Dos del hoy

La pregunta del motivo literario es una de esas que al postularse casi de inmediato cae en el olvido. Desconozco si esto se debe a la fatiga mental que impondría un trabajo epistemológico o dialéctico del asunto, o sencillamente porque la pregunta resulta algo evidente y su exploración nos parece -al reflexionar un mínimo- absurda. Es difícil prestar motivos a cada asunto de la vida sin inclinarnos por una ideología o adherir fuertemente a un punto de vista, estudiando la palabra nos damos cuenta que los juicios y las preguntas están resueltos incluso antes de abrir la boca, que nuestra solemnidad ante un asunto en vez de otro confirma nuestra parcialidad fundamental y que sin prioridades no hay ideas ni conceptos.

Hablando utilitario, el interrogar el por qué del arte se hace con la intención de prestarle fin. En esos términos parece que el arte debe inclinarse por la utilidad o por el goce gratuito. Es casi imposible argumentar que la literatura es profundamente útil, pues someterla a la ley económica del bien mayor descree de su historia y sus conceptos. Hay personas que utilizan las letras, que en ella encuentran el espacio propicio para denunciar o informar, valorando en cierto modo la proeza comunicativa de las palabras más allá de su poder evocador. Por supuesto la emoción es un medio efectivo de disuasión, tiene su lugar en el uso puro y simple del discurso. No es el lenguaje para razonar sino para convencer, no es de ideas pues ya sometido a una ideología (la utilidad) no puede serlo.

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Siendo un asiduo lector del siglo pasado me encuentro con frecuencia confrontado a una barrera temporal y de muerte que solo encuentra un sentido absoluto en el idioma y la ficción. Verán, en muchos sentidos, para la comprensión de nuestro universo, ausencias como la muerte son más no-objetos, cosas que existen en la medida que nos arrebatan algo tangible y apreciado, el tipo de fenómeno que conlleva la aceptación del tiempo como gesto regular que rige nuestros universos, a los que llamaremos humanos por respeto a los otros animales que nos leen.

En efecto, hay un carácter particular en la amistad con hombres muertos y en promulgar nuestra afición a sus obras. Muchas veces procuramos cuidar esta intimidad congelada con lecturas sucesivas, sea en el complemento de la biografía de los hombres que escribieron o en una voluntaria indiferencia a sus pasiones personales. No todas las amistades se anidan en un solo molde, así tampoco con el lector y el autor. En cuanto a ciertos escritores consagrados, sin duda los tratamos como edificios ya muertos desde hace un tiempo. La ocasional desaparición señalada por una eulología mediática es casi la consecuencia inevitable de un escribir cuya vigencia se ha vuelto un gesto antiguo, que es pertinente en el tiempo del mismo modo que la memoria genética se manifesta en nuestra vida y no tanto como contingencia. En esto consisten muchas lecturas nuestras, aunque cabe señalar la excepción radical del escritor que es en todo nuestro contemporáneo y cuya obra se sigue constituyendo.

Si este autor vigente muere entonces un impacto extraño perturba nuestro ser. Muere una afinidad profunda que no supimos encasillar en un concepto. Podríamos reaccionar de modo análogo frente al deceso de un amigo de amigo, de un colega sin mayor vínculo con nosotros, y sin embargo en la acción de la lectura una intimidad irreversible se manifiesta. No presumo dominar el conocimiento de la carne y los sentimientos, entiendo que esta experiencia tendría algo de falso pues uno no es de la emoción si es del control. No obstante me permito la libertad estética de calificar esta desaparición súbita de un autor estimado a aquella de una persona con la que compartimos un momento pasional, como los amores de verano que tuvieron su marca irreversible en nosotros y que sin embargo se sitúan en un sitio inaccesible que se parece a la memoria.

Sin estas pequeñas tragedias tal vez no sería transparente para nosotros, los lectores que devoramos y casi no tenemos memoria para rememorar la literatura, que los autores son entes vivientes como cualquier otro. No fallecieron en escribir o por lo menos no en sentido estricto.

Y este no es sino uno de los breves problemas que postula seguir viviendo en un mundo con escritores, aunque en parte también todos los otros hombres que respiran a nuestro alrededor se prestan a la incomodidad, al extraño fenómeno de la identidad ajena y a lo inesperado que es del desencanto o el goce.

