La experiencia de nombrar

Partiendo de la tésis ya enunciada de que el nombre se funda sobre una función crítica uno puede legítimamente interrogarse sobre su función poética. La partícula lírica es el verbo y tenemos una inflexión gramatical que relaciona a este elemento con el sustantivo, lo que me parece una ángulo sensible para comenzar nuestra reflexión. Hablemos de los nombres construídos a través de un verbo, por ejemplo, escritor.

El verbo es el espacio de la experiencia y en nuestra cultura su temporalidad es fundadora. El que escribe, el que escribió o el que escribirá son todos parte indudable de la genética del autor, los comprendemos en un mismo término inmediato pues nuestro imaginario y nuestra vida los relaciona. Por otro lado, la acción como experiencia no se confunde, el escrito, el lector y el escritor son todos nombres que hacen testimonio de una sola tarea pero de vivencias distintas. El nombre en su estricto rigor crítico busca reducir pero conjugado en los términos del poema is incapaz de librarse del estigma del vivir. La palabra es una materia que resiste la abstracción absoluta y cuando invita a la generalización, busca el camino de resistencia menor que le permita ser concreta.

En un escrito de género poético encontraremos esta función de experiencia al emplear sustantivos. Incluso un nombre propio como Leonor no refiere a un individuo en el sentido completo de este término, puede presentar una amada trágica y por ende a todos los amores perdidos de forma similar. Y esto acompaña la experiencia del lector en la medida que su capacidad de empatía comprende que un autor no escribe por ventilar su tragedia individual, que la escritura es un proceso de comunicación y no confirma sino transforma la experiencia.

La forma poética halla una ligereza y una validez cuando el nombre en su vocación se inclina a lo abstracto, un caso de nombre propio concreto presenta otra dificultad. Los nombres históricos nos obligan a salir del texto y remiten al nombre un carácter casi documental, nos inclinan a una comprobación histórica o por lo menos al rápido resumen de una realidad exterior. Al mencionar a Napoleón debo encontrar cual aspecto del Emperador es funcional en el texto en cuestión, pues fuera del texto historico su presencia es más una imagen y una referencia (entendemos que no se quiere real). Y este uso puede ser un poco opaco ¿al hablar de Aristóteles puedo reducirlo a su poética o a su origen griego? El nombre supone que trato de un hombre pero como ha muerto hace siglos y nadie lo conoce ¿qué nos puede quedar de él fuera de su obra? Tratar de reducirlo a una idea puede ser necesario e incluso feliz si el poeta aclara y emplea con maestría su lenguaje. Con el personaje ficticio la tarea es menos ambigua, estos nombres se refieren a acciones pues un personaje no es más que eso, su caracter de experiencia y representación son de entrada materias propicias a lo lírico pues asumen el código de su sistema. El personaje es más verbo que nombre, ya es a su modo poesía.

A esta semana del nombre tan impropiamente ligada a un término temporal se le deben añadir dos entradas más que escribí hace unos años. La primera discute sobre las sociedades que han discutido sobre el poder del nombre sobre la vida y la disciplina que supone que esta afecta nuestro cotidiano de manera sutil y críptica, la otra entrada relata simplemente una mala experiencia que me disgustó con el nombre en poesía y que entabla un diálogo con el texto que acaban de leer, en ella fustigo una estrofa mediocre en que el nombre Platón es empleado para referir al concepto de amor platónico en un verso que si bien recuerdo presentaba “abolir a Platón” como la transgresión que sería el amor físico.

Va sin decir que no se ha agotado ni un poco de este vasto tema, he regateado bastante al no discutir sobre el título (como nombre de la obra), del seudónimo, del nombre resueltamente inventado y artificial ni del nombre en su inclinación más geográfica. Mi decisión para sostener una identidad clara en estas discusiones ha sido tratar un fenómeno verbal ante todo, inclinarnos a lo que la lengua tiene que decirnos de esta palabra y a algunos aspectos de su práctica. Dicho de otro modo, he tratado de nombrar algo identificable al usar la palabra nombre, lo que puede indicarnos en su parcialidad los limites estrictos de la coherencia y las dificultades inhérentes que la variedad del mundo impone a nuestra comprensión. El nombre no es sino una herramienta multifacética que resiste o acompaña el marasmo del mundo para que lo naveguemos sin demasiados complejos.

Entre todos estos textos potenciales que no abordaré a mediano plazo lamento no tratar el de la división para comprender. Este tipo de discurso resuelve metódicamente que lo indeseable de cierta práctica se le atribuye a otros y así se reconoce por medio de ese nuevo nombre, de la identidad inventada, que nuestro propio sistema tiene fallas. La división en categorías dentro de una misma religión, las teorías de la conspiración con sus sectas secretas y el término sociológico de clase media (con sus ricos que no se admiten ricos), responden seguramente a este primitivo empleo de análisis minimalista que el nombre permite.

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