Micromegalomanías

Con los géneros y lecturas misceláneas es necesario tener un mínimo de historia, pues viviendo es como constatamos las varias creatividades que le imponemos a la Historia. Decía Pablo que de niño actuaba y pensaba como niño, lo que por supuesto no quiere decir que se pasaba varias horas con su Game Boy o enviando mensajes a su prima en el Smartphone, pues el tiempo puede no existir, pero nuestras impresiones todas son guiadas por su curso, o tal vez es más adecuado decir que ese sentido opaco (de pasado a futuro) es todos los sentidos que podemos conjurar.

Toda la vida me ha consolado un gusto marcado por el arte popular. Desde el melodrama hasta la ciencia ficción (la visual y la escrita), pasando por los juegos de video o el comic. Esta lecturas me han confirmado en el escépticismo del método crítico que tiene en su genética la tradición, la academia que cree en el prestigio. Es inmensamente real el efecto que tiene la simple fama en una lectura, como también es imponente el poder que algo tiene por ser famoso en nosotros. Todo esto está sujeto a violentas transformaciones, un día cierto escritor nos insulta (por su vida o por su condescendencia) de manera imperdonable, otro día finalmente superamos alguna carencia que nos sometía a cierto entretenimiento. Me permito las jerarquías arbitrarias pues se que son irrelevantes, pues dicta los placeres el azar, uno que a veces me indispone a mirar películas pues la narrativa y presentación del cine se me figuran repetitivas como una canción sin ingenio o un consabido chiste.

Sujetos al más puro cauce de percances, de olvidos, es indispensable evitar los esquemas que resuelven todo por oposición. Hay que mirar los milagros textuales con fundamental desconfianza, la transformación de algo que emociona a un profundo horror es con frecuencia un artificio. Hagamos ejemplos porque entiendo que uno revuelve el sabor la sopa (¿de letras?): si era un devoto de Rayuela (por ejemplo) y termino por descubrir que no es el non-plus-ultra de la literatura que hace un montón me parecía, entonces esto no se vuelve una bofetada o afrenta. Existen recursos en casi cualquier obra que están diseñados con encanto, son de la inteligencia. La telenovela no se volvio aberrante porque descubrí la poesía, estos esquemas de oposición nos atraen porque es pensamiento fácil (comida enlatada del alma). El medio responsable de pensar va a descubrir melodramas en poesía y lírica en cada arquetipo de un relato (y cosas más así, no fijaremos la responsabilidad en el tiempo pues se transforma como su libertad hermana, toda libertad repetida se asemeja a una prisión).

Soy un escéptico de la nostalgia. Entiendo la voluntad de asimilar en una figura consistente todo lo que hemos admirado, constatar su caracter real y no negarnos a lo que somos. Esta tarea puede ser lúcida. También puede tratarse de una megalomanía que pretende dominar lo que apenas conocimos con los medios avanzados que el tiempo nos otorga. Una mirada así, un método tan descuidado, transforma lo que fuimos y es una suerte de desamor. No hay que confundir justificación con justicia, las cosas que fueron no requieren autorización para haber sido. Y el azar está también, por mucho que queramos refutarlo.

Por eso me digo que una impaciencia personal hacia la audiovisual puede ser, en lo que ha mi vida respecta, pasajero. Antes géneros que me marcaban con entusiasmo como el melodrama o el JRPG captaban mi atención con sus recursos “cinematográficos” (el cine antecede al televisor, ¿no son muchos recursos suyos propios al film?). Ahora apenas tolero esas narraciones.

