Sería dejar morir

He citado varias veces a Horacio Quiroga y a su décalogo del excelso cuentista, lo que es curioso si se tiene en cuenta que mi encuentro con este texto es enteramente por lecturas secundarias, y que Quiroga es lejos de ser mi autor de cabecera. No obstante es sencillo empeñarse en un objeto de la crítica pues utiliza un vocabulario, un tipo de reflexión, que es propio de los ensayos literarios. Nuestro cerebro hace economías con detalles como el vocabulario, por eso es importante ser tímido o implacable con las palabras, no andar con rodeos innecesarios.

El artículo que deseo discutir hoy día es el de la emoción. Ya saben que yo no la practico, que no hay nada de  emotivo en la impiedad que se constituye con mis frías letras, que el placer intelectual que me procuran basta. Y por supuesto, la emoción en literatura es algo básico, pero siempre es emoción pretendida, groseramente compuesta de gesticulación verbal.  Hay que causar la emoción, no sentirla. Y esto dice Quiroga, más o menos, sugiriendo que no se escriba ante el imperio de la emoción, que se le “deje morir”.

Por primera vez me interrogo sobre el público potencial del decálogo de Quiroga ¿no son demasiado ridículos estos preceptos? Cualquier estudiante, por mínimo que se halla interesado en la lectura, sabe efectuar la división entre lo real y lo ficticio ¿no? Si además pasa que se interesa en la producción de textos, entonces este listado de evidencias le resultaría condescendiente. No quiero decir que no exista el estado cero del escritor, ese en donde se ignore todo el decálogo de Quiroga y se le tome inocentemente, cual si el potencial redactor fuese un niño (y si el texto de Quiroga fuese un verdadero decálogo como término religioso), en un absoluto. Mi duda es si el autor concibio esta breve redacción como un texto que mira más allá, o si realmente buscaba interpretarse con toda ignorancia. Tal vez Quiroga se estimaba tanto que soñó que todos entenderíamos la redacción con sus preceptos, que cada institución educativa los plagiaría. O no, el valor del texto estaría e otro sitio. ¿Cómo saberlo? En aquella época el analfabetismo era una terrible realidad que nos puede sorprender en este día de ordenadores.

Otra idea sería partisana, como muchas de las cosas que redacto aquí. Debemos distinguir mi identificación en dichos partidismos, yo trato de entablar un universo de diálogo entre los conceptos textuales, no existe un espacio de pura verdad en la ficción, la queremos variable. Deseo para preservar este estado de ficcionalidad, un ámbito de crítica donde posiciones opuestas no solo se precisen sino que se sientan inevitables. Hay quienes creerán que la realidad incluye lo ficticio y otros que regiamente lo excluye, mi trabajo es alimentar ambos lados en su contradicción para que se le figuren necesarios al crítico que los aborda. No quiero escritores y lectores convencidos, duden de sus palabras, de sus terminologías, crean en algo que va más allá de lo que han repetido. Duden de mí, ¡hay de ustedes si no dudan de mí! Yo construiré partidos pero no me intereso en representarlos, eso es la elección de cada quién. Quiroga, escritor de un género tradicional (el cuento) podría haber entablado un argumento partisano contra una idea muy popular de la literatura, esa del poeta iluminado, que todo lo saca del ingenio y que revela sus sentimientos.

El arte es un mecanismo de proporciones y el desborde de energía que es la emoción no atina en graduarlo con la seguridad que uno quisiera. Muchos escritores han escrito aterrorizados, literaturas que además resultan buenas. Pero el terror es difícil de detener, la emoción amorosa difícil de reinar, incluso nuestras palabras cotidianas tienen dificultades en abarcar tan complejos estados con la ventaja de la reflexión. Creo que el argumento de no escribir bajo el influjo de la emoción es archiconsabido, la oposición vida/literatura parece fundada en este empeño de contradicción. Solo que no me resigno a dejarle a Quiroga su obviedad.

¿Por qué dejaríamos morir una emoción? Si entiendo la proposición de este cuentista, sería para escribir. Hay emociones como el miedo o la pena que permanecen en nosotros, esas no se pueden simplemente “dejar morir” (o escribiríamos de ultratumba). Y bueno, el amor tiene gran fugacidad, tal vez es la primera emoción que nos viene a la mente, pero dejarlo morir es un extraño método, por lo menos suena a resignación. Y bueno, es que la emoción no es la que muere en sí. Uno muere. Morimos nosotros a la emoción. Cuando uno siente desgarradoramente pero está más allá de la autocompasión y la piedad, logra escribir y sus decisiones parecen guiadas por algo trágico, inevitable. Suena malvado, pero Whitman lo hizo con sentimientos de grandeza.

Que concepto tan… ¿Cristiano? Lo que parece perfectamente en su sitio, ya que este texto es un decálogo. Decidan: Quiroga practicó artero este doble sentido o el vocabulario está embebido de cristianismo.

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