Desmente

La capacidad de elegir es propia del hombre. En este caso, por supuesto, los animales son hombres, porque el hombre es discreto y único mientras que al animal lo amontonamos en una masa deforme. No es menos elector el animal, aunque no sea para nuestros conceptos, muy poderoso. Elegir se asemeja al gesto de imposición, a la mano del poderoso, pero es solo una intuición falaciosa: elegir es para quien toma decisiones, un abandono, un sacrificio.

Dice el narrador omnisciente de Spider-Man que un gran poder implica una gran responsabilidad. Ambas nociones se encuentran en el modelo de la decisión, ambas derivan de esta. No hay poder sin decisión, sin decisión de antemano, no hay responsabilidad tampoco sin ella. Así que la elección antecede al poder, es su fuente demiurgica, al elegir, como al iniciar un texto, iniciamos una línea consecuente que crea un universo en que la decisión es aceptada. Ninguna acción puede corregirla, no hay verdaderas oposiciones, todo es consecuencia.

Por esto toda decisión es de cierto modo estética. Nos queda siempre esta impresión de fluctuar entre lo correcto y lo equivocado, hablo casi de la geometría que deriva de nuestro cerebro verbal, de una función matemática y no de lo que podríamos pensar un estado de lo moral. Cuando se habla de bien y de mal no se puede hablar de “ética” sino de “estética”, pues hay simetría. En todo caso, no se pueden diferenciar libremente ambos conceptos, pues se hallan en un estado imposible: aquel que precede la decisión, la ignorancia de lo que será.

¿Cómo llegamos al momento antes del tiempo? El lenguaje lo entiende por un absurdo, por un estado previo al axioma, entiéndase, un idioma sin definiciones. Yo le hablo de ética y de estética como entidades similares, que se traslapan, pero a la vez borrosas; si uno parte de una oposición entre ambas -como suele partir la crítica del arte-, ya se ha asumido un universo y una definición. ¿Y antes? Antes aún no hay nada, el idioma literalmente nos traduce un sinsentido y una inconsecuencia. Es gracioso pensar que cierta definición de libertad derivaría de esta circunstancia: si la libertad es tener la capacidad de elegir, antecede a la situación, no es nada, no asume definiciones, es incoherente. La libertad es una incoherencia, pero no es la mejor incoherencia. Encontraremos otras, el sistema semántico formula nuevas y mejores contradicciones cuando se asume cualquier lenguaje, en las múltiples deliciosas elecciones que se nos presentan se vislumbra un universo de posibles, la variedad matemática que va poco a poco desnudando la realidad, una realidad (nunca toda la realidad).

Para decir que en gustos no hay lógica, y que las extrañas sensaciones estéticas que a veces tomamos solo tienen más sentido bañadas en medio de una enorme contradicción. Hablo muchas veces de variedad pero el asunto no consiste en realidad en objetos de diversas índoles, estamos hablando verdaderamente de <em>periferia</em>. La belleza de lo que no se puede ver, de lo que está más allá del campo de lo probable. Es verosímil que el objetivo de la ficción y del lenguaje estén en el carácter intangible de lo insospechable, por fuerza inefable. Intuitivamente real. Sentimos las diferencias, esto no es arduo. Creo en la predicción de la periferia, que además no es el futuro si bien nuestra identidad es también varia, no estamos en el espacio del otro, ni del censurado. Cuanto más lo pienso se me figura que nuestro futuro es como una periferia también, y que en su negación consiste la afirmación del presente, caemos luego en cuenta que el futuro no fue, que la inconsecuencia de toda decisión está predicha en el instante que conocemos como presente y que todo pasado está ya fuera de nuestra vista, en un sitio tan distante que ninguna palabra puede tocarlo.

Cuanta contradicción ¿no? En vez de buscar en el pasado un sitio anterior a la decisión o a la elección misma nos empecinamos en buscar allí el resultado de nuestras acciones, de hacer un hilo de consecuencias, como si la historia se repitiera, ¿cómo puede repetirse si no existió en primer lugar? ¿por qué

Ventilación

Cuando la tierra está mojada uno puede apoyar su dedo y hacerlo penetrar en el lodo, logrando no una fisura categórica sino una suerte de desagregación controlada, como la que sufre el helado cuando lo cuchareamos. Si una de nuestras llemas se encuentra hundida así tal vez hallemos el olor penetrante de la tierra cerca de nuestro rostro y un simple esfuerzo muscular sirva para guiar en un movimiento circular la superficie del lodo que se va deformando, como imitando cada gesto de nuestro movimiento. Entonces sentimos que el tacto terrestre no es equivalente a la áridez de los asfaltos ni al roce vidrioso de la arena, casi adivinamos en esa caricia breve e íntima la comunión con una entidad viviente, ya sea con el anfibio adormecido de inefable frescura o con el mamífero imberbe cuyo calor imita al bochorno pluvial. En la confusión de nuestros sentidos que no es sino una suerte de abandono de las categorías, de un reencuentro con la evidencia, logramos comprender cosas que acaso nunca supimos. Está llena de bacterias la tierra y a ellas también las olemos.