En el caso del melodrama he constatado que no es un género que me ha fatigado: sus código que retoma Terry Moore en sus Strangers in Paradise me agrada aún y me interrogo genuinamente de su desarrollo en los años que vienen. En cuanto a los juegos, esos que tienen narrativas ténues que se definen por las acciones del jugador siguen vigentes en mi admiración (ya hablaremos de Harvest Moon para profundizar en este tipo de relato). Estas circunstancias me llevan a pensar que uno puede cansarse de códigos, de herramientas narrativas, como puede indisponerse por el estado moral de cierta obra que nos ha afrentado. Me cansa lo audiovisual sin que esto le quite un gramo de valor. No cambia ante mis ojos el mismo sol que se alza al presionar simplemente play.

Esto puede ser puro azar y si lo conjugo de modo crítico no es porque pretenda hallar una realidad de lo que me indispone (mis ambiciones no son tantas). Es el ejercicio en sí lo relevante, entrar en una arena que me obliga a pensar para que los leones no me devoren, con esa extraña violencia que se reserva a los

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La literatura y sus precursores

He pasado los últimos meses vagando de un cabaret literario a otro con la piedad e indiferencia que me caracteriza en audiencias más o menos vulgares sobre poéticos embates. Decir que mi espectativa es el diamante bruto sería una grosería, espero más bien (y en esta imagen the Luminaires tiene su influencia) el polvo de oro, ese que a garantiza acaso el frijol de la semana, lo estricto sobrevivible. Un mínimo estricto de poesía en una ciudad que sin duda tiene materia para dar más. ¿Qué puedo decir? Soy a la vez cínico y paciente.

He presenciado actos poéticos, algunos con una temática extrañamente burgués o por lo menos común. No sé si la poesía popular aún existe, entiendo que no es la que se eleva a mis oídos. Los modelos tratados no son de mi poesía referencial, entiéndase, de los textos de cabecera que me iniciaron en las prácticas líricas. Y visto de cerca, con una malicia analítica entiendo que no es tanto lo que se dice sino el modo de discurso, me indispone simplemente la extrañeza y el humor, ciertos métodos casi cinematográficos de obstinarse contra el horror y no confrontarlo en su dimensión enorme. En ese sitio, mi espectativa erra hacia lo convencional, mis primeras lecturas me forjaron un tipo de estética que ustedes habrán hallado en mis escritos y que debo tomarme el momento de explicar por la vía de un poeta muy estimado: Jorge Borges.

La lírica de este autor argentino tiene muchas particularidades, si bien sus inclinaciones más ruidosas la remitieron a un inicio cacofónico y etiquetable. Tal vez en su hora tardía su poesía halla una convicción de verdad, el principio fundador que resuelve y encaja los temas más diversos, desde la historia, la moral o la sempiterna literatura, en la misma estética que es del ensayo y la narrativa de este autor. Entiendo que en la lírica las tensiones son más claras y así fue como las descubrí en mi propia escritura, primero a forma de imitación torpe y luego con mis propios recursos distraídos. No me alegra hallar límites en el que fue mi maestro, desconozco sus motivos para sostener un principio fundador cuando a mi parecer nunca lo asumió abiertamente en el discurso (pudo ser convicción personal).

Mejor definir el género de inmediato: la poesía de Borges se desliza hacia lo épico. Este deseo es anterior a la gradilocuencia que hallamos en sus otros trabajos ni al uso de conceptos y términos de importante estirpe. Borges usaría palabras y conceptos clásicos en una forma irremediablemente tradicional porque estos efectos multiplican la eficacia de su estructura épica. Sin ello, uno puede ver en Martin Fierro un simple malandrín, un ajuste de cuentas popular o la dudosa trama de un tango. El esqueleto de este poema que Jorge Borges analizó al hartazgo lo vuelve objeto de excepción, al punto de sacrificar muchos aspectos de lo cotidiano, rural o histórico al tono general de la obra. Los poemas de Borges, todos, son a su modo Martín Fierro.

