Objetivos

Hay una arbitrariedad irremediable en la obra de arte, muchos somos de la opinión de que en las felices coincidencias de sus elementos impredecibles se encuentra una belleza casi tangible. La vida también es un proyecto de azar y esto no descredita sus muchos goces, nadie que sea feliz se fatigará en armar primero cada decisión de su vida y luego en vivir. Necesitamos un mínimo de confianza para crear, para cualquier acción minúscula. No podemos tampoco pasar una vida en construir solo ideas.

He conocido proyectos de vida que no solo descreen del azar, sino que rechazan con fuerza la idea de una experiencia latente. Creen que sin razón primera todo artificio cae por su peso, digamos por ejemplo que alguien escribe la narración de todos los miércoles de su vida. Un escéptico se hallará indispuesto preguntándose por qué ese día en particular y no otro, deseará una tenue explicación que luego procederá a desmenusar. No puede entender sin la división concreta entre fin y motivo. Lo que es algo vicioso si uno no tiene la disciplina de darse cuenta cuando saber “algo” se vuelve saber “demasiado”.

Ahora bien, la literatura es un sistema de comunicación, presupone un medio convencional de intercambio y una voluntad concreta como motivo artistico. Es difícil redactar decenas de paginas sin tener la convicción de escribirlas, crear no nos sale natural (o todo lo contrario, nos es tan fácil que deshechamos su práctica de antemano). Tal vez en ese espacio de seguridad muchos lectores recurren a la ficción como un valor seguro, ahí existen razones verdaderas y concretas, el azar es descartado por la figura del autor, todo el discurso es de comprensión. Este tipo de lector, cuando no perezoso en pensamiento crítico, es neciamente ortodoxo: Desea leer textos como esos que le gustaría escribir, someter a otros creadores a su escala moral de valores, sacrificar la libertad por la claridad. No ha pensado acaso que lo artero y lo convencional no pueden ser sino resultados de un azar más primario que ya nos ha tocado, que el idioma es como es por transformaciones impredecibles y así también el texto y el autor.

No podemos permitir que las fuerzas que rigen el universo arruinen nuestra felicidad, nuestra frecuente oportunidad de leer. Ser romántico, valorar ciertos momentos y ciertos gestos como una belleza trascendente, curiosa, no es menos azaroso que inventar una memoria en base a lo arbitrario (digamos escribir todos los miércoles de una sola vida). Lo aceptamos en su seguridad convencional, pero ante todo, en la íntima convicción de que nuestros sentires son reales y no son echados a menos por ningún arbitrario. Sentimos que el mundo está poblado de cosas con sentido. Y el sentido es como la verdad, es posible hacernos de ella con muchos sacrificios, el primero de los cuales es el olvido, que también es del azar que construye nuestro lenguaje.

Entiendo que la ficción es para muchos un espacio de control y que es précisamente a los vientos de lo impredecible que tememos cuando imponemos al universo nuestra voluntad. Solo que sin contingencias no somos grandes, no hay impulso épico en nuestra vida que pueda valer un par de hojas, no hay una memoria sensible capaz de transmitirse a los demás como real. Entre todos los métodos de escritura, probablemente los exitosos son los que tienen necesidad de que las cosas se pasen de una u otra manera. Los podríamos llamar géneros. Y esto es interesante en la medida en que pocos elementos textuales concretos pueden ser tan arbitrarios como las primeras palabras de un texto, entonces aún la fuerza de la convención y la necesidad se hallan desdibujadas como si cualquier cosa pudiese pasar.

La belleza de tantos principios novelezcos que en nuestra memoria se vuelven imperdibles… Son de esa frágil materia que les impone poder haber sido otra cosa. Textos innecesarios, obra de una arbitrariedad conciliadora que se nos presenta como inmensa libertad. Nos hemos vuelto dependiente de ellos también.

¿Hay un fin a esta cadena de dependencias que siempre le prestamos a cada una de nuestras elecciones?

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La belleza del billete

Cuando escribo no me pongo a pensar en el número de libros que debo vender. Entiendo que sería difícil pensar de esa manera: las audiencias de cine siguen fluctuaciones más o menos dignas del puro azar, lo que hace impredecible un éxito monetario duradero. A mi parecer, los libros tendrían que someterse a un rigor similar, en el universo de aquellos que buscan vender, nada nos garantiza con seguridad un número providencial de ventas. Luego levantaríamos otras críticas legítimas a este razonamiento, como la inadecuación del arte a un mercado de productos consumibles.

