Edad de razón

Aunque no dudo de la inteligencia de los editores (¿por qué habría duda? un poco de fe en el género humano en general no hace daño a nadie), no espero de ellos juicios o conceptos extremadamente originales. No digo por esto que no haya una cantidad de innovaciones articulables en la edición, sino que la naturaleza del publicar, acto social y publico en sí, responde al caracter evolutivo de nuestra cultura y nuestras instituciones, cuyo metabolismo no responde a la creatividad individual. Hay una cadencia para estos ejercicios que un editor avisado logra combinar con sus económicos proyectos, no pienso que en dicho balance, que algunos violentos pueden figurar como pudor, exista una crítica sólida hacia los difusores de letras. Dicho de otro modo: ¿para qué inventar la rueda si tantos fenómenos sociales ya se han cimentado en nuestros imaginarios? Mejor tomar los impulsos existentes que repetir el trabajo desde nada.

Un ejemplo: la literatura juvenil. Los critiqueros pueden tenerla como un género menor y otros más avaros en sus conceptos, como uno inexistente. ¿Hay un momento en que al escribir el adjetivo juvenil se adscribe a nuestras ficciones? ¿se trata de una voluntad anterior o una evaluación externa? ¿se puede negar su concreto mercado? Hay que ser muy formal y esencialista (además de necio) para desear refutar la factualidad de un lectorado de textos para juventud. Además se permite, como he dicho, que la inspiración venga de otro sitio, no todo pensamiento debe nacer estrictamente literario. Dos tésis aparecen: la edad dictaría la afición y el mercado se construye cual lenguaje.

Respecto a nuestra primera premisa, la experiencia personal suele tomarla por evidente. Entiendo que el apostol Pablo tuvo el atino de decir que los niños actuaban y pensaban como niños, mientras que los adultos actuaban su edad. Me permito remontar tanto en el tiempo pues esto se conjugaba en una época sin adolescentes, abierta a matrimonios infantiles (se perdía la niñez al casarse, lo que hace de este término oximoron) y en general distinta a nuestra jerarquización legal del tiempo biologico humano. Por eso précisamos la experiencia personal y no tratamos puramente de evidencia al hablar del asunto: alguien que ha crecido en un mundo con conocimiento generalizado sobre los organismos humanos se le puede presentar obvio algo que no siempre lo fue. Aún así, el niño piensa y actúa como niño, la infancia se encuentra en un actuar que con el tiempo se vuelve un ser, y luego -salvo algún menoscabo químico- se deja atrás. Se habita y se abandona la niñez.

Volviendo a la epístola en cuestión, al tratar evidencias, Pablo insiste con un valor de énfasis. Para él se sobreentiende que uno transforme su actividad y su espíritu al crecer, su mención busca précisar los objetos que discute por la diferencia. Hablar de literatura de juventud es, a su modo, suponer la existencia de un joven lector y apostar por lo que lo distingue. Y también en Corintios se nos presta la lógica que dicta la edición, lo que es de la niñez (y de la juventud), se abandona para dar paso a lo de adulto. Pero el editor moderno existe en un mundo de supuestos letrados posteriores al primer cristianismo, entiende que la lectura no es una práctica natural por ser de adulto, y reconoce con desaliento que solo una fracción de los humanos leemos toda la vida. La trascendencia religiosa no se resuelve a admitir que vale más la pena que se tenga fe un par de minutos que jamás en la vida. El mercado editorial es más práctico y da por salvado cualquier libro que logra leer (el cual presume incluso leído). Hay algo de paradójico en la admisión de que vendemos libros sin que necesariamente estos sean leídos. ¿Nos debe sorprender que se desmistifique mucho de la convicción religiosa que tenemos a la lectura en estas instancias? ¿no es verdad que de todos modos se conjuga en algún ingenio?

Una cosa que Pablo no dice es que se es niño con el fin de ser adulto, así tampoco la lectura juvenil supone guiarnos a una literatura “más grande”. Creemos con superstición que abandonaremos lo que no corresponde a nuestra edad y nos regocijaremos en el sitio que nos es apropiado, en un plano ideal que nos corresponde por derecho y naturaleza. Solo que no es verdad que exista una línea natural entre las ficciones o la lírica, hay un desarrollo dispar cuyo orden solo se puede imaginar al créer ciegamente lo que dicen las revistas literarias o la crítica. Porque Pablo, por ejemplo, no habla de ser adulto para suponer todo resuelto y cada quién a su casa. Si existen cosas como la fe es que las progresiones no son tan transparentes como una serie de categorías en la biblioteca y así.

(Y como lo más importante en el amor, no odien la literatura juvenil)

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