Y si uno puede someter materias como el western a la dialéctica de la epopeya, no nos debería sorprender que el cuento de detectives, el poema amoroso, la metafísica y la biografía se doblen con soltura al ejercicio. Borges no solo produce textos épicos, también lee todo lo que existe desde el punto de vista de dicho género. ¿La Biblia? Sus sentencias irremediable y performativas no podrían ser mayores, ¿Shakespeare? habló de todo el hombre como queriendo ser Whitman (este segundo inventó a Shakespeare), ¿Kafka? sucesor de una letanía de infiernos y laberintos, ¿Borges? el que se ahoga en su propia obra. Entiendo que el autor estaba fascinado por la genealogía en la medida que esta sostenía también una tensión constante con lo heroico. Después su tarea se vuelve sorprendente y acaso atróz: entenderá que la literatura es la primera de las genealogías y por fuerza se sostiene en lo épico.

No se equivocaba pues Borges al decir que un autor inventa sus precursores, omite el hecho de que dicho autor fue él y que su tarea consiste en una gran conjuración de redactores heroicos. Atina, me parece, en reproducir los gestos selectivos que el romantismo y por extensión la modernidad efectuaron para definir nuestra ficción moderna en su carácter romántico. Me deja con una poesía, entiéndase, una expectativa de la poesía cuya dimensión verbal se inclina hacia lo colosal.

Por azar o diseño, no encuentro esta enunciación en la calle, el poeta épico que Borges anticipa no parece tomar sus tragos con el resto de los mortales. O tememos a la mentalidad épica, los nacionalismos nos desangraron el vigor de esa voz poderosa que sabría ser todas las letras. Y lo único que sabríamos multiplicar motivados por el temor sería el silencio.

(Jorge Borges también haría de la autocensura un objeto de épica, sin embargo dicho ejercicio merece su propia mención en un apartado que acaso le será otorgado en otra ocasión, tal vez por otro hombre que se digne a no callar)

Desmesura celeste

El término novela, se sabe, cae un poco en todas partes. Lo identificamos por su longitud y su atmósfera totalizante, su persecución frenética de dos cosas que a nosotros nos faltan: identidad y totalidad. Por esto en sus modelos más clásicos, no pocas veces realistas, se discute a lo tendido del caracter social de un sitio o cultura, así como de lo que se puede desdeñar como identidad regional. La definición que puede resultar inútilmente amplia refleja la misma inutilidad que suele cargar consigo este género en su volúmen. Horas se pierden en la novela y lectores, diríamos, se ganan. La vigencia de este género casi historico se confirma en el reconocimiento de libros como The Luminaires de Eleanor Catton.

Descartemos de entrada la fórmula fácil: ni estamos ante una epopeya de Nueva Zelanda ni nos hallamos en una suerte de thriller. La epopeya con sus códigos précisos, su elogio y su inclinación por la desproporción no se colocaría en la lectura de cuadros sociales que minuciosamente representa la autora. El thriller tiene en su sentido coloquial una presunción de respuesta, una urgencia impuesta al lector para solucionar un problema cuya formulación es tan importante como la narración misma, en el caso de The Luminaires, no hay una interrogante fundamental ni una elucidación brillante que se acerque a la realidad redaccional detrás de la obra en cuestión. Las motivaciones detrás de este texto parecerían complejas y sin embargo no podrían serlo menos: hablamos del arte de narrar y de construir con la narración. Todo se inventa al decir, en la realidad y en la historia. Decir el destino es incluso una suerte de confirmación del mismo.