Claro, si uno vende cualquier objeto se trata de un producto. Imaginemos que por motivos circunstanciales una población de internautas exige, cordial y generosamente, una impresión física de un blog que ustedes conozcan (supongamos que se trata de este que leen, por comodidad). En su estado actual nuestro blog no tiene fines monetarios y pese a esto se puede considerar un servicio. El concepto, por supuesto, no es aledaño a un pragmatismo extremo, no nos desvivimos en que cada redacción se incline por la absoluta utilidad. En todo caso, en un ánimo distinto los textos podrían ser transformados en bienes de intercambio sin que su fin original considerara dicha posibilidad. El hecho estético no se traduce fiel a lo económico, cada obra es primero un objeto de belleza y luego es expuesto a un posible comprador, momento en que efectivamente su esencia se transforma.

Hace poco, frente a cierta prosa de Dostoïevski que me dejó tibio, reconocí que su narrativa tenía como orígen un folletín. El formato impone concretos límites de coherencia y longitud, también le exige al autor una expresión adecuada al precio que se le adjudica a su prestación de antemano. Conjugando ambos factores es justificable -incluso esperado- que una obra cualesquiera sufra. Y aquí el valor mercantil del texto pega a quemarropa los valores primeros del texto mismo, su estructura molecular, si se quiere, pues cada palabra puede hallarse transformada. Como la poesía, se somete por una voluntad previa a una forma y trabaja en esas limitaciones, se entiende que dicha crisis es a su modo una oportunidad. Muchos autores, incluso el mismo Fedor, tienen grandes logros escritos en ese formato. Pues incluso a esta distancia, un concepto de valor no logra imponerse a la coherencia primera de toda obra: su belleza, su primer propósito. Un vendido no es necesariamente menos un autor competente, la corrupción del dinero no es de inmediato el encantamiento de los Nibelungos.

Entiendo que al pensar en la influencia del dinero en la obra primero pensamos en ejemplos poco halagadores. El cine gringo abunda en ellos, no se requieren particulares. Un fenómeno así se reconoce también en los “géneros menores” que suelen ir con el libro best-seller, usando el suspenso, la fantasía y la novela de amor. ¿Son obras necesariamente malas? La pregunta es impertinente, no todas las vocaciones escritas imaginan una misma literatura, así bien, cada arte persigue otro ideal. Incluso en la persecución de una diversión o incluso de un letargo para el espectador, se conjuga toda obra en el balance, en un concepto de belleza tan coherente como el de un atardecer frente al mar o una melodía.

¿Qué puede exigirse a un creador aparte de la belleza? Entendemos que lo moral es hermoso, también. ¿Cómo escapa a nuestra capacidad creadora la riqueza? Si la prosperidad y la abundancia de riquezas es buena, forzosamente se nos debe presentar como un goce. La acumulación de moneda es un valor de reemplazo un símbolo. Hay sin duda una caligrafía posible, asimilando la economía con las letras, un espacio de libertad en que incluso un billete se sabría simétrico y armonioso. Sin embargo al vender la obra artística no nos importa que se comprase en bellos términos, conjugamos su importancia en el universo de lo cuantitativo. Y así, por cantidades, no creamos (excepto tal vez al producir muchas obras en vez de una).

Cabe aclarar que con todas sus rarezas el mercado tiene un efecto secundario extremadamente benéfico para el creador: la oferta y la demanda. En esos circuitos de discurso imaginario, es usual que el espectador potencial se encuentre con una obra cualesquiera. El mercado inventa cierto público y entonces la visibilidad de cada obra se vuelve un hecho. Esto es deseable, más no fundamental pues existe tal cosa como un público imperfecto. De nuevo en la matemática, con suficiente visibilidad, existirá entre muchísimos receptores al menos uno que cuente como crítico. Y entonces en su valor de verdad, de desencargada levedad, una obra como este blog se ahoga en el silencio propio de la invisibilidad.

Parte de ello, se entiende, es voluntario.

