Medidas

Trato de ser razonable al argumentar sobre literatura pero conforme más examino mi manera de tratar estos temas, más caigo en cuenta en que llego con frecuencia en una situación en que no me dejo ganar. Hay una carencia en mis análisis porque el arte de la redacción no es -pese a mis mejores inclinaciones megalómanas- un asunto de competencia, ni un deseo constante de superación ni un campo de batalla. No se gana en las literaturas, nadie recibe una estrellita por pasar de “bello” a “discutiblemente más bello” aunque admitamos una distancia casi infinita en ese sistema de medida absurdo que podría llamarse (por no otra cosa) la calidad literaria.

Hay tanto discurso que hablar sobre lo “no literario” es forzosamente tocar algo real, entre todo lo que decimos forzosamente mucho -otros dirían casi todo- no es de poesía, no es de arte. De ahí a tratar de privar gratuitamente a las obras de su carácter literario para ensalsar una “verdadera literatura” es inclinarnos a una tarea dialéctica que en el fondo no captura ni es particularmente sensible a lo real. Al hacerme pasar por un sabelotodo temo incurrir en un error análogo, implícitamente desprestigiar objetos que no debieran genuinamente pasar ningún desprestigio.

Estoy por supuesto tratando el caso muy escueto de mi ocasional discusión literaria, verán, para mantener la cordura necesito cuestionarme en lo íntimo si el motivo por el que escribo es sincero (esta frase es una metáfora, entiendo que no necesito razón para escribir), solo que en público no tiene sentido exponer estas carencias íntimas. Sí, mi discurso sobre la literatura es público y el razonamiento detrás de esto es ridículamente sencillo: la crítica literaria es un género artístico y la literatura se supone compartida. Y caigo en un problema que es muy recurrente a cualquier género que se practica con afición: me he polarizado temáticamente, la posibilidad del antagonismo se me impone contra la del parcial elogio que suelo recibir de mi interlocutor. No obstante sigo necio en ese trayecto, exijo una falta de respeto institucional a la palabra y al no recibir esto de los demás me obligo en cierto modo a reproducir este mecanismo.

Hasta cierta hora del día esto me molesta razonablemente, luego entiendo que ciertos entre ustedes disfrutan poniéndome en esa ridícula posición. Y sí, me dejé llevar por el arrullo de mi conclusión inicial, esa de pensar que el lector común se ha inclinado a la pasividad y no se atreve a cuestionar los autores establecidos, que como el modelo mercantil de vender libros se ha hecho de herramientas para el elogio y poco más. Hélàs, me permití pasar por alto un detalle mayor, tan evidente en otras circunstancias y tan absurdamente vital hoy. Verán, tengo alguna habilidad hilando conceptos o analizando discursos pero mi mediocridad al manejarme en sociedad es consabida. ¿¡Qué me hizo pensar que mis lectores actuaban de modo lógico!? Ellos me empujan a la provocación a sabiendas, porque ellos mismos digieren con gusto la crítica y tienen un mejor punto de vista al contemplarla en mí. La figura del autor es algo de lo espectacular, en un género y por lo mismo supone una grosera reducción. Alguien tiene que ser el escritor podrido con las letras pedantes hasta el cuello y unos han decidido que he de ser yo entre todos los otros.

Estos individuos no sabían (porque no escriben) que todo proceso de extensa redacción es uno de reducir y seleccionar argumentos, sistemas narrativos, espacio donde se nos exigexen recortes radicales y que se oponen a la verdadera megalomanía, a eso que sería pretender escribirlo todo. Aquí como me ven, en este blog aparentemente fecundo en su variedad estoy midiendo y reduciendo groseramente mi abanico de temas posibles. Además, creo que estos individuos tienen un déficit de atención, yo no pienso necesariamente el mal que digo, especialmente tratando de literatura requiero una cantidad mínima de ficción, puedo mentir sobre lo que pienso y hacerlo impunemente, con frecuencia.

Estoy mintiendo.

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