Vale aclarar, si bien el realismo y la descripción de una historia se quieren emuladores de la más clásica novela, Catton se exige una actualización de este modelo para la audiencia dicha “del siglo ventiuno”. El primer elemento moderno se puede considerar popular y consiste en esta genética que  asimilamos al thriller y que se sustenta en una tensión de ignorancia. Personajes son nombrados y motivaciones explayadas sin que el lector deje de dudar el verdadero carácter de ambos, aún al leerlos durante varias paginas se halla frente a una suerte de deshonestidad fundamental en lo que a cada interacción se respecta. El tiempo nos lleva a deducir que la impresión es un móvil poderoso en el cuadro de esta Nueva Zelanda del Gold Rush que una suerte de evasión está implícita en este dorado ideal. Y por evasión entendemos subterfugios, verdades omitidas. Los protagonistas del relato (más de doce) son entidades solitarias y reprimidas a distintos niveles, han llegado a un mundo ajeno a todos en el cual la figura pública domina pues no existe prácticamente intimidad en el cotidiano. Se puede ver del modo siguiente: un trabajador de nuestros días se reprime y es oprimido durante su diurna tarea, para regresar a ser uno mismo cuando la labor se da por terminada. En el tiempo descrito por Catton no hay propiamente testigos, la única intimidad y vida común que se dice a medias en el texto es de infelicidad y conflicto, la apariencia la asfixia desde la periferia sin mayor gratitud que la poca dignidad pública que se le puede regatear a otros misérables como nosotros. Al leer y al escribir nos bañamos en soledades análogas, en esto comprendemos el valor precioso de las varias verdades que el texto nos propone como relativas y de la falta de resolución absoluta que se implica en la enunciada necesidad.

La modernidad en la ficción se regocija en distintos niveles de lectura, uno privilegiado en The Luminaires es el de la astrología, ligada con los eventos y los temperamentos de cada personaje, formulada en una estricta temporalidad de los eventos. Las últimas escenas del libro son casi un sumario de efectos que el lector conoce ligados con su lugar astral. Admitamos que no me he tomado la tarea de analizarlos personalmente a detalle, puedo suponer con mis conocimientos actuales de la carta astral más o menos la función que esto sirve en el texto de la autora. A mi entender es indispensable para una narración tan ligada al migrar y a la historia de un país del hemisferio sur encarnar con efectividad los trayectos humanos, en astrología es muy importante la influencia del movimiento en el globo terrestre. Todos los personajes, salvo el maori, viajan de un hemisferio a otro antes de que comience el relato. La cúpula celeste regresa como imagen en más de una ocasión, siendo a la vez la misma y otra, compitiendo para cada individuo dentro de una experiencia personal legítima que tenemos por mentira.

No es justo dejarlos con la impresión de que este texto carece de torpezas. La cadencia de la narración suele ser dispar, los diálogos a veces son lacónicos y ciertos efectos del texto fallan en compensar con su simbolismo la obstrucción que postulan a la lectura. Sin inclinarse al sicologismo mucho peso de la ficción reside en los personajes, que a veces no logran portar nuestra atención -se entiende que sus fallas no justifican una lectura ingrata-. La autora podría permitirse más poesía sin fijarla en lo estricto al cuadro de su narración, en este caso su respeto al esquema del texto nos priva de potenciales bellezas que translucen en ciertos eventos narrados. Quienes esperan un final espectacular se han equivocado de género, no hay nada de errado en el final (es de una sobriedad viva), pero el texto puede izar la sospecha de una revelación mayor que apenas sucede.

Mucha de su belleza consiste en esta escritura artera que no se permite dejar a medias un párrafo o echar en menos una escena por la abundancia y desproporción del texto mismo. Hay mucha entrega en The Luminaires y una atención al detalle que en textos recientes (de menor longitud en general) no se sostiene. No es menor el mérito de desdecir muchas de mis críticas a la novela, por sus temas y su extensión, y presentarlas como un objeto tallado a la medida de un lector actual.

Justa medida

Debo reconocer que no soy un gran fanático de los esfuerzos medidos en escritura, este es uno de los detalles que desestima otros argumentos que antes he empleado sobre las secuelas, las series y otros tantos géneros. Las novelas episódicas así como los folletines sufren del dilema técnico de deber guardar algo para después, de negarse voluntariamente argumentos que podrían entenderse atractivos en lo inmediato. Un lector no es un niño caprichoso al que le damos todo de inmediato, desgraciadamente es un riesgo aún mayor tratarlo como tonto y no darle esencialmente nada al aplicarse en una extensa lectura.