Tezuka y el mal

Mi historia con Tezuka comenzó viendo Astro Boy en la televisión y por aquellos entonces, según mi padre, esta serie estaba vieja de varias décadas. Esta antigüedad es toda relativa si se toma en cuenta la edad de ciertas películas de animación de Disney o la literatura con la que me he fatigado las pestañas, sin embargo, en mi edad biológica es arduo hallar una ficción anterior que marcara en tanto grado mi imaginario. Hoy me queda claro que de niño no alcanzaba a seguir muy bien las tramas de esta serie y la idea de un personaje robot no me parecía venida de otra edad, solo algunos elementos visuales y una trama muy particular (que antes he discutido pues Naoki Urasawa también fue marcado por ella) quedan en mi memoria. De ahí en delante, Tezuka regresó como una serie de mangas, como un muy concreto ser humano de su tiempo en una cultura de alteridad que llegó a mi alcance por las fluctuaciones económicas del liberalismo y la internacionalización de la cultura.

El estilo del manga no kamisama está lleno de peculiaridades y subtilidad, un resumen totalizante sin duda perdería la esencia de lo que vuelve su expresión un arte rico (especialmente si deserto en representar su aspecto visual), pero si tratando a conciencia una mínima fracción de su obra puedo llegar a algún acierto crítico o por lo menos a un ejercicio de reflexión. Hablemos de literatura por una vez en lugar de divagar sobre dialéctica y ejercicios, le debo esto a mis lectores impacientes y fieles (usted sabe si es uno).

Deseo hablar de la maldad, no como concepto filosófico sino como principio narrativo. Antes de ser una ausencia de bien o la mitad de una estructura dual de moral el mal es una concreta secuencia de eventos concatenados. Es arduo elucidar conceptos morales sin hablar de consecuencias y contextos, por esto el mal en la ficción es descrito y narrado, es un grupo de palabras que aluden al mismo tipo de implicaciones como las acciones de un personaje serían su ser concreto. Se entiende que debemos mostrar algo de mal a nuestro lector o corremos el riesgo de confundirlo o desdibujar su existencia, rara vez encontraremos textos sin presupuestos morales pues la tradición de la lectura suele quererse ejemplar. El mal pues, se constituye de tiempos y espacios, de puntos de vista. Tezuka opta por la constitución de un anti-héroe, la visión directa de la maldad cuando esta se ejerce.

Este método no está a la moda pues no se funda en un principio de tensión. Pensemos en un modelo un poco más tradicional, en este el protagonista es relativamente bueno y parte de su aventura consiste en la revelación progresiva del mal al que se enfrenta. Existen oposiciones y peripecias a las que debe enfrentarse, jamás se comienza con el enfrentamiento mayor y luego se ataca a los males aledaños e inofensivos, casi se podría decir que el descubrimiento del mal es jerárquico. Si no se muestran las cosas es por suspenso, este espacio narrativo funciona de forma tal que el lector encuentra su comprensión solo tardíamente, cuando su inversión en la obra ya está realizada y el concepto se le ha vendido. Es un modo de seducción, lo corrupto sirve para fascinar y aumentar la espectativa.

Podemos suponer que Tezuka conoce este modelo y que su oposición radical al mismo es una objeción. Muchos de los códigos de entretenimiento popular son relativamente tardíos en la cronología del siglo XX, podría ser que Tezuka no le prestara atención a este estilo de narración tal vez menos evidente que hoy día. Pensar que el manga no kamisama estaba consiente de asunto es, a mi parecer, más coherente. No construir el mal como un objeto de seducción sino como algo visible y humano es una estrategia didáctica. Vemos a Alabaster, a Adolph o a Rock corromperse, dedicar sus respectivas vidas al error y podemos constatar que sus acciones guían la dirección de sus respectivos mangas con resultados terribles. El mal no esta lejos, como un elemento impersonal que siempre pertenece a otros, es practicado como una serie de acciones por personajes falibles, que nos dejan con la impresión de que podrían corregir su camino y frecuentemente ligados con los héroes. No hay desconocidos que subyugan con la maldad, el endemoniado es nuestro hermano que no logrará salvarse de su propio error. Presenciamos esas inevitables caídas cada vez y nunca queda duda de que el mal terminará por fallar.