El tacto como el olor son una serie de impresiones efímeras, en algún momento nos invade ese gusto imperioso de arrastrar nuestra mano hasta el fango y anular nuestra distancia para con él. Hay incluso una suerte de amor que nos convida la humedad, disfrutamos su contacto, casi podríamos decir que nos da hambre. Aquí hago un paréntesis curioso y me doy cuenta que ciertos olores nos dejan una noción de sabor, sugieren una delicia que solo podríamos abarcar devorándola. Materias como el barro solo llegan a conocerse del todo con diversos grados de humedad y de cocción, rigurosamente con el tacto. El heno se me impone como otro olor poderoso, un poco hermano del lodo a su modo, poderosamente estimulante. Entiendo que las percepciones son fragmentarias y que un cerebro derretido no las puede abarcar como uno sano, en esos instantes de incapacidad no hay tal cosa como una experiencia necesaria y fundamental. Por este ejercicio de pensamiento deducimos que el lodo existe en universos donde nuestras manos no lo deforman y lo sopesan, donde no es de la viscosidad, ni de la vida.

Algunos claman que este tipo de artilugios son de la memoria. Podemos ir hasta lo metafísico, nuestros antepasados nos podrían heredar esa reverencia fundamental hacia la tierra, esa distinción fértil que la aleja del polvo que nos es tan indiferente como familiar. Sin embargo en el proceso de temporalización que se lleva a cabo en nuestra menta no queda nada muy claro, podría argumentarse que la memoria se resiste a abarcar un solo objeto: lo evidente, todo lo demás en cierto modo se le impondría. En un vasto campo como ese habría falsas experiencias, momentos dispensables que en la vigilia serían menos reales que un buen sueño. No es decir mucho que el sentir pertenece a la memoria, otro argumento sería el que empleo a ambos y se forman mutuamente (o siempre fueron la misma cosa).

Estamos llenos de conceptos de dudosa riqueza. La religión parece un privilegiado espacio de indefinición, se decide qué contiene o no esta idea en la medida que uno haya su empleo estimulante de un punto de vista conceptual. No hay materia ni punto qué hacer en una esfera tan cambiante, no hay substancia. Si admitimos que lo religioso existe entendemos que es como la caricia que he descrito, una extraña tentativa de experimentar cualquier momento, cualquier cuerpo, en ese estado de inflada realidad que el universo sabe tener. No sustituye ni corrije la realidad, no es un campo de explicación ni revisionismo sino un nervioso estado de lucidez. La gente religiosa busca razones para librarse del terrible miedo que es la experiencia de la vida, de la tierra. No es que de veras alguien pensara que de polvo fuimos hechos, aunque con las bacterias lodosas tengamos un ancestro común.

La verdad íntima es amiga del olvido. El lodo nos cuelga de la piel, lo que parece natural si uno entiendo que lo marcaron nuestros contornos. Solo que el aire actúa y regresa el tacto muerto que ha dejado de ser excepción. La capa seca que entonces nos cubre llega a parecer suciedad y de manera casi contradictoria, nos lleva a la común actitud de evitar esos contactos húmedos, lo que es privarse del gozo por el disgusto. No nos justificamos placeres así, la razón no sabe justipreciarlos. He notado que el elefante, animal memorioso por excelencia, viste la tierra en los días de gran sol y así se pasa su vida.

Sería dejar morir

He citado varias veces a Horacio Quiroga y a su décalogo del excelso cuentista, lo que es curioso si se tiene en cuenta que mi encuentro con este texto es enteramente por lecturas secundarias, y que Quiroga es lejos de ser mi autor de cabecera. No obstante es sencillo empeñarse en un objeto de la crítica pues utiliza un vocabulario, un tipo de reflexión, que es propio de los ensayos literarios. Nuestro cerebro hace economías con detalles como el vocabulario, por eso es importante ser tímido o implacable con las palabras, no andar con rodeos innecesarios.