En Bartebly y Compañía encontramos lo que podría calificarse de una serie contenida en un solo libro, un conjunto de fragmentos voluntariamente inconexos y que se privan entre ellos de información que ha de venir. Otro nombre que podría aplicársele sin atentar contra la verdad es el de catálogo, podríamos ligarlo a las enciclopedias hipnóticas que Borges elogiaba en sus testimonios y en su ficción. Pienso en estas enciclopedias y encuentro otro problema fundamental de este anecdotario: se requiere una mentalidad particular para adentrarse en historias de literatura que tienden a la biografía. Si uno como yo usted no es fanático del morbo que es conocer la vida de los hombres de letras, queda poco que rescatar.

Tal vez más brillante que su por ejecución, el proyecto de Vila-Matas es inteligente por su concepto. Nos encontramos frente a múltiples silencios literarios y tratamos de restituir a cada uno un valor estético que se refleje en nuestro concepto de arte. Podríamos pensar en ideas similares como la destrucción del arte como arte, o el absurdo incomunicable como lenguaje. No es una absurdidad, en realidad destilar cosas fundamentalmente apoéticas es una de las vocaciones principales de la poesía. Una pregunta atraviesa como fantasma toda la extensión de la obra ¿se deja de ser hombre de letras si se deja de escribir? ¿y si nunca se ha escrito? ¿y si se muere? Estas interrogantes tienen un valor estimulante en que podemos reconocernos, ceder de inmediato a su subjetividad o a la imposibilidad de respuesta es menospreciar su intrínseco valor estético. Solo deja de ser escritor a quién le permitimos ese fin.

El texto en sí, la estructura de Bartebly y Compañía es un esfuerzo medido. Hay algo casi didáctico en la prosa de Vila-Matas, que fuera de algunos pasajes narrativizados, flota en la tibieza de la simple constatación. La narración no es mejor, carga con el peso de una primera persona definida por su tarea, definida negativamente por sus carencias y que finalmente no tiene tentación alguna en el desarrollo de su proyecto. Es algo gloriosamente impersonal, como leer a alguien recitando oraciones y mirándolas con una distancia escéptica. Cuando el narrador intenta responder a las preguntas que postula, suele caer en una verborragia más bien olvidable. Hay reflexión literaria en este libro pero no hay mucha literatura.

Volviendo a Borges, el argentino desarrolló su conocido género de la crítica de una obra ficticia. Podemos imaginar varios motivos para no escribir un libro sino limitarse a describirlo: existe la incapacidad física de comunicar de modo debido la trama en cuestión, también podemos reconocer dicha obra como algo más bien indeseable, otra (la que nos concierne) haría del libro en cuestión algo más bello al ser descrito que al leerlo. Bartebly y Compañía no es un libro imposible de escribir pero temo que Vila-Matas lo consideró indigno de ser leído sin negarse a ejecutarlo (o su ejecución es una no-ejecución, escribir una obra que no merece ser escrita).

Sin duda el autor es competente y aborda esta obra sin exceso de pretensión. Como un libro de ejemplos, una colección de diversas rarezas y curiosidades (no como una ficción, no como una obra estética) hay mérito en el catálogo, es ligero y relativamente legible. Es una obra menor o incluso una que es tangencial a la obra literaria del mismo autor. La modestia es tal vez hablar del pensamiento sin presentar ninguna reflexión en particular, dejar absolutamente al lector la voluntad de hacer que esta obra funcione o caiga por su propio peso. Tampoco diría que es de un rigor digno para ir más allá de entretener.

No puedo sin duda censurar del todo la lectura, para quien ama las anécdotas sobre letras tal vez remitan a un hobbie común y feliz entre los amantes del leer. No contándome entre estos admiradores, debo reconocer mi tibieza generalizada al atractivo de este somero libro.