Me parece que entiendo el programa de Tezuka, aunque no logre admirarlo. La corrupción no me interesa, los muchos métodos para conllevarla tienen algo de fatigoso en mi imaginario. Entiendo el punto de vista educativo del esquema del mangaka, sin embargo a mi parecer su gran virtud es la suficiencia. Extrayendo los suspensos innecesarios el relato que recibimos es una genuina aventuar, volvemos a la ejecución de las tareas de Hércules o las aventuras de Simbad, perdemos la dependencia generalizada de nuestra era a justificar cada peripecia y a construir cada texto como una serie de anuncios de lo que vendrá. Si bien conocemos el final, no estamos guíados por un solo sentido, la ejecución de Tezuka siempre es múltiple y puede lograrse gracias a la visibilidad que se le da a cada elemento de su proyecto. Encontramos el caso raro de un exitoso escritor sincero. Divino, diría algún nipón.

 

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Nota:  Cuando Naoki Urasawa adapta Pluto basado en Astroboy utiliza un modelo convencional de narración en lugar del método abierto que describo en esta entrada. La aclaración no busca oponer a estos dos mangakas en cuando a sus visiones modernas o morales de la adaptación del mal. La diferencia es más bien genérica. Urasawa es un escritor inclinado hacia el suspenso, lo que le exige apegarse al código de lo oculto. Sin embargo en este género encuentra sus propias maneras de descreditar al mal con energía, de un modo más sentimental que el sistema de tragedia al que se apega Osamu Tezuka en casi toda su obra. Los factores éticos de la obra de ambos autores coexisten en una misma línea genética.

De teoremas y lecciones

Si la literatura te impide comprender a ti mismo, te cortas la literatura.

Erase que se era una vez el talento fundamental de un hombre, no era, si bien entiendo, el remedio a sus males. Si mi talento es un león, que evite demasiado cazar. Eso dijo, no son mis palabras. Entonces reconocía una insuficiencia e inadecuación de nuestras palabras y nuestras ideas para corregir lo que es el mundo, o mejor, la fracción ridículamente pequeña del mundo que está a nuestro alcance.

Estos límites del lenguaje pueden llegar a confundirnos pues no es sencillo entender ni bien como sentir. Hablamos mucho de amar, sin embargo, nuestra capacidad de amar suele ser miserable. Envidiamos el dinero pero somos incapaces de la prosperidad. No es solo un decir y hacer, antes de efectuar una acción estamos inclinados a un ciego error que no advierte sus propios tropiezos. Concebir a través de la palabra nuestro universo es un trabajo que debe estimularlos. Si buscamos soluciones en los libros nunca las vamos a hallar.

Pienso en las matemáticas. El plural no es vano, hay muchas ciencias contiguas que comunican en ciertos principios y funciones, como los idiomas se conectan por el sentido. Sin tomar en cuenta nuestra capacidad o la dicha que estas ciencias nos procuran, podemos equivocarnos en comprender lo que son. Podemos pensar, en un modo determinado por la escolaridad más falaciosa, que a un problema matemático le corresponde una solución (decimos que 1 + 1 = 2), sin percatarnos de que el dilema consiste en gran parte del postulado de todas las reglas que hacen que el “problema” exista en primer lugar. Además, la escuela no nos confronta a verdaderas dudas respecto a la ciencia, nos presenta ejercicios, repeticiones que tienen como fin presentarnos un marco conocido y que podamos navigar problemas muy básicos sin temor o confusión. Solo que simplificando generamos otra complejidad, una suerte de barrera invisible que nos separa a los simples mortales de los matemáticos “verdaderos”. En esa distancia providencial, como un espectador en su palco, nos permitimos la abstracción de nuestro propio ser sin ponernos en el lugar del que ejecuta todo lo que vemos. La escuela nos da permiso, por sus atajos, de nunca ser matemáticos. Obviamente un error análogo obra en la escritura.

Por supuesto, el sistema de convención que reina en la lengua y en las matemáticas no se sustenta bajo los mismos principios, en cierto modo sus respectivas experimentaciones no pueden compararse. Yo no puedo escribir el poema más desgarrador de los siglos si rompo arteramente con el lenguaje de mis congéneros: entonces simplemente nadie me entenderá. El matemático avanza por un tortuoso camino sobre los pasos de los demás para congeniar su discurso con las reglas y référencias que existen antes que él. No podría ser diferente en dicho sistema y podría otro matemático efectuar la misma tarea que él si la oportunidad se presentase. Existe un valor más curioso de reinvención que en el discurso tiene mayor irrealidad -ya que nadie busca hablar como quien le precedió, excepto en el caso de Pierre Menard-. En esto el discurso de cada uno parece menos sólido, menos necesario para la raza humana y podría, si las medidas extremas lo exigen, separarse de nosotros, lanzarse al más completo de los abandonos.

