Un día siguiendo al rey David…

Ciertos ánimos pueden inclinarnos a la escritura, lo que sin duda nos recordará la imagen de caprichosas musas que al menos ha reproducido una canción, si no algún poema o escrito vario. La idea de la emoción y la creación -la hemos discutido- se impone con la necedad de la primera sin necesariamente lograr la fecundidad de la segunda. Es una suerte de violación, una distancia entre ambición y práctica que se manifiesta insaldable. Desear escribir es un estado extraño y tal vez es el único propio al escritor, no sé si el sustantivo se aplicaría al que redacta sin ningún esfuerzo, como la máquina combinatoria que algún autor supo concebir.

Yo mismo encuentro cierto tedio en esta redacción subordonada, pienso que se podría armar un breve catálogo de humores que nos inclinan a la autoreflexión del borrador, y fustigar cuánto el menoscabo de cada uno se puede conciliar con su origen. Por ejemplo, me da por escribir cuando tengo el fuerte sentimiento de la fatalidad, de que nada logrará ser bueno ni feliz, pero que por lo menos constará que la escritura no es el peor de mis dones. Entiendo que esta motivación aunque rigurosamente lógica, no se sustenta en nuestro frágil espacio de naturalezas cambiantes, pienso que ese ánimo tan definido solo lograría sonar falso pues se sustenta en ese espacio de la metáfora que no refleja la realidad. Me duele decirlo, pero los textos logrados son objetos del todo reales y no pueden flotar demasiado. ¿Cómo describir mejor esta intuición? Me parece que un sentimiento motivado por una reflexión estúpida logrará un texto estúpidamente constituído. Otras emociones son todo lo contrario, nos parecen irracionales y más allá de toda justificación, en cierto modo no se deshacen luego en excusas y logran imponerse como el sentimiento que los originó, como algo vital y maravilloso. ¿Cómo decirlo aún de otro modo? Hay sentimientos que producimos y nos dan por muertos.

Los textos siempre tienen una relación inevitable con el momento en que se producen, aunque se entienda bien que no son nunca réplica del acto de escribir. Tampoco son -todos- médicinales, existen males tan variados que una pluma no sabría sanarlos a todos, bienes tan grandes que nada los alcanza. Cada vez que volvemos a la redacción nos prestamos a un juego de regateos entre lo real y lo soñado, no hay garantías que duren en esas situaciones y cada momento parece bastarse a sí mismo. No podemos invocar hoy mismo el texto que redactaremos en diez años, así pues, estamos sujetos a ciertos caprichos para tomar los escritos en mano, solo que rara vez el capricho es nuestro y de la emoción.

Debe ser horrible tenerle miedo al texto. Yo soy ajeno en su mayoría a las inquiétudes filosóficas pues en general no amenazan mi integridad, sin embargo entiendo que en la incertidumbre los terrores ganan una sustancia más duradera, coherente. Hay tantas cosas que están en el texto que vendrá, tanto vértigo sensible al encarar su dudoso rostro, que puedo concebir esa aversión tan sensible. Ahora que lo pienso, el miedo se parece en mucho a la censura, la paranoia de entre ver en un gesto o un mensaje la confirmación de algo terrible.

Nota: Acabo de recordar un texto sobre el rey David y su joyero (era una leyenda hebrea para Borges, el mito debo haberlo leído antes y en otro lado que no me viene en memoria), en el cual el segundo se juega la vida en confeccionar un anillo que consuele a David cuando este se sienta hundido en la tristeza. En esta historia, horrorizado el joyero se topa con un joven que le propone una solución al enigma. Entregando el pedido, David constata el gravado que dice “esto también pasará”, se revela después que el joven hallado era Salomon, sabio por excelencia. Por supuesto, la literatura no tiene ese tipo de poder, entendemos que las palabras en el anillo no cuentan por ser palabras, son símbolo y sustitución de la muerte. No morimos leyendo el gravado, recordamos haber muerto. Con más fineza o una sensibilidad más afin los textos que nos suben el ánimo nos prestan una análoga lección, disfrazando la muerte como se disfraza la carne para no recordarnos al animal.

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