La belleza del billete

Cuando escribo no me pongo a pensar en el número de libros que debo vender. Entiendo que sería difícil pensar de esa manera: las audiencias de cine siguen fluctuaciones más o menos dignas del puro azar, lo que hace impredecible un éxito monetario duradero. A mi parecer, los libros tendrían que someterse a un rigor similar, en el universo de aquellos que buscan vender, nada nos garantiza con seguridad un número providencial de ventas. Luego levantaríamos otras críticas legítimas a este razonamiento, como la inadecuación del arte a un mercado de productos consumibles.

Claro, si uno vende cualquier objeto se trata de un producto. Imaginemos que por motivos circunstanciales una población de internautas exige, cordial y generosamente, una impresión física de un blog que ustedes conozcan (supongamos que se trata de este que leen, por comodidad). En su estado actual nuestro blog no tiene fines monetarios y pese a esto se puede considerar un servicio. El concepto, por supuesto, no es aledaño a un pragmatismo extremo, no nos desvivimos en que cada redacción se incline por la absoluta utilidad. En todo caso, en un ánimo distinto los textos podrían ser transformados en bienes de intercambio sin que su fin original considerara dicha posibilidad. El hecho estético no se traduce fiel a lo económico, cada obra es primero un objeto de belleza y luego es expuesto a un posible comprador, momento en que efectivamente su esencia se transforma.

Hace poco, frente a cierta prosa de Dostoïevski que me dejó tibio, reconocí que su narrativa tenía como orígen un folletín. El formato impone concretos límites de coherencia y longitud, también le exige al autor una expresión adecuada al precio que se le adjudica a su prestación de antemano. Conjugando ambos factores es justificable -incluso esperado- que una obra cualesquiera sufra. Y aquí el valor mercantil del texto pega a quemarropa los valores primeros del texto mismo, su estructura molecular, si se quiere, pues cada palabra puede hallarse transformada. Como la poesía, se somete por una voluntad previa a una forma y trabaja en esas limitaciones, se entiende que dicha crisis es a su modo una oportunidad. Muchos autores, incluso el mismo Fedor, tienen grandes logros escritos en ese formato. Pues incluso a esta distancia, un concepto de valor no logra imponerse a la coherencia primera de toda obra: su belleza, su primer propósito. Un vendido no es necesariamente menos un autor competente, la corrupción del dinero no es de inmediato el encantamiento de los Nibelungos.

Entiendo que al pensar en la influencia del dinero en la obra primero pensamos en ejemplos poco halagadores. El cine gringo abunda en ellos, no se requieren particulares. Un fenómeno así se reconoce también en los “géneros menores” que suelen ir con el libro best-seller, usando el suspenso, la fantasía y la novela de amor. ¿Son obras necesariamente malas? La pregunta es impertinente, no todas las vocaciones escritas imaginan una misma literatura, así bien, cada arte persigue otro ideal. Incluso en la persecución de una diversión o incluso de un letargo para el espectador, se conjuga toda obra en el balance, en un concepto de belleza tan coherente como el de un atardecer frente al mar o una melodía.

¿Qué puede exigirse a un creador aparte de la belleza? Entendemos que lo moral es hermoso, también. ¿Cómo escapa a nuestra capacidad creadora la riqueza? Si la prosperidad y la abundancia de riquezas es buena, forzosamente se nos debe presentar como un goce. La acumulación de moneda es un valor de reemplazo un símbolo. Hay sin duda una caligrafía posible, asimilando la economía con las letras, un espacio de libertad en que incluso un billete se sabría simétrico y armonioso. Sin embargo al vender la obra artística no nos importa que se comprase en bellos términos, conjugamos su importancia en el universo de lo cuantitativo. Y así, por cantidades, no creamos (excepto tal vez al producir muchas obras en vez de una).

Cabe aclarar que con todas sus rarezas el mercado tiene un efecto secundario extremadamente benéfico para el creador: la oferta y la demanda. En esos circuitos de discurso imaginario, es usual que el espectador potencial se encuentre con una obra cualesquiera. El mercado inventa cierto público y entonces la visibilidad de cada obra se vuelve un hecho. Esto es deseable, más no fundamental pues existe tal cosa como un público imperfecto. De nuevo en la matemática, con suficiente visibilidad, existirá entre muchísimos receptores al menos uno que cuente como crítico. Y entonces en su valor de verdad, de desencargada levedad, una obra como este blog se ahoga en el silencio propio de la invisibilidad.

Parte de ello, se entiende, es voluntario.

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