Tezuka y el mal

Mi historia con Tezuka comenzó viendo Astro Boy en la televisión y por aquellos entonces, según mi padre, esta serie estaba vieja de varias décadas. Esta antigüedad es toda relativa si se toma en cuenta la edad de ciertas películas de animación de Disney o la literatura con la que me he fatigado las pestañas, sin embargo, en mi edad biológica es arduo hallar una ficción anterior que marcara en tanto grado mi imaginario. Hoy me queda claro que de niño no alcanzaba a seguir muy bien las tramas de esta serie y la idea de un personaje robot no me parecía venida de otra edad, solo algunos elementos visuales y una trama muy particular (que antes he discutido pues Naoki Urasawa también fue marcado por ella) quedan en mi memoria. De ahí en delante, Tezuka regresó como una serie de mangas, como un muy concreto ser humano de su tiempo en una cultura de alteridad que llegó a mi alcance por las fluctuaciones económicas del liberalismo y la internacionalización de la cultura.

El estilo del manga no kamisama está lleno de peculiaridades y subtilidad, un resumen totalizante sin duda perdería la esencia de lo que vuelve su expresión un arte rico (especialmente si deserto en representar su aspecto visual), pero si tratando a conciencia una mínima fracción de su obra puedo llegar a algún acierto crítico o por lo menos a un ejercicio de reflexión. Hablemos de literatura por una vez en lugar de divagar sobre dialéctica y ejercicios, le debo esto a mis lectores impacientes y fieles (usted sabe si es uno).

Deseo hablar de la maldad, no como concepto filosófico sino como principio narrativo. Antes de ser una ausencia de bien o la mitad de una estructura dual de moral el mal es una concreta secuencia de eventos concatenados. Es arduo elucidar conceptos morales sin hablar de consecuencias y contextos, por esto el mal en la ficción es descrito y narrado, es un grupo de palabras que aluden al mismo tipo de implicaciones como las acciones de un personaje serían su ser concreto. Se entiende que debemos mostrar algo de mal a nuestro lector o corremos el riesgo de confundirlo o desdibujar su existencia, rara vez encontraremos textos sin presupuestos morales pues la tradición de la lectura suele quererse ejemplar. El mal pues, se constituye de tiempos y espacios, de puntos de vista. Tezuka opta por la constitución de un anti-héroe, la visión directa de la maldad cuando esta se ejerce.

Este método no está a la moda pues no se funda en un principio de tensión. Pensemos en un modelo un poco más tradicional, en este el protagonista es relativamente bueno y parte de su aventura consiste en la revelación progresiva del mal al que se enfrenta. Existen oposiciones y peripecias a las que debe enfrentarse, jamás se comienza con el enfrentamiento mayor y luego se ataca a los males aledaños e inofensivos, casi se podría decir que el descubrimiento del mal es jerárquico. Si no se muestran las cosas es por suspenso, este espacio narrativo funciona de forma tal que el lector encuentra su comprensión solo tardíamente, cuando su inversión en la obra ya está realizada y el concepto se le ha vendido. Es un modo de seducción, lo corrupto sirve para fascinar y aumentar la espectativa.

Podemos suponer que Tezuka conoce este modelo y que su oposición radical al mismo es una objeción. Muchos de los códigos de entretenimiento popular son relativamente tardíos en la cronología del siglo XX, podría ser que Tezuka no le prestara atención a este estilo de narración tal vez menos evidente que hoy día. Pensar que el manga no kamisama estaba consiente de asunto es, a mi parecer, más coherente. No construir el mal como un objeto de seducción sino como algo visible y humano es una estrategia didáctica. Vemos a Alabaster, a Adolph o a Rock corromperse, dedicar sus respectivas vidas al error y podemos constatar que sus acciones guían la dirección de sus respectivos mangas con resultados terribles. El mal no esta lejos, como un elemento impersonal que siempre pertenece a otros, es practicado como una serie de acciones por personajes falibles, que nos dejan con la impresión de que podrían corregir su camino y frecuentemente ligados con los héroes. No hay desconocidos que subyugan con la maldad, el endemoniado es nuestro hermano que no logrará salvarse de su propio error. Presenciamos esas inevitables caídas cada vez y nunca queda duda de que el mal terminará por fallar.

Me parece que entiendo el programa de Tezuka, aunque no logre admirarlo. La corrupción no me interesa, los muchos métodos para conllevarla tienen algo de fatigoso en mi imaginario. Entiendo el punto de vista educativo del esquema del mangaka, sin embargo a mi parecer su gran virtud es la suficiencia. Extrayendo los suspensos innecesarios el relato que recibimos es una genuina aventuar, volvemos a la ejecución de las tareas de Hércules o las aventuras de Simbad, perdemos la dependencia generalizada de nuestra era a justificar cada peripecia y a construir cada texto como una serie de anuncios de lo que vendrá. Si bien conocemos el final, no estamos guíados por un solo sentido, la ejecución de Tezuka siempre es múltiple y puede lograrse gracias a la visibilidad que se le da a cada elemento de su proyecto. Encontramos el caso raro de un exitoso escritor sincero. Divino, diría algún nipón.

 

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Nota:  Cuando Naoki Urasawa adapta Pluto basado en Astroboy utiliza un modelo convencional de narración en lugar del método abierto que describo en esta entrada. La aclaración no busca oponer a estos dos mangakas en cuando a sus visiones modernas o morales de la adaptación del mal. La diferencia es más bien genérica. Urasawa es un escritor inclinado hacia el suspenso, lo que le exige apegarse al código de lo oculto. Sin embargo en este género encuentra sus propias maneras de descreditar al mal con energía, de un modo más sentimental que el sistema de tragedia al que se apega Osamu Tezuka en casi toda su obra. Los factores éticos de la obra de ambos autores coexisten en una misma línea genética.

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