El artículo que deseo discutir hoy día es el de la emoción. Ya saben que yo no la practico, que no hay nada de  emotivo en la impiedad que se constituye con mis frías letras, que el placer intelectual que me procuran basta. Y por supuesto, la emoción en literatura es algo básico, pero siempre es emoción pretendida, groseramente compuesta de gesticulación verbal.  Hay que causar la emoción, no sentirla. Y esto dice Quiroga, más o menos, sugiriendo que no se escriba ante el imperio de la emoción, que se le “deje morir”.

Por primera vez me interrogo sobre el público potencial del decálogo de Quiroga ¿no son demasiado ridículos estos preceptos? Cualquier estudiante, por mínimo que se halla interesado en la lectura, sabe efectuar la división entre lo real y lo ficticio ¿no? Si además pasa que se interesa en la producción de textos, entonces este listado de evidencias le resultaría condescendiente. No quiero decir que no exista el estado cero del escritor, ese en donde se ignore todo el decálogo de Quiroga y se le tome inocentemente, cual si el potencial redactor fuese un niño (y si el texto de Quiroga fuese un verdadero decálogo como término religioso), en un absoluto. Mi duda es si el autor concibio esta breve redacción como un texto que mira más allá, o si realmente buscaba interpretarse con toda ignorancia. Tal vez Quiroga se estimaba tanto que soñó que todos entenderíamos la redacción con sus preceptos, que cada institución educativa los plagiaría. O no, el valor del texto estaría e otro sitio. ¿Cómo saberlo? En aquella época el analfabetismo era una terrible realidad que nos puede sorprender en este día de ordenadores.

Otra idea sería partisana, como muchas de las cosas que redacto aquí. Debemos distinguir mi identificación en dichos partidismos, yo trato de entablar un universo de diálogo entre los conceptos textuales, no existe un espacio de pura verdad en la ficción, la queremos variable. Deseo para preservar este estado de ficcionalidad, un ámbito de crítica donde posiciones opuestas no solo se precisen sino que se sientan inevitables. Hay quienes creerán que la realidad incluye lo ficticio y otros que regiamente lo excluye, mi trabajo es alimentar ambos lados en su contradicción para que se le figuren necesarios al crítico que los aborda. No quiero escritores y lectores convencidos, duden de sus palabras, de sus terminologías, crean en algo que va más allá de lo que han repetido. Duden de mí, ¡hay de ustedes si no dudan de mí! Yo construiré partidos pero no me intereso en representarlos, eso es la elección de cada quién. Quiroga, escritor de un género tradicional (el cuento) podría haber entablado un argumento partisano contra una idea muy popular de la literatura, esa del poeta iluminado, que todo lo saca del ingenio y que revela sus sentimientos.

El arte es un mecanismo de proporciones y el desborde de energía que es la emoción no atina en graduarlo con la seguridad que uno quisiera. Muchos escritores han escrito aterrorizados, literaturas que además resultan buenas. Pero el terror es difícil de detener, la emoción amorosa difícil de reinar, incluso nuestras palabras cotidianas tienen dificultades en abarcar tan complejos estados con la ventaja de la reflexión. Creo que el argumento de no escribir bajo el influjo de la emoción es archiconsabido, la oposición vida/literatura parece fundada en este empeño de contradicción. Solo que no me resigno a dejarle a Quiroga su obviedad.

¿Por qué dejaríamos morir una emoción? Si entiendo la proposición de este cuentista, sería para escribir. Hay emociones como el miedo o la pena que permanecen en nosotros, esas no se pueden simplemente “dejar morir” (o escribiríamos de ultratumba). Y bueno, el amor tiene gran fugacidad, tal vez es la primera emoción que nos viene a la mente, pero dejarlo morir es un extraño método, por lo menos suena a resignación. Y bueno, es que la emoción no es la que muere en sí. Uno muere. Morimos nosotros a la emoción. Cuando uno siente desgarradoramente pero está más allá de la autocompasión y la piedad, logra escribir y sus decisiones parecen guiadas por algo trágico, inevitable. Suena malvado, pero Whitman lo hizo con sentimientos de grandeza.

Que concepto tan… ¿Cristiano? Lo que parece perfectamente en su sitio, ya que este texto es un decálogo. Decidan: Quiroga practicó artero este doble sentido o el vocabulario está embebido de cristianismo.