Por su nombre

Un lenguaje de infinita exactitud sería más maquinal que orgánico, dado que incluso los conceptos más sencillos suelen constituirse tanto de elementos que excluyen como de hipotéticos valores que los conjugan. Hasta cierto punto criticar la precisión tiene algo de ejercicio vago, basta notar como narrando una misma experiencia varios individuos describirán elementos absolutamente diferentes. Lo que es más: supongamos que uno inventa una memoria o se convence de que algo de la escena narrada sucedió cuando no fue, o tal vez la persona sintió con convicción algo que en sí no tuvo relación con la circunstancia narrada o fue una abstracta impresión. ¿Comete la falta esa persona que añade sentido a una escena? ¿no sería fragmentar la experiencia tacharla de irreal y suprimirla? Fenomenos análogos pueden encontrarse en las herramientas de lenguaje que usamos insensiblemente, para no ir más lejos, el poder de los nombres varía sensiblemente de una persona a otra.

Un dicho nos remite a esta realidad confusa entre la palabra y el objeto que designa, hablando de exactitud podemos emplear una fórmula de verdad como sería “llamar las cosas por su nombre”. Curiosamente la frase parte del supuesto de que no hay “un nombre para cada cosa”, précisamente este dicho se emplea cuando hay más de un término que se puede referir a lo mismo pero uno se considera impertinente, rebajado o eufemístico. Podríamos hacer un diálogo del tipo:

– Carlos es un politico.

– Llamemos las cosas por su nombre, Carlos es un ladrón.

O algo por el estilo. En el intercambio anterior el susodicho personaje no deja de ser, en stricto sensu, una figura pública para volverse exclusivamente un criminal, al contrario, se constituyen dos entidades simultáneas entre la función privada (robar) y el trabajo duirno (eh, ¿servir?) que tienen el mismo referente. Darle nombre una cosa no erradica la multiplicidad de la entidad ni la “limita” a ser solo el objeto nombrado, si así fuera no solo el lenguaje tendría más poder del que merece, sino que además existiríamos en un reino de sinsentidos literales. Por supuesto, la política recién nombrada sostiene un discurso codificado que puede interpretarse como un valor literal y exclusivo del nombre generado: si un hombre publico dice “terrorista” debemos entender que las demás características de dicho individuo son irrelevantes.

Los valores efectivos de los nombres propios y genéricos en ficción son muy variables, hay que notar que géneros enteros se constituyen en una base de irrealidad en la cual no podemos someter una palabra a su sentido más convencional. Me permito el énfasis: los zorros no hablan pero Lafontaine escribió de zorros que hablan. En dichos términos el nombre de animal solo designa a una entidad ficticia parecida al animal real que el término (usualmente) representa, los nombres genéricos tienen un valor aproximativo, además de su correspondiente sentido simbólico. Por supuesto, los nombres propios tienen una consistencia toda diferente, no pueden ser de la similitud más que en los casos de una novela histórica donde hay un referente primero para el personaje en cuestión (circunstancia obligatoria, ninguna representación de un hombre es un hombre y así con cualquier ente viviente). Solo que la palabra puede obtener una dimensión simbólica de nivel cultural, un apellido extranjero puede ser empleado con el fin de comunicar una noción geográfica o de orígen, será también extraño relacionar un nombre común en una sociedad con otra que le es del todo ajeno (pensemos en llamar a un azteca Vladimir o Hsieung Fuu). Los sustantivos genéricos pueden también acompañar un orígen o una tradición, solo que el método se vuelve falible a como universalizamos ciertas tradiciones. Un angel así no nos remitirá necesariamente a la cultura semítica y un fénix no será invariablemente griego.

El uso de los nombres es una convención narrativa tan eminente que no suele ser materia de reflexión, me propongo utilizar esta entrada para instalar al lector en el ánimo propicio para restituir el valor estético a estos términos tan fatigados. Llamar a esta secuencia de textos una “semana del nombre” es más que inadecuado, me permitiré por libertad artística utilizar este epíteto para las redacciones a venir.

Me doy cuenta que dejé de lado el valor de verdad que mencioné hace unos párrafos… Consideren esta omisión como enorme guiño de ojo hacia el lector.

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