El sentimiento trágico en la lectura

Criticar libros malos es fácil, primero que nada hay muchísimos. ¿Qué hay que escarvar para encontrarse con horrores que nunca debieron publicarse? ¿qué tantas letras se hunden en el fango irredimible de la mediocridad? Lo que tal vez sea peor: una lectura que se admita resuelta de antemano provee poco o casi nada a los lectores potenciales de su análisis correspondiente. Y en medio de todo esto, rememoro que en internet el humor ante lo mal hecho y el ataque a consabidas pobrezas es fuente de entretenimiento para muchos. Como si fuese un concurso de popularidad, patear al caído, un rey de carnaval.

Ahora, podemos inclinarnos al pedantismo intelectual que practicamos de costumbre, o podemos genuinamente regocijarnos del humor. Yo efectúo la división en este argumento porque lo gracioso -o lo que se pretende gracioso- está muy agobiado en esta época moderna en que se debe entretener en escalas cada vez mayores. Cualquier traslación del humor tiene gran potencial de conjugarse en una reflexión legítima, especialmente en el territorio de la ficción en que “lo que no es” es ejercicio de todos y cada uno. ¿Hay rol social en la literatura? Quién sabe, más si lo hubiera seguramente vendría de su manera peculiar de redefiniros frente a lo real. El humor es exactamente así, se quiere rigurosamente ficticio. Decimos que las narraciones pueden inclinarse al historicismo y desdibujar barreras con la realidad, pues hay de eso también al bromar, sin que se reduzca por ello el núcleo de ficción que late en ambos géneros de expresión. Para ser breves: dar risa es cosa de inteligentes, reir también, por ende.

Alguna vez hubo reglas morales en la ficción, pero hoy en día admitimos que la moral convencionar responde a un grupo de ecuaciones probabilísticas que se relacionan con el canon de una cultura o un tiempo. Una broma puede expresarse como algo brutal y de mal gusto, así en casi todo el mundo ¿no? Mas a fuerza de exponer la misma situación a un grupo cada vez mayor, algunos aceptarán de buena gana el humor sugerido y lo encontrarán al menos “algo gracioso”. Dijimos hace poco que todo se argumenta, la idea en sí supone que en cierto instante del decir, ningún tema es sagrado. En esa impunidad modero mi elogio al humor. Si me pongo a bromear sobre lo que me violenta en un texto que hallo tremendo en su pobreza o en el desatino de algún verso, admito de antemano que una audiencia mínima (acaso aún menor que la que manejo con mis actuales desvaríos) en ellos verá gracia. Y es una impotencia muy grande si uno cree en la universalidad de la narración y cree que las bromas, como otras tantas formas de inteligencia, pueden manifestarse con magnificencia y tocar a muchísimos. Habría que leer ahí una admisión de propósito: un humor generalizado no estaría en tal o cual experiencia personal, la rareza de cada audiencia les daría algo que atesorar en una reflexión poco común que los refleja infalibles.

¿La identificación cuenta tanto al bromear? Se me ocurren ejemplos que refutan dicha generalización, pero entiendo que en cierta medida cada expresión humana cuenta ante los otros como producto. Ustedes compran en cierta medida lo que les digo y, me gusta suponer, una vaga necesidad que hay en ustedes se sacia un poco al terminar el texto que propongo. Unos me tendrán por amigo, por desconocido respetable, por farsante. Pienso que la idea de regateador de textos no es del todo inadecuada en la mayoría de los casos. En dicha medida, sí, el humor tiene un fenómeno de identificación sencillo y embrutecedor como podría haber atacado Bretch. Y es una cosa que de nuevo escapa a mis elogios, repudio la broma que se presta a la facilidad y que hace pasar los tragos que son muy amargos. Hay algo cobarde en eso -sin que la cobardía sea una censura, recordemos que el valiente tiene la desalentadora costumbre de morir temprano-. En fin, todo esto para decir que he pensado en hacer humor sobre textos ingratos, pero dos desméritos me previenen de dicha tentación. Primeramente, no quiero sonarles simpático, sería deshonesto de mi parte usar una pura proeza técnica para ocultar la terrible persona que soy -usar la literatura para el mal-, segundo, sería hacerle un favor a un texto poco logrado, prestándole notoriedad.

¿Ven mi dilema? He leído textos desde hace rato y no puedo escribir en mi blog de literatura sobre ellos porque no se merecen ni el chiste. ¿Por qué le dan premios a textos así?

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