Desmesura celeste

El término novela, se sabe, cae un poco en todas partes. Lo identificamos por su longitud y su atmósfera totalizante, su persecución frenética de dos cosas que a nosotros nos faltan: identidad y totalidad. Por esto en sus modelos más clásicos, no pocas veces realistas, se discute a lo tendido del caracter social de un sitio o cultura, así como de lo que se puede desdeñar como identidad regional. La definición que puede resultar inútilmente amplia refleja la misma inutilidad que suele cargar consigo este género en su volúmen. Horas se pierden en la novela y lectores, diríamos, se ganan. La vigencia de este género casi historico se confirma en el reconocimiento de libros como The Luminaires de Eleanor Catton.

Descartemos de entrada la fórmula fácil: ni estamos ante una epopeya de Nueva Zelanda ni nos hallamos en una suerte de thriller. La epopeya con sus códigos précisos, su elogio y su inclinación por la desproporción no se colocaría en la lectura de cuadros sociales que minuciosamente representa la autora. El thriller tiene en su sentido coloquial una presunción de respuesta, una urgencia impuesta al lector para solucionar un problema cuya formulación es tan importante como la narración misma, en el caso de The Luminaires, no hay una interrogante fundamental ni una elucidación brillante que se acerque a la realidad redaccional detrás de la obra en cuestión. Las motivaciones detrás de este texto parecerían complejas y sin embargo no podrían serlo menos: hablamos del arte de narrar y de construir con la narración. Todo se inventa al decir, en la realidad y en la historia. Decir el destino es incluso una suerte de confirmación del mismo.

Vale aclarar, si bien el realismo y la descripción de una historia se quieren emuladores de la más clásica novela, Catton se exige una actualización de este modelo para la audiencia dicha “del siglo ventiuno”. El primer elemento moderno se puede considerar popular y consiste en esta genética que  asimilamos al thriller y que se sustenta en una tensión de ignorancia. Personajes son nombrados y motivaciones explayadas sin que el lector deje de dudar el verdadero carácter de ambos, aún al leerlos durante varias paginas se halla frente a una suerte de deshonestidad fundamental en lo que a cada interacción se respecta. El tiempo nos lleva a deducir que la impresión es un móvil poderoso en el cuadro de esta Nueva Zelanda del Gold Rush que una suerte de evasión está implícita en este dorado ideal. Y por evasión entendemos subterfugios, verdades omitidas. Los protagonistas del relato (más de doce) son entidades solitarias y reprimidas a distintos niveles, han llegado a un mundo ajeno a todos en el cual la figura pública domina pues no existe prácticamente intimidad en el cotidiano. Se puede ver del modo siguiente: un trabajador de nuestros días se reprime y es oprimido durante su diurna tarea, para regresar a ser uno mismo cuando la labor se da por terminada. En el tiempo descrito por Catton no hay propiamente testigos, la única intimidad y vida común que se dice a medias en el texto es de infelicidad y conflicto, la apariencia la asfixia desde la periferia sin mayor gratitud que la poca dignidad pública que se le puede regatear a otros misérables como nosotros. Al leer y al escribir nos bañamos en soledades análogas, en esto comprendemos el valor precioso de las varias verdades que el texto nos propone como relativas y de la falta de resolución absoluta que se implica en la enunciada necesidad.

La modernidad en la ficción se regocija en distintos niveles de lectura, uno privilegiado en The Luminaires es el de la astrología, ligada con los eventos y los temperamentos de cada personaje, formulada en una estricta temporalidad de los eventos. Las últimas escenas del libro son casi un sumario de efectos que el lector conoce ligados con su lugar astral. Admitamos que no me he tomado la tarea de analizarlos personalmente a detalle, puedo suponer con mis conocimientos actuales de la carta astral más o menos la función que esto sirve en el texto de la autora. A mi entender es indispensable para una narración tan ligada al migrar y a la historia de un país del hemisferio sur encarnar con efectividad los trayectos humanos, en astrología es muy importante la influencia del movimiento en el globo terrestre. Todos los personajes, salvo el maori, viajan de un hemisferio a otro antes de que comience el relato. La cúpula celeste regresa como imagen en más de una ocasión, siendo a la vez la misma y otra, compitiendo para cada individuo dentro de una experiencia personal legítima que tenemos por mentira.

No es justo dejarlos con la impresión de que este texto carece de torpezas. La cadencia de la narración suele ser dispar, los diálogos a veces son lacónicos y ciertos efectos del texto fallan en compensar con su simbolismo la obstrucción que postulan a la lectura. Sin inclinarse al sicologismo mucho peso de la ficción reside en los personajes, que a veces no logran portar nuestra atención -se entiende que sus fallas no justifican una lectura ingrata-. La autora podría permitirse más poesía sin fijarla en lo estricto al cuadro de su narración, en este caso su respeto al esquema del texto nos priva de potenciales bellezas que translucen en ciertos eventos narrados. Quienes esperan un final espectacular se han equivocado de género, no hay nada de errado en el final (es de una sobriedad viva), pero el texto puede izar la sospecha de una revelación mayor que apenas sucede.

Mucha de su belleza consiste en esta escritura artera que no se permite dejar a medias un párrafo o echar en menos una escena por la abundancia y desproporción del texto mismo. Hay mucha entrega en The Luminaires y una atención al detalle que en textos recientes (de menor longitud en general) no se sostiene. No es menor el mérito de desdecir muchas de mis críticas a la novela, por sus temas y su extensión, y presentarlas como un objeto tallado a la medida de un lector actual.

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