De teoremas y lecciones

Si la literatura te impide comprender a ti mismo, te cortas la literatura.

Erase que se era una vez el talento fundamental de un hombre, no era, si bien entiendo, el remedio a sus males. Si mi talento es un león, que evite demasiado cazar. Eso dijo, no son mis palabras. Entonces reconocía una insuficiencia e inadecuación de nuestras palabras y nuestras ideas para corregir lo que es el mundo, o mejor, la fracción ridículamente pequeña del mundo que está a nuestro alcance.

Estos límites del lenguaje pueden llegar a confundirnos pues no es sencillo entender ni bien como sentir. Hablamos mucho de amar, sin embargo, nuestra capacidad de amar suele ser miserable. Envidiamos el dinero pero somos incapaces de la prosperidad. No es solo un decir y hacer, antes de efectuar una acción estamos inclinados a un ciego error que no advierte sus propios tropiezos. Concebir a través de la palabra nuestro universo es un trabajo que debe estimularlos. Si buscamos soluciones en los libros nunca las vamos a hallar.

Pienso en las matemáticas. El plural no es vano, hay muchas ciencias contiguas que comunican en ciertos principios y funciones, como los idiomas se conectan por el sentido. Sin tomar en cuenta nuestra capacidad o la dicha que estas ciencias nos procuran, podemos equivocarnos en comprender lo que son. Podemos pensar, en un modo determinado por la escolaridad más falaciosa, que a un problema matemático le corresponde una solución (decimos que 1 + 1 = 2), sin percatarnos de que el dilema consiste en gran parte del postulado de todas las reglas que hacen que el “problema” exista en primer lugar. Además, la escuela no nos confronta a verdaderas dudas respecto a la ciencia, nos presenta ejercicios, repeticiones que tienen como fin presentarnos un marco conocido y que podamos navigar problemas muy básicos sin temor o confusión. Solo que simplificando generamos otra complejidad, una suerte de barrera invisible que nos separa a los simples mortales de los matemáticos “verdaderos”. En esa distancia providencial, como un espectador en su palco, nos permitimos la abstracción de nuestro propio ser sin ponernos en el lugar del que ejecuta todo lo que vemos. La escuela nos da permiso, por sus atajos, de nunca ser matemáticos. Obviamente un error análogo obra en la escritura.

Por supuesto, el sistema de convención que reina en la lengua y en las matemáticas no se sustenta bajo los mismos principios, en cierto modo sus respectivas experimentaciones no pueden compararse. Yo no puedo escribir el poema más desgarrador de los siglos si rompo arteramente con el lenguaje de mis congéneros: entonces simplemente nadie me entenderá. El matemático avanza por un tortuoso camino sobre los pasos de los demás para congeniar su discurso con las reglas y référencias que existen antes que él. No podría ser diferente en dicho sistema y podría otro matemático efectuar la misma tarea que él si la oportunidad se presentase. Existe un valor más curioso de reinvención que en el discurso tiene mayor irrealidad -ya que nadie busca hablar como quien le precedió, excepto en el caso de Pierre Menard-. En esto el discurso de cada uno parece menos sólido, menos necesario para la raza humana y podría, si las medidas extremas lo exigen, separarse de nosotros, lanzarse al más completo de los abandonos.

Una parte nuestra se perdería irremediablemente así, muchos ya la han perdido -acaso nunca la tuvieron-. ¿Cómo les falló lo escrito a estas personas? ¿en qué modo rebuscado y alterno impidió que lograsen comprender? Me doy cuenta que cada día hay millones de personas que abandonan sin más las letras como si estas fuesen pura necedad. Entiendo que no fue el sentimiento desgarrador que veía su fuero como un depredador.

Propondré algo, me hallo de buen ánimo para la especulación. La literatura no existe. La inventamos cada vez, como el matemático que descubre un nuevo teorema inventa su ciencia al ignorar que otro ha trazado el mismo camino. No se reduce el aprender a un conjunto de lecciones históricas, es la recreación constante de nuestros ánimos. Si uno enseña a un niño que leer es una suerte de amor, entonces en él se crea una literatura, que es toda nueva y no depende de las agotadas lecciones que hombres un poco como yo han impartido.

Por supuesto, consideando esto, pues… No se puede cortar lo que no existe.

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