Justa medida

Debo reconocer que no soy un gran fanático de los esfuerzos medidos en escritura, este es uno de los detalles que desestima otros argumentos que antes he empleado sobre las secuelas, las series y otros tantos géneros. Las novelas episódicas así como los folletines sufren del dilema técnico de deber guardar algo para después, de negarse voluntariamente argumentos que podrían entenderse atractivos en lo inmediato. Un lector no es un niño caprichoso al que le damos todo de inmediato, desgraciadamente es un riesgo aún mayor tratarlo como tonto y no darle esencialmente nada al aplicarse en una extensa lectura.

En Bartebly y Compañía encontramos lo que podría calificarse de una serie contenida en un solo libro, un conjunto de fragmentos voluntariamente inconexos y que se privan entre ellos de información que ha de venir. Otro nombre que podría aplicársele sin atentar contra la verdad es el de catálogo, podríamos ligarlo a las enciclopedias hipnóticas que Borges elogiaba en sus testimonios y en su ficción. Pienso en estas enciclopedias y encuentro otro problema fundamental de este anecdotario: se requiere una mentalidad particular para adentrarse en historias de literatura que tienden a la biografía. Si uno como yo usted no es fanático del morbo que es conocer la vida de los hombres de letras, queda poco que rescatar.

Tal vez más brillante que su por ejecución, el proyecto de Vila-Matas es inteligente por su concepto. Nos encontramos frente a múltiples silencios literarios y tratamos de restituir a cada uno un valor estético que se refleje en nuestro concepto de arte. Podríamos pensar en ideas similares como la destrucción del arte como arte, o el absurdo incomunicable como lenguaje. No es una absurdidad, en realidad destilar cosas fundamentalmente apoéticas es una de las vocaciones principales de la poesía. Una pregunta atraviesa como fantasma toda la extensión de la obra ¿se deja de ser hombre de letras si se deja de escribir? ¿y si nunca se ha escrito? ¿y si se muere? Estas interrogantes tienen un valor estimulante en que podemos reconocernos, ceder de inmediato a su subjetividad o a la imposibilidad de respuesta es menospreciar su intrínseco valor estético. Solo deja de ser escritor a quién le permitimos ese fin.

El texto en sí, la estructura de Bartebly y Compañía es un esfuerzo medido. Hay algo casi didáctico en la prosa de Vila-Matas, que fuera de algunos pasajes narrativizados, flota en la tibieza de la simple constatación. La narración no es mejor, carga con el peso de una primera persona definida por su tarea, definida negativamente por sus carencias y que finalmente no tiene tentación alguna en el desarrollo de su proyecto. Es algo gloriosamente impersonal, como leer a alguien recitando oraciones y mirándolas con una distancia escéptica. Cuando el narrador intenta responder a las preguntas que postula, suele caer en una verborragia más bien olvidable. Hay reflexión literaria en este libro pero no hay mucha literatura.

Volviendo a Borges, el argentino desarrolló su conocido género de la crítica de una obra ficticia. Podemos imaginar varios motivos para no escribir un libro sino limitarse a describirlo: existe la incapacidad física de comunicar de modo debido la trama en cuestión, también podemos reconocer dicha obra como algo más bien indeseable, otra (la que nos concierne) haría del libro en cuestión algo más bello al ser descrito que al leerlo. Bartebly y Compañía no es un libro imposible de escribir pero temo que Vila-Matas lo consideró indigno de ser leído sin negarse a ejecutarlo (o su ejecución es una no-ejecución, escribir una obra que no merece ser escrita).

Sin duda el autor es competente y aborda esta obra sin exceso de pretensión. Como un libro de ejemplos, una colección de diversas rarezas y curiosidades (no como una ficción, no como una obra estética) hay mérito en el catálogo, es ligero y relativamente legible. Es una obra menor o incluso una que es tangencial a la obra literaria del mismo autor. La modestia es tal vez hablar del pensamiento sin presentar ninguna reflexión en particular, dejar absolutamente al lector la voluntad de hacer que esta obra funcione o caiga por su propio peso. Tampoco diría que es de un rigor digno para ir más allá de entretener.

No puedo sin duda censurar del todo la lectura, para quien ama las anécdotas sobre letras tal vez remitan a un hobbie común y feliz entre los amantes del leer. No contándome entre estos admiradores, debo reconocer mi tibieza generalizada al atractivo de este somero libro.

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