Una parte nuestra se perdería irremediablemente así, muchos ya la han perdido -acaso nunca la tuvieron-. ¿Cómo les falló lo escrito a estas personas? ¿en qué modo rebuscado y alterno impidió que lograsen comprender? Me doy cuenta que cada día hay millones de personas que abandonan sin más las letras como si estas fuesen pura necedad. Entiendo que no fue el sentimiento desgarrador que veía su fuero como un depredador.

Propondré algo, me hallo de buen ánimo para la especulación. La literatura no existe. La inventamos cada vez, como el matemático que descubre un nuevo teorema inventa su ciencia al ignorar que otro ha trazado el mismo camino. No se reduce el aprender a un conjunto de lecciones históricas, es la recreación constante de nuestros ánimos. Si uno enseña a un niño que leer es una suerte de amor, entonces en él se crea una literatura, que es toda nueva y no depende de las agotadas lecciones que hombres un poco como yo han impartido.

Por supuesto, consideando esto, pues… No se puede cortar lo que no existe.

Un día siguiendo al rey David…

Ciertos ánimos pueden inclinarnos a la escritura, lo que sin duda nos recordará la imagen de caprichosas musas que al menos ha reproducido una canción, si no algún poema o escrito vario. La idea de la emoción y la creación -la hemos discutido- se impone con la necedad de la primera sin necesariamente lograr la fecundidad de la segunda. Es una suerte de violación, una distancia entre ambición y práctica que se manifiesta insaldable. Desear escribir es un estado extraño y tal vez es el único propio al escritor, no sé si el sustantivo se aplicaría al que redacta sin ningún esfuerzo, como la máquina combinatoria que algún autor supo concebir.

Yo mismo encuentro cierto tedio en esta redacción subordonada, pienso que se podría armar un breve catálogo de humores que nos inclinan a la autoreflexión del borrador, y fustigar cuánto el menoscabo de cada uno se puede conciliar con su origen. Por ejemplo, me da por escribir cuando tengo el fuerte sentimiento de la fatalidad, de que nada logrará ser bueno ni feliz, pero que por lo menos constará que la escritura no es el peor de mis dones. Entiendo que esta motivación aunque rigurosamente lógica, no se sustenta en nuestro frágil espacio de naturalezas cambiantes, pienso que ese ánimo tan definido solo lograría sonar falso pues se sustenta en ese espacio de la metáfora que no refleja la realidad. Me duele decirlo, pero los textos logrados son objetos del todo reales y no pueden flotar demasiado. ¿Cómo describir mejor esta intuición? Me parece que un sentimiento motivado por una reflexión estúpida logrará un texto estúpidamente constituído. Otras emociones son todo lo contrario, nos parecen irracionales y más allá de toda justificación, en cierto modo no se deshacen luego en excusas y logran imponerse como el sentimiento que los originó, como algo vital y maravilloso. ¿Cómo decirlo aún de otro modo? Hay sentimientos que producimos y nos dan por muertos.

Los textos siempre tienen una relación inevitable con el momento en que se producen, aunque se entienda bien que no son nunca réplica del acto de escribir. Tampoco son -todos- médicinales, existen males tan variados que una pluma no sabría sanarlos a todos, bienes tan grandes que nada los alcanza. Cada vez que volvemos a la redacción nos prestamos a un juego de regateos entre lo real y lo soñado, no hay garantías que duren en esas situaciones y cada momento parece bastarse a sí mismo. No podemos invocar hoy mismo el texto que redactaremos en diez años, así pues, estamos sujetos a ciertos caprichos para tomar los escritos en mano, solo que rara vez el capricho es nuestro y de la emoción.

Debe ser horrible tenerle miedo al texto. Yo soy ajeno en su mayoría a las inquiétudes filosóficas pues en general no amenazan mi integridad, sin embargo entiendo que en la incertidumbre los terrores ganan una sustancia más duradera, coherente. Hay tantas cosas que están en el texto que vendrá, tanto vértigo sensible al encarar su dudoso rostro, que puedo concebir esa aversión tan sensible. Ahora que lo pienso, el miedo se parece en mucho a la censura, la paranoia de entre ver en un gesto o un mensaje la confirmación de algo terrible.

