La literatura y sus precursores

He pasado los últimos meses vagando de un cabaret literario a otro con la piedad e indiferencia que me caracteriza en audiencias más o menos vulgares sobre poéticos embates. Decir que mi espectativa es el diamante bruto sería una grosería, espero más bien (y en esta imagen the Luminaires tiene su influencia) el polvo de oro, ese que a garantiza acaso el frijol de la semana, lo estricto sobrevivible. Un mínimo estricto de poesía en una ciudad que sin duda tiene materia para dar más. ¿Qué puedo decir? Soy a la vez cínico y paciente.

He presenciado actos poéticos, algunos con una temática extrañamente burgués o por lo menos común. No sé si la poesía popular aún existe, entiendo que no es la que se eleva a mis oídos. Los modelos tratados no son de mi poesía referencial, entiéndase, de los textos de cabecera que me iniciaron en las prácticas líricas. Y visto de cerca, con una malicia analítica entiendo que no es tanto lo que se dice sino el modo de discurso, me indispone simplemente la extrañeza y el humor, ciertos métodos casi cinematográficos de obstinarse contra el horror y no confrontarlo en su dimensión enorme. En ese sitio, mi espectativa erra hacia lo convencional, mis primeras lecturas me forjaron un tipo de estética que ustedes habrán hallado en mis escritos y que debo tomarme el momento de explicar por la vía de un poeta muy estimado: Jorge Borges.

La lírica de este autor argentino tiene muchas particularidades, si bien sus inclinaciones más ruidosas la remitieron a un inicio cacofónico y etiquetable. Tal vez en su hora tardía su poesía halla una convicción de verdad, el principio fundador que resuelve y encaja los temas más diversos, desde la historia, la moral o la sempiterna literatura, en la misma estética que es del ensayo y la narrativa de este autor. Entiendo que en la lírica las tensiones son más claras y así fue como las descubrí en mi propia escritura, primero a forma de imitación torpe y luego con mis propios recursos distraídos. No me alegra hallar límites en el que fue mi maestro, desconozco sus motivos para sostener un principio fundador cuando a mi parecer nunca lo asumió abiertamente en el discurso (pudo ser convicción personal).

Mejor definir el género de inmediato: la poesía de Borges se desliza hacia lo épico. Este deseo es anterior a la gradilocuencia que hallamos en sus otros trabajos ni al uso de conceptos y términos de importante estirpe. Borges usaría palabras y conceptos clásicos en una forma irremediablemente tradicional porque estos efectos multiplican la eficacia de su estructura épica. Sin ello, uno puede ver en Martin Fierro un simple malandrín, un ajuste de cuentas popular o la dudosa trama de un tango. El esqueleto de este poema que Jorge Borges analizó al hartazgo lo vuelve objeto de excepción, al punto de sacrificar muchos aspectos de lo cotidiano, rural o histórico al tono general de la obra. Los poemas de Borges, todos, son a su modo Martín Fierro.

Y si uno puede someter materias como el western a la dialéctica de la epopeya, no nos debería sorprender que el cuento de detectives, el poema amoroso, la metafísica y la biografía se doblen con soltura al ejercicio. Borges no solo produce textos épicos, también lee todo lo que existe desde el punto de vista de dicho género. ¿La Biblia? Sus sentencias irremediable y performativas no podrían ser mayores, ¿Shakespeare? habló de todo el hombre como queriendo ser Whitman (este segundo inventó a Shakespeare), ¿Kafka? sucesor de una letanía de infiernos y laberintos, ¿Borges? el que se ahoga en su propia obra. Entiendo que el autor estaba fascinado por la genealogía en la medida que esta sostenía también una tensión constante con lo heroico. Después su tarea se vuelve sorprendente y acaso atróz: entenderá que la literatura es la primera de las genealogías y por fuerza se sostiene en lo épico.

No se equivocaba pues Borges al decir que un autor inventa sus precursores, omite el hecho de que dicho autor fue él y que su tarea consiste en una gran conjuración de redactores heroicos. Atina, me parece, en reproducir los gestos selectivos que el romantismo y por extensión la modernidad efectuaron para definir nuestra ficción moderna en su carácter romántico. Me deja con una poesía, entiéndase, una expectativa de la poesía cuya dimensión verbal se inclina hacia lo colosal.

Por azar o diseño, no encuentro esta enunciación en la calle, el poeta épico que Borges anticipa no parece tomar sus tragos con el resto de los mortales. O tememos a la mentalidad épica, los nacionalismos nos desangraron el vigor de esa voz poderosa que sabría ser todas las letras. Y lo único que sabríamos multiplicar motivados por el temor sería el silencio.

(Jorge Borges también haría de la autocensura un objeto de épica, sin embargo dicho ejercicio merece su propia mención en un apartado que acaso le será otorgado en otra ocasión, tal vez por otro hombre que se digne a no callar)

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2 Comments

  1. Maravilloso. Me pierdo en tu dialéctica y me haces sentir un verdadero ignorante. Gracias por enseñarme algo más de mí mismo. Jamás dominaré la técnica de la expresión formal ni el conocimiento de la Historia. Gracias por demostrarme que todo lo que escribo es solo un sentimiento que se encarcela a sí mismo en las palabras. Admiro a los escritores como tú. Un saludo. Seguiré leyendo.

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