsiones

En tintas y escrituras existen variedades inmensas en la práctica y en la economía. Un tipo de relato perfecto que muchos aborrecen (y por ende otros adoran) es el del escritor que en el fondo detesta su arte ¿Por qué no? A final de cuentas todas las sicologías se agotan bajo la lente de aumento que es la ficción y la contradicción es moneda corriente en un aspecto de nuestra realidad en que necesitamos morir un poco en nuestro pasado para seguir viviendo. La literatura reniega su humanidad al implantarse como una memoria inamovible, un testamento que como su nombre lo indica, es de muerte.

Como todo argumento que se quiere absoluto, no es arduo desmentir la lógica que esta literatura muerta supone. Que los manuscritos no se quemen es el milagro y el horror que hallamos en el Maestro y Margarita. Esas contrapartes del mismo objeto milagroso se pueden suponer misteriosas o complementarias, no veo cómo entrar en minucias definitorias nos hará favores para entender el fenómeno. Lo que quiero avanzar es un argumento de lo implícito de la lectura (y del arte de leer) que es la existencia y el entusiasmo de por lo menos un ente viviente que se manifiesta a través de los meses o las décadas que una obra resulta vigente. Va sin decir que hablo de los lectores.

¡Qué entusiasta es el lector! Su amistad hacia los hombres de letras parecen cegarlo de las imperfecciones de los que escriben, como si el simple hecho de redactar enriqueciera el alma humana y no fuera el fenómeno inverso (que el alma nutra la escritura). Tan resueltamente vivo es el lector que muchas veces el autor nos parece muerto en comparación. Por supuesto, los escritores son los primeros lectores, tienen que encarar su propia obra antes de darla por finalizada y rendirse a la completud que les impone esta (¿noble?) tarea. Y se puede instalar el hastío, como en todo matrimonio feliz, lo que no impide que hallemos en lo complementario del escritor y la escritura un entisiasmo fundador, una suerte de deseo vivo que engendra y es, si se quiere, la potencia detrás de cada creador.

Me gusta pensar que es como lujuria.

Ya he agotado un poco las comparaciones entre autor y onanista, la imagen es fastidiosa pues en sus sobreentendidos regatea la empatía que podríamos tener por este individuo (escribiente/masturbado). Por eso he resuelto reinventar la relación y fundarla en los aspectos causales de esta, a saber, el deseo de escribir, el entusiasmo y la pasión por las artes, como una lujuria que pertenece al espacio del deseo (no pocas veces desordenado por prefigurar al orden que tenemos por identidad/obra literaria). De inmediato se presenta la objeción de lo que he expuesto ya: un autor indiferente sería el onanista que ya no extrae un deseo sexual/erótico de su tarea y solo actúa por costumbre o cansado placer. Vaya, su compulsión es más real que él. Tomaré el partido de que estos casos no nos incumben en la medida que el entusiasmo lector (¿fetichista?), reintegra la función erótica del deseo en cada obra textual.

La lujuria ocurre en un desdoblamiento del individuo, no quiero sonar extremadamente sicologista y matar mi analogía antes de que tome vuelo. Tiene que operar en el deseo que es ordenado pues existe en dimensiones físicas y temporales bien definidas. No puede desear la carne sin en determinado momento hastiarse del mecanismo sexual y entrar en etapas complejas y experimentales, pues la satisfacción del deseo puede ser fuente de abusos. No hay lujuria sana en este universo, en el mejor de los casos es atracción fecunda, algo aceptable por la sociedad en la medida que los objetos y las acciones que siguen a esta calentura son compartidos por la perversión de la mayoría. El canon literario (kamasutra y a la vez libro de educación sexual) sirve para reconocer el canon de belleza con el que crecemos y que aceptamos como deseable en nuestras más íntimas fantasías. El resto de nuestras ansias son casi algo vergonzoso y se nos recomienda apartarlas con insistencia, en la virtualidad de los textos impublicables que son literalmente fantasías que nunca se cumplen.

Hacer reglas para la buena literatura no es un problema menor, se asemeja a inventar una legislación para las prácticas sexuales, votar diputados en el afán de dictar el acontecer de la alcoba. Pienso ahora que determinados escritores hubieran podido beneficiarse de este tipo de analogía, pues entendían bien de asuntos carnales y considerablemente menos del oficio que practicaban.

El deseo de ser escritor sería distinto en cada sociedad, si constatamos obsesiones como la virginidad o la monogamía en determinados pueblos debemos concebir que análogas reglas tácitas se encuentren en el camino que uno sigue para volverse creador.

Otra ventaja de la analogía: mi blog sería una obsenidad.

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