Sin título

Lo raro de las excusas en literatura es que les prestamos importancia. Creo que las actividades humanas son un sitio privilegiado para justificar carencias y la literatura, que es un arte de llenarse la boca de rastros, no puede quedarse sin estos enunciados. Yo entiendo que el disgusto de estos enunciados nos es mínimo por costumbre ¿no hay libros enteros plagados de personajes que no se deciden a nada? Tenemos genealogías de cobardes e insuficientes, los mejores entre ellos incluso tienen una dimensión grandiosa en su fragilidad (pienso a Hector, que no sabría ser un héroe a los ojos de nuestros jóvenes). De los autores ni hablar, esos, siendo hombres, no pueden sino reflejar lo que todos reflejamos contra nuestra voluntad.

Lo extraño es que cuente, el menoscabo. Es común notar carencias y hacerlas a un lado, todo agente humano precisa sortear sus propias flaquezas para lograr el éxito de sus fuerzas. Pero en literatura a veces buscamos razón en la debilidad y entramos en un turbio discurso digno de las mejores ficciones. Un escritor falla en la perfección de su empresa y encontramos en ello algún alivio, de otro modo, el lector tendría dificultades en soñar una mejor. ¿No es fácil admitir en García Marquez o en Calvino fragilidades varias sin que por esto sus obras pierdan estima? No hablemos de individuos más consagrados, de los Cervantes o Goethes del mundo.

Ya en los poemas de Baudelaire adivinamos un estado de desengaño en la estética que reniega un poco el clasicismo, pero la verdad terrible vendría luego, esa que nos haría culturalmente temerosos de la perfección, de los idéales. La perfección se nos figura arrogante, lo puro se sitúa en un incómodo medio entre la indiferencia y el horror, nos permitimos admirarlo como a la contingencia mortal, al choque de vehículos en la autopista. Está distante el ideal, nosotros no habitamos el mismo mundo. Necesitamos lo feo en la literatura porque es ese nuestro lenguaje, el lenguaje de lo desencajado. Todo esto por un lado, sin duda. Algo de nuestro amor a las excusas se sustenta en esta ilusión de realidad.

He usado la palabra contingencia y se puede decir, sin deformar demasiado nuestro sistema de conceptos, que la narrativa acumula lo contingente. Es utilitario narrar, casi siempre una escena anterior sirve de presentación o ambiente para la que sigue. Hay vacíos y llenos en los textos, predican a manera de necesidades artificiales, que se pueden asemejar, acómodandose en el sitio correcto, a las excusas. El escritor promedio no es tan inocente que no se postule preguntas sobre sus personajes y sus circunstancias, en un esfuerzo de que su narración se justifique. No es muy sincera esta tarea. Entiendo que la utilidad es la excusa perfecta para cometer un número ejemplar de errores: Una película que contiene hoyos y consta de una narración incoherente subordona el desarrollo de su trama a la verosimilitud de la misma. Hay cierto punto de vista malicioso que puede volver a quien se esfuerza en justificarse en un fraguador de excusas. Al narrar estamos en el terreno de la constante justificación, el lector se debe una paciencia liberal a las justificaciones si desea ver de frente cualquier narración que se le presente.

El objetivo de esta entrada no es disecar los tipos de excusa que existen, hay muchas y vienen desde el prejuicio, la clarivirencia, la ignorancia o el desatino al traducir. Entiendo que en género las excusas que uno postula al hablar de cuando un autor falla son de naturalezas tan diversas que tratarlas como conjunto puede inducir en el error. La argumentación extraña que acabo de hacer es de orden estético y desorden moral, busca señalar que nos gustan las excusas. Mi favorita entre todas es la muerte, pues en su azarosa perfección completa de manera magistral lo que todos los hombres alcanzamos. Es venturoso hallar en la muerte una fracción digna de llamarse así.

¿Será acaso que todos los errores sirven a su manera de fracción precisa en los límites de una obra? Si perdiésemos el vicio de la totalidad tal vez los despropósitos serían superadores: mostrarían que la literatura no es lo absoluto y nos ayudarían a perseguir la siguiente lectura sin confusión. Y esto me lleva a pensar… ¿No es todo final una excusa?

