Ventilación

Cuando la tierra está mojada uno puede apoyar su dedo y hacerlo penetrar en el lodo, logrando no una fisura categórica sino una suerte de desagregación controlada, como la que sufre el helado cuando lo cuchareamos. Si una de nuestras llemas se encuentra hundida así tal vez hallemos el olor penetrante de la tierra cerca de nuestro rostro y un simple esfuerzo muscular sirva para guiar en un movimiento circular la superficie del lodo que se va deformando, como imitando cada gesto de nuestro movimiento. Entonces sentimos que el tacto terrestre no es equivalente a la áridez de los asfaltos ni al roce vidrioso de la arena, casi adivinamos en esa caricia breve e íntima la comunión con una entidad viviente, ya sea con el anfibio adormecido de inefable frescura o con el mamífero imberbe cuyo calor imita al bochorno pluvial. En la confusión de nuestros sentidos que no es sino una suerte de abandono de las categorías, de un reencuentro con la evidencia, logramos comprender cosas que acaso nunca supimos. Está llena de bacterias la tierra y a ellas también las olemos.

El tacto como el olor son una serie de impresiones efímeras, en algún momento nos invade ese gusto imperioso de arrastrar nuestra mano hasta el fango y anular nuestra distancia para con él. Hay incluso una suerte de amor que nos convida la humedad, disfrutamos su contacto, casi podríamos decir que nos da hambre. Aquí hago un paréntesis curioso y me doy cuenta que ciertos olores nos dejan una noción de sabor, sugieren una delicia que solo podríamos abarcar devorándola. Materias como el barro solo llegan a conocerse del todo con diversos grados de humedad y de cocción, rigurosamente con el tacto. El heno se me impone como otro olor poderoso, un poco hermano del lodo a su modo, poderosamente estimulante. Entiendo que las percepciones son fragmentarias y que un cerebro derretido no las puede abarcar como uno sano, en esos instantes de incapacidad no hay tal cosa como una experiencia necesaria y fundamental. Por este ejercicio de pensamiento deducimos que el lodo existe en universos donde nuestras manos no lo deforman y lo sopesan, donde no es de la viscosidad, ni de la vida.

Algunos claman que este tipo de artilugios son de la memoria. Podemos ir hasta lo metafísico, nuestros antepasados nos podrían heredar esa reverencia fundamental hacia la tierra, esa distinción fértil que la aleja del polvo que nos es tan indiferente como familiar. Sin embargo en el proceso de temporalización que se lleva a cabo en nuestra menta no queda nada muy claro, podría argumentarse que la memoria se resiste a abarcar un solo objeto: lo evidente, todo lo demás en cierto modo se le impondría. En un vasto campo como ese habría falsas experiencias, momentos dispensables que en la vigilia serían menos reales que un buen sueño. No es decir mucho que el sentir pertenece a la memoria, otro argumento sería el que empleo a ambos y se forman mutuamente (o siempre fueron la misma cosa).

Estamos llenos de conceptos de dudosa riqueza. La religión parece un privilegiado espacio de indefinición, se decide qué contiene o no esta idea en la medida que uno haya su empleo estimulante de un punto de vista conceptual. No hay materia ni punto qué hacer en una esfera tan cambiante, no hay substancia. Si admitimos que lo religioso existe entendemos que es como la caricia que he descrito, una extraña tentativa de experimentar cualquier momento, cualquier cuerpo, en ese estado de inflada realidad que el universo sabe tener. No sustituye ni corrije la realidad, no es un campo de explicación ni revisionismo sino un nervioso estado de lucidez. La gente religiosa busca razones para librarse del terrible miedo que es la experiencia de la vida, de la tierra. No es que de veras alguien pensara que de polvo fuimos hechos, aunque con las bacterias lodosas tengamos un ancestro común.

La verdad íntima es amiga del olvido. El lodo nos cuelga de la piel, lo que parece natural si uno entiendo que lo marcaron nuestros contornos. Solo que el aire actúa y regresa el tacto muerto que ha dejado de ser excepción. La capa seca que entonces nos cubre llega a parecer suciedad y de manera casi contradictoria, nos lleva a la común actitud de evitar esos contactos húmedos, lo que es privarse del gozo por el disgusto. No nos justificamos placeres así, la razón no sabe justipreciarlos. He notado que el elefante, animal memorioso por excelencia, viste la tierra en los días de gran sol y así se pasa su vida.

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