Pares

Uno no lee y piensa en ese orden, tampoco creo que tengamos un ejercicio simultáneo o inmediato de ambas acciones, como si se pudiese pensar o leer sin hallarse frente a una colección innúmerable de instantes, como si el hombre viviese del instante como su mente embrutecida puede sugerirle. No, secuencia y orden en pensamiento y lectura no son cosas fáciles de practicar, ni la lectura es una acción tan corta para desplazarla rutinariamente en su totalidad ni el pensamiento tan libre que a voluntad se nos presente. Es experiencia, renovada, cada vez que uno tiene un libro, se siente y se encuentra en la indisciplina generosa que viene de tratar de leer, de tratar de pensar.

Alma. Es algo que se nos juega en esos instantes comprometidos en los que nos enfrentamos a toda la belleza de los textos, con sus recompensas a veces miserables. Llegará el día en que un texto hermoísimo e ineluctable se encuentre bajo mis ojos sin que reconozca su valía. Entonces habré perdido mi espiritu irremediablemente, sin duda puedo contar las horas a ese ineluctable momento, o al abandono motivado por el temor que lo precede o lo remplaza: indiferencia sobre leer, no más leer, darse a la nada. Se puede ver también la lectura como un hábito en el cual no hay desafía y el lector nunca está en peligro, hablaríamos entonces de un simulacro imperfecto que con algún ingenio reemplaza a la vida. A este extraño artificio respondería que nuestra incapacidad de situar la lectura o la idea no implica por ende que ningún pensamiento o ningún texto exista. Los libros son de la vida, querer excluirlos de su totalidad, de su conmoción sensible y arrolladora, es admitir que se quiere morir. Solo que esos decesos son para luego, pienso legítimo estimar el mínimo orden exigido por la biología y discutir un poco del momento en que nacemos a la lectura y nos enfrentamos a la evidencia de que antes de perderla, la tuvimos. Alma.

Antes de ser un gran lector y un glotón de palabras, fui uno mediocre, del montón. Si, pertenezco a un montón apenas ligeramente más condecorado en el imaginario, pero al montón que pertenecí, con su indiscutible multitud probada por la estadística, era menos exclusivo. Entonces yo leía pues me decían que leer era bueno, casi implicando que se trataba de algo necesario. También buscaba la distracción, sin que sufriera, deseaba reemplazar una inactividad o una ausencia de carácter por la facilidad y borrosa personalidad de un texto de fácil aborde. Nada de grandes clásicos, palabrejas que se quieren divertidas, ordenadas y que persiguen algún fin que la belleza estética no alcanza a contener por sí sola. Si la belleza contuviera todo, no sería gran cosa. Tal vez no lo sea y nunca lo será. Pero si fue ilusión, y en ese entonces mi ilusión conjugaba un no-ser, la ausencia de ambición de los textos cualesquiera que todos conocemos.

Era la primera vez que leía, solo que no podía saberlo entonces ¿cómo darse cuenta? Decifrar palabras y extraerles sentido no nos vuelve de lleno lectores, carece de carácter moral, es menos que traducir. ¿Saben qué pensaba de ese primer texto? Creí que era muy bueno. Y por supuesto, mi opinión de entonces era todo lo criticable que se puede ser, solo que me colocaba de nuevo ante la penosa evidencia de la belleza ¿no? si algo que bueno, obvio que otras cosas no lo son. Estaba descubriendo la lectura sin poder comprenderla, sin restituirle su valor fuera de la mecanicidad fatigosa de lo aprendido en la escuela, de pensar que un texto dice una sola cosa y ya, no va más lejos. Esa lectura a posteriori no me tocó desde un inicio. Experiencia insensible, puede decirse. Luego llegó (¿volvió?) el pensamiento, y entonces…

Estos libros de jóvenes, los conocen, se empeñan en largas sagas, varios libros que garantizan a sus editores una pequeña felicidad monetaria. El azar permitió que esta serie de tomos en particular tuviese tramas más o menos independientes, logrando una identidad distinta a cada relato. Deduje, pues el rigor matemático, aún en esa edad se me imponía, que el episodio siguiente no sabría gustarme tanto, que ese afán de continuidad conocería su límite. Entonces ya intuía la propia pereza en cierto modo, que un ejercicio cualesquiera de atravesar un texto no era una cierta lectura. Por supueto, pensé entonces que la diferencia estaba en el texto, o en mi nostalgia por la lectura original, o en algo tal vez concreto y de experiencia, no sorteado entre dos instantes confusos e inconexos. Luego leería más, reconocería mis intuiciones en otros objetos, y sabría (con pena, con satisfacción) que tenemos un número contado de lecturas.

Dos momentos. Cada experiencia que no apropiamos se conjuga como algo -por lo menos- doble. Esto hace que la muerte no sea nuestra, que en ella no alcancemos a fabricar un alma y que en cierto modo, figurado en un principio pero acaso literal, se nos escape el dejo de espíritu que nos sostiene aún hoy. Siempre hoy. A varias veces aquí.

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