Casos de trazos

Incluso quienes descreen de la poesía como proyecto estético vigente estarían prestos a admitir que la calidad de la misma es dispar, que mucho de lo lírico puede ser tachado de mediocre, de febril, de impropio. Por ende, hay alguna estética en el asunto, los poemas no cedieron su papel de objeto bello porque el lector olvidara cómo reconocer un metro o valorar una imágen, sencillamente el espectador distraído de los pequeños milagros líricos empezó a mirar en otros sitios, dejando a los vates enajenados en una esquina. Para sobrevivir a los ojos del mundo, o mejor dicho, como la humanidad necesita un mínimo de poemas para sobrevivir, este ejercicio verbal se fue sangrando a otros medios, tomando nuevas formas. Muchas son desestimadas por motivos varios, pienso que el primero de todos es suponer la poesía como un arte de iniciados, como su situación de mundo aparte que fue más su castigo que su verdadera naturaleza.

La práctica editorial tiene que lidiar con la realidad de estos juicios un poco arbitrarios, hacer malabares con el adjetivo poético que a los ojos de unos es peyorativos y a otros se les presenta con imperiosa necesidad. A la hora de imprimir, el poema tradicional es fuerza de convicción, nadie se hace rico publicando/escribiendo poesía. Es en los géneros más empleados como novela o biografía en que la asimilación con la lírica carga con un sentido dudoso, o debieramos decir, solemne. Ser género es dar a esperar, es entrar en el juego de supuestos que los lectores deben traducir con alguna certeza (a riesgo de sentirse ridiculizados y excluídos del hobby que efectúan con placer). Si leo una novela es que quiero darle rienda suelta a mi gusto por la narrativa, al hermanar dicho texto con los poemas en cierto modo traiciono esta voluntad de claridad original en que se me explica como a un infante lo que pretendo leer.

Para lo que concierne al arte y a los valores, la sociedad dicha occidental pregona una suerte de culto a la pureza, de especialización metódica. Tenemos a lo híbrido por producto secundario, una mala destilación de fuentes puras que logra hacer un poco de todo, mas nada logra del todo bien. Si una novela es poética, la tendremos por un poema mal logrado o de algún modo, por una narración disjunta. Entonces usar el adjetivo de lo lírico en un objeto artistico otro, se puede leer como un insulto. A veces el sentido escapa a este rigor y se le toma como una acumulación feliz: es todo lo bueno que tiene una novela y además tiene dichas que nos brinda la poesía. Ambas lecturas son primitivas pues no dan cuenta de lo inevitable de la poesía y de su influencia en cualquier estilo. Tomo un ejemplo de Yôko Ogawa, cuya escritura no sabría bien describir sin pasar por el poema.

Yasashī uttae tiene por método el de la creación del ambiente, de concebir un espacio sensible en donde el silencio predomina y una tensión subyacente se deja crecer. El juego de lo sensible, incluso de lo audible, es manifiesto en su deseo de alcanzar una belleza de seducción. Esto es jugar con lo poético en primer plano, manejar su materia como se manipulan los deseos sicológicos de un personaje o los eventos controlados por el azar para dar a los textos algo de infalible. Es un texto muy emocional, por lo que se sucitan fuerzas análogas en el lector, se le lleva a un espacio de sentimientos convencionales, sí, pero magnificados en la fuerza del estilo. Un texto así no existe sin poesía y de un punto de vista editorial, no sabría interesarle a un lector casual sin el abuso atinado de la evocación.

Imposible asimilar a Yasashī uttae con un texto de iniciado, es accesible al punto de parecer fórmula. Nada más predecible que la lenta trama, nada más aburguesado que su temática sentimental, nada más comercial que su contada y ligera brutalidad. El mercado japonés reniega de la distancia tradicional entre texto literario y entretenimiento, ha popularizado -por no usar el término farsante de democratización- sus medios de expresión para lograr hibridaciones felices. Desconozco si los recursos de Ogawa se regocijan en esta nueva particularidad o si coinciden con una línea más particular. Entiendo que en cierta medida defraudan nuestro supuesto de género puro y muestran por momentos que la poesía está en todo sitio.

También el adjetivo oral es víctima de malentendidos análogos, en ocasión una novela oralizada solo brilla por su expresión mediocre que se sostiene de un hilo. Lo oral para algunos es lo anti-poético. A dichos desertores los remito a Juan José Saer o a Margarite Duras a quienes se les trata de encasillar en el experimento.

Poesía, truco

Debería hablar más de poesía en este blog.

En este blog siempre hablo de poesía.

La coincidencia es curiosa no tanto por su aparente contradicción, sino por su feroz caracter inmaterial. Me encantaría tapizar estos html en mis horas perdidas con brillantes descubrimientos líricos y compartir, lo que es rigor, mi amor de las palabras con el mundo. Solo que no publico acá mis textos ni me da por elaborar en los textos de otros, o hacer el comentario.