Nota: Acabo de recordar un texto sobre el rey David y su joyero (era una leyenda hebrea para Borges, el mito debo haberlo leído antes y en otro lado que no me viene en memoria), en el cual el segundo se juega la vida en confeccionar un anillo que consuele a David cuando este se sienta hundido en la tristeza. En esta historia, horrorizado el joyero se topa con un joven que le propone una solución al enigma. Entregando el pedido, David constata el gravado que dice “esto también pasará”, se revela después que el joven hallado era Salomon, sabio por excelencia. Por supuesto, la literatura no tiene ese tipo de poder, entendemos que las palabras en el anillo no cuentan por ser palabras, son símbolo y sustitución de la muerte. No morimos leyendo el gravado, recordamos haber muerto. Con más fineza o una sensibilidad más afin los textos que nos suben el ánimo nos prestan una análoga lección, disfrazando la muerte como se disfraza la carne para no recordarnos al animal.

En razón de los siglos

No tiene mucho caso desvivirse en hallar nuevos modos de deslindar a la literatura de la memoria y crear con ella una esfera vigente más allá de las realidades concretas que se vincularon con ellas. La codependencia entre ficción y realidad es algo más o menos realizado, sus interacciones complejas no merecen ser barridas a priori por un propósito argumental, al menos no si se pretende cierta vigencia intelectual frente a los fenómenos del habla que experimentamos y que tratamos generalizando bajo la bandera única de la lectura. Por fuerza la reducción a modo inverso que inclinaría a las letras y a la vida hacia la identidad absoluta nos induce a errores también desproporcionados.

Pensemos en números pues nuestro cerebro se debe una cierta coherencia secuencial y a veces formas o representaciones listadas tienen un poder de estimulación mayor que mis hemorragias verbales. ¿Cuántos poemas hermosos existen dedicados a algún rey o un hombre politico ensalzable? El número será necesariamente limitado por cada autor, su capacidad de poblar los siglos por otro lado acompañará la aventura humana por mucho tiempo. Recordemos otros eventos y otras historias, ¿cuántos poemas habrá dedicados al primer paso del hombre en la luna? No sería un lector del siglo XX si no conociera algunos, sin embargo argumentaría que la descarga simbólica de este paseo fuera del orbe celeste no sabría hallarse multiplicada en textos innumérables. Las bellezas de la poesía no son instantáneas y no responde por método o designio a cada método o síntoma de una era, realmente se fundan en circunstancias fundamentales, en conceptos que atrapan nuestra imaginación y que pertenecen en ella sin que sean arrastradas por otras distracciones por venir. Hay una permanencia de lo sensible, tiene su propio rango historico en que los hombres nos fusionamos con la palabra, con lo que llamamos universo.

Se distingue por consecuencia una historia del poema que, si se quiere, puede constituirse como una estructura de todos los poemas escritos sobre cual o tal cosa. Es una realidad borrosa y desigual, primeramente por nuestros limitados y cambiantes conceptos de lo escrito (ignoro la cantidad innúmerable de poemas perdidos al inicio de lo que fue internet), luego por una revolución en nuestros propios sentidos, en la expansión de nuestros horizontes. No sería una fuente homogénea de productos ni de emoción, desconozco si esta lentitud agobiante se debe a la carencia de instancias capaces de reconocer y validar lo poético sin caer en lo inmediato de la novedad. Y esto es algo confuso pues el valor historico de la ficción parece relegar a nuestras palabras a un hecho en el tiempo, solo confirmables por sus efectos a posteriori y formuladas sin verdadero conocimiento de causa (luego sin sentido y sin valor).

Aclaro que dicha vigencia poética tampoco es idéntica al contexto, un espacio poético sensible puede hablar sobre una videocasetera y muchos lectores de varias generaciones podrían vincularse con dichos versos por hallarse próximos a la época donde este objeto cobra todo su sentido. No nos alineamos a la idea del hombre providencial con carácter divino, aunque pensemos comprender la distancia ideal entre los hombres y el rey (receptáculo privilegiado de grandes poemas) nos quedamos cortos ante su valor inmediato de realidad. Quiero decir, reyes existen aún pero no somos sensibles a ellos, podemos ser sensibles al primer hombre que llegó a la luna sin que forme parte de nuestro espacio vital y a sabiendas de que nuestra realidad no se ensaña en repetir estas proezas tecnológicas con el ensueño de los años 60. Esto no refuta la belleza de las obras que no existen en esta misma esfera de sensaciones, précisamente el problema es que los siglos no ha logrado que los elogios versados sean repulsivos y los repetimos entre dientes con una mezcla de horror y confusión.

