Todos los nombres

Mucho del lenguaje es parecido al juego, sus reglas y su carácter intuitivo definen el éxito del mismo. Decimos para calificar felizmente a un juego estructurado que ha de ser “fácil de jugar y difícil de dominar”, contar a la vez con una gran profundida y un concepto sencillo. Los juegos más clásicos suelen conjugarse en esos términos, pensemos en el tétris, en pacman, en el ajedrez o incluso el poker. El uso de los nombres se encuentra en una categoría similar, al comenzar nuestro uso del lenguaje empleamos los sustantivos con soltura, sin embargo tarde en nuestra vida seguimos sin exprimirles todo su potencial e incluso literatos consagrados hacen una mínima tarea con lo lograble de un punto de vista nominal.

Y es que proporcionalmente hablando las batallas del nombre son pequeñas. No busco restar peso a nombres como Fausto, Quijote o Emma Bovary que han logrado vigencia notoria, por cada uno de estos, incluso en sus respectivas obras, hay más de uno olvidable y reducible apenas a su aspecto semántico más funcional. La economía propia al nombre se impone, con él designamos relaciones bien concretas de acciones y momentos, más acaso que con los adverbios de tiempo o situación. El nombre propio es de situación: si uno es sujeto de la acción debemos comprender que se halla en la posiciónde actuar, sobre entiende su coincidencia en el espacio, creemos por ejemplo que no hablará tras morir y que por fuerza emplearemos la elipse o la alucinación para prestarle voz. ¿Cómo? Curiosamente por economía, admitimos de inmediato que los nombres propios pueden morir, que acompañan una secuencia única y más o menos coherente en la narración. Un nada nos indispone al faltar a este esquema minúsculo.

Por ejemplo, entiendo que no la acción de leer no se efectúa a cada palabra, reconocemos formas familiares y avanzamos empleando todas bajo un  mismo efecto. Si un mismo personaje tiene varios nombres nuestra capacidad de automatizar sus acciones sufrirá un golpe (si han leído ficciones extranjeras, las rusas siendo célebres por esto, conocen el efecto). A su vez, si la palabra que constituye el nombre propio se resiste a la fácil asimilación no podremos de inmediato identificarla al solo pasar nuestra mirada sobre ella. Pensemos que un texto contiene un personaje de nombre Pedrofranciscoignacio  y otro llamado Pedrofrancosigonacio ¿no se agrede en esta apariencia gratuita de la palabra todo un sistema que facilita la lectura? Mejor aún es remitir a una experiencia más real, aquella de varias personas que se llaman de la misma manera (personajes así no sabrían confundirse de modo inocente en una film, esto señala el artificio que es la palabra frente a la experiencia de ser expectador) y que justificadamente se evita como una plaga en la ficción.

Todas estas tareas minimas se nos presentan casi indispensables ¿cómo optar por minar la comprensión? Curiosamente hablaremos de esto en la próxima entrada cuando en la traducción discutamos un sitio privilegiado para los problemas de nombre. Existe la opción de utilizar  ecuaciones mayores para que el peso de los sustantivos se expanda en una obra. Para citar dos ejemplos recordemos la variación gráfica del nombre protagonista en Rayuela (Holiveira) y la evasión metódica de los pronombres animados para Gregorio Samsa en la Metamorfósis. Ya sea por la semejanza o la aversión podemos enriquecer el peso de las palabras que de otra forma comunican simple secuencia o identidad.

Es posible expander el campo sémantico de un nombre sin privarlo a añadirle nada, como en el teatro la voz o el aspecto físico pueden ligarse a un individuo o la localización geográfica se vincula a un objeto, podemos imaginar cómo cierto verbo solo se aplicaría a determinado personaje o grupo de personajes. Imaginemos un texto en que determinada tipografía marca el diálogo particular de un individuo, esto en la historieta se utiliza bastante y en ciertas novelas epistolares es una herramienta concebible. Que un nombre se limite a una breve colección de caracteres no nos limita a la mecánica enunciación de dicha palabra, este concepto de sustantivo es una convención y dentro de una obra puede flexionarse hasta ser prácticamente irrepetible sin agreder su uso propio en cuanto a sentido. Encontramos un ejemplo típico de expansión de nombre sin variación de forma en el narrador impersonal que presuponemos a todo instante como individual -a veces análogo al autor- y es a su vez convencional.

¿A dónde voy con esto? A que problematizar el nombre va más allá de una manipulación textual de la forma visible, de la partícula nominal escrita. Existe el juego de la identidad, el de la sonoridad e incluso el del símbolo. Al volvérsenos un elemento necesario en la narración el nombre postula dificultades que le son propias, al convivir con la hipótesis de la identidad el nombre propio es perfecto sitio para el conflicto y la experimentación (más que la mayoría de los adjetivos y sus verbos, decimos que estos vocablos se comportan en sí casi cual nombres). El lector además, es sensible a todas estas confuciones pues interpelan su propio estado de indecisión entre dueño del nombre y objeto sujeto al mismo.

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