En China no había dragones

En ocasión las discusiones filosóficas se desvían de su cauce y caen en la persecución de proezas dialécticas truncas. Yo quiero implicar por un milagro de la frase que se desconoce una verdad, trato de empantanar el conocimiento arguyendo que la frases son subjetiva, y no tienen, si se quiere, pies ni cabeza. Refutar la semántica y la convención, moneda reconocible y bien acuñada de la palabra. En esos esfuerzos, reconozco que se erra en la incomprensión, confundimos la verdad con lo que se puede decir de ella y la verdad de la palabra con la material (¿espiritual?).

La ficción es lenguaje e incluso en ella las reglas del sentido se respeta. Decir que no podemos argumentar nada sobre lo que no existe releva de la mala voluntad y no de la sincera interpretación. Una cosa es la ambigüedad y otra la mala fé, un traductor lo sabe pues persigue neciamente la primera sin permitirse imaginar la segunda. Uno no traiciona un autor al traducirlo, el autor ya no existe más (es uno), la obra es el material al que debe de ligar y reconciliar con el universo. Si no hubiese verdad en esas tareas, traducir sería absolutamente arbitrario y no el ejercicio de vagas concisiones que practicamos hasta el fastidio, y que para muchas personas vínculadas a un único código son la mayoría de la literatura.

Hay que rendirse a la evidencia: la literatura es del que la traduce. Si nuestros horizontes son la comprensión humana carecemos de un código común para todo lo que el arte escrito puede ser. No hay nada universal sin uno o varios ideales de sentido, desde el punto de vista del iconoclasta que mina la discusión por la “subjetividad” no solo es imposible discutir de literatura: este arte no existiría en su mundo. Esto es, a mi parecer, pura matemática de lo leído, de lo que el canon y la expectativa acepta. Pero la lengua como la historia son expresiones traicioneras y que en nuestro mundo tengan importancia no las hace menos fragmentarias y falibles.

Primera dificultad: ¿traducir o no un nombre? Hemos aceptado que los nombres propios no son del vacío sino la cultura (Kim Jong no sería inca), pero determinadas tradiciones son opacas si no se comunica hacia el lector el sentido que estos pueden tener. Recordemos ese topos de la cultura nativa de Norte América que dota a los individuos de nombres circunstancias e interacciones, como la película de Dance with Wolves que podría haberse nombrado, si se quiere, Šuŋgmánitu Tȟáŋka Ób Wačhí. Solo que el título se traduce aunque sea un nombre propio. Tiene su valor semántico si se entiende que el personaje es de una cultura de habla inglesa. Además, los lenguajes que no comparten alfabetos requieren aproximarse a los nombres extranjeros de manera sonora ¿es razonable esperar palabras en ideogramas chinos en medio de un texto absolutamente romanizado? Va sin decir que si uno no romaniza las palabras comunes no está traduciendo en absoluto. Perdemos sentidos al no traducir.

Sin duda también perdemos sentidos traduciendo, pero sobre todo la tendencia es la fusión. No hay dragones en la tradición China, no puede haber dragones porque la palabra viene de una tradición antigua que no se relaciona con la China más que de mucha distancia. Si admitimos que la creatura descrita como long corresponde a dragón estamos cerca de admitir que Zeus y Thor son el mismo personaje. Y sin embargo al escribir dragón una economía de ideas se forma en nuestra mente pues la traducción (errada) tiene una historia en nuestra propia tradición. También hay quien ha comparado al kirin con el unicornio o al feng y al huan con el fénix. Y por estas simplificaciones se transforma el sentido, pues el nombre ahora debe incluir sentidos dispares que no le son nativos. Esto demuestra que en cierto nivel incluso los nombres genéricos deben traducirse con desconfianza, cada cultura los mina con elementos semánticos que la simple analogía no lograría contener. Para decirlo de otro modo, hay una realidad verbal en ellos.

El nombre de Dios debe ser un caso particular de esta inflexión. En la tradición cabalística el nombre de Dios se expresa con cuatro símbolos en hebreo y se entiende para los devotos que la traducción de esos términos sería una infidelidad a lo divino. Esto hace, por extensión, que el hebreo sea un lenguaje sagrado, pues solo este podría expresar el verdadero sentido del Dios de los judíos. Otra confusión tal vez entre la palabra y el objeto que describe, el imposible poder de un sentido más hallá del hombre, de un código del universo.

También cabe decir que la literatura habla en absolutos como idioma y creación original.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s