Afortunadamente somos de esa generación que atesora la sincera ignorancia, nuestras palabras la profesan y la explicación de cualquier objeto se halla a unos cuantos gestos maquinales en alguna base de datos. No es de saber el poema ni el pensamiento, están aún hoy día, fuera de nuestros menoscabos y nuestras historias que muchas veces se terminan antes de empezar.

Medidas

Trato de ser razonable al argumentar sobre literatura pero conforme más examino mi manera de tratar estos temas, más caigo en cuenta en que llego con frecuencia en una situación en que no me dejo ganar. Hay una carencia en mis análisis porque el arte de la redacción no es -pese a mis mejores inclinaciones megalómanas- un asunto de competencia, ni un deseo constante de superación ni un campo de batalla. No se gana en las literaturas, nadie recibe una estrellita por pasar de “bello” a “discutiblemente más bello” aunque admitamos una distancia casi infinita en ese sistema de medida absurdo que podría llamarse (por no otra cosa) la calidad literaria.

Hay tanto discurso que hablar sobre lo “no literario” es forzosamente tocar algo real, entre todo lo que decimos forzosamente mucho -otros dirían casi todo- no es de poesía, no es de arte. De ahí a tratar de privar gratuitamente a las obras de su carácter literario para ensalsar una “verdadera literatura” es inclinarnos a una tarea dialéctica que en el fondo no captura ni es particularmente sensible a lo real. Al hacerme pasar por un sabelotodo temo incurrir en un error análogo, implícitamente desprestigiar objetos que no debieran genuinamente pasar ningún desprestigio.

Estoy por supuesto tratando el caso muy escueto de mi ocasional discusión literaria, verán, para mantener la cordura necesito cuestionarme en lo íntimo si el motivo por el que escribo es sincero (esta frase es una metáfora, entiendo que no necesito razón para escribir), solo que en público no tiene sentido exponer estas carencias íntimas. Sí, mi discurso sobre la literatura es público y el razonamiento detrás de esto es ridículamente sencillo: la crítica literaria es un género artístico y la literatura se supone compartida. Y caigo en un problema que es muy recurrente a cualquier género que se practica con afición: me he polarizado temáticamente, la posibilidad del antagonismo se me impone contra la del parcial elogio que suelo recibir de mi interlocutor. No obstante sigo necio en ese trayecto, exijo una falta de respeto institucional a la palabra y al no recibir esto de los demás me obligo en cierto modo a reproducir este mecanismo.

Hasta cierta hora del día esto me molesta razonablemente, luego entiendo que ciertos entre ustedes disfrutan poniéndome en esa ridícula posición. Y sí, me dejé llevar por el arrullo de mi conclusión inicial, esa de pensar que el lector común se ha inclinado a la pasividad y no se atreve a cuestionar los autores establecidos, que como el modelo mercantil de vender libros se ha hecho de herramientas para el elogio y poco más. Hélàs, me permití pasar por alto un detalle mayor, tan evidente en otras circunstancias y tan absurdamente vital hoy. Verán, tengo alguna habilidad hilando conceptos o analizando discursos pero mi mediocridad al manejarme en sociedad es consabida. ¿¡Qué me hizo pensar que mis lectores actuaban de modo lógico!? Ellos me empujan a la provocación a sabiendas, porque ellos mismos digieren con gusto la crítica y tienen un mejor punto de vista al contemplarla en mí. La figura del autor es algo de lo espectacular, en un género y por lo mismo supone una grosera reducción. Alguien tiene que ser el escritor podrido con las letras pedantes hasta el cuello y unos han decidido que he de ser yo entre todos los otros.

Estos individuos no sabían (porque no escriben) que todo proceso de extensa redacción es uno de reducir y seleccionar argumentos, sistemas narrativos, espacio donde se nos exigexen recortes radicales y que se oponen a la verdadera megalomanía, a eso que sería pretender escribirlo todo. Aquí como me ven, en este blog aparentemente fecundo en su variedad estoy midiendo y reduciendo groseramente mi abanico de temas posibles. Además, creo que estos individuos tienen un déficit de atención, yo no pienso necesariamente el mal que digo, especialmente tratando de literatura requiero una cantidad mínima de ficción, puedo mentir sobre lo que pienso y hacerlo impunemente, con frecuencia.

Estoy mintiendo.