Nada más sencillo que justificar esta carencia crítica. Siendo un enamorado del género poético no quiero prestarme al juego académico de decifrar poemas como si los poemas fuesen para decifrarse. Tal imagen quiere decir tal cosa, tal cadencia comunica tal sentimiento y así no. Se me hace un poco ridículo, pongámonos metatextuales para ilustrar mi punto:

Debería hablar más de poesía en este blog.

En este blog siempre hablo de poesía.

El fragmento abre con dos líneas cortas en sucesión que, por su aparente oposición, se expresan por separado, buscando acentuar su relación contradictoria e inmediata. Encontramos los mismos elementos sorteados en varias ciruncstancias, la insistencia de “este blog” nos remite a lo inmediato y a la materialidad del soporte empleado (de la lectura efectuada, contradictorio hablar de materialidad debido a que nos encontramos en el ámbito digital, se entiende que a esto remite el término blog). El autor establece una relación entre el término habla y la poesía, ambos expresados con una oralidad, distintos pues la poesía aunque se recita a viva voz no se “habla”, o mejor dicho, no se considera poética mientras uno la trata como tema. Este formato declarativo, reiterativo, expresa ya en sí una resistencia a lo tradicionalmente lírico, sin por esto refutar su validez (la insistencia, el eco y la repetición siendo también elementos típicos del poema).

¿Tienen la paciencia de leer esas payasadas? Y bueno, admitamos que un lector recurrente de mi blog es por ende una suerte de santo cultivador de infinita escucha, de todos modos de mi parte sería un abuso imponerles algo que se puede catalogar meramente de ejercicio.  Mi respeto supersticioso a la lírica me impide presentar una redacción así. Discutir en voz alta del asunto sería otra cosa.

Hay algo condescendiente en el aparato crítico que de algún modo se vuelve más real a la lectura. Me gusta pensar que pregono un irrespeto sano hacia mi lector, pero no puedo correr riesgos innecesarios, tengo responsabilidades al expresarme públicamente. El presupuesto de que la poesía debe decifrarse para ser me da bronca. Es un juicio exterior que con mis propios recursos no puedo solucionar así que me economizo el esfuerzo simplemente evitando su propagación en lo que concierne a mi obra. Niego el comentario y restituyo su valor a la impresión, cuya falta de rigor pone un agradable peso alrededor de mi propio cuello.

Sobre compartir (más) escritos míos aquí, lo he contemplado, tal vez llegue ese día. El formato me postula algunas dificultades, tal vez las explique otro día para no hacer mi trabajo innecesariamente opaco -lo de un escritor que entrega un producto terminado y místico me parece burdo-. Compartir poesía de otros es tal vez la propuesta que me parece mejor, ¿podría comunicar el estima que me merecen estos textos sin caer en la figuración érudita o el pudoroso silencio? Es un balance que requiere su trabajo aunque su mérito no me parece despreciable. Aunque no soy un recitador excelso, me gustaría poder discutir los textos a viva voz, existe en ese proceso una sinceridad y una concentración especiales que son de mutuo acuerdo y que me temo, no se manifiestan a voluntad cuando se comunica en letra.

Otro pudor más inútil aún me atormenta: la publicación virtual de textos ajenos tiene algo de deshonesto a mi parecer. Mi respeto a los derecho-habientes de la obra de un difunto es limitado, pero robar la voz de alguien vivo es un artificio que en lo íntimo me indispone. Préciso que no me detendrá cuando llegue la hora pues el lenguaje en sí es un préstamo enorme de recursos, una desproporción de plagios. Y lo haré porque mi experimento anterior, hablar de un texto que no está presente, disponible ante el lector, terminó por remitir a una escolaridad involuntaria.

No hay instituciones poéticas, así que hagamos de lado esos formatos e improvisemos un par de pases mágicos. Un buen mago anuncia el truco, e invariablemente distrae a la audiencia.

Pares

Uno no lee y piensa en ese orden, tampoco creo que tengamos un ejercicio simultáneo o inmediato de ambas acciones, como si se pudiese pensar o leer sin hallarse frente a una colección innúmerable de instantes, como si el hombre viviese del instante como su mente embrutecida puede sugerirle. No, secuencia y orden en pensamiento y lectura no son cosas fáciles de practicar, ni la lectura es una acción tan corta para desplazarla rutinariamente en su totalidad ni el pensamiento tan libre que a voluntad se nos presente. Es experiencia, renovada, cada vez que uno tiene un libro, se siente y se encuentra en la indisciplina generosa que viene de tratar de leer, de tratar de pensar.

