El nombre y la nada

Imposible o al menos inútil analizar cada parte del discurso en el vacío. Los lingüistas entienden los límites de este ejercicio que practican con escépticismo fudamental pues como la metáfora constituye un espacio de comprensión sensible y por lo tanto válido pero es reprensible como credo para hallar una verdad. Sería una cosa y el nombre y otra muy distinta el uso que le damos (y no solo el nombre y la cosa nombrada, encontramos en cierto modo los límites de nuestra comprensión dual del universo).

¿Es realmente algo préciso el sustantivo? Difícil aislarlo de la tensión latente entre su rígida forma y el sentido de cualquier frase, por fuerta cambiante, que un simple conjunto de ruidos busca contener. Yo soy Bent y otra veces no lo he sido, otro día seré aquel Bent que ha publicado tal texto en internet y hoy no lo he sido. Acumulando horas el sentido de mi identidad persigue una ampliación irreflexiva. Me cuento entre los reos tras de los píreneos ¿mañana también?

La palabra se transforma en su propia materia y el nombre cambia, un día olvidamos que en el desayuno se halla la palabra ayuno, al punto que nos sorprende notar esa misma raíz en otras lenguas (breakfast, déjeuner). Decimos que se transforma también la substancia substantiva, un coche puede tener un motor o ser arrastrado por un elemento externo, por supuesto, la palabra existía previamente a que la tecnología la arrastrara con su movimiento. En un texto dado no pulsa siempre la genética de todos nuestros tiempos que son, por fuerza, los tiempos de todos los demás, en ese sentido un vocablo nunca es todo en sí mismo, nunca se ejerce en una total conciencia de identidad absoluta. Y es normal pues la identidad no es absoluta, nunca ha sabido serlo.  En un tiempo determinado cada vocablo e acaso un par de cosas entre todas las potenciales que significó y significará, su valor como sensible espacio cambiante, su riqueza improbable de sentidos, nunca es del lenguaje concreto.

Practicando la sección de sentidos al infinito, podríamos buscar el nombre y su esencia discreta, acaso el único que en él no sabría existir. Una inclinación del nombre lo conjua como acción crítica, como el milagro de palabra y pensamiento. Decimos que hay una tensión entre la forma y el sentido, en una lucha en la que el nombre trata -y falla- de englobar y transformar una serie de ideas. El nombre requiere un esfuerzo reiterado, que a una y otra vez le brinda posesión -posición- legítima de lo que describe. Un nombbre usado solo una ocasión es una adivinanza, resiste a su vocación como marcador de sentido, solo en la repetición su cuerpo logra ser del todo nominal, obtiene el valor de cuerpo crítico mínimo que enuncia la palabra. Por su volición el nombre es de inclinación analítica cuando el verbo, por ejemplo, es poesía. Pero eso es un vacío de mínimas razones, entonces no se sabe si podemos hablar de crítica ni si el sentido es algo a su vez es nada (toda medida es comparación).

Para dar cuenta del valor interno de lucha crítica, de distancia infalible entre el nombre y su referente, debemos pensar en un pariente lejano de esta figura nominal: la definición. Hay pocos ejercicios más arduos que la justa definición, se agrede en sí misma porque refuta la noción convencional de la palabra y trata de construir una entidad renovada con elementos antiguos. Es el trabajo del arqueólogo como el del futurista, Digo que su complexidad es engañosa porque lucha entre fundar una verdad y refutar posibles sentidos que la convención se vería tentada en asumir si el lenguaje existiera en una práctica real. Definir es algo taxonómico, es el estatismo mismo de los sentidos que se separa del resto del universo para no ahogarse en la ambigüedad. Cada vez que negamos una cualidad a un nombre, lo volvemos menos una cosa y lo integramos a una cadena de dependencias inevitable, a otras definiciones que deben haber sido por fuerza resueltas. Muchas veces se olvida que cualquier idioma parte de axiomas inamovibles. ¿Cómo reiniciar el lenguaje sabiendo esa limitación? ¿dónde empieza el sentido?

Puedo decirles al menos esto: no empieza en el nombre. Es poco decir, pero en su vocación y forma crítica natural, el metafísico y el filósofo hallarán un aliado que resiste a la melomanía de todo serlo. Si la rosa se llamara de otro nombre ¿sería menos deliciosa su fragancia? No importa, me parece, lo que es primario es notar que sin rosa o sin olor es arduo pensar en un sustantivo original. Si la rosa no fuera fragante, la línea de sentidos infinitos que constituyen su nominal historia sería todo otra. Lo que insisto, es poco decir. Y sin embargo.

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