Alma. Es algo que se nos juega en esos instantes comprometidos en los que nos enfrentamos a toda la belleza de los textos, con sus recompensas a veces miserables. Llegará el día en que un texto hermoísimo e ineluctable se encuentre bajo mis ojos sin que reconozca su valía. Entonces habré perdido mi espiritu irremediablemente, sin duda puedo contar las horas a ese ineluctable momento, o al abandono motivado por el temor que lo precede o lo remplaza: indiferencia sobre leer, no más leer, darse a la nada. Se puede ver también la lectura como un hábito en el cual no hay desafía y el lector nunca está en peligro, hablaríamos entonces de un simulacro imperfecto que con algún ingenio reemplaza a la vida. A este extraño artificio respondería que nuestra incapacidad de situar la lectura o la idea no implica por ende que ningún pensamiento o ningún texto exista. Los libros son de la vida, querer excluirlos de su totalidad, de su conmoción sensible y arrolladora, es admitir que se quiere morir. Solo que esos decesos son para luego, pienso legítimo estimar el mínimo orden exigido por la biología y discutir un poco del momento en que nacemos a la lectura y nos enfrentamos a la evidencia de que antes de perderla, la tuvimos. Alma.

Antes de ser un gran lector y un glotón de palabras, fui uno mediocre, del montón. Si, pertenezco a un montón apenas ligeramente más condecorado en el imaginario, pero al montón que pertenecí, con su indiscutible multitud probada por la estadística, era menos exclusivo. Entonces yo leía pues me decían que leer era bueno, casi implicando que se trataba de algo necesario. También buscaba la distracción, sin que sufriera, deseaba reemplazar una inactividad o una ausencia de carácter por la facilidad y borrosa personalidad de un texto de fácil aborde. Nada de grandes clásicos, palabrejas que se quieren divertidas, ordenadas y que persiguen algún fin que la belleza estética no alcanza a contener por sí sola. Si la belleza contuviera todo, no sería gran cosa. Tal vez no lo sea y nunca lo será. Pero si fue ilusión, y en ese entonces mi ilusión conjugaba un no-ser, la ausencia de ambición de los textos cualesquiera que todos conocemos.

Era la primera vez que leía, solo que no podía saberlo entonces ¿cómo darse cuenta? Decifrar palabras y extraerles sentido no nos vuelve de lleno lectores, carece de carácter moral, es menos que traducir. ¿Saben qué pensaba de ese primer texto? Creí que era muy bueno. Y por supuesto, mi opinión de entonces era todo lo criticable que se puede ser, solo que me colocaba de nuevo ante la penosa evidencia de la belleza ¿no? si algo que bueno, obvio que otras cosas no lo son. Estaba descubriendo la lectura sin poder comprenderla, sin restituirle su valor fuera de la mecanicidad fatigosa de lo aprendido en la escuela, de pensar que un texto dice una sola cosa y ya, no va más lejos. Esa lectura a posteriori no me tocó desde un inicio. Experiencia insensible, puede decirse. Luego llegó (¿volvió?) el pensamiento, y entonces…

Estos libros de jóvenes, los conocen, se empeñan en largas sagas, varios libros que garantizan a sus editores una pequeña felicidad monetaria. El azar permitió que esta serie de tomos en particular tuviese tramas más o menos independientes, logrando una identidad distinta a cada relato. Deduje, pues el rigor matemático, aún en esa edad se me imponía, que el episodio siguiente no sabría gustarme tanto, que ese afán de continuidad conocería su límite. Entonces ya intuía la propia pereza en cierto modo, que un ejercicio cualesquiera de atravesar un texto no era una cierta lectura. Por supueto, pensé entonces que la diferencia estaba en el texto, o en mi nostalgia por la lectura original, o en algo tal vez concreto y de experiencia, no sorteado entre dos instantes confusos e inconexos. Luego leería más, reconocería mis intuiciones en otros objetos, y sabría (con pena, con satisfacción) que tenemos un número contado de lecturas.

Dos momentos. Cada experiencia que no apropiamos se conjuga como algo -por lo menos- doble. Esto hace que la muerte no sea nuestra, que en ella no alcancemos a fabricar un alma y que en cierto modo, figurado en un principio pero acaso literal, se nos escape el dejo de espíritu que nos sostiene aún hoy. Siempre hoy. A varias veces aquí.